Integración cultural. Conciencia ecológica. Revitalización de la comunidad educativa.

“Hacia una integración cultural de los valores humanos universales.
La conciencia ecológica y la revitalización de la comunidad educativa”.
(Editado EN: Suplemento al Nº 16 de Septiembre de 1999 de “ANDALUCÍA EDUCATIVA”,
Revista de la Consejería de Educación y Ciencia de la Junta de Andalucía .

 La “era planetaria” o “de la globalización” ha traído consigo la conciencia generalizada de una crisis compleja y multidimensional de incalculables consecuencias para la vida del planeta, además de la percepción de que el modelo de “pensamiento de simplicidad”, “mecanicista”, que rige nuestra occidental parte del mundo desde el nacimiento de la Edad Moderna como “Gran paradigma de Occidente”, está siendo desplazado por la “naturaleza compleja” de un pensamiento que presenta, por un lado, la aparición de nuevas propuestas paradigmáticas (científicas y sociales) que apuntan hacia una nueva visión de mundo y, por tanto, de un nuevo paradigma social no mecanicista, esencialmente de naturaleza ecológica; mientras que, por otro lado, se presenta la globalización y los mecanismos técnicos mediante los cuales se diseña e impulsa, como una auto-revolución del mecanicismo capitalista en su etapa de “mundialización liberal” [1] -transformación que no afecta a los principios que fundamentan la visión mecanicista-, logrando consolidar, en las dos últimas décadas, el modelo del “Estado del Bienestar”. Una y otra concepción del mundo, percibiéndose a sí mismas en un proceso de globalización irreversible, están abocadas, por el momento, a coexistir.

En este contexto de “rito de paso” del sujeto colectivo, la comunidad educativa, fundamentalmente europea, reflexiona sobre una reforma que asiente un modelo educativo con el que afrontar el siglo XXI, enfatizando el debate sobre valores y la aplicación de éstos en la vida diaria.

Pero no debe olvidarse que la crisis educativa es consecuencia de la crisis global de valores que ha resquebrajado los cimientos del “Gran paradigma de Occidente”, y que ha de considerarse como una crisis interna, de conciencia, que toca “el nivel más profundo de los fundamentos culturales de Occidente” [2], hecho éste que hace difícil una salida de la crisis desde los mismos principios que la originaron.

Sin embargo, el camino iniciado por nuestra comunidad educativa para promover un cambio en educación y el debate sobre valores se inscribe en el seno mismo de una de las dos direcciones mencionadas: la que profundiza el modelo del “Estado del Bienestar”, olvidándose de aquélla otra que impulsa una nueva visión de mundo que, mediante la aplicación de los principios y valores que la rigen, está produciendo un relieve de conciencia en el tejido social, que explicita, al mismo tiempo, un desplazamiento de la competición a la cooperación, de la auto-afirmación (expresada por medio de valores y modos del pensamiento masculino: racional-analítico/ exteriorizado/ reduccionista/ excluyente/ lineal)  a la integración (intuitivo/ interiorizado/ feminista/ no conceptual/ inclusivo/ no lineal/ global); de la expansión (no ecológico) a la conservación (ecológico); de la cantidad a la calidad; del dominio a la asociación.[3]  Este desplazamiento de unos valores por otros es un claro síntoma de la emergencia del nuevo paradigma social no mecanicista, ecológico, que se manifiesta mediante un cambio de conciencia.

¿Pero qué principios y qué valores sostendrán la nueva visión de mundo y el nuevo paradigma social ecológico? La visión del mundo mecanicista hunde sus raíces en la concepción dialéctica (por juego de opuestos) de Occidente [4], que se inicia con el pánta réi heracliano, que manifiesta la idea del continuo devenir de los opuestos, generando tensión y conflicto, y se profundiza en el siglo XVII incorporando una novedad “técnica” que pasaría a definir, no sólo la cultura del Barroco, sino la visión del mundo de Occidente: la “representación dialéctica del mundo”, expresada magistralmente en El Quijote mediante el lenguaje-escritura, determinando la ruptura definitiva con la experiencia cultural del pasado [5]. Tensión, confrontación y conflicto, conceptos que se resuelven en violencia cuando no arbitra una racionalidad dialogante.

La nueva visión del mundo no mecanicista se articula desde la idea de “unidad”. En física, la teoría cuántica nos fuerza a ver el Universo como una red de relaciones entre las diversas partes de un todo unificado, superando la idea de los opuestos que “son conceptos abstractos pertenecientes a los dominios del pensamiento y como tales relativos” [6]. Las tradiciones de sabiduría orientales explican que la vida, la actividad, produce un “roce”, una “tensión mínima” que viene dada con la existencia. Añadir mayor tensión al mínimo roce que la vida exige para la existencia es consecuencia de la ignorancia, que ha de ser superada mediante la sabiduría. Este “añadido” de tensión que genera el conflicto y la violencia se produce como expresión de la visión dialéctica, del juego de los opuestos, pues en el universo no hay opuestos. Es la mente humana la que introduce las parejas de opuestos y su confrontación. Si el mundo es entendido desde la confrontación de los opuestos, la tensión devendrá conflicto y violencia; pero si se percibe que en el universo todo es interdependiente y complementario, porque todo es completo en sí mismo y complemento en sus relaciones, la tensión se resolverá en cooperación, integración, complementariedad. ¿Dónde encontraremos, pues, la idea de oposición y el resultado de la confrontación de los elementos en litigio?

Es esta la pauta que organiza la nueva visión de mundo y que marca verdaderamente la “ruptura” con el paradigma mecanicista, dialéctico y excluyente.

Esta idea de complementariedad nos sirve para ampliar aún más el contexto del debate sobre los valores humanos que debemos procurar sea fértil y globalizador.

En el desplazamiento de unos valores hacia otros, la convergencia cultural de Oriente y Occidente ha sido determinante y sumamente fértil para la emergencia de la nueva visión del mundo, pero también en el análisis y definición de los valores mismos dentro del nuevo paradigma social no mecanicista. Las tradiciones culturales de Oriente son, en esencia, de naturaleza humanista, situando el énfasis en la virtud, la sabiduría y los valores humanos, así como en una educación centrada en una conducta personal en armonía con el orden social, en la tolerancia, en la ecuanimidad, en la justicia social y en el bien colectivo, en ser verdaderamente uno mismo, así como en la honestidad en las relaciones sociales, lejos de los convencionalismos, como se desprende, por ejemplo, de los textos chinos taoístas y confucionistas [7]. Así, el nuevo paradigma social no mecanicista es, igualmente, de Oriente y de Occidente, e impulsa la revitalización del tejido social planetario mediante una cultura de integración de los valores.

Pero, cuando hablamos de valores, ¿a qué valores nos referimos?, porque todas las expresiones que usamos apuntan a valores “culturales”, “de mercado”, “materiales” o “espirituales”, y rara vez nos hablan de “valores humanos”; como si el adjetivo “humano” hubiera perdido toda referencia semántica respecto del sustantivo “valor” en una “era planetaria” que consolida el camino de deshumanización progresiva recorrido por la humanidad a todo lo largo y ancho del siglo XX.

Así, la recuperación del término “humano” en la reflexión sobre los valores sitúa el debate en el camino correcto, si se quiere lograr una sociedad y cultura verdaderamente “humanizadas”, en las que la racionalidad dialogante sea medida por valores humanos a los que se supediten otros que, siendo importantes atenderlos para el desarrollo humano, deben incorporarse sólo si son compatibles con aquéllos.

La globalidad cultural de la “era planetaria” debe construirse, pues, desde la integración cultural de los valores dentro de la idea de una globalización pensada desde la complementariedad de la culturas de Oriente y Occidente. Es, ahora, con el advenimiento de la “era planetaria” y la emergencia del nuevo paradigma social no mecanicista, cuando percibimos que los valores que han definido a las tradiciones culturales de Oriente no eran “opuestos” a los valores expresados por la cultura occidental. Así, el nuevo paradigma social no mecanicista se define por su naturaleza ecológica y por la consciencia de recuperar la tradición humanista de Occidente en una nueva perspectiva humanista de complementariedad cultural, de convergencia entre las dos grandes visiones del mundo.

Desde el nuevo paradigma social no mecanicista no existe un Oriente versus Occidente; sí dos formas diferentes de mirar el mundo y comprenderlo. La aproximación de una y otra percepción del mundo ampliaría nuestro conocimiento sobre nosotros mismos y sobre el universo que nos expresa; asimismo comple(men)taría una concepción humanista de los valores, global, ecológica.

Pero, cuando hablamos de paradigma social ecológico, ¿a qué concepto de “ecología” nos referimos?  El pensamiento ecológico, de naturaleza sistémica, concibe que las comunidades organizativas humanas (educativa, de la salud, jurídica, productiva, financiera, política, etc.) podrán revitalizarse utilizando (comprendiendo) los principios básicos de organización de las comunidades ecológicas (ecosistemas)[8]. Fritjof Capra concibió el concepto de “ecología profunda” (Deep ecology) para definir el paradigma ecológico en el que se concretaba la nueva visión del mundo, desvinculándolo de la ecología superficial (Shalow ecology), que es antropocéntrica, en la que el punto de vista del hombre está por encima o fuera de la naturaleza, a la que le da un único valor de uso. La “ecología profunda” no separa a los hombres de su entorno natural, la Naturaleza. En el tejido de la vida, es la vida la que organiza las relaciones que interconectan a todos los miembros mediante los cuales se expresa la vida misma. Para entender estas relaciones precisamos -dice Capra- un nuevo modo de pensar, un pensamiento en términos de relaciones, contexto y conectividad [9]. Cuando se comprende el modo en que los ecosistemas funcionan puede abstraerse de esta comprensión una serie de principios que pueden denominarse principios básicos de ecología. La comprensión de estos principios aplicados a la organización de las comunidades humanas es a lo que Capra llama “ecoltura”, conciencia ecológica (“ecoliterate”). Cuando se comprende el concepto de comunidad, entonces puede relacionarse con la condición humana y sus implicaciones, por ejemplo, dentro de la educación, hasta profundizar en los significados éticos y morales de las relaciones humanas y de su interdependencia.

Se trata, en definitiva, de la adquisición de una cultura ecológica o “ecoltura” que permita introducir en las escuelas los principios ecológicos, ayudando a “diseñar currículos ecológicamente orientados y transformarse ellas mismas gradualmente en comunidades de enseñanza, reflejo de comunidades ecológicas, de tal modo que los principios de la ecología se conviertan en principios de educación”.[10]

“Ecoltura” e “integración cultural de los valores humanos”, pautas que explicitan un humanismo ecológico, holístico, expresión cultural de un paradigma social ecológico, de unidad, integración y cooperación.


NOTAS

[1]  NAïR, Sami, “La época de las identidades”, EL PAíS, sábado 24 de julio de 1999.
[2]  MORIN, Edgar,
___“El desarrollo de la crisis del desarrollo”, EN: MENDÉS, Cándido (Dir.), El mito del desarrollo, Kairós, Barcelona, 1980, p. 223 y ss.
___El Método, (Vols. I, II, III, IV), Ediciones Cátedra, Madrid.
___MORIN, E. y KERN, A.B., Tierra-Patria, Kairós, Barcelona, 1993.
[3]  CAPRA, Fritjof, y STEINDL-RAST, David, Pertenecer al Universo. Encuentros entre Ciencia y Espiritualidad, Edaf, Madrid, 1994 (1991).
[4]  El término “dialéctica” está usado aquí con un significado, generalizado por el marxismo, referido al proceso de la propia realidad como espacio/tiempo en donde convergen fuerzas que litigan entre sí, con un resultado definido por el proceso histórico mismo.
[5]  FOUCAULT, Michael, Las palabras y las cosas, Siglo XXI, México, 1974 (1966).
[6]  CAPRA, Fritjof, El Tao de la física. Una exploración de los paralelismos entre la física moderna y el misticismo oriental, Luis Cárcamo, Barcelona, 1975 (1984), pág. 163 y ss.
[7]  WOLPIN, Samuel, La filosofía china según Confucio y Lao Tse, Kier, Buenos Aires, 1986.
[8]  CAPRA, F., The Web of Life. A new synthesis of mind and matter, Harper Collins, London, 1996.
[9]  CAPRA, F., y STEINDL-RAST, D., Pertenecer al Universo, Edaf, Madrid, 1994 (1991).
[10] SEMPAU, David, “Entrevista a Fritjof Capra“, EN: Tercer milenio. Desarrollo del ser humano, Nº 17, págs. 45-49.

27 septiembre, 2013Permalink