EL CUADERNO DE HAITÍ (2010)

 

 EL CUADERNO DE HAITÍ (1)

Port-au-Prince, capital del dolor.                                                                                          

     (Foto tomada de EL PAÍS)
Sin nombre

Domingo, 12 de Agosto de 2010. Port-au-Prince. Estoy sentado frente a la página del ordenador, luminosa y ajena al dolor de un país cuya desgracia remueve hoy las conciencias de una sociedad global que se jacta enaltecida de ser la expresión acabada de una sociedad del bienestar que idolatra los valores del mercantilismo capitalista, del mismo modo que hicieran los judíos con el becerro de oro en su marcha por el desierto. El mundo que pone en “valor” de mercado todo cuanto vive, respira y toca, ha sufrido también él una convulsión en su conciencia al conocer el infortunio de un pueblo sacudido por la devastación más virulenta que conoce la civilización contemporánea provocada por la acción de las fuerzas de la naturaleza. Este mundo de capitalismo global ha sido hartamente hostigado por imágenes desoladas, durante semanas, a través de los medios, a causa de la desgracia que quebrantó la vida de un país con heridas que acaso no cicatricen nunca y no devuelvan a sus gentes el rostro ya apenado por la escasez de un pueblo que venía padeciendo hambre, desidia y abandono, todos estos infortunios ocasionados por otros temblores aún más dañinos que el causado por las fuerzas de la naturaleza que desató tanto sufrimiento el 12 de enero del año en curso. Hablo de la convulsión sobrevenida por la ineficacia de los gobiernos sucesivos que los haitianos han soportado, a duras penas, desde hace más de doscientos años, desde que el pueblo haitiano culminó su independencia, la primera del continente americano, y hablo de la inercia de los haitianos por levantar un país encallado en la rapiña y en la usura de los poderosos, en la penuria de un pueblo que se resigna a no vivir en la dignidad que le confiere el derecho por nacimiento a todo ser humano.

Mientras las palabras se suceden sobre la luminosidad de la página, entrándome yo en el fulgor de su nada, en el lugar donde mis pensamientos toman la forma de las palabras que los explicitan, percibo cómo su blancura se diluye en nubarrones de mañana oscura. La siento infinita e inapresable en su extensión virtual e inasible, como el dolor de este país, Haití, verde de lluvia y gris de puertos de mar y de desesperanza cernida sobre un horizonte de dolor amargo que abre la vida de mis palabras y las divide y las separa como un cuchillo corta en dos trozos el pan que fracciona cuando hiende sobre su costado la afilada base. ¿Qué he de decir al mundo con el lenguaje de las palabras? ¿Qué debo describir al mundo que no hayan visto sus ojos envueltos por las imágenes que los medios visuales les llevó hasta sus hogares confortables, sacudidas por unos cuantos días sus conciencias acomodadas en la confortabilidad de sus sillones de primera fila televisiva? ¿Qué podría decirles a ustedes, lectores privilegiados de las desgracias ajenas, que mueva a su compasión fraternal ante el abandono de estas gentes heridas por el dolor más descarnado, que nos miran y nos reclaman su parte de dignidad y de derecho a compartir la mesa de la abundancia, ahora que el destino cargó sobre su ya adversamente cotidianidad de desheredados? ¿Qué he de escribir que su corazón no sepa? ¿Podrán mis palabras despertar lo que está escrito en la morada más íntima del corazón de cada ser humano?

La mirada se llena de imágenes de hombres y mujeres, de niños y ancianos que caminan como si el mundo se hallara perdido en cualquier lugar de la calle recorrida por desheredados. Aquí, en la capital del dolor, Port-au-Prince, el mundo ya no es terreno, tiene una medida y una densidad de mundos jamás pensados, tampoco previstos ni deseados por hombre alguno, sólo conocidos en el cansancio infinito que conduce en lengua francesa o crèol la palabra “souffrance”, que recorre todos los registros de la vida haitiana. Un mundo de desolación que no termina de comprender el haitiano, que se pregunta una y otra vez “¿Es real esto que estamos viviendo?”. “¿Acaso no es esto un sueño que nos sobrevino a todos sin anuncio previo, mientras nuestras conciencias habitaban los luminosos espacios de la vigilia verde y azul de puerto de mar, de cerros altos que nos circunscriben y nos ocultan del mundo exterior y nos recogen en oleada de verdor y de brisa cálida y húmeda?”. El sueño se ha marchado de la noche de los haitianos. Nadie espera otra cosa que un alimento ofrecido en la calle o en los alrededores de los campamentos, orfelinatos, iglesias, escuelas, allí donde la solidaridad extranjera y nativa abraza el dolor y el vaciamiento de la vida que se escapa como instante o ala veloz que cruza el cielo hoy pintado de nubarrones grises que dejan caer una apacible lluvia que calma la mente y hace olvidar ¿el dolor? Imposible. Anida el dolor en la mente del haitiano, en el hueco de la mano, en el rizo del cabello de los niños, en la mirada del otro que cruza su desheredad con otra desheredad, y nada dice, nada pide, porque nada tiene.

Huye la vida. Huye el sueño. Huyen los niños al lugar donde el extranjero ofrece leche, sopa, vitaminas, chanclas, antiparasitarios, solidaridad, y una mirada tiernamente compasiva del nepalí Shanthi, que detiene la agitación de los niños que van y vienen arriesgando sus vidas entre los autos que circulan sin respeto de sus vidas desoladas para darles un plato de sopa nutritiva y amorosa. Huyó la esperanza. Huyó la confianza que nunca cabalgó pareja al haitiano. Permanece “la souffrance” en la capital el dolor.

El sueño ha huido de la noche de los haitianos. En la capital Port-au-Prince el cielo se ha ocultado bajo una densa nube de tristeza. El día es noche, la noche no despierta, la vida deambula peregrina. Vagan las gentes como si no pisaran la tierra. Como si el mundo se deslizara en otro nivel de realidad no terrena, densa como la angustia y esa expresión que el haitiano conoce y que endurece su rostro prieto mientras vaga por las calles, sin encontrar nada de lo que busca. Acaso porque se busca a sí mismo y no se halla, acaso porque mira “la souffrance” que le habita, que le enajena, que le embarga y le lleva, a golpe de dolor, a distancias que son miríadas de sí mismo. ¿Es este el dolor por el que se interesa la global sociedad del bienestar?

Haití. Puerto Príncipe. Capital del dolor. ¿Qué mira la sociedad del bienestar acomodada en su atalaya defendida tras el verdor adusto de los dólares, mientras el pueblo haitiano llena de “souffrance” la vida que se extingue como antaño se apagaba en los campos nazis otras vidas escondidas y olvidadas? ¿Hacia dónde mira el mundo global del lujo y del despilfarro, que examina el grado de dolor punzante de los haitianos, lo evalúa, lo recrimina, lo desplaza hacia las vertientes de lo inhóspito en una nueva África de isla cercada en su laberinto de exterminio por un hedor que apesta a muerto aún sepulto bajo los escombros de la ciudad de los cementerios, capital del dolor, de la infinita “souffrance” del negro africano, aún esclavo del dolor y del abandono?

 EL CUADERNO DE HAITÍ (2)

La Isla. El viajero (1).

Quien accede a Haití, entrando por el este, desde la carretera que cruza la frontera dominicana y bordea la caprichosa y serpenteante orilla del mar que se abrazó a la vida de los primeros habitantes haitianos traídos de África, que en descoloridas barcas azules y blancas hoy transportan el carbón que ellos procesan, después de la rapiña de los recursos naturales de lo que fue antaño boscosa foresta de altos cerros, acaso se le dé a conocer por qué el destino no quiso que el haitiano tuviera un horizonte de vida más allá de su aislamiento insular, sacudido siempre por los innumerables infortunios que le persiguen desde el día que supimos de él, después de que a la isla le fuese dado el nombre de “Española”.

En verdad que una muralla de cerros recorre la vida de los haitianos, de oriente a occidente, hasta Port-au-Prince. Y aún continúa su alzamiento hasta hundirse en el mar, allá, por el extremo occidental de la Isla. Tan colosal muro ciclópeo circunscribe la vida haitiana como el yugo ciñe el cuello del buey. Cierra la natural muralla la vida del haitiano desde un horizonte imposible, levantando sus crestas verdes y azules como un dique que los aísla del mundo exterior y reduce su mirada a la del isleño solitario, adusto, quien enfrenta su cotidianidad a tan colosal materia orgánica de cerros altos que cercena su paso y su esperanza, y lo reduce a conocerse separado del resto del mundo que en otro tiempo visitaba sus productos de caña, legumbres, maíz y frutos variados y apetecibles.

No pierde el viajero la perspectiva de la ausencia de horizonte. Como no esquiva la visión del mar que le golpea, desde la lejanía o desde la proximidad, como si desde ese momento de la visualización del agua lo destinara a saberse vida solitudinaria, marginal/ tierra de abandonos, la del haitiano y la del mundo que lo ignora. Así, percibe su itinerario, sin otro horizonte que el ofrecido por el muro de cerros que aísla al haitiano del mundo y lo reduce a él, extranjero en tierra siempre extraña, a un acomodo de intrusión y de soledad. Haití es el lugar del non plus ultra. Tras las montañas no hay horizonte. No hay mundo. Eso percibe el viajero alertado por la mirada del haitiano. Una vez en tierra haitiana, queda atrapado en tan aflictivo paisaje de soledades y exclusión.

 EL CUADERNO DE HAITÍ (3)

La Isla. El viajero (2).

Hay dos Haití. Una, la que posibilita la rapiña a los poderosos de esta tierra y a los deshonestos especuladores extranjeros. Unos y otros que  entran a saco en la esquilmada riqueza haitiana, con el único propósito de enriquecerse en breve tiempo en tan crítica y lastimosa situación. La otra Haití, la del grueso del ejército de los desheredados, siempre estuvo abandonada a su suerte de desdichas y exclusiones. Es terrible ver cómo los infinitos campamentos en lo que una masa (en la que sus individualidades aparecen indiferenciadas) son, cada uno de ellos, una isla abandonada en el océano de la desgracia olvidada. Por eso comparo su situación a la de los campos de exterminio nazi. Aquí no hay cámaras de gas. Pero hay abandono, reclusión en la nada, en la desesperanza, en la desgracia, en el sufrimiento. Muchos se benefician de este enorme dolor. Incluso aquellos que dicen ser de “buena voluntad”. Se podría esperar cualquier cosa en Haití (revueltas, motines, movidos por el hambre y la falta de perspectivas de futuro para salir del dolor y del olvido…) Pero el sufrimiento de Haití está bien atado. Por los políticos, los especuladores, las Naciones Unidas… Y si a este cuadro desolador le añadimos la posibilidad de que la malaria o el cólera irrumpan en cada uno de las tiendas de los cientos de miles de abandonados, las revueltas ciudadanas no tardarán en cruzar la línea que separa la aceptación de la rebeldía. Las Naciones Unidas no toman decisiones correctas, racionales, verdaderamente humanitarias, las que hablan del hombre comprometido y solidario con el dolor de los más necesitados; esas soluciones que se piensan imposibles simplemente porque son desestimadas en los despachos de los altos ejecutivos que acumulan el poder y los arbitrajes, y que bien ejecutadas lograrían sacar a este país del caos. La inversión económica de las Naciones Unidas es sólo un derroche para que los corruptos, extranjeros y haitianos, se aprovechen de la desgracia haitiana. La ayuda extranjera sólo tapona las fisuras del dolor para que la supuración que mana del dolor de los humildes no se vea en las imágenes que dan los noticiarios extranjeros. El mundo rico está creando una balsa de dolor en el Caribe (y dónde no?) y la ha abandonado a su suerte, a la deriva, a la no existencia, por olvido, por desamor. África está en Haití, amurallada por su desgracia y la pasividad del mundo global representado por las Naciones Unidas, que vigilan desde sus carros de combate la callada insurrección de los haitianos para que los carroñeros del capitalismo terminen de engullir los restos moribundos de un país que agoniza. No creía que Haití marcara una fecha en mi vida. Pero es imposible olvidar lo que los ojos me acercan de la vida haitiana cada día.

 

 EL CUADERNO DE HAITÍ (4)

La mirada del viajero (1).

En la parte superior de mi casa vive su propietaria haitiana. Allí ocultan sus vidas dos niños aún en la pubertad y dos muchachas casaderas. Los cuatro son una muestra de la esclavitud con la que el siglo XXI aún refriega, con la despiadada condición del hombre cargada de inhumanidad, la complaciente y servil mirada de la mentida sociedad global del bienestar, que el mundo del capitalismo financiero impone a la totalidad de los pueblos de la Tierra. Porque existe la esclavitud en Haití, la del negro que ha desarrollado el carácter y la ambición esclavista del blanco y, con tan impía práctica, somete a su congénere negro.

Cuando comienzo a escribir esta reflexión sobre tan desalmada y cruel práctica, una  honda tristeza me arranca la escritura de las manos. Me alerta de estar dándole fuerza a tan miserable condición de los humanos que aún reproducen estas prácticas que no tienen nombre en el lenguaje de la racionalidad y de la hermandad de los hombres. Entonces, la desolación me lleva a desear con urgencia el día en que finalice mi compromiso y responsabilidad que me trajeron a la Isla. En este sentido, me supera Haití. Me duele Haití. Me hunde en la idea de romper definitivamente con los hombres y marcharme de nuevo al Gran Himalaya de soledosos y pacíficos parajes o a mi hogar de Prashinthi Nilayam.

La tarde se hizo noche oscura. Parecía que la Isla se rompía en infinitos trozos que dividían la densidad del dolor del desheredado haitiano, porque no hay otra cosa que dividir entre los pobres que no sea el dolor de los pobres. La falta de electricidad profundizó aún más la noche y su negrura.

A través de la penumbra que arrojaba la luz de la vela, yo divisaba la figura del adolescente Jean Marie, débil y enjuto, cimbreándose como una espiga balanceada por la brisa. Prudente bajaba por las escalera que ascendía hasta la mansión de la propietaria Madame Bernardette, que bajaba tras los tímidos pasos de Jean Marie, y con voz grave y autoritaria, con la que solía regañar al pajarillo de frágil vuelo, malhumorada, expresaba su descontento por la carencia de luz, sin la cual la Madame deja de sentirse  la propietaria del edificio, arriba y abajo. Jean Marie es uno de los cuatro esclavos de Madame Bernardette. Arrastrando su brazo y su cuerpo por el pretil de herraje forjado, el muchacho iba dejando tras sí un hilo de voz casi imperceptible, dirigido a mí, el inquilino de la parte inferior de la casa: “¡Señor! ¡Señor! ¡Las baterías! ¡Las baterías! ¡Por favor! ¿Me permite usted pasar?”

Inmediatamente, tras el dócil y tímido niño aparecía, sobre el recodo de la escalera, la gruesa figura de Madame Bernardette, supervisando cada paso de su esclavo. Y luego, bajo el hueco de la escalera, como protegiéndose ambos de un nuevo terremoto, allí estuvieron alrededor de treinta minutos, rellenando las baterías que darían luz a tan noche oscura del cuerpo y del alma. La esclavitud es un mal en ambos componentes del ser humano.

Ociosa, supervisora del trabajo de Jean Marie, Madame Bernardette me relataba cómo recogió a “sus muchachos”, a quienes había sacado de la “miseria y del hambre; de la calle; para ayudarles; por lástima”, puntualizaba la impía déspota. Del mismo modo que todos los esclavistas que aún existen en suelo terrestre, en las innumerables formas que la humana condición ha inventado para convertir en bestia de carga o en servidumbre deshumanizada a otro congénere suyo, Madame Bernardete buscaba la excusa oportuna, dependiendo de a quién daba la explicación, que en verdad nadie le pedía, pero que ella conjeturaba que era su deber darla, porque tal vez pueda librarse del juicio que afea aún más su lenta y gorda imagen de déspota y negrera de niños. No vale decir que es ignorancia. Puede que lo sea, más que maldad o ambición de cualquiera naturaleza que ésta sea. Pero a estas alturas del proceso evolutivo humano, ya sólo nos vale la erradicación de la servidumbre y la esclavitud en todas sus formas en las que aún se practican.

El siglo XXI debe ser el siglo de los muchos logros aplazados por la humanidad en el nombre de no sé qué creencias acerca de la naturaleza humana o del destino o de los merecimientos… El siglo XXI ha de ser el siglo en el que humanidad se eleve por encima de todas las ideas que ciegan su “humanidad”. El siglo XXI ha de ser el siglo en el que el hombre y la mujer sean verdaderamente libres, porque todos los hombres y todas la mujeres hayamos encontrado el camino hacia la dignidad que nos hace ser y sentirnos libres y ¡humanos!, en esa ruta aún no hallada que nos adentre en el sentido de lo dignamente humano, por que cada ser humano pueda “entender”, con mente abierta, libre, generosa, fraterna, que todo cuanto es pensado, fraterna y sabiamente por el colectivo humano, ha de concretarse. Y hay una sólo manera de hacerlo correctamente: pensar en el bienestar universal de todos y de todo cuanto nos circunscribe e inscribe, sin distinción, pues todo es vida en unidad de destino. Nuestro mundo se define por el impulso ineludible de estar invariablemente construyéndose siguiendo las pautas de nuestros pensamientos, movimiento incesante en un continuo “llegar a ser”. Si queremos un mundo feliz, amable, generoso, compartido, tolerante, fraterno, cooperativo, integrador, de igualdad… sólo existe una manera de lograrlo: pensando que todos somos/vivimos/existimos como una unidad indivisa en el todo que nos contiene. Todos y cada uno de ese todo somos esa unidad, ese todo. Esta idea nos hará dignos e iguales, libres y cooperativos. Pero para asentar a la humanidad en este “proyecto” es preciso abandonar los viejos usos, cada uno de ellos, pues nacieron y se desarrollaron de una visión del mundo de roturas, de luchas, de enfrentamientos, de oposiciones de antagonías, de separatividad: la visión de dualidad del mundo. Trascenderla por una nueva visión de unidad, es nuestro reto en el siglo XXI. Entonces, en este devenir que es la existencia, lograremos la felicidad de todos en el mundo de los hechos de los hombres, ahora globales. Seremos entonces verdaderamente humanos, porque nuestras vidas se desenvolverán según los principios que se derivan de forma natural de la visión de unidad que vive impresa en nuestro ADN: igualdad, integración, tolerancia, cooperación, paz… Para concretar este proyecto –insistimos- sólo cabe un pensamiento vertebrador que dirija nuestras vidas: la idea de unidad, mediante la cual establezcamos al colectivo humano, definitivamente, en el verdadero bienestar universal, de todos, sin exclusión.

No lo dude la humanidad: el siglo XXI deberá ser el siglo de la vida en unidad de destino terrestre, o no sobreviviremos. Los seres humanos hemos conocido la vida como ese ámbito donde la diversidad se ofrece en sus innumerables singularidades y diferencias. Pero no hemos conocido la base de esa diversidad, lo que en verdad da origen, sentido y coherencia a la pluralidad de seres que habita, no ya nuestra pequeña casa terrestre, sino el Cosmos en su totalidad; esa base que nos permea a todos y a todo cuanto tiene existencia, y en su vida Una, en ella, inter-siéndonos los seres humanos con todo, tenemos nuestra existencia. Aunque desconozcamos esta verdad, nuestra ignorancia no impedirá que la Vida Una continúe desenvolviendo su programa en todos los roncones del Cosmos, y en cada ser que adviene a la existencia terrestre. Hemos de abrir los ojos de la carne a los ojos de la mente y éstos a la mirada del espíritu. Entonces conoceremos la unidad desde donde emerge la diversidad con la que la Vida recrea el mundo. Es éste un cambio de percepción, de perspectiva, de mirada desde dentro y desde fuera. Es éste el tiempo propicio para percibir/conocer y compartir la unidad de la Vida expresándose la extraordinaria diversidad existencias que conocemos como nuestro hogar terrestre. Sólo desde este cambio de perspectiva/visión, que se traducirá en un cambio de conciencia, dejaremos de vivir en un mundo dual, en un mundo percibido como abigarrado de contrarios, de antagonías, de diferencias, de luchas y oposiciones. Con un cambio de conciencia semejante podremos superar todas las contradicciones terribles por las que hemos transitado, de forma dolorosa e irracional, durante tantas centurias. Es éste el verdadero cambio que la humanidad necesita. ¿Lo espera/conoce el colectivo humano? Ver lo Uno en todo y en todos, éste es el cambio, la revolución por la que tanto hemos suspirado y sangrado.

EL CUADERNO DE HAITÍ (5)

La mirada del viajero (2).

¿En qué lugar de la Ciudad del dolor podrá reposar su mirada el desheredado, que rinde su cansancio desafiando los acerados de la calle del color de las nubes cargadas de lluvia, o lo sacude tristemente dejándose caer en el lecho húmedo de las tiendas de lona y plástico, junto a los desperdicios de la pobreza, arrojada allí donde sólo los perros se recuestan, allí mismo, donde las casas fueron derribadas por la Naturaleza enfurecida y acaso nunca sean de nuevo alzadas? Porque los hombres han vaciado su humanidad para con los incontables campamentos, el lugar del sufrimiento, de los hombres y de las mujeres olvidados, de los niños y de los ancianos, desatendidos por el Gobierno, por el Estado, por la Globalidad que fija su atención en la riqueza de sus líderes políticos, financieros, económicos. Acaso la Humanidad haya perdido la esencia de su humanidad. Para los ángeles desposeídos, los alimentos ya no son alimentos. Los bidones de agua ya no son bidones de agua. Los médicos, ¿dónde están los médicos? No hay médicos para los desheredados. No hay enfermeras, ni matronas, ni medicinas. Las calles son el desabrigo de la pobreza. Ningún titulado haitiano quiere entrar en las calles, en los campamentos, en el sufrimiento, en la nada. Los que los hacen, vienen de lugares remotos, convocados por su propia humanidad, allí donde el dolor abre sus heridas. Conozco la pulcritud de los titulados médicos haitianos, incluso la de aquellos que se revisten de siglas y protocolos religiosos o espirituales, o de ONGs, de Organismos internacionales (sálvense aquellas ONGs dignas, compasivas, franciscanas, fraternas). En la Isla, todos hablan de las necesidades de los haitianos, de la ayuda urgente, del dolor de sus hermanos, pero ellos, los pulcros haitianos, ni siquiera se dignan poner el pie sobre la desgracia, junto al dolor, junto al sufrimiento del desheredado. Los más desvergonzados,  toman el dinero y callan. Gustan mostrarse conduciendo autos todo-terreno. Ellos ya no son haitianos, son ricos que se codean con los extranjeros y toman el dinero de la ayuda con el consentimiento de aquéllos: “de lo que tú te llevas, tú me das la mitad”. Es la moda en el Haití post-terremoto. El lujo y el despilfarro, la inmoralidad, la mentira, la vida deshonesta. Mientras tanto, a su lado circula el abandono del haitiano desamparado. Del verdadero haitiano. Hoy, la condición del haitiano es la que lo define ceñido al dolor que lo hace pertenecer al río infinito de “la souffrance” de la Isla. Del excluido. Del abandonado en la “souffrance”. Del humano descendido a los infiernos. Un añadido al río caudaloso de los desheredados del mundo, del mundo desheredado.

EL CUADERNO DE HAITÍ (6)

La mirada del viajero (3).

Verdaderamente son hermosas las plantas de Madame Bernardette. Especialmente las aéreas. Un tronco de platanera o de ficus sirve para instalar unas foráneas raíces que irán abriéndose paso por los innumerables intersticios que la porosidad de la madera ha dejado entre sus filamentos. La plasticidad de las composiciones vegetales embellece aún más la originalidad del jardín. Son las manos de Céline quienes cuidan tanta belleza al abrigo de la humedad del clima de Port-au-Prince. El sol hace el resto. Céline es una de las esclavas de Madame Bernardette. Hay una perspectiva frontal desde el interior de mi recámara, abierta a la luz del salón, que lo cruza y se abre al jardín después de sortear un estilizado arco de herradura y el enrejado que cierra el interior de la casa. Me siento sobre el suelo, dando la espalda a la pared, en posición de padmasana, y dejo vagar la mirada sobre las plantas, y sobre Céline, que conoce mi complacencia de recrear la mirada en el jardín de sus cuidados. Cómplice, ella sonríe, sin mirar hacia el interior de la casa, al fondo del salón, desde donde yo soy testigo de la escena femenina y vegetal. Céline, de espalda a mi mirada, limpia pausadamente las hojas abrillantadas por la lluvia que la tormenta dejó caer al alba. Juguetea con ellas, con mi presencia, con sus rizos africanos adheridos a su frente como si fueran espirales de melaza. Sueña acaso. Juega aún, cuando la voz de Madame Bernardette dispersa sus cuidados y su sueño. O eso parece, porque Céline huye con pies de diosa de florestas y ensueños hacia las escaleras exteriores, para ocultarse en sus labores domésticas. Mas ¿qué sueña la esclava? Nunca la oí hablar. Mira fijamente, por unos breves segundos, siempre a los ojos, como si quisiera adentrarse y permanecer ahí, en el interior de quien ella elige como partenaire suyo, sin que nadie se lo arrebate, y habitar en esos espacios que sólo ella conoce durante tan escasos instantes hondamente intensos. Más que un sueño, parece que Céline recrea un universo libre para ella, solitudinaria. En su soledad juega y crea un mundo en cuya arborescencia apenas deja una rendija, como de rayo de sol, para que su elegido entre y juegue y sueñe y sea cómplice de su creación. Tan sutil es el movimiento de su juego en sueños que sólo entrará quien, como ella, arriesgue su vida para perderla en el juego en el que recrea un universo de soledades paralelo a la vida, como los universos que describen algunos científicos, acaso sin base real alguna, pero que podrían tenerla, como el universo de Céline. ¿Quién podrá conocer, excepto ella, la abundante riqueza de estos universos libres, entregados al goce de la creación suprema, que su mirada, brevemente insinuante, parece estar construyendo siempre?

 

EL CUADERNO DE HAITÍ (7)

 La mirada del viajero (4).

Sobre la amplia terraza que se alza sobre mis habitaciones, Madame Bernardette ha construido una techumbre de metal que la refugia de los fuertes vientos y de la lluvia de la estación  de los monzones. Allí, guarecidos del exterior, viven los 4 esclavos de la propietaria. Llueve. El jardín de macetas de Céline está hermoso. El agua de lluvia ha limpiado las hojas. Brillan como cientos de soles verdes. Huele a celindas blancas. Del patio contiguo el jazmín trepador también deja percibir su embriagadora fragancia. Sobre el muro de bloques de cemento corretean los lagartos, pequeños, rápidos y centelleantes como relámpagos. Hay algún dragón que otro, que se oculta lento bajo las hojas más densas. Me agrada escuchar el sonido de la lluvia. Me hace olvidar, por unos instantes, las infinitas roturas de Haití y el dolor de sus gentes apresadas en un destino de infortunios y cerros altos. El paso raudo, casi imperceptible de Silvienne rompe la calma de la secuencia apacible. Es hermosa Silvienne. También ella es esclava de Madame Bernardette. Y aún más silenciosa que Céline. Tampoco a ella le oí pronunciar palabra alguna. Apenas se le ve. Nada sé de ella. Su mirada verde de océano caribeño reposa sobre mi, alguna vez que otra, sin saber yo qué propósito mueve a la joven sílfide que no sea el de vagar su imaginación por mundos que tal vez crea que recorrió el viajero que contempla. Nada imagino de ella, porque no se deja imaginar. Baja sus ojos cada vez que su dueña le ordena entrar al patio para recoger el agua del aljibe con la que bañarse, en un lugar discreto de su terraza, rociando la joven, con una vasija de cristal biselado, el agua templada por el calor que inflama el ambiente, sobre el cuerpo grasiento de Madame Bernardette.

Djimy es el otro adolescente sometido a la indignidad de una vida vivida sin la libertad que espera a cada ser humano en el día de su nacimiento. Como Silvienne, se oculta en su soledad. No sueña. Nada dice. No baja a mis dependencias a conectar las baterías para que la noche se ilumine en mi rincón haitiano. Si le pregunto “Cómo estás, Djimy?” Él mira hacia el suelo y se marcha. Hay tristeza en ese descenso de su cabeza. Humillación. Silencio. Pero si le lanzo la pregunta a Jean Marie, él me contesta “Bien, gracias”, después de mirarme y sonreír y expresar una tristeza infinita que se prolonga en una sonrisa que se agota en el instante mismo de ser esbozada. Quiero dejar Haití. No quiero contemplar tanta impiedad de los hombres para con los hombres. Y denunciar ante el mundo que Haití vive aún en el siglo XIX, o en el XVIII, o en todos los siglos en los que los hombres esclavizan a sus congéneres. Pero no es verdad; Haití, como en tantos otros lugares del planeta en los que se practica todavía la esclavitud, vive en el siglo XXI. Y entre sus gentes aún se ejerce tan inhumana impiedad.

24 julio, 2015Permalink