ARTE y BELLEZA

 

UNO

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 Díptico de Hashim Cabrera

 

“…las ya viejas vanguardias y las novísimas tecnologías han cercado el quehacer propio de la pintura, aunque aún existamos los pintores, aunque todavía pintemos, aunque ahora sea todavía más difícil mantener el estatus artístico propio de la pintura, su razón de ser necesaria en el conjunto de las prácticas que tienen por objeto la expresión de esa necesidad interior del ser humano que, algunas veces aunque no siempre, aboga por una experiencia de la Belleza, incluso por una experiencia estética que ahora se desliza entre las incesantes imágenes de la publicidad y de los medios audiovisuales que conforman la red.” (“Cerco a la pintura” Hashim Cabrera) 

 

1. No puede afirmarse que percibiéramos en el Arte del Siglo XX, y no sólo en el ámbito de la pintura, un claro principio que tuviera “por objeto la expresión de esa necesidad interior del ser humano que, algunas veces aunque no siempre, aboga por una experiencia de la Belleza”. No obstante, sí hallamos en algunos artistas una inequívoca “experiencia de la Belleza”; aquellos que no sucumbieron a los llamados monetarios del mercantilismo capitalista, como tampoco capitularon a los intereses de las galerías de Arte -alineadas con la mercadería del “sistema”-, con los que seducen y malogran, por lo general, a los artistas. Siguiendo con la conjetura de Hashim Cabrera, desde la que declara esa dificultad de mantener la “razón de ser necesaria” de la pintura en el conjunto de todas las prácticas artísticas, debido al “cerco [de] las ya viejas vanguardias y las novísimas tecnologías”, no nos inquieta tanto como el uso que el mundo del Arte pueda hacer con la comercialización de las obras, la multiplicación de los espacios artísticos, las propuestas estéticas y los modos de expresión de la actividad artística, debido al deslumbrante y amplísimo desarrollo tecnológico que ha permitido expandirse y vigorizarse, al tiempo que generaba nuevas posibilidades, así como creaba nuevos territorios transversales, desde donde el artista puede realizar su trabajo. Pero insistimos en la idea de que no nos resulta fácil encontrar en el Siglo XX un propósito definido que apuntara hacia la Belleza, extendiéndose esta notable ausencia a los primeros años del Siglo XXI.

Cuando hablamos de Belleza, no sólo nos estamos refiriendo a un ideal clásico perseguido por el artista, sino a todo el contexto que lo envuelve, desde sus propias facultades, que le permitirán la aprehensión de lo bello  -no diferentes -las facultades- a las de cualquier ser humano “sensibilizado/educado” con/en el Arte-, como la(s) técnica(s) adquirida(s), y al mismo proceso que le conducirá a “saber” en qué obra se aplicará y el que conducirá todo el trabajo, sin que obviemos la repercusión cultural que pudiera conllevar la divulgación de su obra. Centrándonos en las artes plásticas, y muy en concreto en la pintura, el Arte requiere de un proceso complejo en el que el artista vive circunscrito por un “estado subjetivo” que le permitirá encontrarse en un “viaje” desde lo interno a lo externo, en el que desarrollará su trabajo, sea intelectual/sensitivo (Velázquez, Rembrant), o ascético/místico[1] (El Greco, Zurbarán), o de indagación y/o de meditación (Arte oriental). Cuando hablamos de un “estado subjetivo” místico, indagatorio o meditativo, no estamos incluyendo “necesariamente” al “Arte sacro/religioso”, que participará del carácter representativo, como las demás vertientes de la pintura o de cualquiera de las disciplinas artísticas.  Inscrito y circunscrito el artista por el proceso de trabajo, no importa de qué naturaleza sea éste, lo verdaderamente sustancial reside en esa conciencia de estar ceñido por aquello que está surgiendo -traducido en Arte-, bien desde su psique (o conciencia del individuo, el complejo mundo de sus pensamientos, sensaciones, sentimientos, emociones…, que reconduce desde su mente consciente al trabajo que realiza, mucho de lo cual emerge de su mente subconsciente, junto a todo aquello que “capta” de lo que Jung denominaba el “inconsciente colectivo”), o bien desde su conciencia o alma espiritual, si es ésta la que le impulsa a la contemplación y a la motivación artística, en el caso de quienes se adscriben vivencialmente a una determinada espiritualidad, si bien, en numerosos casos, es difícil delimitar estas dos vertientes del Arte, como veremos más adelante.

Igualmente no parece clara la voluntad de reclamar una cultura que demande una exigencia consustancial al Arte que requiriera del pintor “una experiencia de la Belleza” -exigible a nuestro juicio-, incluso “una experiencia estética que ahora se desliza entre las incesantes imágenes de la publicidad y de los medios audiovisuales que conforman la red”.  Si nos dejamos guiar por los medios y por la política, y por todo lo que gira en torno a ambos, en tanto que  modos de comunicación, la estética es un recurso de la nueva retórica, que nada tiene que ver con la Belleza ni con el Arte, aunque sí con lo políticamente correcto o aceptable, aunque brillen por su ausencia la falta de ética y de moralidad. A veces nos viene a la mente una idea algo peregrina pero que puede tener visos de realidad. Nos referimos a que lo “viejo” (que aún perdura muy extendido y fuertemente incrustado en las vidas de quienes se aferran al viejo paradigma), para perpetuarse en sus aberraciones, desmanes, contradicciones y sinsentidos, tiene la voluntad de construir el Siglo XXI con los “materiales” del Siglo XX, pero desdibujándolos hasta tal punto, que pierdan el sentido referencial que le confería el significado.

Es posible que el recelo del pintor cordobés tenga argumentos reales que le lleven a preocuparse por el “cerco” con el que “las viejas vanguardias y las novísimas tecnologías” han invadido el mundo del Arte, deslizándolo hacia los innumerables campos en los que se propaga la red (publicidad, medios audiovisuales…). Pero hay una realidad en la que hemos de insistir, y es que el Siglo XX, siendo éste el tiempo de la comercialización de todo aquello que producía el ser humano, en cualquiera de los dominios de la cultura, la Belleza no fue requisito exigible para que la obra pictórica/artística fuese considerada una obra de Arte. Todos conocemos artistas que se resistieron (y aún hoy encontramos quienes se resisten) a la alienación exigida por el “sistema”, aun cuando se supieron inscritos en el seno del mismo. Vivir en el “sistema” no conlleva necesariamente vivir alienado por el “sistema”. Basta con tener clara la conciencia de que el trabajo que se realiza trasciende los valores del capitalismo al “sustraerse” el artista/el ser humano a los condicionantes, a los canales de publicitación y a los valores con los que el “sistema” manipula la vida individual y colectiva del tejido social, nacional o global. Vivir/trabajar con/desde aquello que lo define y dignifica como ser humano es el antídoto contra la alienación que el “sistema” reclama como pago por participar en su dinámica.

2. Expresar la Belleza es conocerla, pero para saber de ella es preciso “apreciarla/gozarla/vivirla”, “sentirla” unida a nuestro propio ser, pues es inherente y unívoca en cada ser humano. Hablamos de esencia, de lo bello que esconde la apariencia y de lo que desde tan inasible lugar puede “emerger”. Pero también hablamos de lo bello externo de un objeto -de lo cual no ponemos en duda que pueda poseerlo-, motivo generalizado de temática para el pintor/artista, o de la realidad objetiva que aparece a diario ante nuestros ojos, que puede resultarnos agradable o no. ¿Qué diferencias se encuentran entre la pintura de El Greco y la de Velázquez, siendo ambos magistrales pintores? ¿Entre Zurbarán y Botticelli? Hay Belleza y maestría en todos ellos, sin lugar a dudas. ¿Pero se trata de la misma aprehensión de la Belleza? No nos referimos a la subjetividad o la objetividad que el artista quiere dejar impresa en la obra artística. Nos referimos a la naturaleza de la Belleza que nos comunica cada uno de ellos con su trabajo.  El Arte invita al receptor a la contemplación de la Belleza, y en la obra del pintor, además, ha de percibirse la huella de “su experiencia contemplativa” de lo bello de aquello que sus sentidos e intelecto aprehendían. Unida a su proceso de trabajo, hay una hermenéutica del artista, sin duda, mediante la cual interpreta el objeto/escena… dejando constancia de todo este mundo manifestado como “obra artística” de no fácil aprehensión desde “fuera” del proceso de gestación y terminación de su obra; y otra hermenéutica, la del receptor de la obra, en la que pone a su disposición todo su “saber” localizado en su mente consciente, siempre ayudada por aquellos “datos”, “sensaciones”, “impresiones” … algunos de ellos provenidos de su mente subconsciente que, junto a su “sensibilidad” artística, también entran en juego. Y en un lugar indeterminado entre una y otra hermenéutica se encuentra la comunicación que se establece entre ambos, desde la que el receptor, además de gozar/disfrutar de lo aprehendido, entra en ese “mundo personal” del artista, generándose un espacio “común” de “comunicación íntima entre ambos” que conlleva la experiencia  de contemplar toda obra artística. Belleza/ representación/ hermenéutica/ comunicación y la intencionalidad de entrar en el espacio de disfrute/goce que propone el artista son los elementos que motivarán al receptor a interesarse por la obra. La representación es lo primero que capta el receptor. Lo siguiente vendrá dado por la particular personalidad de cada uno de los receptores que contemplen la pintura.

Los pintores aludidos, como tantos otros, qué duda cabe que la supieron expresar, porque permiten al espectador percibir la “huella” de su mirada detenida sobre el objeto “apresado”/contemplado/hecho suyo para realizar su trabajo. No se descubre en un objeto artístico su Belleza si no ha surgido de “una experiencia” -escribía Hashim Cabrera- del pintor. O de cualquiera que trabaje en las diferentes manifestaciones artísticas.

Pero queremos destacar que la Belleza que se percibe en un cuadro de Velázquez, la perfección técnica y la exquisitez con la que expresa los mitos clásicos y la mito-sociología de la época, a veces coexistiendo ambas, la expresión de un Arte que manifiesta un cambio en la concepción de un mundo nuevo que se exterioriza mediante un nuevo lenguaje, una modernidad que basa sus principios expresivos en la representación del mundo, tal como lo “ve” el artista, el individuo burgués que se atreve a “representar” lo que por sí mismo percibe y conoce y goza intelectual y sensitivamente, a veces atreviéndose transitar por caminos allende la ideología religiosa o aristocrática -de nobleza o de dinero-, que como poderes fácticos eran quienes imponían en su tiempo los principios/valores/criterios a seguir, no es la misma Belleza que se expresa en el mundo pictórico de El Greco, cuya mirada proviene desde la interiorización del artista; una mirada en la que también se refleja la representación de un  mundo nuevo, porque existe en la obra una “representación” de lo que ha motivado su interés para plasmarlo en pintura. Mas, en el caso de El Greco, está motivada por la contemplación provenida de un proceso de interiorización, no diferente del proceso de interiorización del místico, de Juan de la Cruz o Teresa de Ávila, por citar algunos de los que ejercieron como guías coetáneos de “caminos de perfección interior”, rutas que a veces no se alejan tanto de la perfección buscada intelectualmente, o en cualquiera de los ámbitos en los que se exigía, en esa primera modernidad, la “perfección” en el quehacer humano, se buscara ésta en el cortesano, en el artista o en el hombre/burgués de negocios. La espiritualidad elevada no estaba en la religión “oscurantista” de la época. Podía hallarse en la Corte o en el hombre de negocios o en el artista, si bien podemos afirmar, con toda certeza, de que en estos ámbitos eran “rara avis” aquellos que la practicaban. La “representación” del mundo también se halla en la mística, siendo subjetiva en su inicio la naturaleza de la misma. No obstante, conforme avanza en el camino de interiorización, la subjetividad vinculada a la psique humana va diluyéndose progresivamente hasta alcanzar un “estado” no subjetivo, sino interior, del alma desvinculada del concepto, de la psique, conectando mediante la absorción contemplativa con el Ser buscado y anhelado. Luego vendrá poner en conceptos/imágenes aquello que llegó como compresión espontánea y no conceptual. Se trata de dos motivaciones diferentes desde las que se indaga (y se encuentra) la Belleza: una por contemplación subjetiva, intelectual, sensitiva; la otra por contemplación del alma vuelta hacia el interior no conceptual, el ser que en morada interior habita, tal lo hicieron los místicos aludidos, aunque para expresarlo eligieran el lenguaje literario. Juan de la Cruz y El Greco recorren caminos paralelos, los de la vía contemplativa de los que nos habla la mística de comienzos de la Edad Moderna, sin apresurarnos en afirmar que El Greco también se adentrara en aquella vía que conduce certeramente al estado inequívoco de unicidad, como declaran algunos poemas y escritos del místico abulense. Tal vez se produjera. ¿Quién si no aquél que conoce tal estado puede reconocerlo como experiencia en otro, perteneciente al mundo del Arte o no?

Pero no toda obra artística conlleva en sí la expresión del ideal de lo bello. Y aunque el artista lo defienda referido a su obra con una amplia erudición sobre el tema, más que argumentar cómo el ideal de lo bello brilla en su trabajo, lo que prueba es su propia frustración o decepción, o su interés por ser reconocido en un mundo tan provisto de artistas y de obras, cuya inmensa mayoría son arrojadas a la papelera del tiempo, y ahí se olvidan o se autodestruyen. ¿Qué otra cosa le moverá a defender un trabajo que no se sostiene por sí mismo como manifestación del ideal de lo bello, si  no es ese afán de ser reconocido por su trabajo, aun cuando éste nada tenga de bello? Nuestra aserción nos obliga a hacernos dos preguntas: ¿Qué en verdad es el Arte? Y ¿quién en verdad es un artista? No es fácil responder a tan delicadas preguntas. Grande y sensible es la susceptibilidad del ser humano, y aún más la de aquéllos que dedican su vida entregada al Arte más allá de los beneficios económicos que les pueda proporcionar su actividad. O de los que viven como profesionales del Arte, sin que sus almas quedaran impregnadas del sabor de lo bello que va dejando el rastro de la obra artística, mientras en ella trabajan aquellos que sí conocieron/conocen y lograron explicitar la Belleza.

3. Si hay un “cerco a la pintura” -tal sugiere Cabrera-, hay que buscar las causas, no en las “viejas vanguardias” o en “las nuevas tecnologías”, sino en la base misma de los valores que definen al viejo paradigma mecanicista, en cuyo seno unas y otras surgen. Hablamos de un paradigma “envejecido”, porque a la vista está que sus principios y sus valores han deshumanizado la vida humana y desnaturalizado el tejido de la vida en el que nos inscribimos como un colectivo de vida integrado -lo reconozcamos o no/ lo aceptemos o no- al conjunto del tejido de la vida del hogar planetario que nos cobija. El mundo global del capitalismo trans-neoliberal ha topado con el muro de su caducidad, siendo filosófica y socialmente inviable su continuidad. El conocimiento del colectivo humano progresa siguiendo unas pautas que se repiten, siendo reconocidas por las crisis profundas en las que la Humanidad se ha visto envuelta. Tras las crisis profundas llega el cambio y la calma. Y es la dureza y gravedad de las crisis lo que indica el punto de inflexión del cambio, de la transformación. Estos cambios traen consigo una etapa nueva en la que el colectivo humano supera la etapa anterior despojándose de los valores que la definían y la dinamizaban. Nuestra crisis no es distinta. Aunque si abrimos bien los ojos, todo el Siglo XX ha sido el eficiente generador de las causas que ahora las recibimos como consecuencia de las mismas. Las crisis no son gratuitas. En tiempo de cosecha se recoge el grano sembrado. Y lo sembrado ha de ser reconocido en la cosecha. Creemos que la mayoría de los líderes políticos y gobernantes, de los pensadores, de los economistas, de los … no caen en la cuenta que nosotros hemos calculado. Y son todos ellos un lastre del que hay que desprenderse, haciéndoles comprender y aceptar qué granos han de sembrarse para recoger una cosecha en la que no falte el factor humano. Su dignidad. Su libertad. Su inclusión sin fronteras. Su cooperación vinculada siempre a la fraterna tolerancia y concordia. Su visión conservacionista de toda la vida del Planeta, entendiendo que no es el factor humano el rector del tejido de la vida en donde él se inscribe y desenvuelve sus roles y conectividad con el todo del tejido integrado. Un nuevo ser humano y un nuevo mundo. Esto nos está pidiendo la crisis que nos azota. No miremos tan obsesivamente la crisis; indaguemos en las causas reales que la provocaron.

Los valores del mercado, los de la demanda y los de la oferta, y la transversalidad a la que las nuevas tecnologías han conducido al Arte están detrás de la maniobra del capitalismo neoliberal, avariento e inhumano, de mercadear toda actividad humana, interesado únicamente en convertir la vida social en un ente cosificado, un simulacro de la legítima naturaleza humana, impidiéndole desarrollar y manifestar su potencial de vida. El mecanicismo capitalista ha generado las reglas de juego y las condiciones para que el mundo global sea el espacio encerrado en sí mismo en el que se destruya todo valor que se identifique con las cualidades inherentes a “lo humano”, con las que, desarrolladas y expresadas por cada hombre y por cada mujer, ambos encuentran la dignidad que su naturaleza encierra, por el solo hecho de nacer como seres humanos. Si queremos salir de la crisis que nos desconcierta y arruina, no podemos desatender lo sustancial humano.

Desprendernos de los valores del capitalismo trans-neoliberal significará superar la etapa de desnaturalización y deshumanización del ser humano. Trascender este viejo mundo presupone la exigencia de sustituir sus valores “viejos” e ineficaces para motivar hoy el progreso de un colectivo humano que comienza a dar muestras de creer que un mundo nuevo, de rostro humano, es posible. Reconocernos en los valores que se nos niegan en el modelo de sociedad mecanicista, aun cuando esos valores son nuestra propia esencia, significa iniciar un proceso en el que podrá construirse el mundo en el que todos los seres humanos vivamos conociéndonos libres, dignos, iguales en derechos y deberes, cooperativos y tolerantes, por el mero hecho de haber nacido “humanos”.

No olvidemos que la Tierra es el macro-ecosistema en el que los seres humanos encontramos nuestra integral/completa existencia en convivencia equilibrada y armónica con toda la variedad y la diversidad de vida que nos rodea. O así debería de ser nuestro posicionamiento consciente respecto del vínculo irrefutable que la vida mantiene consigo misma, en la que nosotros estamos inscritos/incluidos, aun cuando lo ignoremos. Decíamos que la crisis nos habla desde sus consecuencias, pero también desde sus causas. Comprender, en los albores del Siglo XXI, que la diversidad del tejido de la vida es interdependiente, conectiva, y en ese complejo conjunto de interdependencias, o de redes de conectividad, todo y todos los que componemos el entramado de la vida encontramos nuestra “integral” u holística existencia. O completud, la nuestra, en conectiva vida con la vida terrestre, porque de otro modo no podremos encontrar nuestra vida plena, holística, individual y colectiva. Este pensamiento viene forjándose desde el viejo Siglo XX. No es nuevo. Podemos hoy afirmar que estamos descubriendo (y descubriéndonos) en estos años de la incierta Globalización, gracias a la revolución científica, después de tantas décadas, nuevas vías que nos permiten abandonar los viejos usos de un mundo condenado por el obsoleto “sistema” mecanicista/capitalista al enfrentamiento, a las luchas de clases, a la competitividad, a la separación, intolerancia, competitividad y a la exclusión inhumanas. No obstante, la resistencia a avanzar por estas nuevas vías es aún fuerte, poseyendo mecanismos poderosos que impiden canalizar la nueva savia. Pero no debemos confundir los nuevos valores que emergen de una nueva conciencia, de una nueva cosmovisión, con los valores con los que el viejo modelo mecanicista se atavía para aparecer como lo nuevo a seguir. Si miramos y escuchamos atentamente, conoceremos que su lenguaje y sus modos de pensar y de hacer política y cultura son tan viejos como aquellos a los que quieren sustituir. No hay “novedad” en la lucha por el poder, por la división, la exclusión, por la calumnia que desacredita al adversario, la tensión social y política, la desigualdad y la descohesión social. Lo nuevo no tiene adversarios, es incluyente y cooperativo; administra el bienestar universal o bien común, como hemos expuesto en otros trabajos. Un viejo aforismo antiguo que leímos hace ya muchos años decía: “mata la idea de separatividad”. Y en un comentario, que aún recordamos nítidamente, se explicaba su sentido. De él nos serviremos con una breve paráfrasis que nos ayudará a comunicar con mayor exactitud la idea que veníamos expresando, porque la creemos extraordinariamente liberadora para el ser humano: aquello que tú consideras diferente o aquello que enfrentas a ti como tu enemigo es algo que no has sabido resolver dentro de ti.

No obstante de esta continuidad de lo viejo en los nuevos tiempos que estamos construyendo, los nuevos valores, que no son valores ajenos a “lo humano”, y por tanto son tan remotos/nuevos como la Humanidad misma, comienzan a aparecer unas veces entremezclados, otras veces confundidos con los viejos valores del mecanicismo. La savia nueva, la que no se deja enredar y estafar por los viejos usos, será la que termine por diluir los viejos valores del viejo paradigma, no porque los “combata”, sino porque su presencia en el tejido social cambiará/transformará lo que aún quede de viejos usos. Si hay trincheras, enfrentamos lo viejo con lo viejo. Ha sido el desconocimiento generalizado en el colectivo humano de su fuerza “natural”, devenida del conocimiento y desarrollo de  los valores humanos inherentes a todo ser humano y al colectivo en su completud, una de las causas, la más importante, de la desnaturalización de la vida humana y del grave deterioro e insostenible contaminación de nuestro hogar terrestre.

La percepción de la vida integral/holística de la vida planetaria, en la que nosotros, los humanos, somos parte sustancialmente integrada en el todo que la explicita, indica una nueva visión del mundo y del ser humano, que acentúa visiblemente la incoherencia de la racionalidad que deriva del viejo paradigma mecanicista, en el que el capitalismo trans-neoliberal encontró su expresión consumada y acomodo en tiempos de la Globalización.

4. Un viejo mundo deja paso a uno nuevo. Los valores del viejo mundo están siendo sustituidos por los valores del nuevo mundo. No está siendo un cambio rápido y cómodo. Se está produciendo -visiblemente para quienes tuvieron/tienen “ojos para ver”, “oídos para escuchar” e “intelecto para comprender”, desde los años de la contracultura, a mediados del Siglo XX, comunicando claras muestras de su vigor en la ciencia “dura” y en el pensamiento humanista que permitió que permeara en el ámbito de las disciplinas sociales y humanas. El rápido avance de la ciencia, especialmente en el terreno de la física, ha hecho posible un extraordinario y dinámico desarrollo de la tecnología -ciencia tecnológica- que ha invadido todos los ámbitos de la vida humana, enriqueciendo y ampliando las posibilidades expresivas y comunicativas de los seres humanos. El Arte no estará ajeno a este complejo desarrollo de la ciencia y de la tecnología. Sólo tiene que aprender cómo utilizarlo sin que limite sus campos y las posibilidades que se les ofrecen a los artistas.

La ciencia y el conocimiento progresa/avanza gracias al proceso evolutivo humano, a la vez que la Humanidad avanza haciendo uso de la ciencia/conocimiento adquiridos. Progreso evolutivo humano y progreso de la ciencia/conocimiento caminan con un mismo paso y un mismo ritmo. Por ello no hay que recelar del progreso científico-técnico. Ni de los nuevos campos que nos ofrece, incluidos los que se le abren al Arte. De lo que sí tendremos que recelar es del uso no ético e inhumano que los seres humanos hacemos de la ciencia y de los conocimientos adquiridos. La epistemología constructivista aporta una idea sustancial que deberá hacerse paso junto a los nuevos valores de la emergencia de un nuevo modo de comprender el mundo. Sus defensores apoyan la idea de una ciencia que no sólo debe estar al servicio del ser humano, sino que debe atender sus necesidades “reales”, éticas y morales, considerando el bienestar social como el valor vertebrador del modelo de sociedad que ha de construirse en el Siglo XXI (Humberto Maturana / Francisco Varela). Ciencia con conciencia (Edgar Morin / Ilya Prigogine). Arte con conciencia, añadimos nosotros. Ilya Prigogine decía que “Existen diferentes vías de interrogar al Universo en que vivimos, y la música es una de ellas. Nuestro entorno no es sólo color, sino también sonido y muchas otras cosas”. Es extraordinario que un científico nos proporcione sugerencias para buscar formas de transversalidad en el Arte, no sólo en el conocimiento, a pesar de la misérrima apuesta del capitalismo por super-especializar el conocimiento, convirtiéndolo en funcional y pragmático para servir a los intereses del progreso económico, olvidándose del progreso de la Humanidad en la forja de “su humanidad”, impulsada hacia un proceso evolutivo del que el paradigma mecanicista, que sostiene al capitalismo, ignora en provecho de su supervivencia. Esta posibilidad que nos ofrece el conocimiento para “interrogar”, desde las nuevas tecnologías, es decir, desde la ciencia, el Universo que nos circunscribe, también nos permite conocer que el Universo también nos está interrogando a nosotros, interactuando mutuamente, porque todo lo que tiene existencia no sólo tiene inteligencia, sino que es inteligencia. Para conocer cómo el Universo nos interroga e interactúa con nosotros, tal vez necesitemos primero conocer qué somos, y ese conocimiento sobre nosotros mismos seguramente nos conduzca a descubrir que, interrogándonos a nosotros mismos, lo hacemos también con el Universo. El conocimiento humano ha progresado en todos sus dominios, y quizás sea el momento de saber que todo este conocimiento sobre nuestro progreso está presente en la tradición milenaria de la sabiduría, de Occidente y de Oriente. Y aun lo estuvo en una dimensión que nosotros no podríamos sospechar ni medir con el saber que, en nuestros días de Globalización, hemos alcanzado. Ciencia con conciencia y Arte con conciencia, en tanto que hayamos logrado conocernos qué en realidad somos. ¿Seres limitados aferrados al terruño como la oruga, o libres surcando los espacios  infinitos del Universo, sabiéndonos uno con su ingente espacio e impensado contenido? Primero debemos aprender a ser conscientes de nuestras posibilidades y de nuestras responsabilidades. Una de ellas es la de cuidar del hogar que se nos dio para vivir y evolucionar junto a todas las formas de vida que lo integran, siendo todas ellas parte nuestra, del mismo modo que nosotros somos parte suya. Por esta sencilla verdad/razón tenemos el deber de “descontaminarnos” a nosotros mismos para poder descontaminar el hogar que se nos prestó para aprender qué cosa somos y qué cosa es este hogar planetario y el sistema de vida macro cósmica que nos circunscribe para darnos vida. Luego podremos pensar en viajar a la Luna o a cualquier planeta de nuestro entorno, o a cualquier lugar de nuestra Galaxia. Conocernos a nosotros mismos es conocer los secretos que el Universo  nos tiene reservados.

Uni-verso: volver a lo Uno indivisible. ¿Qué es Arte? ¿Qué es Conocimiento? ¿Qué es Ciencia? Con seguridad el ser humano del Siglo XXI logrará revelar estas tres preguntas. Oriente, en sus tradiciones de sabiduría nos dice que “hemos venido a la existencia -los seres humanos- para revelar”.  Más adelante nos ocuparemos de esta declaración, con la que nos aproximaremos al conocimiento de Oriente. De momento pensemos en qué significado tiene “volver a lo Uno indivisible”. Sin duda nos ayudaría y nos revelaría el conocimiento que los ingentes telescopios no pueden ofrecernos. Mirar lo interno del ser humano nos dará las respuestas que buscamos en lo más diminuto y en lo más ingente del Universo. Y aun podríamos afirmar, junto a las tradiciones de sabiduría, que  conocerse el ser humano en su verdadera realidad es conocer lo interno y lo externo del Universo.

5. Decíamos que este valor ético (humano) del “bienestar social”, o “bien común”, del que nos hablaron las utopías, ha de conjugarse desde el principio de unidad que se desprender de la nueva cosmovisión que, desde la contracultura del siglo pasado, viene desenvolviendo un sector importante de la nueva ciencia y del nuevo pensamiento. No encontraremos esta nueva “conciencia” en las Academias de las Ciencias ni en la “enseñanza académica” que dictan aquéllas como formación científica. La noción de “educación universal” ha ayudado a la generalización y  transversalidad del conocimiento, y ha calado su divulgación en el tejido social, gracias a los medios y a la red. Aunque la universalización educativa aludida se acerca y se confunde con la “masificación” infértil que ha desarrollado la cultura desnaturalizada del capitalismo trans-neoliberal avariento e inhumano, que no entiende del refinamiento ni de los valores humanos universales que desplieguen el humanismo que se cosecharía en los fértiles pardos de un progreso basado en el desarrollo y en la praxis de la excelencia del ser humano. La educación cumple con su propósito si el ser humano logra conocer y desarrollar el potencial con el que nace, la excelencia humana, es decir, si los programas educativos persiguen como propósito que el ser humano, como individuo y como sociedad, permiten conocer el alcance de su verdadera y prístina naturaleza.

Este es el contexto en el que ha de retomarse qué principios filosóficos deben regir, no sólo la ciencia -dura o blanda-; también el modelo de sociedad y los principios que ha de asumir la cultura y el Arte y su expresión, la de ambas, variada y diversa, con la que la actividad humana los podrá desenvolver. Nosotros liberamos el Arte de cercos, o lo limitamos ciñéndolo con un mal uso que hagamos del mismo mediante las nuevas tecnologías y la red. Lo liberamos si nos liberamos nosotros de los cercos en los que la mente nos encierra. Dependiendo de los principios y de los valores con los que “construyamos” el  mundo global, no sólo el Arte, sino el modelo social y cultural en el que queramos vivir, nos liberará o nos cercará limitándonos, sin conocer qué potencial encierra el ser humano, ya desde su nacimiento. El conocimiento que libera es el que nos desvela quiénes somos en verdad, señalándonos el rumbo hacia un nuevo mundo, libre de condicionantes, de cercos y de irracionales conductas que nos arrastren a la ignorancia en la que la vida humana se complace hoy. La naturaleza humanamente digna, sabia, libre, equilibrada, armónica y cooperativa con la que soñamos para el Siglo XXI dependerá de los materiales que utilicemos para levantar el hábitat que albergue una Humanidad madura, cuya racionalidad dialogue con la vida, con el tejido de la vida, inteligente, conectiva y auto organizativa, regulada en virtud de las relaciones que la inteligencia, que la crea y la renueva, “naturalmente promueve”.

6. Hay manifestaciones artísticas que nada de bello expresan -la comunicación de lo bello, con seguridad, no estaba en el propósito del artista-. O su incapacidad para expresarla. Esto es un hecho muy extendido en el Arte contemporáneo. La Belleza de la que hablamos, la encontramos descrita en las tradiciones de sabiduría, y no siempre en los tratados de la disciplina filosófica que tiene como objeto de estudio lo bello, la Estética. Mucho se ha reflexionado en Filosofía sobre la Belleza. Nosotros queremos situarnos en la emergencia de la nueva conciencia, que conlleva como base la cosmovisión de unidad, y cuyo principio vertebrador del tejido social -y por lo tanto de toda energía que individual y socialmente se movilice- sea el de la unidad. Miraremos la diversidad desde la unidad que la sustenta, alejándonos de la visión dual del mundo, que ve la diversidad sin percibir su unidad de base. Este sencillo y esquematizado paisaje constituye los cimientos de la nueva conciencia, de la nueva ciencia, de la nueva visión del mundo, de la nueva Humanidad. Y cambiará sin duda el modo de “comprender y ejecutar el Arte”. No son la ciencia, las nuevas tecnologías, la economía o las finanzas lo que moverá el mundo del Arte. Será lo que devenga de la aplicación del nuevo principio de unidad y de los valores que de él deriven de forma natural y espontánea. Será, entonces, la cosmovisión de unidad aquello que configurará un nuevo paradigma social y cultural regido por el principio de unidad vertebrador de la vida del mundo de una Globalización “concebida” desde las nuevas propuestas de unidad. El viejo paradigma mecanicista aparece ante nuestros ojos sin vigor para superar la crisis que sus propias contradicciones, diversas e ingobernables, generaron. En su seno, aquello que aparece nuevo y vigoroso, está atado por las contradicciones del “sistema”, de donde surgieron, a pesar de los esfuerzos por sobrevivir en un tiempo agotado. No hay salidas para esta nueva/vieja savia, excepto forzar su supervivencia, ante el derrumbe, el agotamiento de los viejos valores que luchan denodadamente, sin poder ocultar que se visualice más claramente su agonía. El mundo de las luchas, de las oposiciones, de las diferencias antagónicas y excluyentes, ha llegado a su fin. No se requiere de una aguda inteligencia para percibir el derrumbamiento del viejo mundo. Pero es lamentable ver cómo la juventud, la savia fresca, se agosta en los foros del combate, de la lucha por el poder de un mundo que se disuelve como la noche que recibe los primeros rayos del sol.

El Arte, al amparo de la deshumanización de la vida, parece chirriar con estridentes sonidos, desarmonía, frivolidades y abstracciones surgidas del dolor, de la incapacidad de percibir la Belleza, la que expresa el artista o la que encierra la vida de su entorno. El Arte como mercancía y producto de cambio da más beneficio que el Arte que surja de la contemplación de la Belleza. La Belleza de la que hablaba Sócrates con sus discípulos, según nos cuenta Platón, ha desaparecido. O la Belleza de la que se describe en los tratados renacentistas, que insistían en el equilibrio, la armonía, la mesura, el refinamiento del alma expresado a través del gesto que acompaña al/los personaje/s que se muestra/n en la obra artística. Para las élites intelectuales y artísticas de este período, tan imposible, no ya de emular sus logros, sino de comparar los de cualquier otro período posterior, el mundo de la existencia es un reflejo de su “modelo”, el Cosmos/Universo visible y el invisible, de donde el primero emerge como desbordamiento de la Armonía y del Orden del invisible Mundo de las Ideas. Podemos traer al hilo de nuestra argumentación la noción de Belleza que refieren los textos de la tradición de sabiduría de India, la tradición vedántica, en los que se describe el ideal de lo bello como desbordado de la Belleza como “cualidad” inherente al Ser, el Absoluto. Shatyam, Shivam, Sumdaram: Verdad, Bondad, Belleza, son “cualidades” con las que los sabios describen al Ser Supremo. “Describen”, pero no lo definen. Ningún concepto puede definirlo. Con estas “cualidades” o “atributos” sólo la mente humana puede aspirar a aproximarse a lo incomprensible de Aquello Único e Indiviso.  Hará falta un ingrediente más para que el ser humano pueda asimilarse a la Belleza: conocerse a sí mismo. Ésta de la que hablamos, es otra Belleza. En el Renacimiento, en sus más exquisitas almas, encontramos la idea que hemos reseñado de la sabiduría vedántica. La erudición libresca del humanismo (ver: O.P. Kristeller, Ocho filósofos del Renacimiento), que supuso el alejamiento de la clase intelectual de la tradición de la sabiduría (neoplatonismo de la época, y de la precedente medieval), olvidó lo que se le ofrecía como excelencia de una cultura de la que sólo refirieron someramente las utopías clásicas. Ambas “vertientes” del Arte han coexistido, confundidas como “materiales” que servían de reflexión sobre lo sublime del Arte, sin reconocer la manifestación “oculta” del Arte proveniente de las tradiciones de sabiduría.

Hay otros propósitos e intencionalidades que han motivado al artista a preferir adentrarse en otros prados, alejándose de la búsqueda de aquello que es imposible de ser hallado con la mente humana (aunque sí contemplado con el intelecto superior), que Descartes ya identificaba con el ser humano pensante (distinguiéndolo del ser cognoscente/Ser), conducido por los materiales que conforman su psique, y que recorren los siglos desde la Grecia clásica de nuestra civilización occidental, igualando las nociones de Arte (Lat. ‘Ars’) y de técnica (Gr. ‘techne’), significando aquélla una actividad humana “personal/subjetiva” que muestra su interpretación de la realidad objetiva, o imaginada, realizada mediante recursos de diversa naturaleza. El mundo del Arte es extraordinariamente amplio y complejo. Numerosas páginas han sido escritas sobre esta dimensión verdaderamente fascinante y seductora del quehacer humano. Y de la vida de su desarrollo; sobre todo porque el progreso y la evolución humana conllevan variaciones e incorporación de nuevos conceptos y propuestas, que enriquecen y ensanchan el mundo del Arte. Los medios que se utilizan son hoy asombrosamente diversos y numerosos, dado el progreso de la ciencia y de la tecnología, como exponíamos más arriba. Y aunque a lo largo de los siglos la idea del Arte ha ido modificándose y ampliando sus dominios e instrumentos técnicos, hay unas constantes que siempre se retienen para delimitar el Arte: el ideal de lo bello, la aprehensión intuitiva y el análisis de la realidad que envuelve al artista, sea objetiva (tratando de reflejarla tal como aparece ante sus ojos)  o subjetiva (en la que la psique del artista juega un papel predominante). Desde que la Filosofía se interesó por esta actividad humana, la noción de “estética” está siempre presente, especialmente desde el Siglo XVIII. Aflora entonces una nueva disciplina filosófica: la Estética, que hablará de la relación del artista con el mundo y de su finalidad. Y desde entonces la literatura sobre “Estética”, no sólo invade las bibliotecas de los eruditos y artistas, sino que el término “Estética” ha inundado todos los ámbitos y actividades de la vida humana. El mundo contemporáneo, el de la Globalización, ha manoseado y banalizado/generalizado tanto esta palabra, con anterioridad reservada para el estudio y el análisis de las obras artísticas, que los límites de “lo artístico” se han extendido a casi la totalidad de las actividades humanas, sean culinarias o taurinas, bélicas o deportivas, estilistas de la peluquería o lúdicas actividades presentadas en el lucrativo mundo de los videojuegos o de la cinematografía, cuyo interés -las de estas últimas- parece decantarse por la violencia, correspondiéndose esta preferencia con la cultura mercantilista que “violenta” y enajena la vida humana, porque sus valores participan de ella, de la violencia, al estar ausentes de ellos el “valor de lo humano”… Etc… Qué sentido y finalidad tiene para el mundo de la Globalización la “Estética”, merece un serio estudio tanto artístico como sociológico, antropológico y psicológico. Tal vez se haya degradado tanto el ser humano, que su vida se pierde entre lo bello y lo trivial, lo frívolo y lo violento, en un mundo absolutamente desnaturalizado y deshumanizado. Tal vez el artista, aun cuando busque el ideal de lo bello, esté perdido en el laberinto de un mundo “construido” por la propia acción del ser humano urgida su vida por los valores del mercado y del consumo. Perderse el ser humano/artista en el intrincado laberinto de este mundo, está indicando que no encontró su centro, el del todo ser humano, su esencia. Vivir establecido en el ser que todo ser humano es, resuelve el aforismo antiguo “conócete ti mismo”. También resolvería la deshumanización de la vida humana y de sus actividades. Habiendo logrado descifrar el enigma que encerraba el aforismo, el laberinto se disuelve, desaparece la duda, la confusión, atadas a la búsqueda… Miquel Barceló afirmaba en una entrevista reciente: “Entro y salgo de mis cuadros, buscando algo que no siempre encuentro. Igual que en el mar, lo habitual es bajar y no encontrar nada. Pintar es, casi siempre, hacer cosas en vano”. En el camino estamos. Y en su recorrido encontraremos, acertadamente, el ser del Arte, porque nos habremos encontrado a nosotros mismos.

 DOS

1. Nuestro mundo global habla de Arte, de mimesis subjetiva u objetiva, de concepto, de experimentación y de performance, de la materia plástica como expresión de lo subjetivo como desnudamiento del arte figurativo, de abstracción pura o no pura, geométrica[2], o surgida de algún rincón del subconsciente que es fuente de “manipulación” del mundo cotidiano o del quehacer intelectual o artístico del ser humano. No olvidemos que todo cuanto el ser humano hace/crea/imagina es fruto de la imitación. El subconsciente de quienes conforman el mundo de Arte está plagado de materiales que han sido “captados” por imitación. Su vida se ha construido de esta forma, como la de cualquier ser humano. El Arte es, una aprehensión intuitiva de la realidad y un análisis de la misma, condicionados ambos por el equipaje que almacena la mente. Y exige una técnica (habilidad y adiestramiento) y las herramientas que ésta le requieran, adhiriéndose el artista a una estética determinada. O decidido, acaso, con voluntad determinante, a romper con lo “estético” precedente, que dependerá, hasta el Siglo XX, de la no muy amplia oferta de “estéticas” que el tiempo al que perteneció le proporcionó; aunque siempre se produjo una cierta relajación y permisibilidad en el seguimiento de las reglas que la(s) Estética(s), de cualquier tiempo, de cualquier movimiento o corriente artísticos, le invitaban. Los dominios e instrumental disponible para el uso técnico de los que dispone el Arte que deambula por el mundo global son hoy numerosísimos. No debemos recelar de ellos. En teoría deberían facilitar la labor del artista.

No se olvide que la Estética, como disciplina de la Filosofía, exigía el componente de lo bello, sea como interpretación de lo sublime de la Naturaleza o de lo cotidiano elevado a la dimensión de obra de Arte. El Arte contemporáneo rompe las normas y los códigos. Incluso si el artista tuviera la voluntad de quitar el valor a cualquier forma, hecho que negaba Eugenio D’Ors. Ya venía haciéndolo el Romanticismo del Siglo XIX, que ampara nuevos ideales de Belleza, de libertad expresiva, llevando ésta a la exclusión de lo bello, sustituido por “estéticas” que  fueron surgiendo al tiempo que la cultura perdía el valor de “cultivo y refinamiento” del espíritu humano. La Estética, como disciplina filosófica y como sinónimo de normas, o de ausencia de normas, en una corriente artística, se ha diversificado y diluido en un sinfín de “estéticas artísticas”. Seguramente como expresión de la rotura de la psique del ser humano. El Siglo XXI es un tiempo idóneo para reflexionar sobre qué ha sido el Arte en el Siglo XX y en los comienzos de nuestro nuevo Siglo. Pero debemos indagar primero las causas que generaron la turbulencia, la beligerancia y la violentación de la actividad surgida de la confrontación -en todos los ámbitos de la vida humana- que recorrieron cada minuto, cada hora, cada día, cada año, de una etapa que debemos dar por finalizada. No podemos extenderla sine die. Hemos comenzado un nuevo Siglo y debemos sembrar la semilla que queremos recoger. Aún, en nuestros días de nuevo Siglo, estamos recolectando las semillas de la cultura de la beligerancia que generó la visión dual del mundo en el Siglo XX. La Globalización, como etapa del proceso evolutivo y cultural humano, que debería conectar y enriquecer las diferentes manifestaciones artísticas, ampara la banalización y empobrece la obra artística, al centrar el propósito y finalidad del Arte en la competitividad de los productos artísticos, y en su definición como mercancía que debe entrar en la dinámica del comercio, tal si fuera un producto más del mercado, por lo que se les imponen las leyes del mercado, creando un mundo del Arte dependiente del valor que asigna la cultura de la oferta y la demanda. Difícilmente el artista puede sustraerse de esta “realidad” productiva y consumista de la obra artística, que debe decidir si quiere participar inscrita su actividad en el mundo del Arte actual. Porque el Arte es un activo más del mercado. No hay nada que no se rija por las reglas del mercado. Estamos reconociendo con ello que la obra artística es un “sustituto” del dinero. Para dar salida al exceso de oferta de obras artística se crearon “supermercados de Arte”. La cultura de la oferta y demanda es apoyada por todas las instituciones y organismos en los que la cultura cumple con esa exigencia que demanda la ley “de la oferta y de la demanda”. No puede hacer otra cosa que seguir las reglas del juego del “sistema”. Toda actividad humana está regida por estas reglas que se imponen en la mentalidad/formación/actividad del artista. La libertad en el Arte está condicionada por estas reglas del juego mercantilista del “sistema”.

De aquí a la desnaturalización/deshumanización del Arte ni tan siquiera hay un paso. El mundo del Arte, en nuestra etapa de Globalización, conquistada por el capitalismo trans-neoliberal, se mueve en la misma dirección de transversalidad que el mundo de las finanzas y del mercado. Curiosamente que en este mundo del Arte, tan atractivo para el mundo de las finanzas, se reclama aquel producto artístico que ha sido publicitado en las galerías de Arte y en las citas internacionales en las que se exponen lo “novedoso” como reclamo para la comercialización del mismo. El Arte vinculado al ideal de lo bello queda sólo para los coleccionistas que especulan con la obra artística. El dinero compra “el Arte convertido en mercancía”, por su valor dinerario, en tanto que inversión, por ser un activo de mercado, y porque su valor se verá incrementado por la misma dinámica de la oferta y la demanda, sobre todo en épocas de crisis económica. En el capitalismo mundializado, el valor de la obra de Arte, más allá de ser reconocida por la Belleza que encierra -y los otros valores que se le presuponen-, reside en su capacidad de ser intercambiada por dinero. ¡Es el capitalismo! ¡Qué otra cosa se puede esperar!

2. El mundo no es otra cosa que la representación de lo que llevamos dentro y eso es lo que expresamos y lo que vemos reflejado fuera, sea en una obra de Arte o en un suceso. Descifrar el viejo aforismo “conócete a ti mismo” aclarará las dudas que nos asalten al indagar sobre la anterior afirmación. Entonces el ser humano vivirá consciente del ser que es, logrando establecerse firmemente en aquello que conoció como su verdadera naturaleza. En Oriente hay un juego conceptual que ejemplifica nuestra reflexión: el ser humano no es lo que cree ser; tampoco es lo que los demás creen que es; es aquello que no cree ser. Cuando el ser humano vive creyendo ser lo que no es, de tal creencia surge su posicionamiento respecto de lo que cree que es el mundo y, en el caso del artista, tendrá una actitud respecto de lo que en Arte ha de “hacerse” con esa aprehensión intuitiva de la realidad y con el análisis de la misma, material con el que ha de desenvolver su proceso artístico, para hacer posible la realización de su trabajo. No olvidemos que nosotros creamos un mundo hecho a la medida de nuestras sensaciones, percepciones y recuerdos, como nos recordaba el premio nobel en física Heisenberg. Nuestro ideal de Belleza estará determinado por lo que constituye nuestra psique, individual y colectiva. Y acaso nuestra mente, en un mundo desnaturalizado por la inhumanidad que representa la visión del mundo basada en la lucha de los contrarios del paradigma mecanicista, la beligerancia y la oposición a todo aquello que no compartimos, sea nuestra visión del mundo, sean nuestros intereses económicos o ideológicos, sin duda estará tan contaminada por tantas y tan variadas causas y las motivaciones que nos impulsaron a realizarlas -y, cómo no, por las consecuencias de éstas- que debemos ver en todo este material de nuestra psique el origen de la deshumanización de la vida y, con ella, la del Arte.

Nuestra psique está llena de conjeturas, opiniones, creencias, suposiciones, que cimientan nuestra vida, sin prestar atención a aquello que está más allá de nuestra psique y que es nuestra realidad más íntima, nuestro yo “libre” de los materiales psíquicos que forman el contenido de nuestra mente, con los que nosotros vivimos en primera persona, como si fueran consustanciales a nosotros. Esta “experiencia” psíquica que vivimos como si fuera nuestro ser, nos ajena de nuestra realidad, nuestro ser. Indagar en esta realidad nuestra, descubrirla y mirar el mundo desde ella, nos conducirá a generar un proceso  ascendente desde las conjeturas hasta el estado en donde la Belleza se percibe en identidad a nuestro ser: “Estas conjeturas os llevarían a la imaginación, y esta imaginación os llevaría a la visualización, y la visualización verticalmente os eleva hasta el reino de la belleza.”, le escuché en una ocasión al Maestro de sabiduría Sri Sathya Sai.

De este modo se percibirá el mundo como la manifestación de nuestro ser y sabremos que tras tan “sugestiva” veladura del mundo objetivo fluye, dándole aliento, el ser que da vida a nuestra propia manifestación. Y ese ser nuestro es único, indiviso, universal, instalado en toda individuación, no como parte, sino en toda su plenitud de ser universal, oculto tras la apariencia con la que se muestra en cada cosa o ente vivo. Hemos desestimado la importancia de la educación. Cuando la educación conlleva el propósito por el cual fue instaurada, la de transmitir el conocimiento por el cual el educando logrará conocerse a sí mismo, en su verdadera dimensión de excelencia humana, expresar la Belleza no será una cuestión de elección de tal o cual estética. La Belleza siempre estará presente en la obra artística. Y demarcará los límites del Arte.

3. Mirando hacia Oriente, nuestra perspectiva cambia. Según la vedanta hindú, nada impedirá conocer la Belleza unida indivisiblemente al Amor, como manifestación y exteriorización del Ser. El objeto más elevado del Amor es la Belleza, decía Platón. Dijimos que la tradición de sabiduría india el Ser es definido por tres nociones que se exigen mutuamente: Sathyam, Shivam, Sundaram: Verdad, Bondad, Belleza. Tres conceptos de los que Sócrates solía hablar con sus interlocutores, según nos cuenta Platón en sus Diálogos. Estas “cualidades”, con las que se quiere dar  una explicación para acercar al ser humano a la “comprensión” del Ser, no son distintas del Amor, en tanto que manifestación del Ser. Las tres cualidades llevan implícitas el Amor con el que el Ser se desborda creando el Cosmos/Universo. Son el propio Amor fluyendo en cada una de ellas y en las tres al mismo tiempo. Y estas “cualidades”, con las que se intenta definir al Ser, no son ajenas al ser humano, pues son las mismas que definen la naturaleza esencial de cada hombre y de cada mujer. En Oriente (lo fue también en Occidente: Parménides, Heráclito, Sócrates/Platón…Plotino…), el Ser Trascendente “es” inmanente en toda forma de vida, como lo es en el ser humano, por lo que ambos participan de la “esencia” que intentamos “comprender” mediante las “cualidades” que le atribuimos. No hay diferencia entre el Ser Trascendente y el ser humano. Ésta es la razón por la que declaramos que la Belleza es inherente a nuestro ser, por lo que ha de entenderse como indistinta al ser interno del ser humano. En última instancia, la Belleza es expresada y/o percibida como una forma de manifestación del Amor. Por ello Platón le atribuía a la Belleza el más elevado estatus manifestado del Amor. Plotino, el filósofo más destacado del neoplatonismo, identifica lo bello, lo verdadero y lo bueno, siendo el artista, para él, un “espíritu encarnado”. La “belleza ideal” -exponía el neoplatonismo- se expresa a través de la belleza sensible.

“El que ha descubierto en su interior
el Ser que penetró
en aquel peligroso e inaccesible lugar
es el creador del universo,
el que todo lo ha creado.
Todo es su ser
Y él es el ser de todo.”

[…]

“Cuando un ser humano
toma conciencia directamente
del luminoso Ser;
el creador de lo que ha sido y lo que será
ya no quiere ocultarse más de él.”

Estos versos del Gran Upanishad del Bosque (Brihadaranyaka Upanisad) nos ayudarán a explicar cómo el ser/Ser, escrito con inicial mayúscula o minúscula, es el sustrato que alienta la vida “externa” o manifestada, o la apariencia de la que la Filosofía expone relacionada con el Ser. Pero no es tarea fácil conocerla y vivir en el estado que exige su conocimiento, porque el conocimiento del Ser/Verdad, Bondad, Belleza, si no fructifica y se expresa en la vida diaria del ser humano, es absolutamente estéril. Pero la Belleza tampoco es inescrutable o inaccesible para el ser humano, pues decíamos que está unida a su esencia. Incluso puede expresarse en el mundo de los hechos de los seres humanos, aun cuando éste lo hayamos desnaturalizado, porque está aunada inseparablemente al ser de cada hombre y al de cada mujer. Cuando el ser humano desconoce esta verdad, yerra y sufre, viviendo una vida alejada de su natural esencia.

¿La razón de la desnaturalización de la vida humana que aparece ante nuestros ojos como un paisaje que nos descorazona y desalienta? ¿Habremos perdido el “valor de lo humano”, de nuestra verdadera esencia? En realidad, estamos siendo incorrectos cuando utilizamos la expresión que la Belleza “está unida o “aunada” a la esencia del ser humano. Sustancialmente porque el ser humano, idéntico al Ser, no tiene atributos. Le atribuimos cualidades porque precisamos personificarlo para tratar de exponer lo que de él comprendemos. Y esta personificación del ser nuestro tiene su causa en el hecho de que nosotros nos identificamos con la “personalidad” que hemos desarrollado y vivimos en primera persona, olvidándonos de que somos el ser/Ser, y éste no es personal, es universal, inafectado, el mismo ser/Ser universal que pulsa en el interior de todo ser humano, y aun en toda forma de vida, sin olvidarnos de lo que llamamos seres inanimados. Por tanto, ninguna cualidad “está unida” al ser/Ser, porque el ser/Ser sólo “Es”, sin partes, sin atributos, sin cualidades que lo definan. En última instancia, recordando la vía advaita de la vedanta -o conocimiento de no dualidad-, y apoyándonos en la vía que abre el conocimiento que Ibn Arabí expone en su Tratado de Unidad, ¿cómo puede unirse aquello que siempre es/fue/será Uno?

Es, por tanto, que la Belleza puede ser “expresada” y “percibida”, al estar instalada en el ser que crea la obra artística y en el ser (espectador) que “descorre” la veladura tras la cual lo percibido -la obra artística- le descubre la Belleza que motivó su creación. El vínculo interno está dado. La Belleza inscrita en el centro del ser del artista, manifestada como Arte, permite que pueda ser contemplada por el espectador, y transportarlo al recinto de su interna morada para gozarse a sí mismo, en su propia Belleza, su ser/Ser, su Amor/Verdad/Bondad. La obra artística fue el estímulo, el recordatorio de lo bello interno, que ahora sí trasciende el ojo físico y/o el ojo mental-hermenéutico, necesarios para localizar la obra e interpretarla, mas dejando el camino libre para que el ojo del espíritu se recree en “contemplación meditativa” de su propio ser, la fuente de lo bello artístico. El propósito de esta vertiente del Arte no es otro que “revelar” la Belleza del ser/Ser en tanto que Amor, pues los atributos con los que se expresa, Verdad/Bondad/Belleza, pueden ser comunicados para despertar la contemplación y el goce “místico” en el espectador. Por esta razón decimos que el propósito del Arte es la “revelación” del Ser. O de su Verdad. O de su Bondad. O de su Belleza, como los objetos más elevados del Arte en esta “vertiente” (de la que nunca se habla en Occidente, insistiendo que no nos referimos al “Arte sacro/religioso”, que puede o ser incluida en esta vertiente del Arte que destacamos), porque estas “cualidades” del ser/Ser son el desbordamiento del Amor del ser/Ser. Las afirmaciones que declaramos las tomamos prestadas de las tradiciones de la sabiduría, y ésta no cambia desde que el ser humano puso su pie sobre suelo terrestre.

Quizás la reflexión anterior ayude a comprender que debe abrirse dos vertientes en el Arte, la que en estas líneas reflexionamos -de la que ya avanzamos algunas ideas en el apartado primero-, siguiendo a las tradiciones de sabiduría, y el Arte que surge de la psique humana, como “mimesis” objetiva o subjetiva, tal las diferentes proposiciones que la disciplina filosófica de la Estética define como pertenecientes al Arte; o   madura en la mente del artista que expresa su particular mundo interno, reflejo del contenido de su psique.

Este Arte pertenece al estado del ser, no al de la psique. En la tradición de sabiduría vedántica, Tukaram escribía en el Siglo XVII un poema al que nos hemos referido ampliamente en otro lugar, en donde expone la función de la poesía, adelantándose al concepto de “metapoesía” surgido en el Siglo XX. Así decía su poema: “Arreglar las palabras / en cierto orden,/ no es lo mismo/ que la quietud interior/ que es la poesía./ La verdad de la poesía/ es la verdad del ser./ Es una experiencia de la verdad./Ningún ornamento sobrevive/ a un crisol./ El fuego revela/ sólo el oro fundido./Dice Tuka:/ Estamos aquí para revelar./ No desperdiciamos/ las palabras.”

Nunca hemos reflexionado sobre el Arte que realizaron los místicos occidentales (cristianos, judíos o musulmanes) y orientales, quienes se incursionaban en un camino o vía que los condujeron a la “unidad” con aquello a lo que aspiraban; o los jñanis hindúes o los jivanmuktas budistas, que trascendieron todo camino místico o indagatorio, al “reconocerse” el Ser al que aspiraban, descubriendo que no hay vía para llegar a la no vía. Si abrimos un apartado en el Arte para una vertiente no estudiada/percibida por la Filosofía o por la crítica del Arte, no es porque creamos que la “otra” vertiente, que hemos denominado de “mimesis” no tenga el valor que atribuimos a la “vertiente” que destacamos en estas líneas. Sino porque los propósitos, los ámbitos de investigación y de análisis, los intereses, la misma noción de “intuición”, nos son los mismos. Son dos “estados” distintos, no excluyentes (¿por qué habremos de excluir lo que es imposible de ser distinto, aunque no se conozca esta identidad?), pero sí es importante distinguirlos como dos manifestaciones que el Arte nos ha ofrendado. Insistiendo en la obra pictórica que más claramente puede adscribirse a esta “vertiente” mística -por llamarla con un término reconocible en Occidente- ¿quién dudaría de la contemplación mística de la obra de El Greco? La grandeza de Leonardo da Vinci, ¿acaso no procedía de la contemplación absorta de la grandeza, fuerza, poder  y de la belleza de la Vida, con inicial mayúscula? La grandeza de Velázquez reside en la perfección de su técnica y en su “percepción” intelectual del mundo objetivo. La candidez y Belleza que Giotto plasma en su obra ¿proviene de la intuición/contemplación  intelectual o de la intuición no conceptual del místico? La Belleza de la obra “realista” de Rembrant proviene de su capacidad intelectual para analizar el objeto en el que centra toda su atención como motivo de su trabajo, unida la extraordinaria intuición artística que le facilita armonizar la luz y el color que confieren realidad “subjetiva” a su obra. Hay un esplendor en la obra de Rembrant que nos embriaga. Hay un yo subjetivo que impregna su pintura, aun cuando plasma la realidad objetiva. Hay Belleza en las obras de los pintores citados, pero los canales para “captarla” y “expresarla” no son los mismos. En determinados artistas sería difícil trazar una línea que separe estas dos “vertientes”. O tal vez podríamos decir con mayor precisión, que lo que se ausenta del artista que pone su atención en la Belleza externa es la “conciencia” de estar contemplando aquello que no puede ser “percibido” por los sentidos. La razón es bien simple. La atención sostenida sobre un objeto pasa de la concentración a la contemplación, diría la sabiduría oriental. Y la contemplación lleva al artista a transferirse de lo externo a lo interno. Por esto muchas obras artísticas nos transmiten esa Belleza interior, aun cuando el artista no tenga consciencia de su logro. La palabra clave que distingue un Arte de otro Arte nos la proporción Tukaram: “Estamos aquí para revelar./ No desperdiciamos/ las palabras.” Estas palabras “revelan” que el Arte al que él nos remite no proviene de la aprehensión de la realidad objetiva, aun cuando ésta sea expresada mediante el lenguaje. Proviene de la percepción de la “cosa en sí”, aquello que tiene realidad tras la apariencia externa. Y no es exclusivo del místico. Está latente en todo ser humano. Sólo tiene que contemplar y permanecer en el ensimismamiento de la contemplación. En la búsqueda de la perfección en el Arte hay esta tendencia del ser humano de encontrar y expresar la “excelencia”, y en este camino encontrará, sin duda, la Belleza.Para concluir, la Belleza, al ser consustancial al ser humano, podrá ser expresada siempre, en todo momento,  ¡cómo no, si es suya, herencia de su ser, por nacimiento! Pero no todos los seres humanos han logrado comprender esta verdad. Para que el ser humano pueda expresar esta “vertiente” de la Belleza “conscientemente”, ha de estar muy cerca de su ser, conocerlo, contemplarlo, saborearlo, amarlo y ¡expresarlo! Entonces, sólo le faltará poseer las habilidades y las técnicas necesarias para que el Arte surja de la contemplación de su propio ser. Insistimos que la línea de demarcación es difícil de establecer en muchas obras artísticas, porque el ser humano no es ajeno a la Belleza, por lo que puede ser expresada “inconscientemente” sin que su actividad y “estado” sea considerado “místico”. Esta reflexión se aplica también a toda actividad creativa. ¿Qué ser humano puede carecer de creatividad, si como expone el Gran Upanishad del Bosque: “El que ha descubierto en su interior/ el Ser que penetró/ en aquel peligroso e inaccesible lugar/ es el creador del universo,/ el que todo lo ha creado.”? Todos los seres humanos somos creativos, pero no necesariamente artistas, si no tenemos las habilidades para participar de la “creación artística”. No obstante, la creatividad siempre estará “potencialmente” en el ser humano. Sólo hay que conocerla y expresarla; es decir, sólo hay que “conocerse a sí mismo”. Que hasta la fecha, incluso cuando nos ufanamos de haber logrado la “educación universal”, no hayamos descubierto las verdades que exponemos, las mismas que las tradiciones de sabiduría de Oriente siguen declarando, y que Occidente nos lo recordó, con insistencia, en algunas etapas de nuestra civilización occidental, tiene una causa evidente: la educación y la cultura se han degradado hasta tal punto que el ser humano ha sido ajeno a la excelencia del conocimiento mediante el cual se le revelaba su verdadera esencia.

 TRES

1 Los tiempos cambian y la percepción de la cultura varía según se reemplazan los valores culturales de una sociedad por aquellos otros, que o bien son demandados por amplios sectores de una sociedad, o por la imposición autoritaria del poder gobernante. Si los valores cambian, no son universales ni inherentes al ser humano; son transitorios, y por tanto dependientes de la eventualidad cultural y política provisionales. Esto sucede en las democracias representativas, impulsadas por la ideología burguesa, racionalista, de pensamiento materialista que las socialdemocracias europeas que, junto al pensamiento político liberal, lograron imponer tras la finalización de la Gran Guerra, respaldado  e intervenido por los EEUU, cuyos valores no fueron ni serán estables, cambian en función a la correlación de fuerzas que pugnan en el foro de la política. Ideológicamente, el mundo de la globalización está tupido por ideologías de provenientes del neoliberalismo, de la socialdemocracia y de la plural manifestación de grupos marxistas, abierto en abanico muy amplio confluyendo en movimientos sociales que se abren paso hacia el la representación política y hacia la gobernanza de sus comunidades. Esencialmente todos ellos aceptan los programas que el capitalismo trans-neoliberal impone, aunque cada uno de ellos matizan “sus” diferencias [3] para “diferenciarse” y “singularizarse” frente/contra los demás. Esto es éticamente inmoral, por estar urdida desde la falacia y desde la ambición por “controlar” el poder político de una nación o global.  Hay una política de la diplomacia (de la mentira) y de la visión partidaria de sus parcelas de valores “diferenciadores”, nacionales y transnacionales/globales, que no defienden aquellos valores que se derivan de los derechos que contemplan las Cartas Magnas de las naciones que deben regir la vida de sus sociedades, y que finalmente, en el falso foro de las Naciones Unidad han sido refrendados por todos sus  miembros, sin que tan democráticos acuerdos se vean reflejados en el tejido social, y muy especialmente en el de aquellas naciones en las que difícilmente pueden ser aplicados, cuyos gobiernos autárquicos y dictatoriales lo impiden, como ocurre en el África subsahariana, en la zona este de Asia, o en determinados pueblos en vías de desarrollo de América Latina. A veces son los dirigentes de los credos religiosos los que ponen toda clase de obstáculos para que los valores que aprueban con su voto en las UN se instalen en las sociedades que gobiernan, cuando menos culturalmente. Son derechos y valores democráticos que consideramos importantes para la convivencia humana, si bien algunos de ellos son motivo de disputa y de enfrentamientos sociales y políticos en las democracias representativas. Estos valores/derechos humanos son las señas de identidad de nuestras democracias representativas y, como decíamos arriba, son susceptibles de ser reemplazados por otros, debido a la lucha “democrática” en la que se miden la correlación de fuerzas de los grupos políticos. La política no es el foro adecuado para la transformación del mundo en una única patria sin fronteras, justa e  igualitaria, cooperativa, culturalmente digna de ser denominada “humana”.

No obstante de los progresos de las democracias representativas en materia de derechos humanos, en el inicio del Siglo XXI no existe la “Cultura” como refinamiento, como la expresión de la actividad humana educada/ilustrada en la excelencia, como hemos explicado ampliamente en otros trabajos. La cultura y la educción se definen y se valoran, en nuestra cultura capitalista mundializada de las sociedades representativas, como estrategias cognoscitivas y de expresión/actividad al servicio de la implantación de un modelo socioeconómico cuyos valores responden a las exigencias del mercado y de la competitividad, de la oferta y de la demanda que aquél impone. Se habla del consumo y de mercado cuando en los organismos e instituciones los agentes/colectivos implicados se organizan las actividades que estiman como culturales. Esto es lo natural en un modelo sociocultural derivado del paradigma mecanicista/capitalista que “pone en valor” todo aquello que ha de producir y consumir culturalmente la población/ciudadanía. Pero se olvida del “valor de lo humano”, su “humanidad”, la del hombre y la de la mujer, que es definida por lo que las tradiciones de sabiduría de Oriente y de Occidente han denominado los valores humanos universales, inherentes en todo ser humano. Algunos de estos valores humanos universales nos son atendidos por la cultura estatal, aconfesional y laica de las democracias representativas. Éstas disputan con “sus” valores/derechos los espacios sociales en los que los valores inherentes al ser humano deberían brillar, por considerarlos “no aconfesionales”, surgidos de estrategias cognoscitivas o de credos religiosos, sin indagar que los valores humanos universales van más allá de los credos religiosos, e incluso de cualquier doctrina filosófica o política. Son humanos porque definen la esencia de “lo humano”. Y son universales porque no son ajenos a ningún ser humano. Son las señas de identidad de la Humanidad como colectivo “unidos” todos sus miembros, sin exclusión, por el cordón de su “humanidad”.

Cuando encontramos a un budista que practica la verdad, la rectitud, la paz, el amor compasivo y la no violencia, y lo declara en el foro de las Naciones Unidas, como hizo el moje  budista Maha Ghosananda, decimos que es un ser ex excepcional. “En otro lugar escribimos “La cultura budista del Lejano Oriente es hoy un ejemplo de humanismo, que ha conmovido a Occidente desde que se produjo la afluencia de monjes budistas a Occidente, motivada, por un lado, por la invasión china del Tíbet, y por otro, por la conflictividad regional en la zona comprendida por países como Camboya y Vietnam. Desde la Segunda Guerra Mundial se han visto afectados, hasta hoy, por la pugna entre las ideologías comunista y capitalista, trasladada a la región por los intereses en pugna durante la Guerra fría entre el Este socialista y el Oeste capitalista. La bondad y compasión del monje budista camboyano Maha Ghosananda, es venerada entre su pueblo por su inquebrantable labor de asistencia a las comunidades de refugiados que huían del Khmer Rojo. Este “hacedor de la paz”, que habló al mundo en la Sede de las Naciones Unidas, ha sido un ejemplo de “paz imperturbable” en un mundo de violencia y de odio. Llevó la palabra del Buda con toda sencillez y compasión a todos  aquellos que sufrían mientras los templos eran quemados y las vidas de sus conciudadanos sesgadas. Repetía aquellas palabras del Buda recogidas en el Dhammapada: ‘El odio nunca se acaba con odio, sino que sólo con amor es sanado. Esta es la antigua y eterna ley.’”
“En medio de tanta barbarie, nunca dejó de dar ejemplo de paz, compasión y amor a toda la Humanidad, pero tampoco dejo de clamar ante las Naciones Unidas por la paz de su pueblo:
            ‘La pacificación requiere compasión. Se requiere la habilidad de escuchar. Para escuchar, nos tenemos que entregar a nosotros mismos. Escuchamos hasta que podamos oír nuestra pacífica naturaleza. Al aprender a escucharnos a nosotros mismos, también aprendemos a escuchar a los demás, y surgen nuevas ideas. Hay una apertura, una armonía. Al llegar a creer unos en otros, nos permite descubrir nuevas posibilidades para resolver conflictos. Cuando escuchemos atentamente podremos oír la paz que surge.
                ‘No puede haber paz si hay celos, autocomplacencia, o críticas sin sentido. Debemos decidir que hacer la paz es más importante que hacer la guerra.
                ‘La pacificación requiere altruismo. Es el altruismo que se arraiga. Para lograr la paz, los trabajos en grupo y la cooperación son esenciales. Es muy poco lo que podemos hacer por la paz y sentimos que somos los únicos que conocemos el camino. Un verdadero pacifista sólo luchará por la paz, no para conseguir fama, gloria o incluso honor. Luchar por fama, gloria u honor solamente perjudicará nuestros esfuerzos.
                ‘Para lograr la paz se requiere sabiduría. La paz es un sendero que es elegido conscientemente. No es un vagar sin ninguna meta, sino un viaje paso a paso.
                ‘La pacificación es el sendero del medio, de la ecuanimidad, la no dualidad y el desprendimiento. Lograr la paz significa el perfecto equilibrio entre la sabiduría y la compasión, y la perfecta unión de las necesidades humanas y las realidades políticas. Significa compasión sin concesión, y paz sin apaciguamiento.
                ‘El amor es el único camino hacia la paz.
“No se nos ocurre otra consideración que la de definir esta reflexión sobre la paz de Maha Ghosananda como expresión de un humanista consciente de un mundo que desconoce el verdadero sentido de la paz, y por tanto ¡del hombre!, aun cuando el mundo dice trabajar por la paz armándose para la guerra. Todas las virtudes ensalzadas por este bondadoso y sabio mensajero de la paz son virtudes inherentes al ser humano.”[4]

Lo mismo diríamos de un vedántico cuya vida se base en la aplicación de estas cualidades, y las promueve en su comunidad para que ésta se desenvuelva en paz y en armonía. Pero cuando en Occidente hablamos de estos valores humanos universales, nos ponemos las manos en la cabeza y los rechazamos por provenir de alguna doctrina religiosa, espiritual o mística, es decir, del ámbito “no-aconfesional”. Y sin embargo “verdad”, “rectitud”, “paz”, “amor compasivo” y “no violencia”, son las cualidades/valores que no sólo ponen nombre a lo que nosotros llamamos valores humanos universales consustanciales a todo hombre y a toda mujer, sino que son las señas de identidad de una cultura y de una educación de “la excelencia”. Y una vez expresados en la vida diaria de un ser humano son la explicitación en su vida diaria de la Verdad/Bondad/Belleza del ser/Ser que le da vida al componente psicosomático, pues constituye su verdadera esencia. Comprendemos que hayan sido arrinconados porque las doctrinas religiosas que los han transmitido han sido causas directas de beligerancia y de luchas sociales y políticas que durante siglos han ensangrentado los campos de cultivo y las calles, e incontables cárceles que la Humanidad “deshumanizada” levantó a lo largo de su Historia. Tan atroz comportamiento de los líderes religiosos y de sus correligionarios, cuando han actuado en connivencia con el poder político, ambos responsables de las atrocidades que todos tenemos en mente, no puede ser calificado más que con palabras censurables: fanatismo y crimen ni si quieran se acercan a la atrocidad de tales inhumanos actos. Nuestra censura anterior también vale para los credos que se han constituido como regentes del poder político. Dejando clara nuestra reprobación a tan desalmados comportamientos, los valores humanos universales no son los responsables de ningún crimen; todo lo contrario, gracias a ellos podemos hablar de pueblos pacíficos e integradores, compasivos hasta la amabilidad y la comprensión, aun cuando están, hoy mismo, siendo golpeados por el fanatismo ideológico y/o político de otros pueblos. Lo más curioso es que, aun cuando se desconozca que son inherentes a su ser, siempre irán unidos indivisiblemente al ser humano, pues son parte de suya, consustancial a su naturaleza, desde el nacimiento. Es más, son su propio ser, el aliento sin el cual no tendría existencia. Es la ignorancia y/o la inmadurez del ser humano, individual y colectivo, las causas directas/raíces de tales crímenes. Hablamos de credos religiosos como de credos políticos e ideológicos, pues creencias son, y no ajenas a normas y leyes cruentas, unas veces, beligerantes y aguerridas otras, excluyentes las más.

La nueva cultura que surgió al amparo de la contracultura de los años sesenta del pasado siglo reclamaba el apremio de hacer visible la emergencia de los nuevos valores, al tiempo que la ruptura con el viejo paradigma deshumanizador parecía atrincherarse en la lucha ideológica de los bloques antagónicos, el Occidental capitalista  y el Este comunista. En otros trabajos hemos explicado cómo se desarrolló esta nueva cultura emergente y cómo generó una nueva manera de indagar y de comprender al ser humano y al mundo que lo circunda, terrestre, y el que lo circunscribe, cósmico, y aunque su progresiva manifestación en la superficie del tejido social parecía desenvolverse lentamente, su gestación fue firme, tanto que hoy parece dar pasos agigantados, estableciéndose viviblemente por doquier [5]. Aunque para ser exactos, debemos decir que siempre fue visible para quienes “estuvieron atentos/as” a los movimientos que se producían en la superficie de cualquiera de los ámbitos de la sociedad humana, que también, gradualmente, fue conformándose en un organismo global, al tiempo que se desarrollaban las redes de conectividad que nos hacían cada día más cercanos unos de otros. Cuando hablamos de emergencia de una nueva cultura nos estamos refiriendo, pues, a la ruptura provocada por un modelo de comprender el mundo, y por tanto de enfocar el conocimiento y de comprender al hombre, como individuo y como colectivo, respecto de otro modelo anterior que, o bien ha quedado obsoleto, o progresivamente, conforme avanza el nuevo, nada puede impedir su desintegración, como algo que ha de darse naturalmente, cuya desaparición ya estaba dada en su gestación.

La emergencia de una nueva forma de mirar y comprender al hombre y al mundo, tal como nos lo presentaron los nuevos paradigmas no mecanicistas, fue la semilla de la cual comenzó a germinar el cambio de rumbo de una Humanidad que comienza hoy a ser consciente de que el camino recorrido por el paradigma mecanicista, si bien ayudó a avanzar, en conocimiento y en bagaje experiencial, llegó a su final, habiendo cumplido su objetivo de conducir al colectivo humano a dar por terminado un ciclo e iniciar una nueva andadura que le sitúe en su madurez consciente, en una racionalidad dialogante e integradora ¡y finalmente en PAZ y en CONCORDIA fraternas!, que le permita vertebrar el tejido social, cultural y productivo del mundo global, situando al ser humano en una nueva etapa evolutiva y civilizatoria. Esta emergencia cultural ha tenido, desde su inicio, como impulso gestor el principio de unidad, que en sí mismo, por su propia naturaleza, tiende a trascender y dejar atrás, por obsolescencia, a la cosmovisión dual, con la que durante milenios hemos construido el mundo, el saber y nuestras relaciones sociales, económicas, políticas.

La ruptura de pensamiento que, desde mediados del siglo XX, tal como hemos expuesto anteriormente, ha venido expresándose, desde entonces, de forma visible, a través de una nueva conciencia con voluntad de explicitar la arborescencia de nuevo modelo/paradigma que se tradujera, no sólo en ciencia, sino también social y culturalmente en un nuevo modelo vertebrado por la cualidad de la “humanidad”, que nos está informando de una Humanidad que comienza a presentar las primeras credenciales de su madurez, con las que la Ilustración, soñaba para el colectivo  humano, siempre que trascendiera la etapa del “tutelaje”. Y qué duda cabe que en nuestros días parece que el sueño ilustrado comienza a dar sus frutos. Aún queda un trecho en el camino que la Humanidad ha de transitar para ser enteramente consciente del propósito de su existencia, y la del hogar planetario en el que enraizó su proceso evolutivo. Tenemos la experiencia del modelo de sociedad capitalista que nos resultó inhumanamente doloroso. Ha sido un aprendizaje, necesario para diseñar un nuevo mundo humanamente habitable, sin atajos de infantilismo revolucionario. Un nuevo camino de (re)evolución, consciente de los pasos necesarios y certeros para alcanzar la nueva etapa que nos está abriendo el Siglo XXI, fruto de un esfuerzo titánico de todo el colectivo humano. Las bases de una nueva cultura están cimentándose. El espacio de globalidad espera la puesta en escena de un nuevo mundo. Aún falta que el tejido social humano, globalizado, comience la representación de su nueva etapa civilizatoria, de unidad y de concordia, cooperativa e integradora. La obertura de un nuevo drama resuena en el espacio de la Globalización. Un mundo sin fronteras comienza su andadura. Es una nueva civilización inaugurada por la dinámica de un nuevo paradigma social y cultural que lleva las señas de identidad de la “humanidad” que vive inscrita en el corazón de cada ser humano.

El Arte tiene un nuevo escenario donde mirar. Pues las rupturas nunca fueron ajenas al mundo del Arte. Los cambios en la conciencia y en el pensamiento que se producían en el Siglo XX inocularon al Arte el virus de la investigación de nuevos modos y formas de expresar lo que la “ruptura” le promovía/incitaba a manifestar artísticamente. Una ojeada a los movimientos surgidos, no sólo en ámbito de la pintura, sino en cualquiera de las manifestaciones artísticas, nos permitirá percibir con nitidez cómo el Arte del Siglo XX conllevó la/s consecuencia/s de la ruptura que promovió inicialmente el cambio de paradigma en ciencia, que arrastró al colectivo humano, en vías ya de saberse “global”, a exteriorizar roles de pensamiento y de conducta sobre los que gravitaba la progresiva “desintegración” del paradigma mecanicista, aun cuando “académicamente”, entonces, aún se buscaran formas de sujeción del inevitable derrumbe de sus cimientos. Creemos que pocos pensadores y artistas tuvieron claridad de pensamiento mientras desarrollaban sus trabajos. Sin embargo, ningún pensador o artista pudo quedar al margen de esta “ruptura”, aun cuando fuera ajeno a ella.

2. Ya aceptamos con resignación que no podemos reclamar para el Arte el valor de lo bello, porque la Belleza pertenece a la dimensión de lo contemplativo, proporcionando al artista y al receptor un agrado desinteresado cuando es plenamente manifestada y receptada, en cualquiera de sus “vertientes”, pues facilitaría a ambos -decíamos más arriba- el progresivo estado de interiorización y de hondura de alma, humana y/o espiritual, porque no bastaría con la sola mirada, o con la hermenéutica, imprescindible para que los sentidos puedan percibir y dejar a la mente su facultad de “interpretar” las obras de Arte a partir del Siglo XX, las del expresionismo y las surgidas de su “abstracción”, o las del surrealismo y las del cubismo, entre los numerosos movimientos  estéticos que irrumpieron como expresión de la libertad que trajo el Siglo XIX con el Romanticismo, luego de producirse la Revolución francesa y la Ilustración. Hay numerosas corrientes artísticas, cuyos representantes elaboraron manifiestos y normas programáticas, que exigían una hermenéutica, no siempre fácil de “comprender” la intencionalidad y el sentido de las obras que surgían en el seno de las mismas. Hay mimesis, sentido y concepto, sensibilidad y hermenéutica, materia tratada como “objeto” artístico, pero ¿dónde se encuentra la Belleza? ¿Hubo/hay tiempo para que el pintor/artista de los Siglos XX y XXI, acuciados por la premura y el pesimismos del maquinismo con el que el liberalismo contaminó la vida laboral y social de la modernidad contemporánea? ¿Hubo/hay tiempo para que el artista pueda recrear su goce contemplativo de la Belleza, surgida de la Belleza interior del pintor que le conduce a captar la Belleza de “la cosa en sí” de aquello que es objeto de su trabajo o de la Belleza externa que intelectivamente capta de aquello que quiere plasmar como obra artística? ¿O ambas tendencias conviviendo en el mundo del trabajo artístico? El  mundo en el que el ser humano vive la inmediatez con la que se fuerza su vida, capturada por fuertes tendencias que le impulsan a vivir inmerso en continuo conflicto personal y social, el estrés, la crispación, la decepción, el desasosiego, el hastío y la indignación, han ocultado las vías de la paz personal/interior y de la auto-confianza.

Es posible que el Siglo XX nos haya conducido a especular con una nueva “interpretación” del Arte, pues el déficit de Belleza que arrastra en nuestros días no tiene parangón en el Arte anterior al Siglo XX, salvando aquellos primeros movimientos desarrollados en sus primeras décadas, que dieron color y luz, ¿por última vez?, al ideal de la Belleza; acaso porque la violencia de la Gran Guerra que encendió los pastizales y las ciudades de la Vieja Europa, monopolizando casi toda la primera mitad del Siglo, y arrastrando  consigo una mirada en la que se filtraban aún los recuerdos del horror y el olvido -o impedimento psicológico- de cómo el alma se deleitaba en/con la Belleza que brota con cada pulsación de la vida, también de la vida humana, aunque aquélla quedara oculta bajo los escombros y las heridas. Economía y guerra ocultan la mirada reconfortante de la Belleza; la primera sirviendo de soporte de la segunda. Se comercializaba con el Arte, que estaba en manos privadas, motivadas por los marchantes -siempre el dinero en el Arte del Siglo XX, y en el nuestro-. Pero lo prioritario era la activación de la economía de guerra. He ahí los dos factores que movieron la primera mitad del Siglo XX. Ni siquiera en el breve espacio de tiempo que el mundo encuentra un respiro de “no guerra”, previo a la desmedida eclosión de la locura del fanatismo nazi/fascismo, el Arte se da un respiro y “comunica” el deleite de la contemplación de lo bello. Lo que más nos sorprende del Siglo XX, y de los tres lustros de nuestro flamante Siglo, es que sobreviva el deseo de contemplar la Belleza representada en las obras que guardan los Museos del mundo. Tal vez sea éste uno de los pocos “alivios” con los que el ser humano sublima la alienación con la que el mercantilismo capitalista pone freno a los dos más importantes propósitos que confiere el nacimiento humano en suelo terrestre: conocerse a sí mismo, y como consecuencia de éste, lograr su felicidad.

Y si a este paisaje sumamos aquellos condicionantes con los que nuestro mundo global desatiende el ideal de lo bello, no nos equivocaremos si al hablar de Arte estemos considerando un Arte que hable de “estéticas” ajenas a la Belleza o a la creatividad referida al ideal de lo bello. Las razones o causas que aportamos a continuación hablan elocuentemente por sí mismas:

 1) la masificación de la educación confundida con la “educación universal” que atiende a todos los ciudadanos en edad escolar primaria y secundaria, y facilita su incorporación a los estudios universitarios. Otro tanto podemos decir de los estudios en las escuelas y universidades de Bellas Artes y la diversificación de los programas que se ofertan, incluidos los relativos a las nuevas tecnologías que ofrecen los sorprendentes programas informáticos, que pueden ser utilizados como herramientas técnicas para la actividad artística, diversificando y ampliando el territorio del Arte, y el de la pintura en particular. Pero parece que el sistema educativo en Arte haya caído en las manos indecorosas del mercantilismo, ofreciéndonos un “arte” menor, comercial. Acaso se salve un sector excepcionalmente reducido y, en la disciplina de la Arquitectura, el refinamiento que entiende la urgencia de tomar la iniciativa de mirar hacia el futuro, tal se en hizo los primeros años del Siglo XX.

2) La desnaturalización de los programas educativos, como reflejo de la desnaturalización de la vida humana, esto es, su deshumanización, cuya consecuencia directa la encontramos en el desarrollo de una cultura mercantilista, que asienta la impostura de los programas educativos, al tiempo que éstos reafirman la desnaturalización de la cultura, ya que asume como propios los valores del mercado con los que el “sistema” capitalista  sustituye los valores humanos universales.

3) La super-especialización del conocimiento, de la ciencia y de las Artes, que imposibilita la “universalidad” del conocimiento, a pesar de nuestra ufana altivez al creer que los “Estados del bienestar” nos regalarían la “educación universal”, la de todos. Pero ésta es otro de los cantos de sirena con los que el capitalismo neoliberal primero, y trans-neoliberal hoy, nos regala a nuestros oídos, taponados con cera de abeja cuando se nos habla hasta la saciedad de una educación y de una cultura que ni educan ni cultivan, o de reformas educativas que confunden/violentan a los educandos y hastían a los educadores.

No obstante, los beneficios del capitalismo trans-neoliberal de la Globalización nos ha traído grandes logros que no debemos desestimar. Insistiendo en el primero de los condicionantes que influyen en la nueva dirección que apunta el Arte, subrayamos que los programas informáticos de diseño, tan útiles para el amplísimo y diverso mundo de la publicidad o de la ilustración y del diseño en el sector de cultura de la publicitación que exige para vincular su producto al consumidor, son de capital importancia en el Arte actual. Especialmente en la esfera de la arquitectura, que como otras disciplinas ha tomado la holografía como herramienta de trabajo, siendo aquélla un instrumento que ensancha y potencia su trabajo técnico y de diseño artístico. También en la escultura y en la pintura, qué duda cabe, ampliando campo de actividad en el que puede acomodar su trabajo. ¡Cuán útil será la impresora en 3D para el Arte en un futuro muy próximo! La tecnología, sin duda enriquece al Arte y facilita nuevas esferas de investigación y de quehacer artístico. Hoy, el pintor se enfrenta al “lienzo” en blanco con nuevas herramientas tecnológicas que le proporcionarán mayores posibilidades para realizar su trabajo, incluso podrá ampliar sus dominios -dada la transversalidad que le proporcionan las nuevas tecnologías-, abriéndose para él otros campos en los que situar su obra. La tecnología, añadida al “taller del pintor”, ha de entenderse como un “nuevo instrumento” con el que la actividad artística expanda exponencialmente el trabajo del artista.

De este  modo el campo de trabajo del pintor/artista se amplía y se enriquece. Esto es consustancial al progreso científico y cultural humano. Además determinados dominios de las disciplinas científicas permiten situar el trabajo artístico en una transversalidad que, sin duda, también enriquece todos los dominios del Arte. Tal interconectividad entre ciencia y Arte ha ido forjándose y ampliándose en la medida que la ciencia tecnológica avanzaba; aunque algunos pintores de las vanguardias surgidas en los albores del Siglo XX ya apuntaban su interés por la ciencia y la tecnología, investigando espacios de encuentro, como lo hizo el dadaísmo, surrealismo, el futurismo, la abstracción “no pura”, geométrica, etc.

3. Para entender el Siglo XXI, es necesario buscar las raíces de los acontecimientos que lo recorrieron. En el Siglo XX, enardecido y complejo, beligerante e inhumano, a la vez que emergía una nueva “sensibilidad” distante de los valores del mecanicismo capitalista, que con los años fue transformándose en una nueva conciencia, se gestó el nuevo Siglo XXI. Inmovilizado por el dolor que sufrió, especialmente Europa, Paul Klee escribió en su Diario que el corazón del mundo había sido roto, dando a entender su propia rotura interior. La Gran Guerra llevó sus fuegos a la mundialización del conflicto, antes que la economía del mercado o de las finanzas,  o tal vez ambas, guerra y economía, mundializadas, vinieran de la mano, no por coincidencia gratuita en el tiempo, sino porque la una necesitaba a la otra. Y ambas congenian y se coordinan. Se impulsa en Occidente la urgencia de una potente industria de guerra para asegurar la paz, no por temor a los vencidos, cuyas economías habían sido arrasadas, sino “contra” el bloque comunista, que a su vez sigue el ejemplo de Occidente. La paz llegó. Y con la paz, revestida de tensión y de guerra fría, se activó la recuperación de la economía de los países capitalistas. Es el momento de pensar en el progreso y de recuperar un estatus económico que hable de bienestar. El Mercado Común inició la andadura que dio fuerza al sistema capitalista a este lado del océano Atlántico, siguiendo los pasos de la fuerte recuperación de EEUU, tras finalizar la Gran Guerra. Y no se perdió tiempo en expandir los valores del modelo mecanicista, cuyos principios dinamizaban el progreso y el desarrollo económico del capitalismo neoliberal. De lo que estamos seguros es de que en éste contexto se fraguó la posterior remodelación del paradigma mecanicista en su vertiente económica, mundializando la economía del mercado y del consumo. El capitalismo neoliberal se expandía y sus valores mercantilistas inundaban las naciones de Occidente, aunque no todas progresaron. Fue el impulso de la economía de guerra  y del posterior diseño del desarrollo de la economía de mercado, que exigiría la reconstrucción de un mundo en ruinas, factor que motivó la instauración de un nuevo orden mundial, que hizo, a golpe de fría tensión dialéctica, que se profundizara la división del mundo en dos terribles y antagónicos bloques.

 ¿Cuáles fueron las causas del nacimiento de los sistemas socialistas que afloraron como extensión de la Revolución de Octubre y del dominio de la URSS en los territorios del centro de la Europa “liberada” y devastada? Los pensadores y adscritos ideológicos al neoliberalismo, de donde surge el último rediseño del capitalismo que hoy vivimos, la mundialización de la economía de las finanzas y del mercado, callan, aun cuando conocen que el mundo no es el mismo para el rico que para el pobre, diferencia que debía resolver el “sistema” comunista. Tampoco se oyen voces que aboguen por descorrer el velo que oculta la falta de análisis de los orígenes “reales” del comunismo, porque están tan cerca del capitalismo que conocerlos acaso entorpezca su cómoda implantación sobre todas las regiones y países del Planeta. ¿Por qué dar a conocer que el “sistema” comunista surgió del seno del “sistema” capitalista, de sus contradicciones exhibidas durante la explotación inhumana del proletariado, que no se le concedía estatus de ser humano durante la eclosión del liberalismo económico? Los valores y principios del capitalismo han estado siempre, y lo están hoy, bien definidos, aunque disfrazados de aquellos otros valores que quieren revestir de valores humanos. Los pensadores adscritos a las posiciones marxistas hemos de decirles lo mucho que les dificulta comprender que el marxismo, en todas sus variables, surgió, no sólo de las contradicciones del liberalismo del Siglo XIX, también habría que añadir, en favor de ellos, la brutal e inhumana alienación del hombre convertido en fuerza de trabajo ajustada a la máquina para impulsar el desarrollo económico del liberalismo. Pero ambas ideologías tienen una filiación común, pues son hijas de la cosmovisión dual del mundo, de la cual el lector encontrará suficientes argumentos en estas reflexiones acerca de las consecuencias de la aplicación de sus principios y valores. Lo que dio, y aún hoy sigue dando, el paradigma mecanicista, surgido en la matriz de la visión dual del mundo, lo conocemos de primera mano: miseria y dolor para las fuerzas del trabajo; y una crisis de incalculables consecuencias al día de hoy. Basta con mirar a nuestro alrededor. Esta idea traduce la clave de cómo hemos construido nuestro mundo. ¿Qué hubiera brotado de la dinámica de un paradigma o modelo socio-económico-político-cultural desarrollado en el alambique de una cosmovisión de unidad, desde la cual, de forma natural, emergerían los principios de la igualdad, de la inclusión, de la no-diferencia, de la cooperación fraterna, del bien común como síntesis de la arborescencia de ideas y actividades que florecerían de tan humano y excelente modelo de relaciones humanas?

4. Este contexto en el que venimos insistiendo fue el germen de la mundialización de la economía de mercado en el Occidente capitalista, sustancialmente porque el sistema de desarrollo económico de los países comunistas quedaba aislado y con un desarrollo productivo mermado por la exigencia de sus líderes en competir con Occidente en la industria armamentística. Lo que supuso un lamentable retraso en la reconstrucción económica, de un bloque que, incluso después de la Revolución de Octubre, basaba su economía en la agricultura -pues el hambre lo exigía- y en una industria incipiente que despegó tarde y maltrecha, al supeditar el progreso al fanatismo de competir en la creación de un sofisticado armamento con el bloque occidental. Desarrollo de la industria armamentística, aeroespacial… Pero la pobreza social nunca abandonó los territorios del modelo revolucionario comunista. Si Occidente crecía activado por el motor del mito del progreso, sumando en Europa naciones al sueño de los “Estados del bienestar”, sorpresivamente, en el año de 1989 se derrumbaba el Muro de Berlín, símbolo del final del “sistema” comunista, devorado por sus propias contradicciones. Desde el Occidente, que ya conocía en esas fechas los logros de los “Estados del bienestar”, se percibía ahora la posibilidad de aunar a todas las naciones del mundo bajo la bandera del capitalismo. No existía competidor que lo debilitara o lo sustituyera. Pero existía un dolor que recorría Europa y los países en vías de desarrollo, que anhelaban entrar en el sueño del mito progreso de los “Estados del bienestar”, que se proyectaba mundializado. ¿Qué podía hacer el Arte, en cualquiera de sus manifestaciones, con tanto dolor y beligerante tensión, material con el que el Siglo XX alimentó a todo el colectivo humano? El canto en favor de la Belleza se apagó. El Arte incorporó a todo lo largo del Siglo XX horror, dolor y lucha de clases, la beligerancia activa y la tensión dialéctica, la huida hacia formas abstractas que expresaron -y aún las expresan- el pesimismo, la angustia, la rotura interna del alma humana y los horrores y dolencias que albergaba el subconsciente del ser humano. E incluso el Arte figurativo se contagió de la rotura interna del hombre, derivando en movimientos artísticos cuyas obras que surgían de esta fragmentación del “yo” del ser humano. Las ideologías enfrentadas se representaban en las obras de Arte. No cabe duda que este paisaje descorazonador, de rotura interior del ser humano, si bien fue uno de los factores que motivaron extraordinariamente la producción artística, influyó en la manifestación de movimientos artísticos que comenzaban a abandonar el ideal de Belleza clásico. Los “Estados del bienestar” hicieron su trabajo: sirvieron de instrumento sublimador del paisaje descrito, pero la Filosofía y la Psicología, más críticas y no adscritas al academicismo, produjeron numerosos libros sobre la alienación del hombre y la urgencia de destruir el “sistema”. Mirar desapasionadamente el Arte nos permitirá reconocer este paisaje que expresaba la desnaturalización de la vida humana.

5. La ciencia, desde las primeras décadas del Siglo XX, se hace notar por sus sorprendentes investigaciones y descubrimientos, influyendo notablemente en el Arte y en otros ámbitos de la ciencia. Y observamos cómo, iniciándose en el ámbito de la física, se va produciendo paulatinamente en ciencia una ruptura con el academicismo científico y el pensamiento adscrito al racionalismo mecanicista. Gradualmente, a partir de los años cincuenta/sesenta, comenzaron a emerger modelos de pensamiento y de ciencia que seguían los pasos del paradigma de la física, erguido y fortalecido ya desde principios del Siglo XX, cuyos descubrimientos resquebrajaron los cimientos de la ciencia racionalista y, por tanto del modelo que la sostenía. No obstante ambas vertientes científicas viven entrelazadas, desarrollando extraordinarios avances en ciencia y en tecnología. Pero sus valores, los de la vieja ciencia racionalista, comenzaban a debilitarse. Las nuevas propuestas científicas comenzaban a asentar los principios que fundamentaban sólidas bases para la emergencia de una nueva ciencia, e incluso abría nuevos horizontes y nuevos caminos a modelos y vías sociales que expresaban un cambio radical, basados en una nueva cosmovisión de unidad, ya respaldada por la nueva ciencia dura y la que hablaba del hombre y de su psique, desde posicionamientos claramente no academicistas. A pesar del avance de la nueva ciencia, las Universidades y los Colegios Oficiales de las diferentes disciplinas del saber seguían nutriéndose de los principios filosóficos del mecanicismo cartesiano newtoniano, amparados por una visión dual del mundo que tanto horror ha causado a la Humanidad, cuyos principios y valores emanaban del juego de las dualidades y de la diversidad, entendido como lucha de contrarios y de oposiciones, beligerancia, exclusión de aquello que es diferente, negación del otro, ideología, condición social, credo.

El mundo comenzó a cambiar, porque cambiaba la visión del mundo: el juego de las dualidades en oposición comienza a dejar paso al juego de las dualidades integradas, incluyentes, cooperativas. La contracultura y el activismo intelectual en favor de la emergencia de una nueva conciencia, con la que se desvinculaban del “sistema”, llenaron los campus universitarios de EEUU, mientras en Europa los jóvenes se atrincheraban movidos por las ideologías que combatían al capitalismo.  Nuevos modos y formas de vivir daban sentido y forma a diferentes respuestas enfrentadas al “sistema”. La eclosión de la contracultura, como cambio de conciencia y de pensamiento, fue posible gracias al desarrollo y al auge de los medios de comunicación, que permitieron, además, la difusión de los nuevos modelos en los diferentes ámbitos de la ciencia, influyendo notablemente en el tejido social. Pero hubo otro factor de capital importancia para que se produjera la emergencia de un  nuevo pensamiento y de una nueva conciencia: la complementariedad de Oriente y de Occidente en sus tradiciones humanistas y de sabiduría. Esta conexión entre Oriente y Occidente, si  bien no era nueva, pues existió desde hace milenios, fue acrecentándose desde los primeros años del Siglo XX, haciéndose visible, posteriormente, en los años cincuenta, en todos los ámbitos de las ciencias y en todas sus expresiones cognoscitivas, ampliando incluso sus esferas de investigación.

De este modo fueron desarrollándose los nuevos paradigmas, en ciencias duras y en ciencias sociales y humanas, proliferando sus programas de investigación al amparo del nuevo principio que articulaba sus investigaciones: el principio de unidad. Una nueva manera de mirar el mundo, una nueva cosmovisión de unidad, comenzaba a dar sus frutos. Y este principio permite contemplar, nítidamente, que en la base de la diversidad existe un sustrato que no sólo vincula la variedad de los entes que la conforman, sino que los inscribe en una unidad infragmentada. Las partes son expresión del todo que lo forman. La unidad es conectiva e integradora, incluyente. Es una conectividad externa, a modo de red, pero también, a su vez, ha de entenderse como una conectividad interna, es decir: el todo está en las partes, porque cada parte no sólo pertenece/está integrada al todo, sino que “es” el todo mismo. Hay pues conectividad externa e interna. Esta idea revolucionaria en la nueva ciencia es muy antigua. Pertenece a las tradiciones de sabiduría, tanto de Occidente (ya perdida) como de Oriente, que la Globalización nos ha permitido recobrar gracias a la complementariedad de las culturas y tradiciones de estas dos grandes regiones/civilizaciones, que desde inicios del Siglo XX viene produciéndose, y que gratamente nos recuerda lo que habíamos olvidado en Occidente, no distinto de lo que Oriente expresaba, porque la sabiduría no varía, lo que cambia es la forma de expresarla. La vida comenzaba a tomar un tinte humano. El cambio de conciencia avanzaba, a veces mal entendido, porque se usaron (aún hoy se hace) los viejos términos para expresar nuevos conceptos, o términos que no se definían correctamente, por lo que los límites entre lo viejo y lo nuevo quedaban confusos, creándose un fundado desconcierto, porque lo viejo se mezclaba con lo nuevo. Algunos denominados nuevos paradigmas dejaron de ser considerados como tales. El tiempo coloca todo en el lugar que le corresponde.

Este paisaje alentador, a pesar de las limitaciones inherentes a la emergencia de una nueva cultura, alterna con el descrito anteriormente, del que subrayábamos la deshumanización de la vida humana. Pero la emergencia de una nueva conciencia no penetra en los territorios del Arte dominado por las Academias y las galerías de Arte, que comparten los principios mercantilistas del capitalismo mundializado.

A partir de los años cincuenta/sesenta ambos paisajes se entrecruzan en algunas de sus redes conectivas. Se hace visible que desde la nueva cultura no se confronta en juego de beligerancias, pues la conciencia emergente del nuevo pensamiento que exponen los nuevos paradigmas no pugna, no excluye; sencillamente  expone e integra. Su pensamiento se sabe “fuerte” y nuevo, y avanza disolviendo las contradicciones del viejo mundo del paradigma capitalista. Yerran los que, arrogándose savia nueva, luchan para desbancar al oponente. La lucha violenta el tejido social. La emergencia de un pensamiento nuevo y fuerte no beligerante, no sólo no violenta, sino que allana el camino. Abre fronteras que integran y no excluyen. Sabe que lo viejo ha de perecer. Camina con paso firme, sin mirar la lucha de los contrarios del viejo mundo, que ha reaccionar y transformarse en contacto con el nuevo mundo, a su debido tiempo.

Aunque parece simple este proceso, no es tan fácil de “ver” y de seguir. La cosmovisión de unidad tiene como noción y principio básico el percibir y comprender la unidad que se manifiesta en una extraordinaria diversidad. La vieja visión dual del mundo, que encumbró al capitalismo desde la Edad Moderna, instaurando el paradigma mecanicista cartesiano newtoniano, percibía el mundo desde la diversidad, sin contemplar la unidad desde donde emerge tan variado mundo de vida. Y cuando incorporaba la noción de unidad, ésta era siempre entendida como el conjunto de las partes que se agrupan y se mezclan, percibiéndolas separadas, pero no se funden en un solo cuerpo, pues sus cualidades son diferentes. Hubo excepciones.

Paso a paso, a mediados del Siglo XX, la restauración del desarrollo económico, puso en marcha la Globalización en la que hoy nos movemos. Incluso la fría, dura y beligerante pugna ideológica de la Guerra fría entre el bloque capitalista y el comunista, a tiempo pasado, nos parece hoy una nota a pie de página del Siglo XX, a pesar de la tensión, dolor e incertidumbre que generó la contienda dialéctica.

6. La cultura fue el fiel reflejo del contexto descrito. La pintura es, tal vez, la vertiente artística que reflejó más visiblemente la vida tensionada, beligerante, herida hasta la rotura. Pero todas las manifestaciones artísticas reflejaron el cambio de cultura, de una manera o de otra, bien expresando la rotura interior del ser humano, bien tratando de superar lo viejo al encuentro de la savia nueva, bien conscientes del cambio que se estaba produciendo. Mirando con detención se percibe la ruptura, radical, que apuntaba hacia una nueva civilización, impulsada por la visión de unidad. No se percibía el corte epistemológico, pero sí la acción verbal y vital que recorrió, junto al dolor, la guerra y la activación productiva de la economía, que queremos destacar para insistir en nuestro análisis. Porque el modelo cultural del Siglo XX estuvo permeado por los valores del modelo social y cultural en el que la Humanidad vivía inscrita, origen y alma nutriente del capitalismo. Y éste ha de entenderse nacido -si queremos conocer su fuente primigenia- en el seno de la visión dual del mundo, concebida -insistimos una vez más- como juego de contrarios, de oposiciones, de luchas de clases, de exclusiones, de competitividad… Todo ello, junto, es el material con el que construimos durante toda la Edad Moderna y la Contemporánea en la que vivimos, la civilización y la cultura que llamamos el mundo de las ideas y de los hechos de los hombres. Con ese material hemos iniciado el Siglo XXI. ¿Y qué es lo que define al naciente Siglo XXI? Consideremos dos hechos centrales para la Humanidad del nuevo Siglo: el mundo global, anclado en la cosmovisión de dualidades y oposiciones, de luchas y exclusiones…, permeado por los principios y valores que definen la última etapa del paradigma mecanicista, que hemos denominado “mundialización de la economía de las finanzas y del mercado”; y en segundo término, subrayamos la dramática crisis del capitalismo mercantilista mundializado, que parece indicar el final del paradigma en el que se encumbró al capitalismo. Pero la crisis a la que nos referimos, que todos conocemos, no es una crisis dineraria, económica, es una crisis de valores, de conciencia, civilizatoria, cuyo origen en el tiempo no es reciente. El contexto descrito anteriormente, en el que hemos ojeado las páginas del Siglo XX, nos da una idea de lo que queremos decir con la afirmación de que la crisis de valores y de conciencia no es reciente. Viene gestándose en la medida en que el Siglo XX fue desarrollándose. Esta idea es muy útil recordarla, pues nos ofrece una perspectiva que nos distancia del mundo que construimos en el pasado y no debemos alargar ni repetir en el Siglo XXI.

La vida humana está determinada por estos hechos innegables anteriormente enunciados, y al día de hoy, ineludibles. Es decir, la Humanidad está siendo arrastrada/devastada por el diseño de un mundo que se desarrolla atado a los principios y valores del capitalismo trans-neoliberal mundializado, con el agravante de que es el mundo que rige las finanzas el que gobierna sobre los Estados y sobre las vidas humanas. Y nadie ni nada escapa al diseño del mundo global referido. Vivir en el Siglo XXI es vivir alimentado (alienado) por los valores que el mercantilismo capitalista mundializado ha impuesto a todas las naciones del planeta, no importa el lugar en donde se desenvuelvan las vidas humanas de sus comunidades. Estos principios y valores todos los conocemos, pues a todos nos desgarran, cuando nos alejamos de aquellos otros valores que sí nos definen como seres humanos, que nos dignifican y nos universalizan. La nueva cultura emergente nos lo recuerda y nos exige firmeza en nuestras convicciones y en nuestra determinación de seguir “construyendo” el nuevo mundo que se está poniendo en marcha. La nueva cultura, es el otro factor que destacamos con el que comenzamos el Siglo XXI. Y esta nueva cultura se fragua en el crisol de la nueva cosmovisión de unidad, que nos reclama y nos conduce a todos los seres humanos a reconocernos en una Humanidad unida, sin exclusiones, sin banderas ni estandartes que excluyan o diferencien. Basta con acudir al ágora de la Globalización con las manos libres para abrazar la unidad y ofrecer nuestra inteligencia y esfuerzo para construir un mundo verdaderamente humano, enarbolando los valores humanos universales como signo de identidad y de unidad. Son estos valores humanos universales los que el inhumano capitalismo neoliberal mundializado excluye de la vida humana su “humanidad”, globalizada y tejida por las redes conectivas con las que la transversalidad del capitalismo “ata” al conjunto del colectivo humano a su modelo y a los valores del mercado y del consumo, cosificando (convirtiendo en cosa/producto) al ser humano, y por tanto desnaturalizándolo. Y al desnaturalizarse la vida del ser humano, individual y colectivo, se le está negando su “humanidad”. Hablar de desnaturalización de la vida es constatar la desnaturalización también del tejido de la vida de Planeta. Y la alienante deshumanización/desnaturalización de la vida humana ha significado la desnaturalización/deshumanización de la cultura. Y del Arte. Y de la Educación. Vivimos en una vieja civilización que agoniza. Pensemos sabiamente, porque el pensamiento crea la realidad en la que vivimos.

 

CODA

Cómo hemos llegado a este punto, en el que el valor comercial de una actividad artística sea lo que nos mueva a realizarla y a considerarla como vinculada al Arte, nos ha llevado a reflexionar sobre el contexto en el que se produce la obra artística y su inclusión en el tejido productivo del capitalismo, en cualquiera de sus manifestaciones desde el liberalismo del Siglo XIX. Nuestra intención fue escribir unas líneas que profundizaran las palabras de Hashim Cabrera, quien sentía cómo la pintura había sido cercada por “las viejas vanguardias y las nuevas tecnologías”. Después de las reflexiones que hemos vertido en estas páginas, el lector tal vez haya comprendido que si se había producido un “cerco” a la pintura, era porque el cerco “ceñía” al artista, del que emerge la obra artística. La ciencia y la tecnología son neutras. El ser humano, hasta la fecha, no lo ha sido, al estar “condicionado” por la idea que de sí mismo le ha inoculado el “sistema”. De este modo las  nuevas tecnologías han cercado/limitado/alienado, no a la pintura y al Arte, sino al ser humano. Liberarse de la alienación depende del rumbo que elija la Humanidad en este nuevo Siglo que se nos abre con un extraordinario abanico de posibilidades liberadoras.

¿Qué ha de hacer el Arte en el Siglo XXI? El Siglo XX nos ha llenado las salas de exposiciones y los Museos de todo aquello que el ser humano ha “vivido” trágica y horrendamente, porque ha sido un período devastador de nuestra Historia, en lo personal y en lo social, hoy global.

El pintor nos propone su trabajo y el espectador lo contempla. Hashim Cabrera nos decía en el texto que reproducimos que no siempre se da en el artista “esa necesidad interior del ser humano que [...] aboga por una experiencia de la Belleza”. Cabrera nos sitúa ante el lienzo en blanco y ante el hecho inequívoco que debe promover el Arte, aunque el tema propuesto conlleve una idea que nos sitúe como espectadores ante algo dramático o trágico: la Belleza. Pero la Belleza no es una experiencia. La Belleza es consustancial al ser humano. No se experimenta, se “contempla” en quietud, en la identidad del Sí Mismo y de la Belleza, y se expresa. Tal vez el artista necesite encontrar un estímulo del exterior para que “surja” la Belleza, no en él -porque es suya por naturaleza-, sino de él. No necesita ser un artista el ser humano para “reconocer” la Belleza, porque ésta es inherente a él. El artista tiene la singularidad de convertir ese “reconocimiento” de la Belleza que le es consustancial en Arte, empleando sus habilidades e inspiración. Si aún seguimos uniendo el Arte a la “imitación” de la Naturaleza, es porque en el tiempo en que se debatió extensamente sobre estos dos conceptos, el Arte debería ser representación por imitación. El problema que surgía es si la “imitación” en la obra artística debería realizarse lo más objetivamente posible o si el artista podría implicarse en la representación de aquello que imitaba. La representación era imitación, y ésta podía ser expresada objetiva o subjetivamente. Hasta hoy. El Siglo XX fue un hervidero de propuestas en ambas direcciones. Pero predominaba la implicación subjetiva del artista en aquello que trabaja.

Para el pintor quien ama el Arte, es difícil substraerse a la vinculación de la noción de Belleza y al lienzo en blanco. Cuando el artista se sitúa frente al lienzo en blanco, ¿predomina la idea que quiere expresar o la Belleza que debe iluminar la obra terminada? Esta pregunta no tiene valor alguno en el contexto del mercantilismo capitalista, cuyo valor artístico está vinculado al valor dinerario, no a la Belleza. Ésta es secundaria. Y en numerosas obras artísticas, de valor incalculable, está ausente. Pero no sigamos en esta dirección mercantilista, porque debe quedar en el Siglo XX, en lo viejo. Si la Belleza es inherente al ser humano, debe estar siempre presente en el discurrir diario de su existencia. También en el discurrir artístico del pintor, cuyo propósito es “revelar” la Belleza, no importa el tema que utilice como “pretexto” o “inspiración”. Tampoco importa si es Arte figurativo o abstracto. Lo importante es que el resultado de la actividad artística sea la expresión del estado contemplativo del pintor, el recogimiento sobre sí mismo, pues mostrará en su obra una actividad suya, y en ella habrá vertido la Belleza que pulsa vívida en su más profundo centro.

Hashim Cabrera, en unas líneas anteriores al fragmento que se recoge al inicio, expone que la pintura existirá mientras el ser humano, hombre o mujer, se enfrente a un lienzo en blanco. Es cierto que la pintura precisa de un lienzo (u otro material) sobre el cual el ser del pintor pueda verterse para que los espectadores podamos contemplar la obra finalizada. Pero la ruptura que produjo la emergencia de una nueva conciencia, que afloraba con el nuevo pensamiento que asistía a los nuevos paradigmas que buscaban -algunos de ellos- inscribirse en un mismo espacio de investigación integrada (¿porque seguir los criterios de exclusión/confrontación dialéctica del juego de contrarios y oposiciones  del viejo paradigma?) nos estaba exigiendo cómo mirar el lienzo en blanco, o la página en blanco, o cualquier otro material “en blanco” (es decir, sin que el artista lo haya aún “manipulado”), sin otra cosa que su “blancura”, con el fin de que nada pueda distraer la conexión/contemplación de la Belleza con la que el artista inicia su trabajo.

El díptico de Hashim Cabrera que introduce nuestras Notas parece sugerir la incursión del pintor hacia la hondura de su ser, en donde podrá encontrar la Belleza que esplende en tan profundo ser interno. En Oriente, como lo fue en Occidente, el Arte, si bien imitó a la Naturaleza, nunca obvió el ideal de la Belleza. Y junto al ideal que expresa lo bello, siempre buscó resolver el problema que le ofrecía la diversidad que muestra la Naturaleza. Los tratados del Arte renacentista hablan de la noción de unidad en la que buscaba situar al artista el ser representado o el conjunto de seres o elementos que incorporaban a su obra. La Belleza y la unidad siempre estuvieron presentes en el Arte. ¿Coincidencia o Conocimiento?

Se nos antoja que Hashim Cabrera indaga en su díptico sobre la no tan sencilla integración de unidad y de Belleza, inquiriendo en el color rubí y en la iluminación que éste irradia, permitiendo al espectador contemplar cómo el díptico (la dualidad) puede resolverse en la integración, primero de los dos cuerpos del díptico, para contemplarse luego como un solo y único lienzo en el que color se transforma en luz (unidad). ¿El color negro? En las Teogonías, orientales y occidentales, la Luz emerge de la Obscuridad, entendida ésta como el Ser no manifestado, Único en Plenitud de Ser.

 

 

NOTAS:

[1]El místico presiente las realidades divinas, establece contacto (desde las alturas de su aspiración) con la visión mística y ansía incesantemente la repetición constante del estado de éxtasis a que su oración, adoración y veneración, lo han elevado. Por lo común es completamente incapaz de repetir esta iniciación a voluntad. En la meditación sucede lo contrario, pues mediante el conocimiento y la comprensión, el hombre iluminado puede entrar a voluntad en el mundo del alma y participar inteligentemente de su vida y estados de conciencia. Un método implica la naturaleza emocional y está basado en la creencia en un Dios que otorga; el otro involucra la naturaleza mental y está basado en la creencia en la divinidad del hombre mismo, aunque no niega las premisas místicas del otro grupo.”. El subrayado es del libro de Alice Bailey Del intelecto a la intuición.

[2] Eugenio D’Ors, en su obra Arte vivo dejaba claro la imposibilidad de la abstracción, ya que si ésta fuese posible consistiría en quitar el valor a cualquier forma. Sólo pasado el tiempo, habiendo conocido la experiencia del Siglo XX, puede analizarse más objetivamente qué sentido tuvo –y aún tiene- la abstracción. Es difícil enjuiciar una corriente artística “en caliente”. Se necesita tiempo para ver con perspectiva las causas que motivaron, no sólo la abstracción en todas sus manifestaciones, sino la totalidad de las corrientes artística. Sin duda las causas profundas hay que buscarlas en el “sentido” de lo humano y de su desnaturalización y deshumanización. El Siglo XX ha conocido la convulsión de la guerra, provocada por la barbarie humana, pero también de hechos notables dignos de ser apreciados como expresión de la “excelencia humana” a la que nos hemos referido más arriba. Incluso cuando el artista haya sido “condicionado” por la barbarie, sensible a “la humanidad” del colectivo al que pertenece, ¿pudo/puede no estar “tocado” por el horror de los campos de exterminio nazis, o por la misma Gran Guerra extendida invadiendo casi toda la mitad del siglo pasado y casi la totalidad del territorio del Planeta, o por las infinitas guerras locales o regionales, algunas de la cuales hemos presenciado retransmitidas en directo por las cadenas televisivos? El Siglo XXI sigue siendo la extensión del Siglo XX, que aún no nos ha abandonado, apegados nosotros a sus horrores, sin que nada pueda detener la maquinaria de la guerra. Y no podemos culpar al capitalismo y a la industria armamentística, porque el poder lo tiene la Humanidad como colectivo, sin que hasta hoy hallamos tomado medidas responsables para detener tan horrenda activad inhumana, hablando clara y con voz alta a los regentes del dinero y a los gobernantes de todas las naciones: ¡Basta! ¿Es ésta la madurez de los pueblos de la que hablan los políticos cuando piden el voto a sus conciudadanos y les hacen ver que el pueblo, la gente, la ciudadanía, tiene la madurez para cambiar las “cosas”? No obstante del horror de la barbarie del Siglo XX y del inicio del Siglo XXI, sí hemos conocido, y conocemos hoy, algunas obras, y no sólo movidas por la diversidad de corrientes pictóricas que trabajan desde la abstracción, que hicieron/hacen de su trabajo la expresión de la más exquisita Belleza. Pocos son los que podemos incluir en esta afirmación. Pero es suficiente como muestra de que sí es posible recuperar el ideal de lo bello, y que el Arte vuelva a escribirse con “A” mayúscula.

[3] Matices y “provisionalidad” o “posibilismo” político, conceptos con los que “tapan” su deseo de implicarse en la lucha por el poder político, para devolver la dignidad y la soberanía popular al pueblo. Y Los vemos participar en una política con la que dicen no tener argumentos ideológicos en común. Colaboran con gestos populistas, y a regañadientes, participando desde “dentro” podrán cambiar las reglas del juego democrático/capitalista; eso dicen los partidos de la izquierda marxista, la nueva y la vieja, posicionada desde el 15M a la izquierda de la socialdemocracia, pero coincidiendo con ésta en sus programas sociales, pero sin “pensar” que están “haciendo sistema”, creando el vigor que el “sistema” necesita en su etapa de expansión globalizadora.  Y lo más trágico: sin ofrecer una vía que, desde sus cimientos, disuelva el “sistema” porque arrancaron la raíz desde done crecía el “sistema” para plantar una nueva raíz  desde la que brote un mundo nuevo, humanamente digno e integrador, donde la igualdad y la concordia brillen en la cultura global de un Siglo XXI en donde la Humanidad utilice las redes e conectividad para dignificar la vida humana y trabaja duramente para devolverle a la Tierra/Patria su equilibrio y capacidad “natural” de autorregulación. La savia nueva -no nos cansaremos de repetir- lo será si trabaja desde el “valor de lo humano”, desde el respeto y la tolerancia, desde la integración y la paz y prosperidad de tofos los pueblos y cultura que forman el colectivo humano.  Humanidad significa unidad. Unidad exige la cualidad de “la humanidad” con la que todo ser humano vine al mundo.

[4] MAHA GHOSANANDA, Paso a paso. Meditaciones sobre la sabiduría y la compasión, Lumen, Buenos Aires, 1992, pp. 51-52 : EN: DÍAZ, ESTEBAN, En los Albores del Siglo XXI. Reflexiones sobre el nuevo paradigma social no mecanicista: el Humanismo Global, Tiger Mon Productions, 2ª Ed., Bangalore, India, 2011, pp. 134-135.

[5] DÍAZ, ESTEBAN,
___Globalización. Una nueva lectura. Construyendo un mundo nuevo, Amazon, Edición ebooks KDP, 2015
___Cambiar el mundo. Humanización la Globalización, Amazon, Edición ebooks KDP, 2015.

 

18 junio, 2015Permalink