Para cambiar el mundo

“Cambiar el mundo, amigo Sancho,
que no es locura ni utopía, sino justicia”
.
Miguel de Cervantes

Una idea “cultural” muy simple para cambiar el mundo en el que vivimos ¡y el nuestro propio! : “pensar es construir el mundo”, pues la actividad de pensar es la verdadera actividad de construir.

1.        “Pensar es construir el mundo en el cual vivimos”. Esta es nuestra premisa.

 1. 1.    (Ojeando la ciencia moderna). Al derrumbarse algunos de sus fundamentos filosóficos (: los principios de certidumbre, objetivación, contrastación y verificación), la idea mecanicista del universo dio paso a la idea de un universo más semejante a la noción de “conciencia” que a una máquina. Esta convulsión produjo una crisis, y la crisis una ruptura en el seno de la ciencia, dando lugar a nuevos postulados científicos que generaron nuevos modelos en ciencia : los “nuevos paradigmas”, que diferían de la ciencia objetiva, ya desde sus inicios revolucionarios, por su distanciamiento respecto de los postulados filosóficos de aquélla. Hoy puede hablarse de una nueva ciencia no mecanicista que alterna sus investigaciones con la vieja ciencia objetiva, sin que por el momento se haya producido un desplazamiento que nos sitúe ante una nueva manera “oficial” de concebir la ciencia.

Con los nuevos descubrimientos científicos, los investigadores describieron sus resultados, que apuntaban sorprendentemente hacia una nueva visión de unidad del mundo y del hombre, que contradecía la vieja visión del mundo mecanicista de dualidad, de juego de contrarios y de oposiciones. La nueva visión del mundo coincidía, en la mayoría de los modelos científicos, con la visión del mundo de las tradiciones de sabiduría de Oriente. Este hecho hizo que se establecieran correspondencias entre la nueva física y el misticismo oriental.

Ya en los primeros años del siglo XX, el premio Nobel en física (1933) Erwin Schrödinger afirmó que el “El mundo es una construcción de nuestras sensaciones, percepciones y recuerdos”. El hombre ha ido creando un mundo, el mundo en que ha vivido, de acuerdo con la idea que ha sido capaz de elaborar según sus capacidades cognitivas, que han ido aumentando progresivamente a lo largo de su proceso evolutivo, de acuerdo con una mayor y más exhaustiva información sobre la realidad objetiva y observable, el mundo que lo circunscribe. Además, como nos recordaba el también físico y premio Nobel (1932) Werner Heisenberg, no vivimos en la realidad, sino en una descripción de la realidad. Lo que nos hace sumirnos en un grado mayor de humildad científica cuando tratamos sobre eso que nos parece tan cotidiano, la realidad. Esta idea vertebra el pensamiento constructivista derivado de las reflexiones del padre de la cibernética Heinz von Foerster.

Para precisar:

  • Lo que conocemos por realidad, lo conocemos únicamente gracias al lenguaje y a la descripción que de esa realidad hacemos desde el lenguaje.

Quiérase o no, esta idea encierra el fallido intento de la ciencia objetiva de conocer la realidad, y una terrible decepción percibida por la comunidad científica, más centrada hoy en la aplicación de la ciencia al mundo de la tecnología. También de la filosofía, que parece haber desaparecido, desplazándose la indagación filosófica hacia los dominios de la ciencia dura. Quizás, por ello, el biólogo y epistemólogo constructivista Humberto Maturana nos dice que somos en el lenguaje/existimos en el lenguaje, por lo que nuestra experiencia, como seres humanos, ha de producirse en el lenguaje. Es un avance. Y un desafío a la ciencia racionalista tradicional.

No constituye una novedad en la ciencias humanas, y en particular en la sociología del conocimiento, que la realidad se construye. Si aceptamos que la sociedad humana es una empresa de edificación de “mundos”, tal y como lo defienden Berger y Luckmann, podemos analizar el sistema social y cultural con la idea de una realidad construida socialmente. Esto significa que es nuestra actividad mental la que “construye” nuestro mundo social y cultural. Para estos autores la realidad es un constructo social a partir de la socialización del lenguaje, vinculando, así, pensamiento humano/lenguaje y contexto social.

1. 2.  Existimos en el lenguaje. Pero el lenguaje requiere del pensamiento para su existencia, pues aquél es el soporte verbal de éste, y si el pensamiento, según las doctrinas orientales, es tan inconsistente como una nube que apareciera en el horizonte para desaparecer luego de cruzar ante nuestros más o menos atentos ojos, ¿qué quedaría del pensamiento sin la prestancia del lenguaje, siendo -uno y otro- de la misma inconsistencia que la nube? ¿Y del mundo que observamos?

2.    Al margen de las implicaciones filosóficas que se derivan de estos postulados científicos, el hecho es que la idea del mundo como constructo social/mental conocido/descrito en el lenguaje es verdaderamente un hecho a considerar:   a) para cambiar más fácilmente aquello que desvirtúa el sentido humano de la vida (los valores humanos, la educación, la felicidad, la cultura, etc.), y b) para avanzar en la comprensión de la génesis y evolución de los “mundos socialmente construidos” por el hombre, que no son otros que los devenidos de la progresiva comprensión del hombre acerca de sí mismo y de su entorno, y de su capacidad de expresarlos. (Esta última idea es un buen referente para no deslegitimar el pensamiento utópico, que revisaremos más adelante).

3. Sigamos la ecuación:
Si (A y  B) es C, ¿por qué no D?
Si ”pensar el mundo es construir el mundo”  y “construir el mundo  es ejercitarlo en el pensamiento/lenguaje”,
¿por qué no  ”pensar/construir” de una manera consciente y sabia el mundo en el que queremos vivir, ideando una educación y una cultura que lo hagan posible, acordes con tan sublime propósito?
La tarea es bien fácil: ”pensar sabiamente” y “construir sabiamente”.

La dificultad consiste en qué entendemos por “sabiduría”.

Miremos a nuestro entorno. Todo está organizado en virtud de unos cuantos principios, leyes, normas, valores con los que funciona la vida de una comunidad, y nuestras propias vidas. Y si reflexionamos acerca de nosotros mismos, ¿acaso no expresamos que somos aquello que a través de nuestro pensamiento-lenguaje pensamos que sabemos y explicitamos de nosotros mismos? Si variamos esos principios, leyes, normas, valores, variaría nuestro entorno y nuestra vida. La sociedad y la cultura en la que vivimos es la que nosotros “construimos”, y si esto es así, ¿por qué no construir una nueva y sabia comunidad humana, comenzando, ¡por qué no!, por la Educación, para seguir con las demás comunidades organizativas humanas?  Pero es tal nuestra limitación y nuestro apego a la dejadez y mediocridad (por tutelaje: Kant), instaurados en el centro de poder de nuestro cerebro, que parece que fuerzas ajenas a nosotros nos imposibilitan avanzar en esta dirección. Somos el programa y su reproducción, social e individualmente, que aparece computarizado desde instancias del los poderes del Estado y somos esa totalidad de hombres y mujeres, pensamientos, proyectos, sueños, actitudes, actividades, etc., que conformamos, interconectadamente, el tejido visible y no visible que cristaliza como vida social e individual humana y sus manifestaciones varias.  Salir de tan horrenda pesadilla es una prioridad en “la era planetaria” con la que se inicia el siglo XXI.