Cambiar el mundo. Humanizando la Globalización

 

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CAPÍTULO 1

(Para cambiar el mundo:
Pensar sabiamente es construir sabiamente)

1. No es fácil para el colectivo humano encontrar vías de salida a la crisis que impregna todo el entramado conectivo de la globalización, “colonizada” por el modelo trans-neoliberal del capitalismo definido por la “mundialización de la economía del mercado”, dirigido por el sector de las altas finanzas. No obstante, la capacidad humana para salir de situaciones terriblemente dramáticas es bien conocida. Y sin duda lo hará en estos momentos en los que el mundo en que vivimos, en su dimensión de globalidad, es fatalmente dramático y de dirección imprevisible. Las imágenes de los medios televisivos con las que desayunamos, almorzamos y cenamos, día tras día, comprueban nuestra afirmación. Nuestra propuesta vendrá del lado de lo que creemos que es el único pensamiento fuerte que ha emitido la mente humana a lo largo de su Historia para afrontar cualquier crisis, cualquiera que sea su naturaleza.

El pesimismo que arrastramos desde el Siglo XIX tiene como uno de sus orígenes el maquinismo, introducido como técnica e impulso entusiasta de la economía del liberalismo capitalista que comienza a coexistir con la fuerza del trabajo humano, para ir progresivamente sustituyéndola, al tiempo que no disminuye la situación de esclavitud en la que se desarrolla el trabajo humano, al hacerlo depender del uso de la máquina a la vez que lo identifica con ella, sumándolo al engranaje de la maquinaria del desarrollo industrial. Esta reconversión de su fuerza de trabajo en  máquina que manipula otras máquinas, no sólo lo objetualiza, sino que lo enajena convertido en algo cosificable que, gradualmente, irá alejándolo del “valor de lo humano” que lo define y lo dignifica.

Con el progreso como estandarte y como mito, el desarrollo del sector industrial del capitalismo de la primera mitad del Siglo XX se centra en el progreso de una industria que impulsará el desarrollo de la tecnología para dinamizar el libre mercado, sin olvidar la otra vertiente del desarrollo y del comercio: la industria armamentística, asistida por la ciencia que activó aún más una tecnología altamente sofisticada con el pretexto de mantener un statu quo de paz mundial lograda a un precio inimaginable de millones de muertes y de pobreza. Habiendo dejado atrás los años posbélicos de reconstrucción, en clara beligerancia con el sistema comunista, y después de medio siglo de horribles guerras, fue suficiente para pensar cómo impulsar un mundo de libre mercado entre las naciones económicamente más desarrolladas. Por el contrario, el “Este” comunista, “capturados” por la fuerza de las armas los países orientales de Europa, fue conducido por el totalitarismo la URSS, no se diferenció del “Oeste” capitalista, al emularlo al buscar el equilibrio de las fuerzas en un mundo dividido en dos bloques antagónicos, irreconciliables y en continua beligerancia que, con el paso de las décadas, se hace menos seguro e incierto. Pero el equilibro nunca surge de la tensión que deviene beligerancia verbal o física. La “tensión” entre los términos de la dualidad, o de la diversidad, no tiene por qué terminar en conflicto; puede resolverse mediante la búsqueda de un espacio de encuentro que conecte a las partes en un diálogo surgido de la racionalidad abierta, cooperativa, integradora, porque de este modo se mantendrá el equilibrio devenido de la complementariedad entre las partes en la que éstas encuentran su “completud”. La “tensión” es “roce”. Esto es el mundo, la vida. El tejido de la vida lo es en tanto que “roce” de los seres vivos y de los elementos que parecen inanimados ante nuestros ojos. Hoy la ciencia nos ha descubierto la naturaleza de este “roce”, que es definido por ser tejido conectivo, siempre en estado de equilibrio y orden, aunque haya científicos que hablen de “desorden”, sin comprender que el “desorden” es un concepto surgido en la mente humana, no en el tejido de la vida.

El premio Nobel en física (1933) Erwin Schrödinger, a principios del Siglo XX, afirmó que el “El mundo es una construcción de nuestras sensaciones, percepciones y recuerdos”. Sin duda el hombre ha ido creando el mundo en el que ha vivido, de acuerdo con la idea que ha sido capaz de elaborar según sus capacidades cognitivas, que han ido acrecentándose progresivamente a lo largo de su proceso evolutivo, de acuerdo con una mayor y más exhaustiva información sobre la realidad, el mundo que lo circunscribe, y sobre sí mismo. Además, como nos recordaba el también físico y premio Nobel (1932) Werner Heisenberg, no vivimos en la realidad, sino en una descripción de la realidad. Lo que nos hace sumirnos en un grado mayor de humildad científica cuando tratamos sobre eso que nos parece tan cotidiano, la realidad objetiva. Esta idea vertebra el pensamiento constructivista derivado de las reflexiones del padre de la cibernética Heinz von Foerster. ¿Estamos comprendiendo lo que la ciencia nos lleva diciendo desde hace más de un siglo? ¿Nos esforzamos en mirar “conscientemente” ese mundo objetivo para ver en qué estamos errando, porque somos nosotros quienes estamos construyendo el mundo? Qué mundo tenemos y qué mundo queremos, seguramente estas dos cuestiones entran a diario en conflicto. Sin duda que marcan nuestras contradicciones y frustraciones.

Siguiendo con nuestra secuencia de imágenes con la que iniciamos nuestro discurso, sólo con una ojeada a nuestra historia reciente, descubrimos que el mundo continuaba divido en dos bloques antagónicos, ocupado en afrontar los grandes retos de restaurar lo destruido por la segunda parte de la Gran Guerra. Y todos sabemos lo que costó reconstruirlo. Pero el tiempo fue atemperando la belicosidad cruenta, que no la beligerancia dialéctica, y el mundo occidental fue recuperándose, desarrollando sociedades económica y socialmente estables, mientras que el bloque del Este sucumbía social y económicamente, sin dejar de desarrollar una industria armamentística poderosa. Esta prioridad por la industria  armamentística fue la causa por la cual se desatendía y se arruinaba el tejido social. La URSS buscaba hacer frente a cualquier progreso en el desarrollo de la industria de las armas y a la firme y constante injerencia del bloque occidental, que no cejaba en denunciar la ausencia de los derechos humanos en la Europa del Este. Esta locura de los unos y de los otros no impidió que el modelo capitalista occidental desarrollara las “sociedades estables del consumo y del bienestar”, impulsadas por los “Estados del bienestar”, que tenían como meta la universalidad del trabajo, de la educación y de la sanidad. Aún hoy estos logros son su máxima aspiración, la excelencia de su “utopía” de “sociedades abiertas” en convivencia pacífica (Karl Popper). Sortearon crisis y decepciones, especialmente las fuerzas del trabajo. Luego contemplamos cómo, en un abrir y cerrar de ojos, los Estados del bloque soviético sucumbieron, una vez que la URSS los condujo a su destrucción por las propias contradicciones del “sistema” comunista. Este hecho dio confianza y poder a Occidente, o más bien, al modelo económico de capitalismo que se expandía por todo el globo terráqueo, una vez que el 9 de noviembre de 1989 caía el Muro de Berlín, derrumbándose el bloque del Este europeo. A partir de entonces, el capitalismo neoliberal mundializó la economía mercantilista por todo el Planeta, pues ya no tenía rival que lo detuviera. Ni siquiera la China comunista podía impedir su avance, pues pronto comprendió que debía incardinar su progreso “dentro” del “sistema” capitalista, vinculándose a la mundialización de su economía financiera y de mercado, aunque China prefería hablar de economía mixta. El comienzo del Siglo XXI no podía más que presenciar esta última secuencia fotográfica, arrastrando hacia ella la dura realidad de una crisis global en la que todo el Planeta permanece, hasta la fecha, atrapado. Y continuará en crisis si no buscamos sabias rutas por donde encaminar nuestro itinerario en el conjunto del destino terrestre que nos circunscribe/inscribe.

2. Nosotros proponemos un grupo de secuencias fotográficas muy diferentes para comprender el mundo de la globalización que distan de congeniar con aquellas que nos presenta y nos impone el “sistema” en el que se desarrollan y al que pertenecen nuestras vidas. Ya hemos explicado ampliamente (en otros trabajos) las razones por las cuales debe diferenciarse la noción de “globalización” de la de “mundialización de la economía de las finanzas y del mercado” con la que el “sistema” capitalista trans-neoliberal ha “colonizado” a Oriente y al Occidente de donde surgió, perdiendo éste sus valores que lo significaron como civilización.

Así, la globalización ha de ser el foro de la integración de todos los pueblos y culturas que definen, y en los que se organiza, la diversidad humana. La “mundialización de la economía de las finanzas y del mercado” todos la conocemos, pues reconocemos sus efectos corrosivos en el tejido social planetario de a pie. El “sistema” capitalista se ha encargado de nombrarla con los términos “globalización” y “globalidad”, que nosotros rechazamos, por sugerir éstos valores y principios vinculados con el “valor de lo humano”, mientras que la pseudocultura del “sistema” capitalista, con sus valores y principios desnaturalizadores y enajenadores de la vida humana, debe responder a la expresión que hemos denominado “mundialización de la economía de las finanzas y del mercado” que nos ha conducido a la crisis, no sólo económica, sino de valores, de conciencia y de civilización, que a todos nos toca directamente, aunque sólo reconozcamos de ella su vertiente dineraria o económica.  La globalización debe respetar unas reglas de juego derivadas de una nueva visión del mundo en la que el colectivo humano se organice social, cultural, política y económicamente desde el principio de unidad y desde aquellos valores que, de forma natural y consustanciales a él, emerjan articulando un  nuevo paradigma social no mecanicista, es decir, un modelo social en el que desvanezca el viejo paradigma que nos trajo la mundialización de los valores de mercado y de consumo, que definen y difunden, hoy, globalmente, el “sistema” capitalista en la etapa que hemos descrito.

En nuestra propuesta nos guía el hilo que engarza la guirnalda de todas las propuestas de pensamiento “fuerte” que significaron las utopías, en su sentido clásico y humanista. Por ello partimos de la “utopía” que se transustancia en “topía”, de la que trataremos en este primer tramo del camino orientado hacia un mundo de Paz y de Concordia entre todos los pueblos de la Tierra, porque el Siglo XXI se nos presentó inesperadamente con una idea/tarea inequívoca: “cambiar el mundo”. Y esta idea, irrenunciable, nos exigía el compromiso de todo el colectivo humano para impulsar su puesta en escena, apremiándonos en la búsqueda de una solución urgente ante nuestra torpeza y desinterés por encontrar una vía certera y saludable a la crisis global que nos inquieta y a los muchos aterra, que de ninguna manera podemos hoy excusar. Nuestra declaración difícilmente puede ser discutida en ningún foro, cualquiera que sea su postulado científico, filosófico, político o de  credo religioso o ideológico, porque cuando, incluso, utilizamos la expresión “salir de la crisis”, estamos enunciando la necesidad y la urgencia de cambiar el mundo, el nuestro y el de los otros, el de aquéllos que no piensan como nosotros, porque estamos hablando del mundo de todos, global, planetario, hábitat de la Humanidad, aunque ignoremos hacia dónde dirigirnos y cómo comenzar a transformarlo. Porque los intentos que hasta la fecha se están ofreciendo son sólo paliativos ante la grave situación que invade nuestras vidas, olvidándonos de la inequívoca certidumbre de que aquello que está sucediendo, y que precisa de un cambio radical, encierra unas causas que deben ser indagadas y reconocidas, sin que erremos en el diagnóstico, y una vez corregidas, con respuestas y soluciones conscientes, acertadas y eficaces, podamos reconducir la situación crítica actual, que urge de una transformación sustancial. No estamos para juegos de ambiciosos, irresponsables e ineptos políticos -todos-, ni de codiciosos financieros. Pero tampoco debemos excusarnos todos aquéllos que componemos el tejido social nacional, regional, planetario, al responsabilizar de nuestro malestar a los poderosos de las finanzas y a los gobernantes, que extienden el poder y el modelo de sociedad que aquéllos diseñan para “gobernar” nuestras vidas. La política del gobierno de las naciones, ya no depende de los políticos, sino de quienes poseen el verdadero poder, los propietarios del dinero. Este hecho es hoy tan evidente que el tejido social ha hecho saltar en mil pedazos el status quo de la vida de la política. Pero para cambiar el mundo hay que pensar qué mundo queremos construir.

Así, las causas hay que buscarlas también en la acción del ser humano “colectivo”, por su “complicidad” con el “sistema”. Todo el tejido humano es/somos responsable(s). Por lo cual es el colectivo humano quien debe comenzar a cambiar, a pensar, a indagar, tomando conciencia del compromiso que le corresponde, decidiendo con determinación la transformación de un mundo que envejece y se desintegra. Pero este mundo en crisis, es el mundo de todos, pues es el ser humano “colectivo” quien construye el mundo en el que vive. Claro que hay fuerzas poderosas que impiden desarrollar un mundo global de rostro humano. Pero no olvidemos la “inconsciente” complicidad del tejido social que permite que esas fuerzas existan.

Cambiar el mundo precisa, pues, conocer las causas, atajarlas y conjurarlas para “desarmarlas”. Sólo de este modo las consecuencias se disolverán, dando paso a otras que dependerán de qué mundo queremos que sustituya al viejo mundo del mecanicismo. Sin “deshacerse” de las causas que generaron la crisis que vivimos, las consecuencias que hoy vivimos y rechazamos no podrán variar, sólo se acentuará su gravedad. No podemos seguir obviando nuestros errores y nuestra irresponsabilidad, ni dejarla en manos de quienes tenemos suficientes argumentos para no confiar en ellos, no sólo por su ambición, su egoísmo o su ineptitud; también por su arrogante ignorancia y desafección por mejorar la vida humana y la que la inscribe en un tejido de vida plural, diverso y conectivo, al que nuestros dirigentes son insensibles y ciegos. Percibido desde el ámbito nacional, por ejemplo, todas las “insuficientes” políticas que se aplican en favor de conservar y proteger el medioambiente es fruto de la presión y de la exigencia del tejido humano, al que los gobernantes apaciguan sus voces con concesiones “razonables” a cambio de votos que les den la gobernanza de los Estados. Desde una visión global, todas las decisiones nacionales referentes al medioambiente dependen de las decisiones de la ONU, en donde el tejido social global no tiene ni voz no voto, del mismo modo que los gobernantes no tienen el poder de elaborar políticas medioambientales “serias y radicales” independientemente de lo acordado en los organismos supranacionales. El mundo de las democracias representativas, es decir, el mundo de las naciones que están dirigidas por el capitalismo trans-neoliberal mundializado es propiedad de las élites financieras. No hay ONU, hay poder de los grupos que poseen el dinero.

No obstante, el ser humano, individual y colectivamente, tiene inteligencia para encontrar la raíz del árbol que plantó y del que brotó el “sistema” obsolescente hoy del capitalismo que ha de ser sustituido; y aun tiene el valor, la sabiduría y la confianza en sí mismo, si mira hacia adentro, hacia su ser íntimo, para arrancarla y plantar una nueva raíz de la que brote el árbol cuyas ramas y frutos tengan el sabor de “lo humano”. Una clara visión de la verdadera naturaleza del ser humano, como individuo y como colectivo, y la del entorno que lo inscribe en el entramado del macro-ecosistema de vida inteligente que es nuestro Planeta, le ayudará a elegir la raíz adecuada.

Sin duda que existen claros signos de que la Humanidad está tomando conciencia de su responsabilidad en la crisis de valores/conciencia que desencadenó la crisis económica. Y aun comienza a percibir que la crisis de valores/conciencia hay que entenderla en términos de contaminación “mental”, al haber asumido los valores del mercado y del consumo como sustitutivos de los valores humanos universales, y que esta contaminación “mental” es la responsable del desequilibrio, del cambio climático y de cuanta contaminación encierra el agua, el aire y la tierra. Devolver la salud al Planeta, descontaminarlo, exige previamente descontaminar al ser humano, y este programa sólo se podrá llevar a cabo si, a nivel individual y a nivel colectivo, toma conciencia de la necesidad de su propia transformación, que no es distinto que lograr la descontaminación de su mente, tal enseñan las psicologías de Oriente. Un mundo “construido” con una mente “contaminada” por los valores del mecanicismo capitalista, conduce a un mundo desnaturalizado, deshumanizado por tanto. ¿Quién pone en duda todavía esta triste realidad? Por el contrario, la construcción de un mundo cimentado con los valores consustanciales a cada ser humano, no podrá ser otro que un mundo con rostro humano, humanamente digno, dignamente humano. Libre de “contaminación”.

Del mismo modo que el jardinero arranca la mala hierba para que las plantas del jardín crezcan con fuerza y belleza, el ser humano ha de arrancar la raíz de la que creció el árbol de la visión del mundo de luchas y exclusiones, y plantar la raíz del árbol del cual crezca la visión del mundo de unidad y de integración consciente del ser humano como vida tejida al conjunto de la vida en unidad de destino terrestre.

Exponíamos en los preliminares que, si pensamos sabiamente, estaremos en condiciones de construir sabiamente, porque la acción de pensar es el material con el que se construye el mundo, el externo y el interno. Por ello sabemos que el cambio es posible. ¿Cómo cambiar y qué rumbo seguir para que la crisis con la que convivimos y sus consecuencias desaparezcan de nuestras vidas? Éste es un asunto complejo, pero no imposible. Oriente dice que la mente puede conducirnos al infierno/desdicha o a la Iluminación/Felicidad -con inicial mayúscula. Elegir el camino de la Iluminación es sabiduría. Pero ésta, siendo la savia que anima la vida del ser humano, no es de fácil obtención, aun cuando le sea consustancial -insistimos. Paradójicamente, parece que la desdicha es el precio que hay que pagar para adquirir la sabiduría. Este aparente contrasentido es la base que cimienta el mundo objetivo. La mente le oculta la verdadera realidad al ser humano, al volcarse sobre el mundo de los sentidos y ofrecérselo para disfrute y dominio del mismo. El tiempo, la experiencia, el cansancio y el hastío al que conduce el sufrimiento, harán que el ser humano vuelva sus ojos a la fuente de donde surgió, y decida desprenderse del apego al mundo, es decir, de todos los agregados psíquicos que conforman la mente, conduciendo a ésta hacia su fuente, el corazón, para iluminarla una vez que el fuego de la sabiduría “quema” su contenido, los agregados psíquicos que le daban entidad y sentido. De este modo, iluminada, deja de ser mente, tal exponen las psicologías orientales vedántica y budista. Y la nueva psicología surgida en Occidente al mirar hacia Oriente y descubrir el punto de encuentro entre ambas, para devolver al ser humano a su verdadera realidad. El ser humano, entonces, quedará libre de su atadura al mundo, descubriendo su fuente, la misma que iluminó a la mente al tiempo que él se iluminaba, pues él mismo se había identificado con los materiales psíquicos, que son representaciones del mundo objetivo, y que en Occidente se hacen coincidir con el ser pensante. ¿Recordamos las palabras e de los físicos Heisenberg y Schrödinger con las que nos hacían reflexionar acerca de cómo percibimos el mundo? Al no haber mente, no hay pensamientos, ni deseos, ni emociones… etc., siendo el ser humano el “testigo” de lo que los sentidos le muestran del mundo objetivo, pero sin identificarse con ellos, cesando de este modo el sufrimiento[1]. No debe extraerse de la reflexión anterior que el ser humano sea “impasible” al mundo. No. Es ecuánime e inafectado ante el mundo, como exponían algunos tratados del Renacimiento, y no sólo los que hablaban de mística o espiritualidad. Pensábamos en los manuales escritos para educa al “perfecto cortesano/a”. Libre de la “presión” de los materiales que configuran la mente, el ser humano puede incidir e interactuar con el mundo mejorándolo, ayudando a liberar de “cargas” a sus congéneres, al estar él libre de carga, con todas sus facultades alertas y disponibles, sin que nada gravite sobre él, excepto su plenitud de ser libre y su voluntad de ofrecer el mismo conocimiento con el que fue “liberado/Iluminado”.

Occidente sigue la afirmación/creencia filosófica “cogito, ergo sum” (pienso, luego existo). Pero existir es verterse hacia afuera, hacia el mundo, conducida la vida humana por los materiales psíquicos que ocupan nuestra mente consciente y subconsciente, siguiéndolos, organizándolos, recreándolos… Y nos identificamos con ellos. Decimos: somos “esto” o somos “aquello” que pensamos y sentimos. Eso es todo. Pero si examinamos los materiales que entran en “esto” y en “aquello”, observaremos que “el yo que los observa/testifica no está incluido en esos grupos de materiales”. El “yo” que realmente somos, estará libre de esos materiales con los que se identifica, si deja de identificarse con ellos en primera persona y serenamente los observa como ajenos, agregados, identificándose sólo con el “yo” que los observa/testifica, como si observara un calle llena de muchedumbre que camina en un sentido y en otro. Desde el momento en el que se “desidentifica/se desprende” con/de los materiales psíquicos podrá conocer el error en el que ha vivido hasta entonces, sufriendo un sinfín de sucesos con los que vivía en primera persona, como si fueran él mismo, sin detenerse a pensar por un momento en que él es el testigo “inafectado” de todo ese material con el que ahora no se identifica, pues sabe que él es el “yo” que testifica ese “mundo” que está “fuera” de él, del “yo” testigo, del mismo modo que la calle por la que transita está fuera de ese “yo” que la observa o la testifica. En esto consiste “ser y vivir adentro de uno mismo”, o de “vivir conscientemente del conocimiento de uno mismo”. Quien vive en este “yo” testigo inafectado y libre, ha logrado descifrar el aforismo antiguo “conócete a ti mismo”. Ser dentro es ser “yo”, sin agregados. Los agregados son el mundo, la mente, porque los materiales psíquicos son el contenido de la mente, pues no son nuestro “yo” en plenitud de dicha y conocimiento de sí mismo, auto-suficiente y auto-confiado en ser lo que realmente es. Ser “yo” es no-concepto, no mundo, pues no hay mente. Para interactuar con el mundo basta utilizar la energía mental “libre” de contenidos psíquicos y “rozar” el mundo, en actividad sin identificación con el mundo. Los sabios, no sólo Jesús, han repetido en todas las culturas de sabiduría que el ser humano debe aprender a “estar” en el mundo “sin ser” del mundo. Pertenecer al mundo es vivir en-y-por los materiales psíquicos que se le agregaron a la mente y con los que nosotros  nos identificamos porque no nos conocíamos.

Esta reflexión es la que nos llevaba a afirmar que “construir sabiamente es consecuencia de ‘ser’”, de vivir hacia dentro y conocer qué somos en verdad, y verter, luego, hacia fuera lo que se halló dentro: el “yo” que somos, lo que conocimos en tan hermoso y fructífero conocimiento. Esta idea es la que no pudo ser comprendida por los que reflexionaron sobre la “utopía” sin poder conocer la hondura que encerraba esta “noción”. Los pensadores que dejaron escritos sobre el mundo de la utopía sabían que la paradoja no es de fácil comprensión. Como no es fácil distinguir entre ser y estar, o ser sin que ningún “estado” ciña la esencia de ese ser. “Caminante, no hay camino: se hace camino al andar”, escribía sabiamente Don Antonio Machado. Caminamos en un mundo que es creado por la mente. Cuando la mente desaparece, del modo que exponíamos, por iluminación de la misma, también desaparece el mundo que contenía en su interior. Iluminada la mente, es decir, “vaciada” de contenidos psíquicos, sólo vive el ser que reside dentro, la verdadera realidad de cada ser humano, nuestro verdadero “yo” libre y feliz sin el parloteo de la mente. Viviendo dentro, el ser humano puede mirar el mundo desde la Iluminación del ser/Ser, ecuánimemente, con mansedumbre, sin pertenecer al mundo, sin dañarlo, pudiéndolo sanar, ofreciéndole el conocimiento que “libera”, como hicieron Sócrates, Buda, Lao Zi, Confucio, Jesús, Gandhi, y muchos otros que nos mostraron cómo convertir la “utopía” personal en “topía” personal, que trasladado a lo social resultaría ser la concreción en el espacio y en el tiempo de los ideales utópicos.[2]  Por esta razón los pensadores utópicos y los sabios dejaron escrito, con el ejemplo de sus vidas, que la realidad del ser humano está/es dentro. Verterla hacia afuera es construir “sabiamente” un mundo perfecto, tal lo es el “yo”/Ser interno, como ellos expusieron en sus fértiles reflexiones. Sólo de este modo la utopía” es realizable. Pensemos sabiamente. Construyamos sabiamente. Cambiemos el mundo sabiamente.

Mientras comprendemos esta verdad, caminemos en la dirección que nos lleva hasta ella. Serán fructíferas las acciones que realicemos. Y en el camino hacia la comprensión de cómo convertir la “utopía” en “topía”, aunque los seres humanos pertenezcamos a posiciones ideológicas y credos diferentes, confiamos que nadie estará en desacuerdo con las palabras con las que Don Quijote ilustraba a su escudero Sancho, que hacemos nuestras, dando contenido a cuantas ideas exponemos en estas reflexiones con las que queremos dirigirnos (y sumarnos en su esfuerzo) a quienes en verdad anhelan una transformación radical (porque ahondemos, comprendiendo su raíz/origen/fuente) del ser humano y del mundo que hemos construido hasta la fecha: “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que nos es locura ni utopía, sino justicia”. Y aunque entonces, en el Siglo XVII, en el que vivió y escribió Don Miguel de Cervantes, la justicia -que no las normas y leyes legales- era locura y utopía (del mismo modo que aún hoy algunos la consideran improcedente y exclusiva para sus intereses personales y de grupo -siempre de poder) la mayoría de los seres humanos hoy comenzamos a pensar cuánta razón tenía el caballero de la triste figura cuando comunicaba/educaba con tan sabias palabras (por ello hacen justicia) a su escudero y amigo. Porque es la justicia de la que hablaba Don Quijote la que nos convoca hoy para cambiar el mundo. No la justicia que se discute en los Parlamentos y se reparte en los juzgados, que esa sí es locura; sino la que reclama la fraterna igualdad, que es expresión de la cualidad de la “humanidad” que encierra cada ser humano, y nos hace a todos iguales, sin diferencias y sin fronteras (-las diferencias y las fronteras son creación de la “mente” humana: “cogito ergo sum”-), humanamente dignos. Hablamos de la justicia que es equitativa distribución de la riqueza, que es justicia social, además de mudar al ser humano ética y moralmente en íntegro e integrado al colectivo, sin distinciones ni exclusiones. La justicia que es paz y concordia, la que convoca a la cooperación fraterna y solidaria, es la que reclamamos. La justicia que antaño reclamaban las utopías, como la que Cervantes nos presentó en su innovadora y sabia novela. Y aquellas otras utopías que están en la mente de los lectores con memoria agradecida e integradora.

Sin duda que la idea de “cambiar el mundo” es la buena nueva que nos trajo el nuevo siglo XXI. Sí o sí. Porque no hay otra elección.  Pero “cambiar el mundo” exige pensar en unas premisas o principios o valores que piloten el cambio de rumbo de la Humanidad.


[1] Consultar “Las Cuatro Nobles Verdades” del budismo, o cualquiera de los Upanishad vedánticos que traten sobre el tema, o los libros de psicología vedántica que toman los Upanishad como punto de partida para crear estrategias y metodologías “científicas” para salir del sufrimiento/mente y lograr la Iluminación o Realización del Ser.

[2] Ver: DÍAZ, Esteban, En los Albores del Siglo XXI. Reflexiones sobre el nuevo paradigma social no mecanicista: el Humanismo Global. Publicado en KDP. Amazon, edición de libro electrónico para e-books, 2015.

También está editado en Tiger Moon, 2009 (2011, 2ª edición agotada), Bangalore, India.

 

 

 

27 abril, 2015Permalink