Fragmento de la novela “El Valle de las Flores de Oro”.

[De la Novela: Esteban Díaz,  El Valle de las Flores de Oro, Tiger Moon Productions,
México, 2014, Cap. IX, "Vislumbres de la Edad de Oro", págs. 101-104]

 

Nadie puede concederle la libertad al ser humano. Él tiene la llave de su propia libertad. Y esta llave tiene un nombre, puesto en conocimiento mediante la sentencia “Conócete a tí mismo”. ¿Pero qué fue lo que motivó que la humanidad diera los pasos certeros sobre tierra firme y segura? O más exactamente, ¿qué fue lo que originó el empuje, la firme e inequívoca determinación de salir de un mundo que se agostaba como una flor mustia, donde la vida se debilitaba y ataba a los hombres y a las mujeres a falacias e imposturas con las que tanto tiempo se habían identificado, al mismo tiempo que buscaban nuevas vías alejadas de aquéllas diseñadas apresuradamente por sus líderes, llenos sus bolsillos y sus mentes de codicia e impiedad, de arrogancia e insolidaridad, de oscuros y deshumanizadores propósitos?

El mundo global del poder financiero buscó todas las vías que la vieja visión de dualidad, de luchas y oposiciones, le permitía, sin que ninguna le acercara una solución certera y transitable para sobrevivirse a sus propias contradicciones, que lo derrotaban. Por el contrario, todos los caminos elegidos profundizaban aún más hondamente la crisis global, sin lograr que los recursos dinerarios y sin que la producción de bienes de consumo aumentaran, acrecentándose la inestable situación que sumía progresivamente en la pobreza a todos los Estados del mundo global. Hasta que la situación se hizo insostenible. Las manifestaciones por el descontento llevaron a la población a vivir, literalmente, en la calle, ante la ceguera de los gobernantes, que fueron cayendo uno tras otro, cuando el tejido social decidió darles la espalda y abandonar sus discursos falaces, por estar vacíos de humanidad y de verdad, de ambas, pues no hay diferencia entre una y otra. De los poderosos, qué decir. Siempre han dependido de la voluntad popular y su aplauso, aunque la humanidad olvida con frecuencia el poder que subyace en ella. Todo depende del pueblo, de la comunidad, del poder de la humanidad unida.

Cuando los seres humanos conocieron su legítima naturaleza, el poder destructivo que atenazaba sus vidas fue desapareciendo progresiva y rápidamente de la faz del mundo global. En cada comunidad se derivó la autoridad hacia quienes demostraron una vida asentada en la sabiduría emanada de su humanidad, que en la antigüedad, y en algunas culturas actuales, se ha conocido como la fructificación del Conocimiento del Sí Mismo. Los sabios siempre fueron fieles a este supremo Conocimiento, al que acompañaban con una intachable ejemplaridad moral y una insobornable entrega al bien común.

Para Irene Campos se había rasgado el velo del tiempo, hecho insólito que la hacía testigo de lo que inexorablemente ha de venir y por el que pudo dar veraz testimonio de un futuro próximo lleno de bienaventuranza para toda la humanidad. No fue fácil para la joven “ser testigo” de este panorama del mundo global que abría sus puertas a un difícil y duro periodo que cubría todo el tercer lustro del siglo XXI. No obstante, los cinco siguientes años, hasta el año 2020, fueron de progresiva recuperación y asentamiento de una racionalidad que habilitó a la humanidad a adquirir un grado de madurez y de cordura que le permitió encontrar, al fin, la suficiente autoconfianza y autoestima que la condujeron, serena y sabiamente, por nuevas rutas, libre de temores y de la ambición deshumanizadora del mundo global del mercantilismo que atrás dejaba.

Transitables comenzaban a ser las avenidas por las que el colectivo humano inició su nuevo camino, restituyendo la dimensión “natural” a la vida, y no sólo humana. La nueva humanidad se comprometió con el conjunto de la vida, consciente de su única responsabilidad respecto de los desajustes y progresivo deterioro de la vida terrestre, privada de su condición genuinamente “natural” durante demasiadas centurias debido al excluyente y dogmático antropocentrismo de los seres humanos, que cabalgaron a lomos del racionalismo mecanicista, desnaturalizando, cuando no destruyendo, todo cuanto sus manos tocaban en beneficio de su propio progreso irracional y devastador.

El cielo de altura, los días elocuentes y las noches luminosas, los altos cerros nevados, los bosques susurrantes, las alimañas cómplices, los ríos veraces, las aves cantoras, la brisa reveladora, la vida en la unidad del Gran Himalaya se aliaba con Irene Campos para que la joven encontrara la quietud en aquellos remotos parajes, siendo un bálsamo solidario que enjugó su tristeza causada por las dolorosas visiones que el destino ponía en su camino. Reposó su corazón y su mente en tan agradable compañía himalaya. En ningún momento dudó del contenido de aquellas revelaciones que le desvelaban aspectos del proceso de transformación de sus coetáneos congéneres, que aparecía gestándose, no a sus espaldas, sino en el interior de ellos mismos.

La transformación nunca se produce en el instante en que aquello que está en proceso de modificación se muestra transformado. Como tal proceso implicita un desarrollo. Y procesual se le abría a Irene Campos el paisaje de la transformación de una humanidad afianzada en un cambio interior, de conciencia, manifestándose en lo externo como un relevo de civilización, aun cuando los resultados no siempre aparecían claramente definidos en la superficie del tejido social. No obstante, sí se apreciaba en el grueso del colectivo humano un impulso desde el propio ser del individuo hacia el ser de sus semejantes, conscientes de que en sus vidas se estaba gestando una inevitable transformación radical, cuyo proceso ascendente conduciría a toda la humanidad a la adquisición de un nivel de comprensión -conciencia- más profundo del ser humano y de la vida que lo circunscribe en su dimensión fraterna y unitiva; visión que se amplificaba al ritmo de cada pulsación con la que latía el corazón de cada ser humano, que en aquellos reformadores momentos comenzaba a detener su mirada en sus prójimos, en cualquier situación en la que se encontrara, en la plaza o en el metro, en el lugar del trabajo o en las colas de las oficinas de empleo, o en el rellano de la escalera por el que accedía a su hogar. O en su mente, ahora más aquietada y feliz por saber cómo ser fraterno y cooperativo, y por sentirse cercano a los otros, especialmente a aquellos más desfavorecidos, los que poco o nada poseían, no importa en qué rincón del mundo global se desenvolvían sus vidas. Y este señalamiento de conciencia cercana y fraterna o de unidad se evidenciaba como un claro signo del comienzo de la construcción de un mundo nuevo.

Fueron años críticos, duros y sufridos, de urgencia, mas también de piedad, de empatía y de compasión, de solidaridad de alma, que sumaba más compasión y empatía al transcurrir de los días, y aún más amor fraterno el alma con todos compartía. Y no sólo los grupos sociales más sensibles se organizaron movidos por nuevas ideas que favorecieron los sucesivos cambios en los que la humanidad se vio involucrada, comprometidos como una vanguardia de valerosa impronta incontenible, al intuir el nuevo destino de un Nuevo Mundo, anhelosamente esperado desde los tiempos, ya lejanos, de la contracultura y del auge de los fructíferos nuevos paradigmas de los años cincuenta del pasado siglo XX. También el grueso del colectivo humano se adentraba progresivamente dichoso de abrazar la nueva conciencia transformadora que les permitía dar los primeros pasos por la nueva tierra del amor y de la concordia entre todos los seres humanos. Sin duda se trataba de un cambio de civilización insospechado para la humanidad coetánea de Irene Campos, que nunca conoció tanto y tan extendido entusiasmo por vivir en un mundo nuevo. Que fue una crisis de conciencia, y por tanto de agotamiento de una civilización y la emergencia de una nueva cultura, era una idea sólida en las mentes de quienes avanzaban seguros hacia una nueva y áurica civilización.

No encontró la humanidad mucho tiempo para indagar sobre las causas últimas de la crisis que ensombreció su mundo global durante tres lustros. Fue suficiente la hazaña de tomar consciencia de qué en verdad es el ser humano y qué ha de hacer con ese conocimiento, el único que puede librarlo de cualquier crisis, no importa de qué naturaleza sea. Es más, ninguna crisis puede sobrevenirle al hombre que conoce su genuina y legítima naturaleza. “Conocerse a sí mismo” fue el motor que impulsó al ser humano, individual y colectivo, a ejecutar los cambios transformadores que se sucedieron, percibidos primero como brotes aislados en grupos reducidos de la superficie del tejido social, para que esta percepción de cambio más tarde tomara fuerza y confianza y se tradujera en un mayor nivel de conciencia en numerosos grupos que seguidamente secundaron un proceso personal de transformación, significando una inestimable ayuda para el grueso de la humanidad que, también con prontitud, decidió resolver el antiguo enigma encerrado en la pregunta “¿Qué es el hombre?”, ahondando sus mentes en una dimensión que hasta esa fecha les era desconocida.

¿Pero cómo se produjo este cambio de conciencia, que para Irene Campos fue el resultado de un proceso inherente a la condición humana, que ha de entenderse como la adquisición, desarrollo y expansión de la conciencia individual agregada en el inicio de su andadura evolutiva para encaminarse luego, progresivamente, hacia lo universal consustancial suyo?

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28 mayo, 2014Permalink