Insistiendo en la educación que conduce a la sabiduría

 

CONTENIDO:

  • 1. (la noción de “la condición humana” que culturalmente ha asumido la humanidad hasta nuestros días de globalización impide al ser humano desarrollarse en sintonía con su verdadera naturaleza.)
  • 2. (Oriente y Occidente)
  • 3. (“la complementariedad cultural” devenida de la convergencia de Oriente y de Occidente)
  • 4. (SRI SATHYA SAI BABA: EDUCARE: la educación que permitirá a la humanidad progresar hacia una nueva Edad de Oro)
  • 5. (la cultura que cultiva el alma humana)
  • 6. (estrategias educativas)

1. (la noción de “la condición humana” que culturalmente ha asumido la humanidad hasta nuestros días de globalización impide al ser humano desarrollarse en sintonía con su verdadera naturaleza) [1]

Los años transcurridos del siglo XXI no han representado un avance en las soluciones que exige la ya dramática situación en la que humanidad se ve naufragada e impotente de alcanzar un puerto seguro. Y no se percibe una seria reflexión ni una toma de decisiones eficaces, y por ende drásticas, en los organismos mundiales que revierta el escenario en el que nos encontramos. Todo cuanto se debate en la ONU es estéril desde que se inician los discursos de los dirigentes mundiales presumiblemente para presentar soluciones viables a la crisis. La OCM sólo mira los intereses de los poderosos y de los mercados que éstos gobiernan. Lo saben ellos y lo sabemos todos los que nada podemos hacer al respecto que no sea alzar la voz frente a tanta injuria hacia la vida de millones de hombres y de mujeres que necesitan que la humanidad dé un giro en espiral para que se atiendan a sus urgentes necesidades, porque sus vidas se desarrollan en unas condiciones absolutamente inhumanas. Y no podemos olvidarnos de la vida que no habla con acento humano, que no sólo dependemos de ella, sino que es parte nuestra como nosotros somos parte suya. El deterioro del Planeta está causado por la irresponsabilidad de todos los ciudadanos que lo habitamos. No nos cansaremos de declarar tan evidente verdad. Porque no es sólo responsabilidad de quienes nos gobiernan, sino del nivel de conciencia humana con que el que todos, absolutamente todos los seres humanos, reflejamos nuestra incivilizada irresponsabilidad, que evidencia una innegable deshumanización de nuestras vidas, condicionadas por los valores de la ideología mercantilista y/o del racionalismo materialista que impone el “sistema global” del capitalismo, hoy de rostro financiero, regente omnímodo, y omnipresente como idea inscrita en cada cuerpo/mente de cada uno de los seres humanos y en el inconsciente colectivo. El “sistema” elabora ideas que el “yo” individual comparte y el “nosotros” colectivamente compartimos como si de un todo autómata se tratara. El “sistema” genera necesidades que se imprimen en nuestros cerebros individuales y el “yo” las desea, como las desea el “nosotros” colectivo. El “sistema” produce cuanto “la vida del yo” necesita, desea y consume, ideas/productos culturales o materiales que se adhieren a “esa vida individual”, de tal manera que “el yo” los identifica consigo mismo, como si “eso” fuera “él mismo”, parte integrante/consustancial a sí mismo; otro tanto sucede con el “nosotros” colectivo, que vive identificado con cuanto el “sistema” genera. Y a esta generación de necesidades y consumo creadas/fabricadas por el “sistema” está sujeta aquella noción que se ha conocido culturalmente como “condición humana”, propagada por la filosofía y la literatura inicialmente, y por los omnipresentes medios de publicidad y comunicación en nuestros días de conectividad global.

“La condición humana” a la que nos ha arrojado el “sistema” (y con la noción de “sistema” nos estamos refiriendo a todos los modelos sociales, económicos y políticos por los que ha transcurrido la vida humana desde sus inicios vividos como grupo social que crea una comunidad que la organiza, autorregula y gobierna) viene determinada por la pérdida del “valor de lo humano”, que de por sí, por suya naturaleza, hace digno y libre a cada uno y a todos los seres humanos. Este “valor de lo humano” ha sido destacado en las tradiciones de sabiduría, de Oriente y de Occidente, como la naturaleza subyacente de cada ser humano, su verdadera naturaleza, su esencia ineludible, incluso si no se reconoce en ella. Nuestras tradiciones de sabiduría han hablado de valores humanos universales, consustanciales a cada hombre y mujer desde su nacimiento. Unas las han relacionado directamente con su esencia divina o átmica (tradición védica) o budheidad (budismo); otras con la “virtud” que radica en el corazón de los hombres (China taoísta y confuciana); otras con el fuego sagrado que pulsa en cada corazón humano (zoroastrismo); con el alma divina (judaísmo, cristianismo, islamismo), etc. Pero todas ellas las distinguen de los valores culturales o patrióticos o de la ciudadanía o constitucionales, como hoy se proclama, coyunturales o circunstanciales todo ellos, creados por la cultura que rija en una época o etapa de un país o de una región particular, que caen en desuso por la vigencia de nuevos valores generados por una nueva etapa cultural. Los valores humanos son inherentes a la humanidad y permanentes en cada etapa evolutiva humana. Y en estos días de emponzoñada crisis global que nos sofoca y nos permea y se nos enquista en cada ser humano como un absceso infectado, el “sistema” nos recuerda en cada instante de nuestras vidas, con todos los medios de los que dispone (incluyendo, cómo no -sería cínico ponerlo en duda-, a los de la comunicación o los “medios” y los otros de la propaganda publicitaria), con el fin de extinguir lo que todavía permanece digna, voluntariosa y conscientemente sostenido y defendido de nuestra “humanidad” inherente.

En otros trabajos hemos reflexionado sobre cómo “la condición humana” que hemos asumido como individuos y como colectivo humano, nos recuerda en todo momento  el valor de lo limitado y de lo “condicionado” por “mi circunstancia”, a la que hay que salvar para salvarse uno mismo, afirmaba Ortega y Gasset. “Condición humana” que nos ciñe inexorablemente, seamos conscientes o no de su pertenencia a nuestra “condición” de seres humanos, porque vive anclada en nuestro subconsciente, en nuestra memoria que se rescata a sí misma en cada momento de nuestras vidas, haciéndose presente en ellas, y restituyéndose en el inconsciente colectivo, pero que en una indagación objetiva y profunda, como nos aconseja la tradición védica, o algunas de las psicologías humanistas adscritas a los nuevos paradigmas, como, por ejemplo, el paradigma transpersonal, no es innata al ser humano, como se cree, o se nos hace creer. No somos “dependientes” de ella, en modo alguno; pero sí es aprendida y “recosida” culturalmente, de formas muy diversas, a nuestras mentes. Para concretar y expresar lo afirmado más claramente, diremos que es el fruto de una educación y de una cultura desde las que se nos imponen ideas, creencias, criterio, opiniones, necesidades, deseos, etc., todo ello creando un carácter acorde a la “idea” que se nos ha impuesto sobre lo que “es” un ser humano; producto, claro está, de las ideologías dominantes, provenientes de credos políticos que han revestido sus ideologías de religiosidad y de fe, siguiendo sus seguidores los intereses partidarios de sus líderes. O por los credos religiosos desnaturalizados por la ideologización de sus dogmas y de la fe que predican sus líderes. Unos y otros credos, se han retroalimentado mutuamente desde milenios, y en nuestros días de impiedad y deshumanización de la vida del ser humano, individual y colectivamente, han revestido su naturaleza ingénita  de la más absoluta desnaturalización. Y con la desnaturalización o deshumanización humana, el tejido de la vida planetaria se resiente y vive amenazado, porque su extinción es posible dadas las “circunstancias” que se aferran a nosotros, como nosotros nos envolvemos en ellas, que supondría la extinción del ser humano de la faz de la Tierra. ¡Ironías del destino provocado por la mente humana que dice ser quienes somos y las “circunstancias” por ella creadas!

Insistimos en que la condición humana se nos impone desde las cúpulas del poder (educación, cultura, ideologías…) para conducir nuestras vidas activando deseos y emociones, sensaciones e impulsos, carácter y destino, “condiciones que hemos de arrogarnos” que nos mueven a “participar” en el juego de un mundo deshumanizado por los valores que lo rigen, que han logrado superponerse sobre los valores humanos que son innatos y universales, de todos sin distinción, propios de nuestra “humanidad”, tales son el amor desinteresado, la rectitud moral en nuestra conducta, la compasión y la fraterna cooperación universal, la verdad, la paz, la no violencia, la idea de no separatividad, que no excluye a nuestros congéneres, especialmente a los más desentendidos y necesitados, etc.

La idea que equipara la “condición humana” con la vida animal, tal afirmaba el nada rousseauniano Hobbes, cuando declaraba que “el hombre es un lobo para el hombre”, no se corresponde en modo alguno con la “humanidad” que guarda el corazón del ser humano. Esta idea agresiva y devoradora, por animalesca, está en la mente de quienes no saben mirar atentamente la vida más allá de las apariencias. Por boca de Rafael Hitlodeo, Tomás Moro -interlocutor en su propia obra con el enigmático personaje que regresaba de la Isla Utopía- nos mostraba el camino, no de la utopía imposible, sino de la topía que recoge en un espacio físico y en un tiempo concretos cuanto de “valor de lo humano” contiene cada ser humano y “lo pone en práctica”, porque lo realiza mediante cada uno de sus pensamientos, de sus palabras, de sus actos. Recordemos cómo Rafael Hitlodeo expone al Canciller Moro en el relato de Utopía: “Yo he estado en Utopía”. Yo he estado y he visto cómo el ser humano puede comportarse en sintonía con el valor inherente de su “humanidad”. Rousseau creía en la inherente bondad del ser humano y en la “pérdida” de esa bondad debido al contacto con la sociedad, que había asumido “la condición humana” que no es natural, ya que no se corresponde con su verdadera naturaleza. Una sociedad que había perdido de vista la conciencia de la “humanidad” del colectivo humano en su dimensión individual y colectiva, histórica y evolutiva, no como una abstracción. Cuando se asume “la condición humana” la vida de un hombre o de una mujer estará “determinada” por su propia circunstancia “asimilada” a su proceso existencial, prescita y formulada también, por tanto, por el espacio y el tiempo que le corresponde a su existencia terrestre. No obstante, como expresa la tradición védica, si la humanidad logra trascender esta contingencia existencial, de naturaleza cultural, y por tanto transitoria y efímera, “desha, kala y paristhiti” (el espacio, el tiempo y las circunstancias) no podrán limitar a ningún ser humano, porque no estará circunscrito por ninguna idea que le traiga a la memoria que es un “ser condicionado”, nos recuerda el Bhagawan Sri Sathya Sai Baba, insistiendo en la idea védica de contemplar la vida con el ojo del espíritu, no con el ojo físico o con el de la mente, como ya nos lo expusieron Plotino y San Buenaventura, en nuestra civilización occidental, en el siglo III el primero, en el XIII el segundo.

2. (Oriente y Occidente)

Fue en el siglo XIX cuando en Oriente y en Occidente se comenzó a tomar consciencia de que se estaba produciendo un contacto cultural entre ambas regiones del globo, como consecuencia de la colonización de Oriente, el lejano y el más próximo, incluyendo al subcontinente indio, por los países occidentales que se habían colocado en la primera línea del progreso que trajo consigo el desarrollo económico del liberalismo. Mucho se ha escrito sobre la ambición desmesurada de los países colonizadores y cómo lograron expandir los valores de la civilización/cultura de Occidente por una gran parte del territorio oriental, produciéndose la progresiva pérdida de los valores de sus tradiciones culturales por la obligada asimilación de los valores que el liberalismo enarbolaba. Este contacto, que ya venía produciéndose de forma continuada entre las culturas de Oriente y de Occidente desde la Edad Antigua, ha sido determinante durante el pasado siglo XX, permitiéndonos reconocer que también Oriente ha colonizado a Occidente, fascinado por sus tradiciones de sabiduría.

Oriente nos ha permitido, o más bien, nos ha recordado la necesidad de tomar conciencia de que la vida, en toda su variedad y riqueza, ha de mirarse “diluyendo el sujeto en el objeto”, como nos recordaba Edgar Morin en su enciclopédica obra El Método, porque de este modo podremos descubrir la unidad de la vida. La influencia de la vertiente zen del budismo queda reflejada en la recomendación del filósofo francés.

Con lentitud, pero con paso firme, Occidente, y el Oriente, occidentalizado por las sucesivas colonizaciones de sus pueblos, va re-descubriendo esta noble verdad con la que se nos recuerda, al mundo global occidentalizado al completo, una vez más, nuestras olvidadas tradiciones de sabiduría. Hemos hablado en otro lugar acerca de cómo este contacto cultural entre Oriente y Occidente ha enriquecido todo el edificio del mundo global, aunque este enriquecimiento, expresado como una conciencia consciente de vivir en la excelencia del valor de lo humano, aún no se manifieste en el tejido social global con la fuerza que está mostrando esta transformación de la conciencia en los sectores sociales y culturales más sensibles al cambio. Aún, la mayor parte de la humanidad, vive enroscada y sin salida envuelta por los valores que la mundialización de la economía mercantilista ha ido imponiendo desde que comenzó su ímpetu arrollador el liberalismo, allá por el siglo XIX.

La relación de las visiones del mundo oriental y occidental, hasta una fecha muy reciente, ha venido considerándose atendiendo a la idea de par de opuestos, de contrarios, de ahí que se hablara de un Occidente versus a un Oriente, opuestos en visiones del mundo y en actitudes y actuaciones con/y en ese mismo mundo que se pretende conocer y explicar, en virtud de enfrentar el principio rector que conforma una y otra visión del mundo: la dualidad como eje axial con el que se desarrolló el saber del mundo en Occidente, su conocimiento y su organización social; la unidad, por otro lado, como principio generador del saber y de la vida en Oriente. Pero un análisis detenido, procurando atender qué principios filosóficos organizan las tradiciones de Oriente y Occidente, esta oposición de visiones del mundo contrapuestas se diluye. Y como algunos de los nuevos paradigmas no mecanicistas (que surgieron de las fisuras que se generaron en el viejo Gran Paradigma de Occidente como consecuencia de sus contradicciones internas) nos han presentado, con argumentos científicos, filosóficos y epistemológicos -tal el nuevo paradigma de la física, iniciado ya en los primeros años del siglo XX-, que es más apropiado hablar de “complementación de los saberes (y cultura, por tanto) de Oriente y de Occidente. [2]

3. (“la complementariedad cultural” devenida de la convergencia de Oriente y de Occidente)

Desarrollar en profundidad en estos apuntes sobre educación las ideas expuestas en el apartado anterior -aunque de ella dependerá la re-educación y revitalización de la comunidad educativa, además de redirigir los sistemas educativos en la dirección que engarzarían con el propósito por el cual fue instituida la educación- nos conduciría a reiterar lo ya expuesto en otros trabajos [3]. De forma esquemática expondremos algunas ideas que clarificarán al lector nuestra intención de dar a conocer que este acercamiento de Occidente a Oriente ha podido devolver a la educación su propósito, su finalidad y su esencia, allí donde ya se está levantando la educación sobre los pilares de un cambio de conciencia que alzará el edificio de un nuevo mundo, superando/trascendiendo el viejo mundo creado por las aplicación de los principios inherentes a la cosmovisión de dualidad, en la que se gestó y se desarrolló el Gran Paradigma de Occidente, o paradigma mecanicista, siendo el promotor del sistema capitalista desde que se desarrollara a comienzos de la Edad Moderna, junto con los principios científicos y filosóficos del racionalismo cartesiano-newtoniano que lo propulsaron.

El nuevo giro que se está produciendo en la educación se ha logrado, insistimos, mediante el encuentro de Oriente y Occidente, cuyos saberes nunca dejaron de estar conectados, aunque sí fueron no atendidos por un Occidente inclinado más hacia el desarrollo externo relacionado con el mundo físico, que involucraba el desenvolvimiento del progreso científico y económico al servicio de un ser humano insaciable y desnaturalizado, que hacia el desarrollo interior del mismo.

En la tradición védica, VIDYA es el término que expresa Conocimiento. Como quiera que el conocimiento ha de ser el Conocimiento del Ser, éste se abría, como estrategia cognitiva, tanto a la educación como a la filosofía o a la espiritualidad, sin olvidarse de la ciencia, que siempre fue un pilar importante en el saber oriental. VIDYA era, por tanto, SABIDURÍA, porque trataba del conocimiento mediante el cual el ser humano logra conocer su verdadera naturaleza, no distinta del Ser Único, pues indiviso a Él se reconoce cuando descubre su verdadera realidad, al tiempo que le proporcionaba las herramientas para establecerse inequívocamente en tan sublime y prístina Realidad Única. Pero no sólo VIDYA se refería al conocimiento interno del ser humano, también mostraba tanto el conocimiento del Cosmos (léanse con detenimiento los textos de los Puranas hindúes o el Mahabaratha, más reciente, una de las dos grandes epopeyas de la India) y de las leyes que lo rigen, como las del entorno próximo del hombre con el que a diario trata, o más bien crea con su pensamiento y actuar.

Esta concepción del Conocimiento como “sabiduría” que devuelve al ser humano a su verdadera realidad, también la encontramos en Occidente, en los presocráticos (Parménides y Heráclito…) y en Sócrates.

Posteriormente será desarrollado por el Neoplatonismo, hasta la irrupción del racionalismo del siglo XVII que lo encierra en la indiferencia, pero no lo destruye ni lo deja caer en el olvido. Recordemos que el racionalismo griego tampoco supo reconocer esta vertiente del Conocimiento que trata del Uno indivisible, aunque éste aparezca como la diversidad con la que se manifiesta como la realidad objetiva que llamamos al Cosmos. [4]

Recordemos que la críptica sentencia “conócete a ti mismo” juega un papel axiomático en el conocimiento iniciático durante la Grecia clásica, estando vinculada a la filosofía y a los misterios. Descifrar tan enigmático y críptico pronunciamiento era labor de indagar en el Conocimiento como Sabiduría; Conocimiento iniciático, pues, como la ciencia lo era, afirmación que se desprende de algunas de las reflexiones indagatorias que encontramos en el pensamiento de Sócrates transmitido por Platón.

De Sócrates, que en ocasiones fue comparado con un sátiro, por su aspecto físico, se cuenta una anécdota, según la cual Zopico, un adivino sirio, le dijo que su rostro evidenciaba a un estúpido y libidinoso, sin saber de quién se trataba. Los que presenciaron la anécdota, que sí conocían a Sócrates, se rieron. Sin embrago, Sócrates dijo que no estaba descaminado, pues era la educación lo que le había permitido superar tan bajas inclinaciones.

El sarcasmo y la ironía de Sócrates son evidentes, ya que todos los que lo conocían eran sabedores de la sabiduría del Maestro por excelencia de la Antigüedad griega. ¿A qué educación se refería Sócrates?

La educación, la paideia griega, tenía como propósito descubrir al educando la naturaleza de su esencia universal, que ha de verse reflejada en la praxis de su “humanidad”. Esta esencia, cuando se conoce y se desenvuelve progresivamente en el proceso educativo, va “madurando” formando un carácter que se desarrolla en el periodo educativo en sintonía con la propia esencia del educando, su verdadera naturaleza, o la del ser humano en cualquiera de sus etapas existenciales, pudiendo expresar, entonces, las cualidades o valores que vienen ya dados con su nacimiento, por lo que hay que entender que dichas cualidades están en “potencia” en todos y cada uno de los seres humanos.

Sócrates es bien claro en este aspecto: gracias a la educación pueden ser corregidas las bajas inclinaciones que el “adivino” creía “reconocer” en él.

En la antigüedad romana: La educación responde estrictamente al significado que su etimología expresaba: “educare”, vocablo compuesto por la preposición ‘ex’ (“fuera”) y el infinitivo “ducere” (“conducir”, “llevar”, “guiar). ¿Qué se quería expresar exactamente en el mundo romano con el vocablo latino ‘educare’, si no el proceso educativo que permitía dar a conocer el potencial que el ser humano/educando “llevaba dentro de sí”, desde el nacimiento, debiendo ser desarrollado en el proceso educativo y manifestado en su vida diaria?  Conocimiento y la práctica del mismo es la base de una educación que promueve la excelencia humana. Se trata del conocimiento de sí mismo (“conócete a ti mismo”), pues no puede ser otro, que sin práctica será estéril. Cualquier conocimiento lo requiere en nuestra vida cotidiana, de otro modo estaríamos atados a la inutilidad e ineficacia.

Posteriormente a la Grecia y a la Roma clásicas, este Conocimiento será desarrollado por el Neoplatonismo, hasta la irrupción del racionalismo del siglo XVII, pero siempre se mantuvo vivo a través de la tradición iniciática. Y sin la menor duda siempre fue declarado en Oriente como el Conocimiento que muestra la Ciencia que descubre los misterios de la Vida, de Dios, del Cosmos y del hombre, al tiempo que devuelve al ser humano a su verdadero ser, o Ser Único, para ser más exacto.

Insistimos en la importancia que debe concedérsele al contexto originado por el acercamiento cultural de Oriente y Occidente, que nosotros hemos llamado en varias publicaciones “complementariedad cultural” [5], porque sin tal conexión y encuentro definitivo entre ambas culturas de uno y otro lado de Planeta, no podría explicarse el nacimiento de nuevos paradigmas que abrirían a Occidente la puerta hacia un nuevo saber y una nueva cultura en los años cincuenta del pasado siglo, ya que no podría comprenderse tampoco el desarrollo del nuevo saber en el Occidente mecanicista, en física y en otros dominios de la ciencia dura, sin que podamos olvidarnos de las disciplinas humanísticas y sociales. Otro tanto debemos decir de Oriente, respecto del desarrollo científico-técnico, pues la aportación de Occidente ha supuesto un impulso importante para el desarrollo de sus pueblos, y con él, la posibilidad de sumarse al mundo global que, si bien en sus aspectos negativos lo encierra y comprime al dificultar desenvolver sus culturas autóctonas en sintonía con los valores humanos universales consustanciales a cada uno y a todos los seres humanos, por otro lado nos ofrece el espacio idóneo para crear un ágora global que genere las condiciones que nos permitan desarrollar el cambio cultural y civilizatorio que necesita el colectivo humano para dar el salto cualitativo hacia una nueva humanidad y un nuevo mundo. Ya en los últimos años del siglo XIX, Vivekananda, en su intervención en el Parlamento de las Religiones, reunido en Chicago en 1893, con motivo de la Exposición Universal, pedía a los científicos e intelectuales de Occidente que desarrollaran sus trabajos de investigación desde la visión de unidad. Asimismo, el joven sabio hindú demandaba la colaboración entre Oriente y Occidente. Su éxito fue inmediato, siendo aclamado por todos los asistentes. Vivekananda emprendió, entonces, una amplia gira de conferencias por los Estados Unidos, Inglaterra y Suiza. Tal vez la suya fue la primera vez en la que se expresó la necesidad de trascender el modelo de saber humano basado en la visión dual.

En los meses en los que permaneció en Occidente, viajando por EE. UU y Europa, Vivekananda propuso un fértil pacto: Occidente aportaría a Oriente su técnica superior y Oriente le revelaría los secretos de la espiritualidad, reunificando materia y espíritu, complementariedad o síntesis, que posteriormente supieron seguir, con deslumbrantes resultados en el terreno de las ciencias duras y de las ciencias blandas, y en el terreno de la epistemología, los nuevos paradigmas, especialmente la física, tanto teórica como experimental, ya que inició la nueva andadura de la ciencia desde las primeras décadas del siglo XX, arrastrando tras sí un importante sector de la ciencia mecanicista .

Al mismo tiempo que se desarrollaban los nuevos paradigmas en ciencia y en pensamiento, el liberalismo iniciaba la veloz carrera hacia la mundialización de la economía del mercado, superponiendo los valores del capitalismo sobre los valores de las culturas nativas colonizadas. Pues “colonizar” el mundo ha sido el resultado de la expansión del capitalismo por todos los rincones del Planeta, desde sus inicios, en los comienzos de la Edad Moderna.

¿Qué ha significado “superponer/implantar” los valores del mercado y del consumo que definen al “sistema” capitalista colonizando cada rincón de la “aldea global”? En la medida en que los valores del mercado/consumo se han ido incorporando a la dinámica del mundo globalizado, los seres humanos se adentraron y se identificaron en/con la ideología/valores del “sistema capitalista” de producción y de mercado inicialmente, desarrollando vertiginosamente una capacidad producir y de consumir desmedida, para fijar su status en un sistema regido por el sector  financiero posteriormente, dominador del mundo de las finanzas y de las economía, rigiendo sobre naciones y gobiernos. Este capitalismo es el que nos desalienta y nos oprime en nuestros días con una crisis dramática y sin fondo, que aliena a los billones de seres humanos que nos sobrevivimos en el mundo global, extrañándose cada quién de sí mismo, habiéndose olvidando qué significado tiene el “valor de lo humano”.[6]

La crisis que nos azota, no contiene su significado más dramático en el deterioro de la economía mundial, sino en la desnaturalización del ser humano, y con ella la deshumanización de su vida en toda su dimensión existencial, causas reales de la crisis económica; pues, como hemos afirmado en numerosas ocasiones, la crisis que vivimos y de la que no sabemos encontrar una puerta de salida -(¿porque no conocemos la naturaleza del laberinto en el que la existencia nos ha colocado y no hallamos a una Ariadna que nos dé las indicaciones/conocimiento del entramado del laberinto para hallar la puerta de  salida?-), es una crisis de conciencia, y de civilización por tanto. El entorno natural en el que vive la humanidad bien conoce cuánto daño y desgracia ha conllevado tan deshumanización del ser humano.

La cultura y la educación han devenido, en este contexto de deshumanización, sucedáneos de lo que deben significar. Revitalizarlos y redirigirlos será la única tarea fértil que debemos exigirnos para salir de la crisis de terribles consecuencias que estamos viviendo en cada uno y en todos los pueblos del planeta.

¿Qué educación y qué cultura deben reemplazar la pseudo-cultura y la pseudo-educación que sufrimos y nos enajena al borde ya de finalizar la segunda década del siglo XXI, que no quiere soltarse aún de los viejos usos y ataduras que nos hechizaron durante el siglo XX?

Una educación que nos restituya a la conciencia de los valores esenciales que nos definen como seres humanos y que son la única tabla de salvación en nuestra titánica travesía por las tumultuosas aguas de la crisis que nos ahoga, porque hemos preferido caminar/progresar de espaldas al potencial de perfección que nuestra naturaleza contiene, que es nuestra -la perfección- por derecho de nacimiento, dando rienda suelta a la vorágine de una mente que nunca se sacia de volcarse hacia afuera para poseer/dominar/codiciar cuanto del mundo los sentidos le ofrecen. Si bien en la naturaleza de la mente está su tendencia a exteriorizarse, ésta no es el ser humano, es un útil, una herramienta que ha de estar bajo el dominio del ser humano, que es, en su más intrínseca naturaleza, iluminado, libre, eterno, como declaran los Upanisah hindúes, fuente inagotable de inspiración para alcanzar el Conocimiento de no dualidad. El Gran Upanisad del Bosque expone en uno de sus sutras: “Los seres humanos, en principio serenos, incondicionados y eternos por su misma naturaleza, son idénticos, sin distinción alguna, con el Ser real que es puro, pleno y eterno”.

Si en el Renacimiento europeo se buscaba, y se anhelaba, en cada ámbito de la existencia humana, la excelencia del ser del hombre y de la mujer, ha llegado el momento, no de buscar tan sublime estado, sino de conocerlo en toda su profunda comprensión y expresar la perfección que les es inherente, propósito por el que fue creado cada uno de los seres humanos, y aun de todos los seres de la Creación.

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NOTAS

[1] Ver en esta misma Web “Trascendiendo la noción de “condición humana”, en: Categoría ‘Construyendo un mundo nuevo’.

[2] Incluso ambas cosmovisiones se entrelazan en ocasiones en las tradiciones culturales de estos dos “viejos mundos” que rigieron civilización, cultura y organización social en sus respectivas regiones. Sólo se precisa de una atención rigurosa a los textos de sus tradiciones de sabiduría. Reflexiónese sobre la importancia de la influencia las tradiciones orientales del budismo y de la vedanta en la región del Próximo Oriente (Turquía, Irak, Irán, Siria, Afganistán) documentada desde la Grecia Antigua. Más adelante, la declaración de Plotino testimonia que aún en el Siglo II de nuestra Era, se conocía el muy estimado conocimiento proveniente de la India. Los Maestros de Gurdjieff, entre los siglos XIX y XX, según sus propias palabras, también testifica la presencia de las tradiciones orientales en la zona. Sin la diáspora provocada por el exilio del pueblo tibetano, junto a la expansión de la tradición védica, sería difícil explicar los nuevos paradigmas que han impulsado el conocimiento científico, humanístico y social, del siglo XX, en una nueva dirección a la que el academicismo va adhiriéndose, si bien lentamente, sin dejar de sentir su pujanza e influencia.

[3] En los Albores del Siglo XXI. Reflexiones sobre el nuevo paradigma social no mecanicista: el humanismo global. Díaz, Esteban, Tiger Moon Productions, Bangalore, India, 2009 (2011, 2ª Edición, agotada).

[4] Véase el Poema de Parménides o los “Versos” de Heráclito, quienes inequívocamente declararon esta vertiente del Conocimiento.

[5] Ver: Nota [2]

[6] Ver: Nota [2]

[CONTINÚA]

30 diciembre, 2017Permalink