Carta al lector (De: El Valle de las Flores de Oro)

Esteban Díaz, El Valle de las Flores de Oro (Novela editada en México, marzo de 2014) 

Carta al lector

 

Tres horas de mi ya larga vida fueron suficientes para conocer que Irene Campos era una joven de alma noble, cuya sabiduría difícilmente puede hoy encontrarse en un mundo global en el que la inmediatez con la que se fuerzan nuestras vidas, atrapadas en “fuertes corrientes de luchas y conflictos”, nos priva del bienestar y de la dicha infinita de vivir en la quietud y en el contento de quien logró conocerse a sí mismo, tal rezan los textos de las tradiciones de sabiduría, pues habrá conocido, entonces, su genuina naturaleza, al tiempo que habrá desentrañado todos los enigmas que el Universo encerraba para él.

Lo que en estas líneas preliminares expongo es sólo una nota al pie de página de cuanto tuve oportunidad de escuchar y apreciar brotado de un corazón que parecía albergar la vida en su universalidad, sin merma alguna, el corazón de Irene Campos, cuya vida exhalaba tanta plenitud de gozosa y fraterna humanidad que liberaba la mía, de tal forma que la sentía como mi más íntimo y legítimo sentimiento, pues no eran únicamente las palabras lo que de ella me llegaba cuando hablaba. Había algo muy sutil que organizaba las palabras y me envolvía, haciéndolas mías, y del mismo modo que el gusano de la seda se ovilla, hilando su baba sobre sí mismo para morir y renacer, al madurar quietamente su transformación en mariposa, yo me sentía ceñido por la sutil energía que emanaba de ella y penetraba muy adentro de mí, al tiempo que yo me percibía renacer en esos mágicos instantes en los que remontaba en vuelo hacia una dimensión nueva de mi vida, impulsado por el encantamiento de aquella joven que me revelaba muy adentro de mí -no sé cómo describir este desbordamiento hacia lo interno de mí mismo- la vertiente no visible de cuanto ella con palabras me refería.

No eran, pues, las palabras únicamente lo que me cautivó de Irene Campos. Era aquel apacible modo de ser que parecía proceder de su más íntima esencia, desde donde emergían dulcemente las secuencias de palabras que permeaban mis sentidos y mi alma, dándome a comprender lo que ella me daba a conocer, toda vez que hacía sentir en mí la plenitud de mi verdadero ser, que en esos momentos reconocía y degustaba, por primera vez, identificado yo hasta entonces con una imagen burda e infértil de mí, muy distinta de lo que aquella amable joven me dio a conocer de mí mismo en aquel solitario y pacífico hall del ashram de la Ciudad de los Sabios, Rishikesh.

Cómo olvidar aquella presencia delicada y, sin embargo, tan poderosa, que en ocasiones yo creía desvanecerse, dejándome adivinar una suave luz que se expandía hacia qué dimensiones por mí desconocidas abarcando todo el espacio del viejo salón del ashram, en donde la joven y yo conversábamos sobre aquello que en el transcurso de nuestra entrevista me dio a conocer.

Confieso que el encuentro con Irene Campos me proporcionó algo más importante que un recuerdo de por vida. Aquella conversación que mantuvimos, que no fue breve, ni extensa, sino que transcurrió llena de cuanto se precisaba, sin falta: sus preguntas; sus observaciones sobre la información que me entregó en cuatro grandes cuadernos de notas, ya finalizando nuestra reunión; sus breves y claras reflexiones que desgranó, a petición mía, sobre temas de no fácil exposición (auto-indagación, desapego, entrega…); su presencia inolvidable, y todo cuanto ocurrió en la luminosa claridad de aquel salón, de cuyo recinto silencioso, terminado nuestro encuentro, yo no deseaba salir, cambió el rumbo de mi vida. De ello no tengo la menor duda. Lo digo ahora que han transcurrido tres años desde que me senté frente a aquel ser entrañable, de talle mediano, cabello castaño y tez clara, rasgos finos, cuya mirada no dejaba de sostener la mía, sin que yo deseara perder un sólo instante de cuanto esa mirada me decía, tanto como el verbo reposado que salía de aquella figura de trato exquisitamente amable, de gesto sencillo, sereno, cuya sonrisa anunciaba un alma que no escondía nada, absoluta inocencia, limpia como la de un niño, o como el espacio después de que la tormenta se deshiciera en un fuerte y prolongado aguacero.

Considero un honor que un ser tan excepcional, como lo era sin duda Irene Campos, me convocara a conversar sobre algo que, a su juicio, era de extraordinaria importancia para la humanidad de nuestro tiempo. Sin duda lo fue para mí, aun en tan breve tiempo. Porque eso me parecieron los ciento ochenta minutos que estuve ante ella, sentados uno frente al otro sobre la solería de pizarra negra que cubría el salón, desgastada por las preces, la meditación y los pies desnudos de los devotos aspirantes al conocimiento de la no dualidad que acudían a aquel ashram de la Ciudad de los Sabios, en la que Irene Campos, con su presencia límpida, allí, sentada en posición de padmasana, hacía realidad el hecho de que aquélla era una ciudad en la que aún se podía encontrar y respirar la sabiduría.

Irene Campos acudió a Rishikesh desde una población de Uttaranchal Pradesh, cuyo nombre no me reveló, en donde había refugiado su privacidad por un tiempo prudente, en soledad y meditación, junto a Liceo Cruz, su fiel compañero amado. Éste fue su propósito, el de ambos jóvenes, después de que Irene Campos regresara de su segundo viaje al Gran Himalaya. No obstante de su alejado apartamiento, los nombres de los dos jóvenes se repetían con veneración en numerosos lugares de la espiritualidad advaita, por lo que ambos terminaron por satisfacer los requerimientos de los buscadores sinceros de la verdad que se aproximaban hasta su puerta, a los que siempre atendían solícitos.

Aunque Irene Campos me refirió su provisional retiro en tierras del Himalaya indostánico, no mencionó nada concerniente a su vida privada. Supe de su actividad por un compatriota suyo y mío, español de Salamanca, con quien tuve la oportunidad de coincidir en distintos ashram del Norte y del Sur de India, conocido de Irene Campos desde los años en los que crecían y se hacían jóvenes en Prashanthi Nilayam, junto a Bhagawan Sai, el Gurú de ambos. Nuestro común amigo le había dado a la joven sanyasi referencias mías como escritor de relatos y conocedor de la cultura vedántica, dado que yo era un asiduo visitante de India. Este breve currículum y la recomendación obstinada de nuestro común amigo, me hizo merecedor de aquel revelador encuentro con Irene Campos en Rishikesh, pues la joven había admitido la posibilidad de que yo podría ser la persona que acaso reuniera el perfil adecuado para entregarle la información que sólo pude conocer en los últimos minutos de nuestro encuentro.

Yo podía esperar de Irene Campos todo lo que había oído acerca de ella y todo lo que había imaginado sobre su iluminación, especialmente por ser mujer, hecho nada común en el mundo de la espiritualidad occidental. Me sentía afortunado, pero no tanto como cuando en el último tramo de nuestra conversación me entregó lo que parecían unos cuadernos de notas que extrajo de un bolso de lana, uno de ellos más voluminoso que los otros. En el primero, la joven describía su primera aventura por las altas tierras del Himalaya indostánico. Tenía escrito, en el ángulo superior derecho de la cubierta, el nombre “Himalaya”, y en sus páginas interiores había abundantes notas sobre el proceso de auto-indagación que, durante largos meses, condujo a la joven hasta las puertas de su morada interior, concluyendo esta primera aventura en tierras indias del budismo tibetano en el exilio, el Valle de Dharamsala. De los otros cuadernos, el que no contenía ninguna referencia escrita en la cubierta abundaba en notas sobre la reciente muerte de su Gurú, conclusiones que Irene Campos había redactado al hilo de las reflexiones que Liceo Cruz le expuso para que la joven tuviera conocimiento de cuanto él llegó a saber sobre los últimos días de Bhagawan Sai, ya que ella agotaba en Dharamsala, en esas mismas fechas, los últimos días de su peregrinaje por tierras del Norte de India: “Reflexiones personales, mías y de Liceo Cruz, sobre el fallecimiento de nuestro Gurú. Tal vez te sirvan estas observaciones para contextualizar una historia que espero logres escribir con las notas de estos dos cuadernos…”. Y acto seguido extendió su mano para señalarme una voluminosa carpeta de piel amarilla, rodeada por una cinta de seda verde con la que contenía y fijaba unidas las páginas de aquel grueso cuaderno. Entonces, tomando entre sus manos el envoltorio, deslió la cinta de seda, abrió la carpeta y entre sus manos aparecieron dos cuadernos como los confeccionados con papel elaborado a mano por las etnias de los pueblos de cultura himalaya. Extrajo primero el que tenía escrito en el centro de la cubierta “Vislumbres de la Edad de Oro”. Luego me enseñó el otro volumen, con título también escrito en el centro de la cubierta “El Valle de las Flores de Oro”. Me entregó los dos, que al instante pasé a ojear. “Es por estos dos cuadernos por lo que te pedí que mantuviéramos este encuentro -me hizo saber Irene Campos-. El contenido de ambos sí es importante. Va dirigido a nuestros congéneres, a los seres humanos de ahora para que conozcan qué vivirán en un futuro próximo. Mi Gurú, Bhagawan Sai, que tú conociste, después de morir vino a mí, no sólo en visión, para darme la orden de viajar a tierras del Tíbet, cruzando Cachemira, en donde me esperaría un Maestro de sabiduría, cuya Gracia me permitió conocer todo lo que en esos dos cuadernos encontrarás escrito como notas, unas ordenadas, otras no tanto. No obstante espero que todas ellas te sean útiles y puedas fácilmente interpretarlas”.

No podía dar crédito a lo que fugazmente leía en las páginas del primero de estos dos cuadernos, por las que mis ojos saltaban como dos gamos sobre los matorrales de un bosque, porque no creía estar ante la sorprendente información de lo que aquellas páginas me presentaban. Miré muy impresionado a Irene Campos después de que lo abriera por unas páginas en las que había dibujados elementos arquitectónicos que representaban aspectos aislados de una arquitectura inusual en nuestro tiempo, esperando alguna indicación suya. Entonces la joven, esbozando una sonrisa cómplice con mi sorpresa, me señaló, sin dar importancia a sus palabras: “Sí, tuve conocimiento de todo cuanto estos cuadernos contienen, por distintas vías. ¿Cómo ocurrió? Tendrás que leerlos, entonces todas tus dudas se desvanecerán”. Más calmadamente volví sobre las páginas del cuaderno que tenía entre mis manos, deteniéndome especialmente en aquéllas en las que se hablaba de una Edad de Oro por venir. Y añadido a lo sorpresivo, lo insólito asomaba ante mis ojos, pues todo parecía indicar, según lo allí anotado, que Irene Campos no sólo conoció con el ojo del espíritu la Edad Dorada anunciada por su Gurú, sino que fue testigo presencial de algunos fragmentos de la vida futura de nuestra humanidad, desenvolviéndose ésta en un deslumbrante y feliz destino.

Mi curiosidad contribuyó a que me detuviera en otras páginas en las que sobresalían abundantes bocetos, cuidadosamente detallados, que representaban ciudades al parecer edificadas a partir de dos conceptos germinales: el de “armonía” y el de “bien común”, de los que surgirían los diseños y proyectos que servirían luego para ejecutar las edificaciones de las ciudades que mostraban aquellos dibujos. Algunas notas escritas sobre las líneas de esos dibujos, o a pie de página, o escoradas hacia los márgenes, parecían explicaciones que la joven intercaló con posterioridad a la realización de aquellos bocetos.

Respiraba hondo y la miraba más atónito aún, a ella, a Irene Campos, intentado extraer información sobre sus gestos, su mirada, mientras seguía ojeando el cuaderno, porque este volumen mostraba una ciudad que Irene Campos parecía conocer bien, de la que describía acontecimientos relevantes de la nueva civilización humana, que la joven adjetivó como “áurica”. En algunas de sus páginas se reseñaban o detallaban conversaciones de Irene Campos con personajes de una gran Urbe que se mencionaba como “Ciudad del Dharma”, desde la cual se dirigía el destino de todas las ciudades del Nuevo Mundo de la Edad Dorada.

Si cualquier otra persona me hubiera entregado estos dos últimos cuadernos de notas, hubiera sospechado, cuanto menos, que fingía algo trascendente de lo que sólo podría ser una burla hacia mi persona, pero no de Irene Campos, cuyo nombre corría en boca de indios de distintos credos, e incluso de extranjeros seguidores del conocimiento de la no dualidad, habiéndose creado de ella una hermosa historia que se contaba en los ashram, como si de una joven iluminada se tratase.

“Es importante que ofrezcas una visión entusiasta y honesta de esa nueva cultura, pues es el regalo que el Cielo hace a la humanidad por el duro trabajo de soportar sobre sus hombros tan largo y arduo camino de evolución. Lo que conocí fue un Nuevo Mundo, una Nueva Humanidad, un Nuevo Hombre universal, reconciliado consigo mismo y con la vida, consciente de su verdadera naturaleza. Es la transformación de todo el colectivo humano, que en esas páginas se esboza, lo que condujo a la humanidad hasta la experiencia de la nueva Era de la Edad de Oro. Todas estas notas recogen cuanta información pude obtener. Ahora te las entrego a ti. Haz buen uso de ellas.” Así terminó mi entrevista con Irene Campos. Nos despedimos sin preguntarle yo hacia qué lugar encaminaría sus pasos. Pero sí puedo afirmar que ese encuentro fue para mí el comienzo de una nueva vida, no sé si en camino personal (¿o universal?) hacia mi propia Edad de Oro.

El trabajo que me esperaba era tan sorprendentemente sugestivo como arduo por el contenido inusual del mismo. En él invertí muchas horas de reflexión. Pero cuán fértil fue el tiempo durante el cual puse mi inteligencia y empeño en redactar el relato que doy por terminado.

Con tan abundante material tomé la vía que creí más lógica después de algunas semanas de reflexión sobre qué estructura debía contener la información recogida en los cuadernos, no sin antes haber seleccionado qué datos serían los que hilvanarían el tejido del texto que me proponía trabajar, y de qué otros tendría que prescindir para que el resultado final mostrara lo más fielmente la idea que debía articular el trabajo: la motivación que condujo a Irene Campos a viajar al Gran Himalaya en dos ocasiones y el proceso interno vivido de forma consciente de su transcendencia mística, que no sólo posibilitó el material que me ofreció, sino que le permitió una experiencia “imposible” para el resto de los mortales, si es que fue real que Irene Campos transgrediera la “linealidad del tiempo” y conocer “in situ”, en presencia física, real y objetiva, algunos momentos de la futura Edad de Oro que encumbrará a nuestra humanidad a la más extraordinaria civilización que la Tierra haya conocido.

Me pareció que la estructura narrativa sería la más adecuada, al poder ofrecer al lector una lectura hilvanada de secuencias en las que fácilmente se reconocería la motivación y el proceso que condujeron a Irene Campos a emprender sus dos aventuras himalayas. Y eso es lo que hice, ordenar y novelar el material que la joven me legó, poniendo en ello todo mi esfuerzo y conocimientos.

Creo estar en lo cierto cuando afirmo que las dos aventuras himalayas de Irene Campos fueron sendos viajes iniciáticos. El primero puede entenderse como un viaje de purificación por la ascesis y la contemplación, que transformaría a la joven en “bangaru” (‘oro’), término con el que Bhagawan Sai solía llamar a sus devotos, dando a entender con este vocablo sánscrito que todos los seres humanos son, en esencia, de la misma sustancia de Dios, Hiranyagarbha, la manifestación o personificación del Ser Absoluto no manifestado, simbolizado aquél por el huevo áurico. Con el término “bangaru” el Gurú exhortaba a sus discípulos a encarnar, mediante el desapego, la naturaleza divina, áurica, inherente en cada uno de ellos, y los alentaba a esforzarse en purificar sus vidas. “Pureza -me dijo Irene Campos en una de las digresiones con las que a lo largo de nuestro encuentro la joven se apartó del propósito por el que ella me había invitado a aquella, para mí, inolvidable reunión- para alcanzar la unidad y la iluminación que preceden a la experiencia de la visión última y definitiva: la realización del Ser”.

Sin duda, esta aventura primera de Irene Campos fue una etapa “ineludible” para la joven, un rito de paso, una iniciación que la conduciría hacia la unidad no dual, en cuyo transcurso debía inexcusablemente lograr el desapego de lo que todavía le unía al mundo de los sentidos, aun cuando de la individualidad o “ego” sólo quedaba en la joven Irene Campos -en los momentos en los que se describen los episodios de aproximación y degustación del estado de unicidad con el Ser- un débil hilo que la misma experiencia de la unidad debía romper, para elevarla luego hasta su verdadera naturaleza áurica (“bangaru”) y residir en ella firmemente, adquiriendo lo que en la tradición de sabiduría vedántica se denomina la “conciencia integrada constante”.

Las notas que escribió Irene Campos en su segundo viaje aportan una información detallada sobre cómo la joven caminó en soledad y dicha en ruta hacia el encuentro con el Maestro de sabiduría. Aquietada su alma, pudo encontrar el estado de paz y de silencio que la transfirió a una mayor profundización en el estado de unidad con la vida que abrazó en su viaje. Por lo que no le fue difícil “recibir” las revelaciones que sobre la Edad de Oro dejó anotadas en los dos últimos cuadernos, que ilustran ampliamente los “contactos” que mantuvo con la civilización que reflejaba las etapas finales del proceso evolutivo de una humanidad que, ahora sí, sería consciente de la unidad de todos los pueblos de la Tierra, recogiéndose el colectivo humano, al completo, en una espiral que lo conducía hacia la unidad con la vida universal. Hombre, Humanidad y Vida, eran en este contexto sinónimos, viviéndose esta etapa en un proceso de perfección hacia la identificación con el Ser o Conciencia universal que fluye indivisa, invadiendo el Cosmos, permeándolo y dándole forma visible e invisible.

El segundo viaje fue descrito como si cada apunte redactado condujera a Irene Campos a un nivel más profundo en su fértil andadura hacia el centro de su ser. Entiéndanse, pues, las dos peregrinaciones himalayas de la joven, como un díptico de un mismo cuadro, cuyo dibujo expone dos tiempos diferentes del proceso espiritual del personaje que vivió únicamente para el logro de la única meta posible que describen los tratados de sabiduría vedánticos: la liberación, de la que nunca excluyó su amor y pertenencia incondicionados a una humanidad a la que ella consideraba inseparable de su propia vida.

He procurado ser todo lo fiel que me ha permitido la naturaleza del relato que debía organizarse en función del material que los cuadernos tercero y cuarto contenían. Hacia él dirigí el sentido último del libro que presento al lector, siguiendo en este asunto la indicación de Irene Campos, al dejarme diáfanamente claro que el verdadero interés de aquellos dos cuadernos residía en las notas que hacían referencia al Nuevo Mundo que entronizaba la Edad de Oro.

En ningún momento quise restar importancia al contexto de crisis global que envolvía la vida del planeta que, sin duda alguna, mucho tenía que ver con las causas que motivaron a Irene Campos a emprender la insólita y extraordinaria aventura que la condujo a conocer el futuro de una humanidad que logrará superar cuantas dificultades extremas le presentaban los inicios del siglo XXI.

Pasados los días después de nuestra reunión, una vez leídos detenidamente los cuadernos que Irene Campos me entregó, supe que mi encuentro con la joven fue para mí un destino ineludible que me encerraría durante un largo periodo en Rishikesh, entregado a la redacción de un relato, cuyo contenido no deja aún hoy de sobrecogerme felizmente, siendo consciente en todo momento de que mi esfuerzo debía dar coherencia y hacer creíble el contenido de las notas relativas a la civilización de la Edad de Oro que Irene Campos presentaba en las páginas manuscritas de los dos cuadernos que trajo guardados en una carpeta de piel amarilla que una cinta de seda verde cerraba.

Siempre lamentaré no haberle preguntado a la joven Irene Campos acerca de la relación que mantuvo con el Maestro de sabiduría después del encuentro de ambos en el Valle de las Flores de Oro.

1 febrero, 2014Permalink