Globalización, una nueva lectura. (Libro)

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Globalización, una nueva lectura
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ÍNDICE

  • 1. Globalización. Una nueva lectura.
    2.  Mundo global y conectividad.
    3. El “nuevo orden mundial”. La reacción del tejido social.  El “valor” de lo humano (o cómo “humanizar”, dignificándolo, el mundo de la globalidad).
    4.  Aprendiendo del Libro de la Naturaleza (o cómo descubrir la unidad en la diversidad).
    5.  Final: Insistiendo en la búsqueda de un sentido “humano” con el que construir la globalización.


 “Cambiar el mundo, amigo Sancho,
que no es locura ni utopía, sino justicia”.

 Miguel de Cervantes

 

CAPÍTULO 1

 

 

  • Cierto es que, al día de hoy, es difícil aportar una idea original y novedosa sobre el mundo global y el término que lo define: “Globalización”. Pero sí nos atrevemos a exponer una reflexión que ha de considerarse si queremos construir un mundo nuevo, cuya arquitectura inscriba a todo el colectivo humano sin exclusiones, dialogante, sin fronteras y abierto a una racionalidad que tenga como punto inicial de expresión y foro de inter-comunicabilidad aquella cualidad que puede hilar, sin fisuras y en concordia, la unidad de todos los seres humanos: su “humanidad”. Nuestro discurso no tendrá otra motivación que aquella que inscriba sus consideraciones en el cauce en el que fluye la “humanidad” como cualidad/valor que aúna a cada ser humano con el todo que fija la Humanidad como colectivo. Es su “humanidad” el valor que da sentido y define a cada ser humano y lo distingue de todo lo que la vida trae a la existencia. No hay otro “valor de lo humano” fuera de la cualidad de la “humanidad”, de la cual brotan otras cualidades (valores) que germinan como frutos de un mismo árbol. Asimismo, es el “valor de lo humano” lo que da unidad al colectivo de hombres y mujeres que componemos la Humanidad. Y esta unidad es el vínculo irrompible que nos conducirá  hacia el progreso que nos proporcione el bienestar universal, de todos, sin exclusiones; el mismo progreso que revelará el rostro humano en cada una de sus/nuestras actividades y etapas. Al inicio y al final de este camino sólo encontraremos paz. 

1. Globalización. Una nueva lectura.

1. Por las fechas en las que se comenzaba a tomar en serio la consideración de que, para asegurar el progreso económico nacional o regional (UE, América del Norte), había que vincular su producción y su mercado al mundo globalizado, que progresivamente se hacía más visible y, en muchos casos, se le imponía, dadas las reglas del juego que exigía la superposición, a pasos agigantados, del capitalismo neoliberal sobre casi la totalidad del Planeta, propusimos a algún medio de la prensa nacional [1] una reflexión sobre el significado que debía expresar el término “globalización”, que comenzaba a instalarse en el discurso que tenía como contenido un mundo cada día más “interconectado”, atrapando en sus redes de conexiones a la producción y al mercado de cualquier país o región que pretendiera encontrar “su” lugar en el progreso y desarrollo económico y productivo del mundo, del que ya se confirmaba su globalidad irreversible. Más exactamente, le ofrecíamos lo que modestamente entendíamos por “globalización” y cómo este término convenía distanciarlo de la expresión “mundialización de la economía de mercado”, con la que el capitalismo neoliberal ya refundaba, impulsado por imprevistos acontecimientos que determinarían “la urgencia de crear un nuevo orden mundial”, un nuevo bucle de supervivencia y dominio, que desde Diciembre de 1999, fecha en la que tuvo lugar la Cumbre de la OCM de Seattle o, como se llamó por su trascendencia política y social, Cumbre del Milenio [2], decidía “ceder” el poder del “sistema capitalista mundializado” al poder financiero. Un “sistema” que respondía, por entonces, a la progresiva expansión de la economía de mercado y de consumo en todo el tejido social/productivo/comercial, sin la intención de tolerar conjuro alguno de antiglobalización o antisistema, concediéndole todo el poder al sector financiero, con el fin de asentar la “mundialización de la economía de mercado” sobre todo el globo terráqueo. Desde entonces el mundo global será gobernado por el reducido sector del capital, grupo que asumiría/ejercería el poder absoluto sobre los mercados y sobre la política de los Estados, no sólo de las democracias representativas, cuyas economías eran entonces -y lo son en nuestros días- dinamizadas por el sistema capitalista neoliberal, sino de la totalidad de las naciones del globo, unas en vías de desarrollo, otras sumidas en la absoluta pobreza porque ningún desarrollo activaba sus economías, aunque sus riquezas han estado siendo sistemáticamente saqueadas por las naciones/potencias económicas que, desde aquellas fechas, se supeditarían/entrarían al servicio del omnipresente y todopoderoso poder financiero, que por su capacidad de transversalidad y de su proyección hacia etapas ulteriores podría responder al enunciado “capitalismo financiero trans/neoliberal.

El despliegue de un entramado de redes de conectividad, con el que se podía vincular toda la economía del mercado mundial, no tenía otra intención que no fuera la de acaparar todo el tejido productivo planetario, hablándose de un mundo globalizado, que iniciaba su andadura irreversible.

En este contexto, las últimas décadas del Siglo XX fueron decisivas para generar las condiciones con las que difícilmente pudiera existir “vida económica de mercado internacional” fuera de la “mundialización de la economía de mercado”. “Capitalismo o ruina”, parece ser el grito de guerra que anuncia la última modalidad de “sistema” con la que el capitalismo ciñe nuestras vidas y un destino terrestre nada halagüeño ni esperanzador.

No olvidemos que cuando hablamos de “sistema” ya no podemos entender tal noción únicamente relacionada con un Estado y con su manera de articular los ámbitos de lo social, de lo político, de lo cultural y de lo económico, pues el “sistema” es hoy el espacio global que inscribe cuanto ocurre en los ámbitos mencionados de todas las naciones del Planeta, dada la superposición sobre todas ellas de la superestructura ideológica y económica que encarna la “mundialización de la economía de mercado”, aun cuando algunas de ellas busquen asociaciones regionales [3]   con el fin de desplegar vías alternativas con las que escapar del intrincado tejido urdido por la “mundialización del capitalismo de mercado y financiero trans/neoliberal”, sin que tal resistencia les haya conducido al logro de su propósito, quedando atrapadas en la inexpugnable red de conexiones de las que depende el desarrollo y progreso de cualquiera de las naciones radicadas en cualquier punto del Planeta.

Parece imposible desarrollar una vía alternativa al capitalismo, sobre todo de tintes “socialistas/marxistas”, que recuerde al modelo “improductivo” de la revolución cubana, o de la actual Venezuela, o que continúe el sistema “productivo” socialista de la Unión Soviética o de los ya extinguidos Estados socialistas integrados en su órbita, una vez que las contradicciones internas de la ideología comunista hicieron inviable la supervivencia de cualquiera de las vías que ideara el “sistema” socialista/comunista. No entraremos en estas líneas acerca del análisis sobre la naturaleza de las contradicciones de estas vías que resultaron fallidas. No es el propósito de las reflexiones que se expondrán aquí. Pero sí es conveniente enfatizar que la fortaleza del capitalismo radicó, y radica en los días en los que transcurre el final del tercer lustro del Siglo XXI, en que no se haya “entrevisto” todavía de qué fuente fluyeron las aguas que crearon los diferentes tramos (modos de actuación del “sistema”) de su cauce, al tiempo que alimentaban aquellas corrientes que surgieron de las contradicciones del mismo cauce del capitalismo, como fueron los ideales de los socialismos “reales” y los intentos fallidos de conducir la teoría a la praxis .[4]  Ni siquiera han perdurado las propuestas de “utopía” que surgieron en la órbita del pensamiento marxista. Tampoco las que se reflexionaron desde el racionalismo liberal, que fueron desvaneciéndose por la propia evolución de “sistema” capitalista, que sostenía su discurso, y la noción de globalización que surgió con la “mundialización de la economía de mercado”.

La crisis de valores y de conciencia que el capitalismo oculta, al enfatizar que la naturaleza de la crisis es dineraria, económica, le ha proporcionado a Bruselas la justificación por la que, aún hoy, exige ajustes y recortes drásticos en el “Estado del bienestar” -especialmente en los países en los que la crisis ha arraigado con más virulencia, los Estados del Sur de la UE, junto con Islandia y en Irlanda, habiéndose alejado éstas de la crisis, al salir airosas del “rescate”, sin políticas de ajustes en el caso de Islandia- con el fin de conseguir lo que el capitalismo voraz de las últimas décadas siempre persiguió: debilitar, si no desmantelar, el entramado que sostenía a las “sociedades del bienestar” que las clases medias y obreras lograron, de cuyo colosal esfuerzo es testigo el violentado, combativo, dramático y doloroso Siglo XX. La razón de tan insolidario, insensible y despiadado propósito del “sistema”, no es otro que el hecho de conocer que sólo si controla a las fuerzas del trabajo por medio del “tutelaje” y de su alienación, podrá sobrevivir ad infinitum: el “sistema” será una superestructura de la que dependerá todo cuanto a ella quede vinculado. No sólo lo relativo al desarrollo económico, porque éste dependerá de cómo se maniobre la manipulación de los ciudadanos, de sus vidas, de sus valores, de sus aspiraciones. Nada quedará al azar en la vida de los ciudadanos del “sistema”. Salvo excepciones. Esta idea no es nueva. Nos la han repetido hasta la saciedad, desde los años setenta, los filósofos y pensadores que despreciamos por nuestro acomodo al “sistema”. ¿Recuerdan ustedes a Giles Deleuze, a Michel Foucault, a Edgar Morin, entre otros?

Curiosamente, los beneficiarios de la crisis económica, son los mismos que la originaron: el mundo de la bolsa y de las finanzas. El poder que toma las decisiones de la gobernanza de la UE, por ejemplo, ha actuado siguiendo los protocolos ordinarios de este grupo de poder omnímodo: mantener las directrices de los propietarios del dinero, que personifican el poder sobre el mundo global, aunque no conozcamos sus rostros, confundidos con los complejos mecanismos financieros de especulación de la banca y de la bolsa, globalmente interdependientes, que los ocultan. Y porque se amplifica hasta el mismo núcleo de los poderes políticos de los Estados, que los sirven y de los que estos mismos se sirven.

En absoluto nos sorprende que las decisiones sobre la gobernanza de la UE queden supeditadas al mercado y al Euro. No hay otros lineamientos que conduzcan las políticas de la UE. No existen. No importan. Sólo aquello relativo a la economía tiene la capacidad de comunicar/vincular a los Estados de la UE. Y la economía es dinero. Esto quiere decir que, clara y llanamente, sólo el Euro tiene la dimensión de generar el vínculo y la cooperación entre los Estados de la UE. No hay otra política. No interesa otra política. ¿Pero cuál es la razón por la que se desprecia toda tentativa/aspiración a una unidad política y “social” europea -respetando las peculiaridades culturales de cada país-, aunque los intentos aportados en esta dirección sean tan tibios que casi no se perciban?  Si somos rigurosos tendremos que aceptar que la razón, o las razones que existen, tienen que ver con la base, el fundamento del paradigma mecanicista, o lo que es lo mismo, del modelo (paradigma) de pensamiento racionalista cartesiano-newtoniano, en cuyo seno emerge el capitalismo, que fue tomando forma en la medida en que se desarrollaba progresivamente en todos sus modos y formas, filosófico/ideológicos, económicos, sociales e individuales.

2. De la crisis que continúa desangrando dolor en el amplio tejido social afectado por sus dramáticos efectos, sabemos que sólo ha servido para desmantelar los logros que difícilmente podrán recuperarse, si de la crisis no logra surgir una conciencia ciudadana global que ponga en “valor” la “humanidad” que define a cada hombre y a cada mujer.

No nos valen programas políticos anclados en las redes del “sistema”, aun cuando se propongan medidas sociales con las que se recupere el “Estado del bienestar”. Esto se podrá hacer una vez que se superen las contradicciones internas en cada nación de la UE -en el caso de la geopolítica en la que nos inscribimos los europeos- que generaron los aspectos peculiares de la crisis interior de cada una de ellas, aunque estén intrínsecamente vinculadas a la política financiera de la UE, y ésta a la mundialización de la economía de mercado, de la que participan activamente países poderosos económica y financieramente, como los EEUU y China. Y tampoco se trata de “batallar” en las negociaciones internas de la UE para “salir” de la dependencia de “Alemania”, porque este análisis  no es real. La realidad es que los “Estados del bienestar” se han creado endeudándose las naciones, que día a día negociaron préstamos para satisfacer las necesidades de las “sociedades del bienestar”, sin pensar que esas deudas podrían ser no satisfechas a los acreedores, si la economía de la región entraba en crisis. En los momentos presentes, cuando la crisis económica ahoga a la mayor parte de las naciones de la UE, y sus deudas son tan elevada como su PIB, las naciones económicamente más fuertes exigen de las más débiles que “actualicen” sus deudas aceptando políticas de “austeridad” para equilibrar la balanza deuda/préstamo, con el fin de seguir disfrutando de los beneficios del “bienestar”.

La trampa está en que los grupos políticos más radicales -centrándonos en nuestro país- proponen, por ejemplo, endurecer las medidas fiscales, para que los que se beneficiaron de las políticas neoliberales -los ricos- “paguen” de acuerdo a una proporcionalidad “justa” en favor de todo el tejido social nacional. Nos parece bien que los que más tienen aporten más, proporcionalmente a sus ganancias, en beneficio de la “sociedad del bienestar”. Porque la austeridad ha servido para imponer políticas de precariedad laboral y salarial, afectando el empeoramiento de la sanidad, de la educación, de las pensiones, e incluso de la recuperación de la producción para que la economía absorba la enorme demanda existente en el mundo del trabajo, de los que lo perdieron y de los que aspiran a incorporarse por primera vez, especialmente en el caso de los jóvenes. ¿Qué hacer? Porque lo que se propone como soluciones más radicales no dejan de ser medidas “de mejoras” que se inscriben en el seno mismo del “sistema”, y a la reivindicación de estas medidas se han incorporado incluso los grupos antisistema y contraculturales, que apoyan a los nuevos grupos políticos surgidos de la conciencia social, desbordada el 15 de Mayo de 2011 y manifestada desde/con un clamor que terminó por acuñar esta fecha como referencia de una voluntad de cambio irreversible, en lo político y en lo social. Una voluntad de cambio surgida de una conciencia social que emergió de la crisis política, y social, que la crisis económica destapó. Esta irrenunciable voluntad de cambio originó la emergencia de nuevos partidos políticos, que han concurrido al coso de la lucha por el poder político. No obstante, estos nuevos grupos políticos reproducen el mismo lenguaje y los mismos usos de aquellos a los que, como primer objetivo, se ha propuesto, desbancar. Es la lucha de formas del “sistema” contra formas del “sistema”. No hay “novedad”, salvo la promesa de políticas más sociales a las que los años de “la austeridad” nos condujeron. Y la decidida voluntad de proceder en política con ética y responsabilidad social. Esto no es nuevo, pero sí es importante pensarlo y llevarlo a la práctica, porque es lo que la política debe significar, provenga de cualquier grupo que obtenga el poder para gobernar, incluso, hoy, en el mundo global “dinamizado” bajo la red creada por la superestructura de la mundialización de la economía de mercado trans/neoliberal.

Pero la crisis que vivimos -nunca nos cansaremos de repetir esta afirmación- es una crisis de conciencia, de valores, que exige la firme determinación de forjar un Mundo Nuevo que desmantele ¡de raíz! el viejo paradigma mecanicista o Gran Paradigma de Occidente o de simplicidad -como lo denominó Edgar Morin-, que manipula a su antojo, en nuestros días, el capitalismo financiero trans/neoliberal. No es tarea fácil. Porque las vías por las que se están optando, como alternativa a la pérdida de los logros del “Estado del bienestar” -repetimos-, son rutas que se abren en la ancha avenida del capitalismo, y siempre lo reforzarán, no seamos ingenuos, como se venía haciendo cada vez que la economía entraba en crisis, sin que se debatiera, como sucede en nuestros días, la verdadera naturaleza de todas las crisis surgidas en el seno del paradigma mecanicista, por centrarnos en el origen del modelo socioeconómico que se inició en los comienzos de la Edad Moderna.

Hablar de que la “gente quiere un cambio político”, como reiteradamente expone la “nueva política” expresada por los partidos emergidos del 15 M, fruto del descontento e indignación de un sector muy importante del tejido social de nuestro país, como arriba expusimos, no sólo no es suficiente, sino que es “viejo”. Porque reproduce la dinámica política del “sistema” inyectando oxígeno al aire irrespirable de la política española. La diseminada contaminación por todo el territorio nacional volverá a absorber el oxígeno, anulando cualquier intento de “renovación”. Este paisaje también lo reivindica la “vieja política”, porque la “contaminación” es ya irrespirable.  Pero el cambio que nosotros declaramos ha de ser de “conciencia”, de valores, de civilización. La única ruta a seguir para salir de la crisis económica es la que nos lleva a inscribir a cada ser humano en su “humanidad”. Logrado este propósito/objetivo prioritario, ninguna crisis económica incordiará a la Humanidad. El “valor de lo humano” no puede definirse ni subordinarse a los valores del capitalismo, o de cualquier filosofía mercantilista. Son estos valores, de naturaleza material y económica, los que han de estar subordinados al “valor de lo humano” que encierra la cualidad de la “humanidad”.

Un Mundo Nuevo surgirá de un horizonte nuevo, de un nuevo árbol plantado en la fértil tierra de una Humanidad que desarrolle, difunda, en cultura y en educación, la “humanidad” que encierra cada hombre y cada mujer, definiéndolos y dignificándolos como “seres humanos”. [5] Entonces se logrará una Humanidad en unidad. Desplegar el principio de “unidad”, como núcleo desde donde se expanda la textura de un nuevo paradigma social/cultural/político/económico no mecanicista/capitalista, será el mejor de los comienzos que la Humanidad elija para salir de la crisis. Y para cimentar un mundo globalizado tejido de fraterna cooperación, de igualdad, de justicia universal, de concordia entre todos los pueblos y culturas de la Tierra, circunscritas y permeadas por una cosmovisión de unidad, urdiendo la belleza con la que la vida levanta el vuelo de la diversidad en la que se desenvuelve todo aquello que entra a formar parte del destino terrestre.

Por el contrario, ya tenemos la experiencia dolorosa de haber transitado por el mundo percibiéndolo, y queriéndolo comprender, desde una visión del mundo de dualidad, en la que aún estamos inmersos, entendida y vivida como lucha de los opuestos, juego de los contrarios y de las confrontaciones, siendo esta concepción del mundo la raíz causante, no sólo de la dramática crisis que hoy nos ciega y nos enfrenta y nos divide y nos arruina, sino de todas las crisis que la Humanidad ha sufrido en su proceso evolutivo sobre la Tierra. Y esta crisis, como todas crisis anteriores, no es de naturaleza económica, aunque ésta sea la vertiente que se percibe con más claridad en la superficie de un tejido social. El fondo, el núcleo de todas las crisis es siempre el mismo: la visión del mundo que divide y separa, que enfrenta a los seres humanos unos con otros, en clases sociales, en bandos opuestos, en “trincheras” combativas, como se dice en algunos de los discursos que oímos en estos días de crisis y de “cambios”, tanto en boca de los “viejos” partidos como en la de los “nuevos”. Esta continua beligerancia no expresa la cualidad de lo “humano”. La “humanidad” es cualidad conciliadora, integradora, incluyente. Nunca excluye. Es cooperativa y tiende a la concordia, al encuentro de unos seres humanos con otros para hallar rutas que conduzcan al “bienestar universal”, de todos. Un Mundo Nuevo, en donde no se conozca la división, la lucha, el desencuentro, la continua beligerancia entre los seres humanos, ideas y prácticas éstas que inhabilitan al ser humano a reconocerse fraterno en un mundo sin fronteras, en concordia y armonía con la vida, la humana y la que nos invita a convivir con ella en equilibrio y servicio. Las dualidades han de ser entendidas como complementarias, en convivio igualitario, cooperativo, no como partes opuestas en litigio de contrarios, de intereses contrapuestos. ¿Cómo podremos construir, si no es desde esta conciliadora forma de convivir, el gran ágora del mundo global en el que los seres humanos manifestemos la cualidad que nos vincula con la expresión con la que nosotros mismos nos definimos?

3. No debemos excusar la evidencia indiscutible de que el capitalismo neoliberal se transformaba en 1999, e iniciaba/reactivaba, no un nuevo paradigma, sino una reestructuración del viejo modelo mecanicista, con el fin de sobrevivirse, una vez más, reactivándose para expandir su predominio sin que oposición alguna pudiera limitar su auto-trasformación, hecho que lleva practicando desde que inició su andadura, allá por los comienzos de la Edad Moderna. La “batalla de Seattle”, en Diciembre de 1999, no fue un hecho casual y fortuito. Hubo otros “desencuentros” anteriores y posteriores a Seattle entre lo viejo y la necesidad de encontrar “lo nuevo”, y el camino que a ello conduce. Pero Seattle fue el escenario en el que se tomó conciencia de la necesidad y de la urgencia de una transformación en los modos y en los fines del “sistema”. Pero lo que se “entendía “como nuevo, seguía rezumando la esencia de lo viejo, porque de ella emergía como contradicciones explicables y defendibles por la “emergencia beligerante”. La idea de la “lucha de los opuestos”, de las diferencias, de lo que es viejo y de lo que se “siente” como nuevo, no libera de lo viejo. El deseo de caminar un nuevo sendero no basta. Hay que construirlo, sin la violentación/beligerancia que exhibe lo viejo, porque la confrontación es “consustancial” de lo viejo, de la cosmovisión de dualidad beligerante, base del paradigma del capitalismo mecanicista. Lo nuevo ha de estar definido por el principio de unidad, y éste emerge/frondece únicamente de una “cosmovisión de unidad”, de donde germinan el equilibrio y la armonía, incluso de las dualidades o de la variada diversidad, que aún percibimos los humanos partes en litigio.

Pensamos que la beligerancia que “enfrenta” no conduce a la unidad y, por consiguiente, no genera la cohesión social, el equilibrio, el bienestar universal, porque lo que enfrenta es siempre excluyente, daña; es origen de las diferencias irreconciliables. La unidad es coherencia y empatía, energía magnética que mueve hacia sí la noción del “bien social”, su naturaleza y su finalidad, la práctica natural de un colectivo empático y cooperativo, en equilibrio. El ser humano es un ser “social” y debe vivir en vínculo y en sintonía con la comunidad en la que inscribe su vida. La beligerancia siempre divide, separa, enfrenta y destruye la “coherencia y la empatía”. Jamás garantizará el vínculo cohesivo de la igualdad y de la cooperación solidaria entre los seres humanos. Porque no lleva el sello de la “humanidad” o del “valor de lo humano”, cualidad que exige encuentro, tolerancia, integración, concordia, paz, vínculo inexcusable de lo fraterno cooperante. Estas cualidades proporcionan al ser humano la racionalidad abierta y conciliadora con la que desarrollar un diálogo fértil que acompañe a la construcción de una sociedad que tienda “naturalmente” al “bien común” o “bienestar universal”, porque esté organizada y regida aquélla por el principio de unidad. “…que no es locura ni utopía, sino justicia”, le aleccionaba Don Quijote a Sancho al exponerle su concepción “utópica y, por ello, real”, con la que cambiar el mundo; del mismo modo, y con el mismo sentido y la misma intencionalidad, con que Rafael Hitlodeo le compartía a Moro la idea de su “topía”, o “realidad de la utopía”, cuando el sabio marino le comunicaba al Canciller de Inglaterra “yo he estado allí”, confirmándole la existencia de la Isla Utopía, “y esta experiencia mía es la razón por la que conozco aquello de lo que hablo” -el subrayado es nuestro-, parece desprenderse no sólo del conocimiento del poder de la palabra “utopía”, sino del hecho posible “de conducir a la realidad el “ideal utópico”, como también nos lo recordaba con siglos de antelación Platón.  Este contrasentido o paradoja, aún no ha sido resuelto por el racionalismo que mira sólo lo que ha podido conocer por la “prueba “empírica, sin dar crédito a la potencialidad y fuerza de otras experiencias que hayan resuelto tan sellado el enigma.

La unidad es el único hilado con el que la Humanidad podrá vivir según su naturaleza propia, su esencia, su ser, porque es el tejido en el que el colectivo humano podrá desenvolver su “humanidad” de “natural” manera. Pero también la “humanidad” del colectivo (o de cada ser) humano es la única cualidad que nos permitirá vivir en unidad. Unidad es Paz y Concordia. Tolerancia. Respeto. Cooperación. Igualdad. Justicia social. Bien común. Cohesión social. Equilibrio y armonía. Expresar la cualidad de la “humanidad” en cualquier “construcción” social probará la reafirmación de que la Humanidad vive según la racionalidad y la coherencia interna que dan propósito y sentido a su existencia.

La diversidad que explicita la Humanidad en su variedad étnica y cultural ha de percibirse, pues, desde la noción de unidad, siendo este principio el hilo que engarza la guirnalda en la que brille/luzca el variado colectivo humano, del mismo modo que la guirnalda de flores ha de llevar el hilo que las una. De este modo construiremos un mundo con coherencia interna y externa, sin exclusiones, sin luchas, sin que el juego de la beligerancia desuna, quiebre, divida, separe, dolorosamente a la Humanidad, originando rotura, desequilibrio, descohesión, diferencias en el tejido social. La visión del mundo de unidad es la única ruta que nos conducirá a un Mundo Nuevo, a una Humanidad “unida”, descubriéndonos urdidos al tejido de vida que nos circunscribe e inscribe. Sólo desde una visión del mundo de unidad lograremos dar sentido y propósito al común destino humano y terrestre.

4. Exponíamos en el trabajo citado que los términos “globalización” o “globalidad” debían reservarse para expresar un mundo global de integración y de unidad de los pueblos y de sus culturas originarias/nativas que definen el rico y plural tejido en el que se expresa y se desenvuelve la Humanidad. Ayudar a “recuperar” los valores de las culturas milenarias, no sería una idea infructuosa, aun cuando lo “adherido” a ellas, los valores del capitalismo mercantilista, haya contagiado/desdibujado/destruido los valores de sus tradiciones, porque aquéllos no tienen otra naturaleza distinta del armazón ideológico que fundamenta el mercado y el consumo, siendo su función la de implantar, propagar y afianzar una cultura que reproduzca la demanda y la oferta, sin olvidar que esos valores de mercado tienen que corresponderse con los valores de consumo que han de asimilar y desarrollar los consumidores humanos, a la vez que éstos son los que “sostienen” el entramado del “sistema”: producción, mercado, consumo. Y en el centro del triángulo, el “sistema” sitúa el dinero, sin el cual nada puede moverse en el mundo global de la “mundialización de la economía de mercado/consumo”. Sin consumo, no hay producto. Uno y otro son la esencia del progreso que impulsa el capitalismo que ha creado un mercado mundializado en el que inscribir la oferta y la demanda. Pero producto-mercado-consumo son motorizados por el factor primordial del capitalismo: el dinero. De este modo se diseña un mundo del trabajo en el que el ser humano ha quedado desnaturalizado al exigírsele, no sólo participar en la dinámica de la producción como “fuerza de trabajo”, sino que además, por un lado, se le inocula el virus de consumir los productos que genera la producción mediante su propia fuerza de trabajo, sea manual o intelectual, por lo que su esfuerzo e inteligencia están direccionados hacia el mercado y el consumo, siendo él mismo (no juez y) parte de la cadena de producción. Así le hace saber el capitalismo que es el receptor y última pieza del engranaje, haciendo de él/convirtiéndolo en una máquina de generar un continuado deseo de consumir para que el mecanismo accionado permanezca en funcionamiento, sin detenerse. Aunque no parezca encontrarse en el laberinto de la producción/mercado/consumo, el ser humano es el inicio y el fin de la cadena de producción/mercado/consumo. Los intermediarios que se distribuyen los beneficios (plusvalía) del mercado son muchos, siendo el capital el motor que pone en movimiento el proceso del desarrollo económico del capitalismo. Todos somos conscientes de este sencillo gráfico descrito. Esto es el capitalismo. Todo lo que se mueve en el mundo global que nos ciñe está activado por el impulso que imprime el dinero, y éste tiene un propietario: el sector financiero que gobierna los Estados y nuestras vidas. Nunca tuvieron menor poder los Estados desde la Revolución Francesa.

Así, en este engranaje mundializado del producto/mercado/consumo, el ser humano que produce y consume, pero no pertenece al grupo de los intermediarios que obtienen los beneficios de las plusvalías del mercado, o las suculentas ganancias que prodiga el mundo de las finanzas, es un elemento más -siempre lo fue- en la red de conexiones interdependientes que agilizan el nuevo modelo del capitalismo trans/neoliberal. Pero en el proceso histórico, nunca fue más “dependiente” del consumo que en nuestros días de mundialización del capitalismo. Para que el dinero desarrolle un producto, éste ha de estar pensado para el consumidor del mismo. Y para lograrlo se necesita un programa de captación del consumidor. Es decir, se precisa de una propaganda mediante la cual se consiga que la fundamentación ideológica del sistema capitalista “cale” en las mentes de los consumidores. Y para conseguirlo ha de tener la capacidad instrumental, material, sociológica y psicológica, de generar el deseo en el destinatario que ha de consumir los productos del mercado. Crear deseo, y la necesidad de “adquirir”, y satisfacerlo ambas necesidades, son objetivos prioritarios del diseño publicitario del mercado. Es decir, capacidad de “inducir” al deseo, en la que la psicología del diseño es extraordinariamente experta. En otras palabras, el capitalismo ha creado una religión del deseo/ consumo para “captar/enganchar” (satisfacer, diría el ideólogo) al colectivo humano, generándose “la necesidad” de consumir los productos que la superestructura ideológica capitalista diseña y difunde sofisticadamente. Lo importante para la modalidad del capitalismo actual no es producir, sino tener cuantos más consumidores logre, cuya “necesidad de consumir” facilite una economía de mercado centrado en el consumo de todo aquello que se produce. Para el capitalismo trans/neoliberal, el ser humano no importa como ente “humano”, sino como parte del engranaje de la “liberalización” de una economía de mercado y “consumo”, cuyas reglas se simplifican en la expresión: producir para consumir, sin fronteras ni reglas éticas o morales.

Que la economía esté vinculada, además, a la expresión “liberalización económica”, nos indica el propósito claro de lo que encierra la ideología capitalista: “potestad” de elaborar cualquier producto que “idee” la dinámica productora del mercado, global, sin fronteras, diseñado y publicitado para ser consumido en cualquier punto del globo terrestre, aun cuando el producto sea nocivo para el consumidor. Además, conjuga otro ingrediente más sofisticado y difícil de detectar por el consumidor, que apuntábamos más arriba: la capacidad de generar el “deseo” de consumir, creando en el ser humano la “necesidad” inconsciente de consumir aquello que le ofrece el mercado. “Ser libre” significa, en la maquinaria ideológico-productiva del capitalismo, tener la capacidad y la “libertad” de adquirir todo aquello que se desea, siendo correlativo este principio capitalista con la “libertad del individuo de expresar” todo cuanto desee, no importa si es falso, injurioso y dañino para un tercero. La Justicia intervendrá para resolver el conflicto. La “ética y la moral en el actuar” será examinada socialmente por lo que aprecie/juzgue la opinión pública, o lo que es lo mismo: la opinión de los medios y de los expertos que debaten en los platós televisivos. Una vez que la Justicia -las leyes y su interpretación interesada, según el culpado en el conflicto- haya intervenido sin sancionar un acto, por ejemplo de corrupción, en el que esté implicado un nombre de interés relevante dentro del “sistema”, lo que se le pedirá es que, cuando menos pueda percibirse como “estético”. La ética y la estética van unidas cuando la estética sustituye a la falta de ética o de moralidad. La degradación humana ha llegado a este punto de ruindad, de falta de decencia, porque es fiel reflejo del “liberalismo económico” y su “todo vale”. La justicia dejó de ser “justa”, desde que las leyes y las normas las dictan los que transgreden “lo que es justo”. Éstos sólo tienen que enviar a los escenarios televisivos quienes justifiquen de “no estética”, su acción inmoral y no ética, porque la acción de la Justicia no se discute, por consenso político.

Lo mismo sucede en el escenario de los mercados, que estarán abiertos a todo lo que se diseñe para que la maquinaria de producción lo “libere” al mercado, sin que se juzgue la bondad o maldad del proceso, pues sólo importa la ley de la oferta y de la demanda, el mercado y el consumo, y el beneficio que ofrece el mercado para que el “sistema” funcione. Para el mundo de los mercados y de las finanzas del capitalismo no existen rostros humanos, sólo beneficios. Esto es ley y norma. Ambas crean lo que es “legal”, siempre en función del beneficio. Y si el beneficio es “estético”, lo es también “ético”, pues mantiene en pie la maquinaria del desarrollo. No importa que en el proceso de la producción exista un eslabón agraviado, por muy numeroso que sea. Esto es el capitalismo de siempre. Lo que lo diferencia del capitalismo actual es que éste está regido por las reglas del juego que impone el capital financiero, a cuyo son bailan sus interlocutores, los Estados. Y los Estados saben muy bien elaborar discursos de la “estética” en la política, es decir, de la “mentira” en la política. Esperamos algún día algún libro escrito sobre la “mentira” como “estética” en la política sin ética y sin moral. Será muy ilustrativo para conocer el mundo de la política contemporánea.

Igualmente, el capitalismo ha creado la “aspiración” en el ser humano de poseer cuanto se le ofrece en el mercado. Esta “aspiración” ha sido una causa más añadida a la desnaturalización del ser humano, su alienación, por ambición, que se suma al ya alejamiento de su “humanidad”, originado por el deseo de adquirir y consumir incontroladamente, convertido en una máquina de generar deseos y de satisfacerlos mediante el consumo de los mismos.[6] Para ello el capitalismo ha urdido un mercado mundializado de infinitos productos y una sofisticada red de diseño y publicidad con una indiscutible capacidad de generar la necesidad de ser consumidos. E insta a los poderes públicos para que “inciten”, desde la maquinaria del Estado, al consumo, con el fin mantener el “Estado de bienestar”, el mayor logro conseguido por el “sistema capitalista”. Esta sutil alienación del individuo se lleva enunciado desde mediados del siglo pasado, sin que hallamos comprendido cuán destructiva es del valor “de lo humano”.

5. Proponíamos, además, la búsqueda de un equilibrio “cultural” planetario, resultante de la integración de Oriente y de Occidente en tanto que civilizaciones milenarias; expresando con tal integración una “complementariedad cultural” que comunicara sus tradiciones humanistas, enriqueciendo -y equilibrando- el mapa cultural del Planeta, que hoy está siendo captado/cautivado por un fenómeno que,  en boca de las mentes más progresistas, llaman “pensamiento único” que, sobre-impuesto éste sobre el tejido social y productivo, desdibuja y, en casi la totalidad de los casos, impide y destruye la intercomunicación de la “pluralidad de modelos” que, cultural e intelectualmente, puedan devenir de la diversidad que se trata de suprimir/reprimir en favor de la “uniformidad cultural” que exige la “mundialización de la economía de mercado/consumo”, sin la cual su expansión se resquebrajaría.

Es un hecho evidente que tal uniformidad de valores, con la que se identifica hoy la mayor parte del tejido social global, se ha logrado por la asimilación de los valores que definen (y lo difunden) el capitalismo mercantilista, por identificación, es decir, por vías de la captación sugestiva/seductora (-propaganda/publicidad-) y de la imitación, destruyendo las bases de las culturas nativas/autóctonas de los pueblos “colonizados”, siempre definidas por los valores que hacían singulares a sus culturas, hecho que nos permitía hablar de diversidad y pluralidad cultural cuando hablábamos de la Humanidad.

Sin embargo, no creemos que todo esté perdido. Si retrocedemos a mediados del Siglo XX, situándonos frente a la rica y plural región oriental, sus tradiciones de sabiduría todavía permeaban las mentes y las almas de los habitantes de algunos de los países de esta variada zona geográfica. No obstante, hoy presenciamos cómo casi la totalidad de las culturas de los pueblos de Oriente están siendo sustituidas por la cultura y los valores mercantilistas (uniformidad por asimilación/imitación/identificación y abandono de lo sustancial de las culturas originarias, decíamos más arriba), con los que el modelo capitalista de las democracias occidentales se superpone sobre los territorios y sus gentes, ávido -el capitalismo radicado en los países ricos- de radicar las condiciones que aceleren un proceso que progresivamente termine por desdibujar cualquiera de las culturas milenarias que “contacta”, destruyéndolas para siempre luego de transitar por fases intermedias de asimilación, en la mayoría de los pueblos “seducidos” por los cantos de sirena de las “sociedades del bienestar”, terminando por ser “colonizados”, nuevamente, esta vez hechizados por un progreso y un desarrollo económico y productivo al que aspiran, no importa qué condiciones se les impongan, pues dura e inhumana es la vida radicada en la pobreza en la que vivían y aún viven sus gentes, que aun, habiendo asimilado la cultura de “prestigio” del capitalismo y sus valores deshumanizadores, no logran hacer realidad el sueño del “bienestar” de las sociedades que les contagiaron el virus de progreso y del desarrollo del capitalismo de mercado y de consumo.

Este paisaje de colonización masiva y de violentación/desdibujamiento de las culturas cautivadas por los “cantos de sirena de las sociedades del bienestar” nadie lo pone en duda. Anteriormente hemos enfatizado la expresión “mundialización de la economía de mercado” para significar la colonización del sistema capitalista, con la intención y propósito explícitos de uniformar el mundo global, al lograr que los valores mercantilistas y de consumo que lo definen, impregnen las vidas de todos los ciudadanos del Planeta. Incluso en aquellos que viven sus vidas marginales al “sistema”, de alguna manera participan de él al usar sus redes de conectividad. No obstante, celebramos la resistencia de aquellos pueblos coherentes con sus principios culturales que, como los tibetanos que, a pesar de su éxodo por todos los confines del Planeta, mantienen intacta sus tradiciones culturales, o como el pueblo de Bután, que mira celosamente por la preservación de la tradición de sus valores y la felicidad que de ella emana, hecho notable que sitúa su dinámica social y productiva, en términos de desarrollo, por encima de los valores materiales que les “promete” el sistema capitalista. Los cantos de sirena del “bienestar” capitalista parece no ser demasiados atractivos para sus gentes como los valores de su tradición, siendo “felices” al “poner en valor” sus vidas diarias al servicio de los valores tradicionales de su cultura budista. Más que por el PIB (Producto Interior Bruto), la preocupación de las autoridades de este pueblo se inclina más por el FIB (Felicidad Interior Bruta), concepto elaborado por el anterior Rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, en 1972, quien introdujo 73 variables que miden el bienestar y la satisfacción con la vida de sus habitantes. Jigme Thinley, Primer Ministro de Bután, quien participaba en 2010 el Primer Congreso sobre la Felicidad, celebrado en Madrid, expuso en una entrevista realizada para El Mundo: “La FIB es un paradigma holístico en la creencia de que lo más importante, el deseo último de todo ser humano, es encontrar la felicidad. Y esta se alcanza al equilibrar las necesidades del cuerpo con las de la mente, los anhelos materiales con el crecimiento espiritual. El modelo también se sostiene sobre la idea de que el Estado tiene la responsabilidad de ayudar a los ciudadanos a ser felices, creando las condiciones básicas para cumplir ese objetivo; salud, educación, estabilidad política…”. Preguntado en la misma entrevista por la compatibilidad del PIB y del FIB, respondió: “Sí, ambas deben coexistir. El problema es que en la actualidad todo el desarrollo de los sistemas macroeconómicos se basa en el PIB. Es la preocupación por excelencia de los gobiernos. En cambio en Bután, el PIB es sólo un indicador más, el referido al ámbito económico. Pero sin negar su importancia, desde los poderes del Estado, hay otros muchos factores a valorar: el entorno, la protección de la cultura, una buena gobernanza… (Pese a todo, no se puede obviar que la mayoría de los butaneses son campesinos pobres y que el país aún depende del desarrollo del exterior)”. [7]

El pueblo nepalí, sin tener el celo de su vecino, no abandona sus raíces culturales, por citar a algunos pueblos cuyas culturas tienen como base la tradición budista, conscientes del valor de que sus tradiciones y los valores que las definen han de dinamizar el tejido social y de producción económica. Estos pueblos de cultura budista tiene la certeza, además, de que son los valores humanistas, que manan de la tradición cultural, los que les permiten mantener con firmeza su voluntad de conjugar progreso y tradición, de sabiduría, la suya, que en estos pueblos es el sustrato que alimentó -y aún alimenta- sus culturas milenarias. Es cierto que su desarrollo económico, siguiendo el dictado de su tradición cultural, pero sin perder de vista la mundialización del sistema capitalista, les aísla del mito del desarrollo que la economía de mercado/consumo impone al tejido social planetario. Para la mente occidental resulta extraño,  que una cultura centre las vidas de un pueblo en la “calidad del valor de lo humano”. Esta es la razón por la que el mundo capitalista entiende que la causa del “atraso” del desarrollo económico de Bután, por ejemplo, radica en su obcecación por cultivar un tejido social circunscrito por una cultura “encerrada” en su pasado, que niega los valores “occidentales” de progreso y de “bienestar” económico que se derivan del “Estado del bienestar”, en cuyas redes, el mundo capitalista no está menos “encerrado”, ceñido al nivel de progreso del que sus ciudadanos se benefician, pero que, como contrapartida, han hipotecado los valores que las culturas de sabiduría de Oriente, como la budista o la vedanta hindú, proporcionan la Felicidad, con inicial mayúscula. Lo mismo sucedía cuando la Europa racionalista imputaba de incoherentes las utopías clásicas del Renacimiento/Edad Moderna, al no supeditarse aquéllas a las formas de producción burguesas del incipiente capitalismo, o posteriormente, en los Siglos XIX y XX, al desarrollo del capitalismo liberal.

Paradójicamente, al día de hoy, cuando los países que enarbolaban el estandarte del “Estado del bienestar” viven una larga y dramática crisis económica, a pesar del progreso y desarrollo económicos (¡en el nombre del “Estado del bienestar”!), que han empobrecido a las clases medias y trabajadoras, los medios de comunicación miran hacia Oriente, intentando comprender cómo los habitantes de los pueblos “pobres”, de cultura budista, pueden afirmar que el verdadero bienestar se logra cultivando los valores humanos universales: Verdad, Rectitud, Paz, Amor y No violencia, que resumen la filosofía de su cultura, transmitida mediante la enseñanza de que el apego al mundo (deseo) conduce al sufrimiento, por lo que su tradición elaboró estrategias para disciplinar la mente (deseo) y salir del sufrimiento, alcanzando, no el bienestar material o emocional, sino la Dicha que fluye de un ser humano que cultiva los valores humanos universales, que por demás, aquélla y éstos, son inherente a todos y a cada uno de los seres humanos. Claro que la doctrina budista (no sólo la de los pueblos que aquí reseñamos, porque esta doctrina, en cada uno de los pueblos que la practican, mantienen ciertas singularidades que las diferencian, no en lo sustancial) siempre tuvo una fructífera tradición en el Japón -budismo “zen”-, o en otras zonas asiáticas, como en India (su origen), o en China, o en Vietnam, o en Camboya…, es más variada y compleja en sus tradiciones religiosas y de sabiduría de lo que tratamos de comunicar en tan escasas líneas, porque en un nivel más profundo que el litúrgico y ritualista, el budismo tiene la cualidad de ser una psicología del alma con la que el ser humano trata de liberarse del sufrimiento, radicarse en su verdadera esencia y lograr un estado de paz interior incondicionada, que sus textos llaman “samadhi”, o acceder al estado más profundo de “unión” con la Conciencia universal, que recibe el nombre de “Nirvana”, no distinto del estado que se logra en la cultura vedántica india, cuando ésta habla del “yoga de unión” -para el que también se usa la expresión “Maha Samadhi”-, mediante el cual se trasciende la humana naturaleza/mente para alcanzar la bienaventuranza y universalidad del Ser interior (inmanente), no distinto del Ser Trascendente del que hablan sus tradiciones, como también lo exponen las doctrinas religiosas occidentales (cristianismo, judaísmo, islam), rectamente comprendidas, o la misma filosofía occidental, la que Leibnitz llamó “Philosofia Perennis”, en cuyo corpus podríamos incluir el neoplatonismo místico. Éste es el humanismo del que habla Oriente, y de Occidente, no lo olvidemos, del que no excluimos la ancestral y plural cultura china, enriquecida con el taoísmo y el confucionismo, que llegaron a fusionar sus sistemas “filosóficos”, interconectando el Cielo y la Tierra, con el fin de crear una “cultura humanista”. Esta idea apunta a nuestra propuesta de “complementariedad cultural”.

6. No vendría de más insistir en que la “mundialización del sistema capitalista” es la nueva colonización del mundo. No es Occidente el conquistador. Es el capital y el mito del progreso, traducido en valores del bienestar material que reproducen la puesta en valor de los cantos de sirena del “sistema”, lo que ha conquistado el mundo global, y a Occidente, su origen y fiador. Podemos hablar de democracias capitalistas, europeas o americanas, o de aquellas que levantaron sus sociedades en el Continente Australiano o en Nueva Zelanda, pero no de Occidente, porque la noción y los valores de Occidente también han sido devorados por la maquinaria ideológica del omnipresente sistema capitalista. La pregunta que deberíamos hacernos sin demora es: ¿estamos todavía a tiempo de sacudir de nuestros hombros y de nuestra mente tan desnaturalizadora y mundializada cultura mercantilista? ¿Ha evolucionado Occidente hacia una “desnaturalización” y barbarie que desdibuja el rostro de una civilización que dirigía sus pasos hacia las elevadas cimas de un progreso cuyos valores resultarían ser el súmmum de la perfección a la que nuestras mentes y corazones más sabias aspiraban? ¿O ha dejado Occidente de manifestar tal aspiración para convertirse en la expresión de la  inhumana civilización que quiere imponer el capitalismo trans/neoliberal sobre la faz de la Tierra?

Desde mediados de los años noventa hemos presenciado en India cómo la cultura y los valores del capitalismo se expandían, con voluntad de ahogar progresivamente su variada cultura ancestral, reproduciendo calculadamente el diseño, los mecanismos propagandísticos y los valores mercantilistas con los que la “mundialización de la economía de mercado” ha logrado colonizar un sector amplio de la población india que se identifica y participa directamente en/del desarrollo de la “emergencia económica del país”, especialmente en las grandes urbes del subcontinente indio. Un tejido social dinámico que ha acelerado la asimilación de los valores del capitalismo. Idéntico programa ha sido implantado en la mayoría de las naciones de la Tierra. Especialmente en el Extremo Oriente, salvo en Korea del Norte y China, que ha terminado por aceptar -esta última- una economía mixta (capitalismo/socialismo) para no perder el tren del progreso que impulsaba la mundialización del capitalismo, aunque mantenga la rigidez de su estructura dictatorial política-ideológica intacta.

No obstante de tan esmerado y estudiado plan de implantar cultura, valores, diseño y propaganda mercantilista de la nueva etapa del capitalismo, es conocida la resistencia en un tejido social indio que aún es consciente de la grandeza de su tradición de sabiduría, y tenemos la firme confianza de que el progreso de tan extraordinaria y sabia nación se llevará a cabo respetando los principios culturales que aún impulsan y unifican la diversidad de sus pueblos y de sus culturas. Este sector “consciente” de la pérdida que supondría la asimilación de los valores de la cultura dominante obviando las tradiciones culturales, sigue vinculado a aquellos valores por los que hoy (ad)miramos a India con respeto y voluntad de conocer el sustrato de sus tradiciones, que aún pervive sin que su sabiduría haya sido modificada, manifestada en nuestros días a través de un humanismo explicitado por los valores universales que definen a todo ser humano y al conjunto de la Humanidad. Son estos valores universales los que encontramos expresados y explicados por una tradición escrita y oral plural que nos recuerda cómo el mundo global ha perdido la “humanidad” que define a cada ser humano. Este sector “consciente” del valor de su tradición de sabiduría trae a la memoria de sus compatriotas cómo los valores de la tolerancia y del respeto, el de la unidad que circunscribe y se adentra -con la voluntad de la concordia integradora- en la diversidad  de un tejido plural que engrandece y aúna a toda la nación india, procurando que el progreso iniciado no anule los valores que los unifica y les permitió convivir en armonía y paz, aun en los momentos más difíciles.

La tradición cultural, plural en el caso de India, y el progreso no tienen por qué ser excluyentes. Es sabio el pueblo que cree en la conciliación entre estos dos modos de mirar el pasado, el presente y el futuro, sobre todo cuando éste resulta ser una incógnita para una Humanidad interconectada, aparentemente reunificada en un mundo global fragmentado y desunido, sumido en una crisis de valores y de conciencia y, de civilización, creemos nosotros. Los valores que definen, gobiernan y propagan el mundo global, como cultura de un paradigma sin alma, son los valores del capitalismo mercantilista mundializado, que son los valores que han desnaturalizado al colectivo humano, que vive una crisis intercomunicada, que afecta a todos, sin que al día de hoy se haya encontrado una salida que resuelva, no sólo el sector de la economía, sino sus consecuencias más temibles, como las derivadas de la desigualdad social y de la sinrazón que deriva de tan injusta e inhumana práctica de la exclusión social y económica, o de la ausencia de una justicia que iguale a todos los miembros de una misma sociedad; consecuencias éstas no deseables, pues profundizan la desalmada fragmentación social que divide al colectivo humano en ricos, cada día más ricos, y en pobres, cada día más pobres. El mundo del selecto club de los ricos y de los incontables desheredados es el mundo que ha creado la cosmovisión de dualidades excluyentes, enfrentadas. Algunas ideologías han querido justificar la confrontación “inevitable” de la lucha de los opuestos, de la que resultará una parte victoriosa: tesis-antítesis, y la síntesis resultante de la confrontación. El trasfondo de este planteamiento es la justificación de la disputa, de la beligerancia, del juego de los contrarios, que encierra la dialéctica que busca el enfrentamiento. Es ésta una trampa de confrontación dialéctica, que rehúye del encuentro y de la complementariedad, de la creación de un espacio de racionalidad abierta y conciliadora que abandone la idea del diálogo “con una realidad que se le resiste” (E. Morin), porque la confrontación genera resistencia y necesita promover un coso de arena en donde enfrentar sus diferencias y en donde desafiar los fragmentos de realidad que percibe desunidos, segmentados, rotos, en busca de la racionalidad que sostenga la descohesión de su visión parcial y fragmentada. Esta falacia ha sido argumentada filosófica e ideológicamente para justificar un mundo de enfrentamiento, de vencedores y vencidos. Un mundo dividido e insolidario, sin posibilidad alguna de que la conciencia de unidad emerja y permee el tejido humano, generando conectividades equilibradas y cohesionadas. Lo contrario, siempre será un mundo deshumanizado, porque carecerá del “valor de lo humano”, aquello que aúna, concierta, incluya y dignifica la vida humana. Exponía el físico David Bohm  que “el todo está presente en cada parte, en cada nivel de existencia. La realidad viva, que es total e indivisa, está en cada cosa”[8]. ¿Cómo es posible derivar de esta cosmovisión partes “enfrentadas”, si todo lo que es existencia participa de la totalidad de la “realidad”, en tanto que la realidad está en cada entidad existente? La Humanidad necesita dar un salto cualitativo, civilizatorio, participando en la construcción de un mundo percibido desde la cosmovisión de unidad. Es el cambio que “piensa” el sector de la población india que quiere avanzar hacia un desarrollo y un progreso que no desatienda esta visión de unidad a la cual la convoca su tradición de sabiduría, que alimenta a todas las tradiciones culturales que conviven en la nación india, incluidas las capas más abiertas de la cultura musulmana desarrollada en territorio indio.

Del desafío entre lo nuevo y la plural tradición cultural saldrá, sin duda, la nueva India. A unos ojos atentos al proceso del desarrollo económico de tan diverso y plural tejido social, no les será difícil percibir que la actual fuerza de India no radica únicamente en su desarrollo emergente de su economía -sin esconder sus terribles contradicciones, como el de la extendida pobreza-, sin una deuda externa que la hipoteque y la ate a la usura del poder financiero sin rostro humano, aun cuando del progreso nacional afloren las contradicciones que resultan de la pugna entre lo nuevo y la tradición.

Hay en el tejido social de la nación india un discurso que habla de la voluntad -y valoración- de cómo encontrar la(s) vía(s) en la(s) que confluya(n) tradición y progreso. No se discute que “aquello devenido viejo” debe ser superado o sustituido, sino que se reafirma la creencia de que sus valores tradicionales han de ser la fuente de su progreso como nación plural, y en ello confían su emergencia, presente y futura, como potencia económica. Encontrar este equilibrio entre tradición y progreso, no les está resultando nada fácil. Todavía son muchos los que ven a Occidente -mejor decir: el capitalismo trans/neoliberal- como la más fácil, rápida y práctica solución con la que se superaría el difícil reto con el que se han enfrentado los sucesivos gobiernos desde la Independencia del pueblo indio del colonialismo británico: encontrar una vía contundente y eficaz para sacar de la pobreza a un pueblo cuya producción económica comenzaba a impulsar, en los inicios de su Independencia, el desarrollo de un modelo de agricultura que permitiera dar de comer a la totalidad de un colectivo social, radicado en un mundo rural empobrecido, al tiempo que promovía la tradicional economía basada en el cultivo del algodón, arroz, dhal y ragi, que les privó del hambre, aunque no de la pobreza. Hoy India, no sólo ha cambiado este paisaje, sino que aporta una industria fuerte y un mercado en las nuevas tecnologías al mundo global, engrandeciendo su economía. Y es una realidad que un número importante de indostánicos piensan que la virtud en la que deberían depositar su desarrollo ha de radicar en la voluntad colectiva de encontrar el equilibrio entre el progreso de una ciencia y de una tecnología altamente desarrolladas y la tradición cultural del humanismo que recoge la literatura de su tradición de sabiduría, en la que confluye la diversidad de pueblos y de culturas que definen el tejido social de la nación, destacando los valores de la tolerancia, el respeto y la integración que confiere unidad a la variedad que aglutina a todos los miembros del colectivo indio, sean hindúes, budistas, musulmanes, sij, jainistas, cristianos o parsis. Tales valores no están ausentes en un indio que conozca y ame su tradición, que por sobre todos esos valores, como también lo hace la tradición budista o jainista o parsi o sij, enfatiza el “dharma” o “deber” social e individual, vinculado al “Dharma” o ley universal o natural de la que emana el orden, la cohesión y la armonía del Cosmos, residiendo también en el ser humano como “su” deber particular. No obstante de poseer cada ser humano “su” dharma, al que debe atenerse, la sociedad y el individuo deben procurar permanecer en unidad y sintonía con la ley universal o “Dharma”. Un pueblo que proteja el “Dharma” vivirá en paz y abundancia, pues es el fundamento que garantiza y cimienta el equilibrio y la prosperidad de una nación.

El progreso, no sólo en India, sino en todo el Oriente, o en regiones aún empobrecidas -a pesar de la riqueza de sus tierras-, como es el caso del África subsahariana, no puede basarse en reproducir las formas y los modos del capitalismo occidental. Es preciso conjugar los avances tecnológicos y científicos logrados en Occidente, adaptándolos a la idiosincrasia de sus pueblos y de sus tierras con los valores de la variada tradición cultural, que en caso de India rezuma, en cada acre de su tierra, su tradición de sabiduría.

Pero no es fácil escapar de los cantos de sirena del capitalismo, vendido con la marca de “sociedad del bienestar”, de la abundancia y de la fastuosidad que dejan ver, a través de la lupa amplificadora de las TV internacionales, la confortabilidad con la que los ciudadanos han sido bendecidos por los “Estados del bienestar”, moviéndose sus vidas en la abundancia, en la sobrealimentación y en el derroche. Sin duda que esta engañosa propaganda atrae, por diversos y lógicos motivos, a ricos y a pobres de los países en vías de desarrollo, sean del Occidente de las Américas o de Oriente, próximo o remoto, o de todo el territorio de África.

7. Los primeros años de nuestra residencia en India reafirmaron la idea que puede explicarse con la imagen de un Occidente y un Oriente complementarios, en tanto que no han de entenderse como zonas de culturas o visiones del mundo opuestas, tal las definían los orientalistas de finales del Siglo XIX, y aun del Siglo XX. No hay, y nunca hubo, un Occidente “versus” un Oriente. Siempre existieron, en estas dos regiones del mundo, dos modos diferentes de comprender el mundo y al hombre, pero no son modos de conocimiento que se opongan, sino que sus interpretaciones del mundo, subjetiva e interior la de Oriente, objetiva y externalizada la de Occidente, se complementan. Incluso encontramos que se reproducen discursos lógicos y estrategias cognitivas no conceptuales en una y otra región, aun cuando en Oriente predomine el modo interiorizado de “conocer” y en Occidente el modo objetivo y metalógico. Hablamos de conocimiento, de tradiciones culturales basadas en ideas religiosas, en experiencias e indagaciones espirituales o místicas, o filosóficas, vinculadas, o no, éstas a las anteriores, que enriquecen la historia y el proceso evolutivo y cultural de la Humanidad, que lleva ensayando, durante milenios, modos, ámbitos y métodos de indagar la naturaleza del Ser Trascendental, la del hombre y la de su entorno, próximo/terrestre o remoto/cósmico, se entienda ambos, hombre y entorno, como el receptor de la inmanencia de Lo Trascendente o como ente material autónomo de todo lo que se vincule a una idea de trascendencia.

Pero si somos rigurosos no relegaremos al olvido la idea de que ambos modos de conocer se encuentran en una y otra región del Planeta, aunque se definan desde un modo muy específico de dirigir el conocimiento, como hemos indicado en líneas anteriores: hacia el interior (subjetivo), en Oriente; hacia el exterior (objetivo), Occidente. Esto quiere decir que encontramos tanto analogías como diferencias, según las estrategias y métodos cognitivos, lógicos y no conceptuales (indagación y meditación, por ejemplo), en la historia de los procesos culturales de una y otra región del Planeta.

Y cómo no destacar nuestro firme (¿antropocéntrico!) anhelo -y pasión- por el saber, desde el comienzo de nuestra Historia, en cualquiera de las culturas que han ampliado y engrandecido el conocimiento del mundo objetivo que nos rodea que, hasta nuestros días de globalización, a pesar de desarrollar una ciencia altamente tecnologizada, no logra desasirse del enigma de Aquello que trasciende, inasible -hasta la fecha-, al conocimiento científico, pero que se enclava -¿instintivamente?- en aquellas investigaciones de las disciplinas científicas más avanzadas, como es la física contemporánea, teórica y experimental, ciencia que marca hoy el statu científico del conocimiento (progreso cognitivo, científico y filosófico, no lo olvidemos) junto a otras disciplinas vinculadas a temas escabrosos y escurridizos para la ciencia clásica racionalista, como son los contenidos que han creado nuevos ámbitos de conocimiento, dando cuerpo y materia de estudio a las ciencias cognitivas, y aquellas otras que están ayudando notoriamente al progreso científico tecnologizado, al adentrarse en los ámbitos de la inteligencia artificial. Sin olvidar las investigaciones “científicas” sobre la conciencia o el alma, que la ciencia escudriña en la materia del órgano más misterioso para la ciencia: el cerebro. O de la genética, que tantos progresos está logrando.

Tal vez la tan desalentadora realidad actual nos dificulte pensar en las formas y en los modos con los que detener y anular tan deshumanizadora cultura mercantilista mundializada, y asentar, definitivamente, en el tejido social planetario, unas relaciones éticas y moralmente correctas, de convivencia fraterna y cooperativa, tolerante, de respeto a las singularidades étnicas y/o culturales y/o nacionales, de convivio en una sociedad global sin fronteras, nociones y valores que definen per se toda idea de globalización, con la que el colectivo humano, como un solo individuo, ha de estar comprometido. Una política global basada en el dinero no une. El caso de la UE nos sirve de ejemplo. La “humanidad” de cada ser humano, engarzada con el hilo de la unidad, sí conformará una guirnalda en la que todos nos integremos, fraternos, sin exclusiones, tolerantes, respetuosos con las singularidades que dan color, variedad y belleza a una sola Humanidad. Deshacernos de la vieja visión dual del mundo es la condición que  nos impone/exige un Mundo Nuevo y una Humanidad sin fronteras.

Es en la “complementariedad” de las culturas de Oriente y de Occidente, en sus tradiciones humanistas, que proponemos, en donde debemos poner nuestro énfasis para construir un ágora de la globalización integradora, para que el Siglo XXI sea el tiempo de una nueva Humanidad, libre de luchas y de exclusiones. Un Mundo Nuevo en armonía y en fraterna concordia, en la que la arquitectura de su tejido social y productivo tenga como nutriente de su raíz y de su arborescencia “la savia de lo humano”. Esta imagen es la que se forja en nuestra mente cuando pensamos en un “humanismo global” que defina un nuevo paradigma global no mecanicista en el que todo el tejido social viva unido y cooperativamente integrado.

Hemos transitado políticas desprendidas de ideologías vinculadas al liberalismo, al socialismo de las socialdemocracias o de los marxismos-leninismos, y de otras que compaginan economías filosóficamente contrarias en su esencia ideológica, pero no hemos pensado en un humanismo que permee sociedad, cultura, educación, política y economía, y que exprese en todas las actividades del ser humano, su cualidad inherente: su “humanidad”, el “valor de lo humano”. Una visión del mundo de unidad, un paradigma social de globalidad, de carácter humanista, para una nueva Humanidad. Esto sí es el foro idóneo y fructífero, comprehensivo,  para construir un Mundo Nuevo.

8. La motivación que nos animó, pues, a presentar la idea de “complementariedad cultural”, residía en que la globalidad quedara definida por la participación consciente de todos, aunada al impulso unitario de la construcción de un mundo, que se percibe hoy irreversiblemente global, activado por el progreso y el desarrollo económicos “pensados” desde las nociones de igualdad y de cohesión social planetaria, desde la cooperación centrada en el esfuerzo partícipe de todos en favor del “bien común”, con un doble propósito/proyecto inicial: emprender la construcción de un paradigma social de globalidad, regido por una noción escasamente reflexionada por el colectivo humano, y cuando se ha indagado en ella, ha sido de forma partidaria y excluyente. La noción a la que nos referimos es la de “unidad” como principio axial de un modelo de organización social que nos conduzca a un Mundo Nuevo. El segundo propósito, en construcción paralela con el anterior, es el de elevar a los pueblos menos desarrollados al nivel de los que han logrado no conocer la escasez, aun cuando, por las propias contradicciones del “sistema” capitalista, una parte importante de sus poblaciones viven sumidas en una desigualdad que genera una infortunada descohesión social, cada día más profunda, en detrimento de las capas más desfavorecidas que, incluso, las vemos mendigar por las calles en estos días de profunda crisis económica. Pero la cooperación e integración debe entenderse desde el respeto a las tradiciones culturales de los pueblos con los que solidariamente se coopera.

Compaginando estos objetivos iniciales, han de afrontarse la reflexión sobre dos nuevas nociones que nos situarían en una realidad objetiva nueva, en la que el colectivo humano se encuentre “humanamente” definido y cohesionado socialmente: la de los valores humanos universales, consustanciales a cada hombre y a cada mujer. Son estos valores humanos universales los que han de permear el desarrollo y el progreso futuros, sin que se ausente de ellos la moral y la ética que devengan del ejercicio y de la práctica de tales valores humanos. Y en segundo lugar destacamos la noción de “cultura” como cultivo del espíritu humano, tal se postula aún hoy en los pueblos de culturas como la budista o la vedántica india, que apuestan por conjugar la tradición de sus valores y el progreso, como expusimos más arriba. O la de un Occidente que permanezca libre de la entelequia de “poner en valor” todo aquello que procura beneficio económico, no importa que ese beneficio sea destructivo del “valor de lo humano”. Esta última idea conlleva implícita e impulsa un “pensamiento activo y fértil” que permitirá recobrar en Occidente aquellos valores que definieron sus etapas históricas en las que se “reconocía” inscrito en una tradición humanista, que se extiende, como hilo de Ariadna, por todo nuestro proceso civilizatorio, sin que se pierda en ninguna de sus etapas hasta el momento presente, en el que la “mundialización de la economía de mercado/consumo” reafirma violentadamente su objetivo prioritario: la destrucción de los valores occidentales, sustituyéndolos por aquellos que impulsan y propagan su ideología y su idea de progreso. Curiosamente, lo conseguido por esta última etapa del capitalismo trans/neoliberal, la decadencia de Occidente, no lo lograron los momentos más sombríos de nuestra Historia -el oscurantismo inquisitorial medieval o moderno, o la barbarie nazi, por citar dos conductas destacables guiadas por la inhumana servidumbre a ideas y valores pensados por quienes no sólo han olvidado/perdido su “humanidad”, sino que sus actos les rebajaron al nivel de las bestias.

No olvidemos que no hay mayor valor solidario que el respeto por las tradiciones culturales de los pueblos. Entender que los valores del mercado pueden ser útiles para el progreso económico de todos los pueblos que conformamos el mundo global, nadie lo pone en duda. Pero estos valores no pueden despojar al ser humano de su “humanidad”, ni desautoriza que se respete la voluntad de impulsar su desarrollo a aquellos pueblos que decidieron conjugar progreso y tradición, para salir de la pobreza. África subsahariana se desangra día a día ante nuestros ojos inclementes. Su inmigración hacia el Norte rico reclama nuestra solidaridad y cooperación, pero encuentra un violento rechazo o una explotación esclavista, insistiendo sus gentes inmigrantes, diariamente, en su dramático esfuerzo por lograr entrar en la tierra de la abundancia, sin saber que pisarán el suelo de un mundo cuya civilización agoniza mientras redefine incansable, una y otra vez, el modo de perpetuar un statu de vida deshumanizado, que desatiende el “valor de lo humano” de sus ciudadanos y procura ocultar de su mirada, o excusa de sus pensamientos, cómo estos pueblos, obligados por el hambre o el exilio a salir de sus tierras/hogares, sufren la escasez de la pobreza; y ahogados en ella, contemplan impotentes cómo ese Norte rico del bienestar y del despilfarro los despoja de las riquezas que sus tierras contienen.

9. Insistiendo: Las medidas y los valores destacados arriba servirían, primeramente, para corregir, con diligente urgencia, los desequilibrios y las desigualdades que dividen al colectivo humano en pueblos ricos y en pueblos pobres. Seguidamente, ha de pensarse, desde la “humanidad” que nos define a cada ser humano, un Mundo Nuevo, de globalidad integradora y cooperativa, porque sea aquél el resultado de la voluntad de construir cada uno de los vínculos con los que se interrelacione la globalización desde el principio de “unidad”, eje axial de un nuevo y emergente paradigma social no mecanicista, inscrito -venimos exponiendo- en una nueva visión de mundo de “unidad” que trascienda/supere el viejo Gran Paradigma de Occidente, que en su etapa última de “mundialización de la economía de mercado/consumo”, nos ha conducido a una crisis de valores y de conciencia, de civilización al fin y al cabo, que los poderes económicos y políticos -a los que hay que sumar el mundo de la cultura y de la intelectualidad académica, incluso la que dice vivir fuera de ella, subrayando las contradicciones de aquéllos- no se cansan de repetirnos que la naturaleza de la dramática crisis con la que terminamos el Siglo XX e inauguramos el Siglo XXI es económica, centrando todos sus esfuerzos, energía y conocimiento en buscar salidas a la economía que, no despega,  y si lo hiciere, no corregiría las desigualdades y las diferencias sociales, el incremento de la pobreza, o los enfrentamientos y las luchas armadas entre culturas y modos de concebir la vida en sociedad. Y con mayor desinterés hacen caso omiso al deterioro y desequilibrio medioambiental, al cambio climático, al exterminio progresivo de cientos de miles de especies y subespecies de seres vivos, aun cuando después de interminables reuniones ofrecen comunicados escasamente comprometidos con la resolución de la grave situación que está destruyendo la vida del Planeta. No saben o no quieren saber que las medidas con las que concluyen sus foros de nada sirven para devolver al Planeta su equilibrio y belleza.

La noción del principio de “unidad” como eje axial de un nuevo paradigma social global, basado en la cosmovisión de unidad sí explicitará un corte epistemológico, que la Humanidad aún no ha sabido cómo asestar a su proceso cultural/evolutivo, civilizatorio. Sí se expusieron reflexiones infructuosas en los foros del marxismo, al centrar su impulso y desarrollo ideológico en el materialismo científico como motor de su progreso, cuyo programa, a corto, medio y largo plazo, concedería al proceso revolucionario un salto cualitativo e irreversible que revelaría la destrucción del sistema capitalista, y con ella la naturaleza de sus modos y de sus medios de producción, conduciendo a la clase trabajadora a su liberación definitiva, junto al final de toda forma de poder. El tiempo ha demostrado que si bien el capitalismo había surgido de las entrañas/raíces de la visión del mundo de dualidad, del juego de los contrarios -que inundó el mundo de las ideas y de acciones resultantes de los enfrentamientos, de las luchas fratricidas-, no de otro lugar había emergido la ideología marxista/comunista. Y no estaríamos equivocados si afirmamos que el materialismo histórico y científico emergió de las propias contradicciones de la ideología racionalista y materialista del liberalismo mercantilista del Siglo XIX, como expresión perfilada de capitalismo incipiente que ya se iniciaba y daba sustancia ideológica a la Edad Moderna, encumbrado -el capitalismo- por la burguesía de las ciudades/principados/estados, que impulsó el pensamiento racionalista cartesiano-newtoniano y con él el paradigma mecanicista que aún nos nutre de desgracias. No es momento aquí de abrir un debate sobre la naturaleza, contradicciones y fagocitación de la ideología comunista por el capitalismo, que por entonces también atrajo a otras expresiones de la vanguardia del pensamiento socialista que se desenvolvieron rápidas con sus primeras expresiones, la de los socialismos utópicos con los que se daba respuesta frontal al desarrollo del industrialismo mecanicista y al liberalismo del Siglo XIX. Tal vez hoy estemos en condiciones de conocer en qué consiste el deshumanizador hechizo del capitalismo. Y aun algo que muchos esperamos: su final.

10. Las reflexiones anteriores han surgido de la intención única de arrojar algo de luz al momento crucial en el que la Humanidad se encuentra, atrapada en una crisis de valores y de conciencia sobre la que es preciso profundizar para buscar su fuente, con el fin de encontrar, entre todos, un pensamiento fuerte y de unidad que nos descubra qué vías debemos elegir para que el mundo global sea un espacio grata y amablemente habitable para una Humanidad que anhela encauzar sus pasos hacia un futuro que la acerque al logro del “bienestar universal”, anhelado por el colectivo humano, desde milenios.

En esta reflexión no podemos olvidar que, cuando hablamos de “integración” o de “bien común” o de “bienestar universal”, no perdemos de vista al Planeta Tierra en toda su extensión y variedad de vida, hábitat del que no sólo dependemos, sino que nos circunscribe y nos acoge para hacer fértil y provechosa nuestra supervivencia. Un “bienestar universal”, que lograremos únicamente si encontramos aquellas sendas  fértiles con las que construir sabiamente ese espacio común para todos, el de la globalidad, permitiendo y favoreciendo el desarrollo natural de la vida terrestre, sin intervenir sobre ella; o si lo hacemos, porque la necesitamos para sobrevivir, gracias a su variada y generosa riqueza que se nos ofrece como alimento y potencial de progreso para que nuestra existencia radique con menor dificultad de la que nos hemos granjeado, sea porque es nuestro deber hoy ayudar a recuperar su equilibrio, su estabilidad y su conservación que, por nuestra ignorancia, ambición e irresponsabilidad, hemos malogrado.

La construcción de un mundo global sabiamente organizado política, cultural y económicamente, debe hacerse desde el conocimiento, desarrollo, difusión y  respeto de los valores humanos universales, cuya puesta en acción nos conduciría al “bienestar universal”, del que no podemos olvidar -insistimos- la diversidad de los ecosistemas que enriquecen la vida de nuestro Planeta.

Así, el dibujo del escenario de la noción de globalidad descrita nos sitúa en un mundo global que nos está exigiendo, por la propia naturaleza de la noción que encierra su enunciado, una convivencia que destaque el respeto y la concordia entre todos los pueblos y sus culturas, valores que exigen la tolerancia con cada cultura con la que la diversidad de los pueblos se expresa; la justicia social global; la cooperación solidaria, manifestando una cultura universal de base que impulse, sobre el tejido del ágora de globalidad que comenzamos a construir. La convivencia respetuosa y cooperativa devendría del ejercicio diario de una cultura pensada/diseñada desde la noción inexcusable del “valor de lo humano”, al que todos los restantes valores deben supeditarse. Y este “valor de lo humano”, en sí mismo, exige un principio axial, del que germine el ideal de convivencia que tratamos de enfatizar en nuestra reflexión, que permita, organice y permee una sociedad planetaria que ha de ser “verdaderamente humana”: el principio de unidad.

Si somos sabios y diligentes, comprenderemos que del principio de unidad, vertebrador de la vida global que se propone en esta reflexión, emanarán, de forma natural, otros principios, tales como los expresados por las nociones de “bienestar universal”, “tolerancia” y “concordia”, o el de “igualdad” y de “cooperación fraterna y sin fronteras”, y todos aquellos principios y valores positivos que destacamos en los capítulos de este libro,  vinculados al “valor de lo humano”. Nos encontraríamos que en un cerrar y abrir los ojos se desvanecerían -al no tener sentido ni referentes ni continuidad- los principios arraigados en el actual tejido social y económico, congregado en un mundo global por los intereses de la nueva modalidad del capitalismo, cuyo contenido conlleva una práctica inhumana y dolorosa que facturan implícitas las ideas de “exclusión” y de “separatividad” que, al permanecer arraigadas en la mente humana, desmontan toda idea o intento de organizarnos y vivir en convivio de unidad, sin obviar de nuestro cuidado a los demás seres vivos con los que la vida, que no es menos inteligente que nosotros, nos ha permitido convivir. Con la puesta en acción de esta integradora y unitiva idea los principios y valores deshumanizadores con los que hemos desenvueltos nuestras vidas humanas desaparecerían del vocabulario de todas las lenguas del Planeta.

Entonces sí sabremos, a ciencia cierta, que estaremos construyendo el ágora de la fraterna cooperación, de la tolerancia e igualdad de todos los seres humanos que habiten el mundo sin fronteras que soñamos, en concordia y respeto entre todos los pueblos de la Tierra. Un ágora global de cuyo tejido social rezumará, como ambrosía, la “humanidad” que radica en el corazón de cada hombre y de cada mujer. No hay mejor remedio para que, con prontitud, se desvanezcan los peligros que se ciernen sobre nuestras vidas globales, derivados de las severas consecuencias de la crisis que vivimos. La receta es bien simple: vivir en sintonía con el “valor de lo humano”.

La globalización exige, pues, un tejido humano organizado desde el principio de unidad, siendo la base de la arborescencia desde donde surja el nuevo paradigma social globalizado de “rostro humanista”. Agotadas las vías por las que ha recorrido desde la visión del mundo de dualidad, del juego de los contrarios y de las oposiciones, la Humanidad tiene en su mano superar el viejo mundo de las luchas fratricidas y construir un Mundo Nuevo, movilizado desde una visión del mundo que resulta de comprender la unidad que se desenvuelve en una extraordinaria diversidad de vida, en la que la Humanidad es sólo un párrafo entre los incontables párrafos que componen el Libro de la Vida. La cosmovisión de unidad nos situará en una perspectiva más abarcadora que nos permitirá una mirada más comprehensiva y unitaria, desde donde los árboles del bosque no nos impedirán “ver” la unidad conectiva del ecosistema que inscribe a los árboles y al bosque. En el HAU HU CHING (81 meditaciones taoístas), atribuido a Lao Zi, se dice:

“Una persona (de conocimiento) superior cuida del bienestar de todas las cosas (…) Cuando mira a un árbol, no ve un fenómeno aislado, sino raíces, tronco, agua, tierra y sol: cada fenómeno relacionado con los demás, y el ‘árbol’ surgiendo de este estado de relación. Mirándose a sí mismo, ve la misma cosa”. [9]

NOTAS:

[1] Sin éxito, dado el tratamiento del tema, nada periodístico y nada afín al grupo propietario del medio, “que ya tenían algunos trabajos sobre el asunto tratado por usted, a pesar de estar bien argumentado y documentado…”, exponía la amable carta que rechazaba mis reflexiones sobre un nuevo paradigma social no mecanicista.

[2] Ver: DÍAZ, Esteban, En los Albores del Siglo XXI. Reflexiones sobre un nuevo paradigma social no mecanicista: el humanismo global, Tiger Moon Productions, Bangalore, India, 2ª Edición.

[3] Por ejemplo, ALBA, el grupo de naciones Sudamericanas, impulsado por la Venezuela de Chaves para crear un bloque de “poder” alternativo al de América del Norte o al de la Unión Europea, cuyo predominio en el mundo global si no excluye, sí procura limitar la capacidad de progreso/desarrollo económico al resto de las regiones del Planeta.

[4] Estos días, en los que corrijo el material de este trabajo, están siendo cruciales por el hecho de que el mundo entero centra su atención en las noticias que nos llegan de Grecia, en cuyas elecciones generales ha triunfado la coalición de la izquierda radical Zyriza, el partido griego que no sólo propone medidas decididamente sociales y contrarias a las política de austeridad dictada por Bruselas, que diseña y controla los programas económicos centrados en el elemento regente del que depende toda la política económica de la UE: el Euro, y su fortaleza respecto de las demás monedas para no ceder en su afanoso propósito de dominar la economía mundial. Hablamos de política monetaria. Porque no hay otro valor superior al dinero para los políticos al servicio de los especuladores de las finanzas y del comercio. Esto lo sabemos. Los programas que Zyriza vienen anunciando, desde el comienzo de su andadura política, son una vía alternativa al capitalismo voraz que está destruyendo lo que las políticas del “Estado del bienestar” construyeron. ¿Pero con qué programas Zyriza logrará sacar de la quiebra económica al pueblo griego en su intento de dibujar un panorama alternativo y cuáles serán las diferencias cualitativas que les “distanciará” del entramado urdido de conectividades con el que el capitalismo ha atado los destinos de las democracias representativas de la UE, a la que Grecia pertenece? Parece difícil, si no imposible, una tarea semejante.

Se percibe cierta animosidad y dureza parte del grupo más duro de las naciones de la UE (Alemania, España y Portugal), que mantienen su firmeza en que Grecia debe reconocer los cuerdos fijados por los dos “rescates” anteriores, para que pueda recibir una nueva ayuda que logre sacar al país, provisionalmente, de la quiebra total. No obstante, parece que hay países que apoyan una vía intermedia, sabiendo que la salida de Grecia de la UE agravaría los problemas económicos de la región, creando un bucle de recesiones y deflaciones de las que no se sabe si profundizarán una crisis que de por sí ya es extremadamente grave. Este factor de incertidumbre es realmente la razón de la compleja situación y escasas expectativas despertadas por el nuevo gobierno de Grecia, en manos de Zyriza. ¿Las preguntas que nosotros nos hacemos son: ¿No resulta extraño que Grecia sea la “matriz” civilizatoria de las democracias occidentales, y sea este mismo pueblo el que esté creando, tal vez, el comienzo de una nueva forma de gobernar “ética y moralmente desde el pueblo y para el pueblo”, sin intermediarios que corrompan y profanen el sentido etimológico del concepto “democracia”? ¿Obligarán al pueblo griego a seguir la vía inhumana de la destructiva política de austeridad y, por tanto, de la crisis, que únicamente está produciendo sufrimiento a la mayoría del tejido social de la población griega? ¿O tal vez sea el comienzo del fin de una civilización que ha tocado fondo y debe dejar paso a un nuevo modelo civilizatorio, planetario, del que todos participemos en cooperativo esfuerzo y en igualdad en el concierto equilibrado y armónico global al que el Siglo XXI nos convoca?

El mundo global debe serlo más allá de las políticas dinerarias  y de regiones excluyentes, y aún debe ser el ancho espacio consciente del compromiso inequívoco de toda la Humanidad de nivelar las economías de todas las naciones, independientemente de la región o del Continente en el que se encuentren, creando las bases de una globalización en la que la política surja como resultado de haber comprendido que sólo el “valor de lo humano”, como cualidad inherente a cada hombre y mujer, es el “valor” que debe regir todas las actividades del tejido social planetario. Mientras tanto, salgamos de la crisis económica apoyándonos unos en otros, cooperativamente, conociendo que la Humanidad es un solo pueblo y que en cada ser humano radica aquello que nos hace ser “humanamente unidos y dignos”, vinculados solidariamente a un mismo destino terrestre. Sólo si conocemos y aceptamos en nuestro ser interno y en nuestra mente que, cuando hablamos de la Humanidad, estamos hablando de nosotros mismos, y que en cada uno de nosotros está encerrada toda la Humanidad, estaremos en el camino acertado. Miremos la diversidad de pueblos y culturas viéndonos, en cada uno de ellos,  a nosotros mismos. Esto es lo que significa asumir conscientemente el sentido de la unidad. Sólo si somos sabios y comprendemos que cuando un pueblo sufre, nosotros también sufrimos, porque somos un todo interconectado, ya que en nuestro ser llevamos el gen de la “humanidad”, que define y da sentido a nuestra existencia como seres humanos. Grecia está siendo una prueba para cada uno de nosotros, como lo es, desde el final del colonialismo, el África de los desheredados y de los que nada tienen. O la América latina de los excluidos. No es ético ni moral vivir en un territorio en donde la abundancia que derrochamos provenga de la pobreza de los pueblos que poco o nada tienen, y nos piden comprensión y ayuda, sin que acudamos en su ayuda, dándole lo que precisan para desarrollarse y progresar. No vale decir que nosotros estamos en crisis y hemos aplicado duras reformas que nos han obligado a ceñirnos el cinturón. Si cumplimos, siendo ética y solidariamente responsables, encontraremos lo que nos ha llevado a la crisis, y lo que nos está faltando a causa de la crisis. Nadie debe dejar de cumplir con sus obligaciones como ciudadano. Los Estados tienen el deber de hacer cumplir las leyes y las normas a quienes no las cumplen. Si logramos que nuestros gobernantes sean, no solidarios, sino responsables de su labor como administradores de los  bienes del pueblo, la crisis desaparecerá. Pero este escenario sólo será posible si nos aferramos, cada ser humano, a nuestro gen de “humanidad”.

[5] Más adelante trataremos el tema de la educación y como éste no puede separarse de la “enseñanza” -o docencia- de la información que los “educandos” deben recibir sobre ciencias y humanidades para que al final de su ciclo educativo/formativo sean un hombre o una mujer “educados” y útiles al servicio de la sociedad que le ha proporcionado educación, cultura y el desarrollo de un carácter acorde con su “humanidad”, aspectos todos éstos que le servirán para ser un ciudadano cultivado en la “excelencia”.

 [6]  Ver: DELEUZE, Gilles, GUATTARI, Felix, El Antiedipo. Capitalismo y Esquizofrenia, Barral Editores, Barcelona, 1973.

[7] Entrevista realizada por Eduardo Álvarez/Fran Casillas para la edición impresa de “El Mundo”, 25 de Octubre de 2010.

[8] WEBER, René, “Conversaciones  con David Bohm”, en: El paradigma holográfico. Una exploración en la fronteras de la ciencia, WILBER, Ken (Ed.), Kairós, Barcelona, 1987, pág. 217.

[9] Edaf, Madrid, 1995, pág. 94.

30 diciembre, 2017Permalink