La utopía realizable

La utopía realizable, un nuevo paradigma y un humanismo global en la reflexión de Esteban Díaz (NOTA 1)

08/04/2011 – Autor: Hashim Cabrera – Fuente: Webislam

 

El imaginario colectivo del pasado siglo estuvo, en gran medida, construyéndose dialécticamente y de manera ficticia en torno a las polaridades oriente/occidente y capitalismo/socialismo, soportando una visión aún plenamente moderna, materialista y mecanicista que nadie osaba cuestionar. Amparadas bajo el paraguas del Progreso, aquellas polaridades horizontales e imaginarias hicieron posible la visión y la construcción de un ser humano socialmente individualista y culturalmente tecnológico, como morador inevitable de la aldea global que por entonces se estaba perfilando.

Tal dialéctica produjo, además de los últimos modelos sociales modernos, una brecha insalvable entre aquellos pueblos que precisamente propusieron la modernidad y aquellos otros que llegaron tarde y mal a ella, una ruptura que produjo las sociedades postindustriales del bienestar insertas en amplias zonas de depredación y de pobreza. La dialéctica se dejó, a renglón seguido, en manos del mercado, abocándonos a la consecuente liberalización económica y, finalmente, a la globalización contemporánea.

Ya en la década de los ochenta, tras la proposición posmoderna, a alguien se le ocurrió postular también el fin de la historia, de todas y cada una de las narraciones que hasta entonces la habían hecho creíble y legible. Los relatos que habían proporcionado unas ciertas identidades colectivas, baluartes de referencias existenciales y gnoseológicas, aparecieron entonces como meros mitos fundacionales, como narraciones ficticias elaboradas por los intereses de los distintos poderes —políticos, religiosos—, como definiciones relativas e interesadas, vacías de toda realidad inherente. Finalizando la década, la Caída del Muro de Berlín ayudó a confirmar estas tesis.

Poco tiempo después, en los noventa, los medios electrónicos de comunicación irrumpían en la vida cotidiana de todos los pueblos de la tierra con un mensaje tácito y claro: Sólo existe una forma de civilización, sólo una manera de vivir y de conocer, una sola cultura que es ahora fundamentalmente tecnológica, una cultura inserta en la sociedad mercantil, única forma eficaz de concebir y gestionar el mundo.

A finales de siglo, en 1999, en pleno fracaso de la Cumbre del Comercio Mundial en Seattle, aparecieron en la arena de este proceso de homogeneización cultural y social mundial nuevos e inéditos actores que iban a cuestionar precisamente el modelo que así trataba de preservarse y extenderse a toda costa. Herederos de los movimientos contraculturales de los sesenta, los altermundistas adquirieron, mucho más que sus antecesores sesentayochistas, una visibilidad que reivindicaba con fuerza avances sociales, cambios en el modelo de sociedad y en la propia consideración del ser humano. Se trató de la primera contestación coherente y eficaz a la globalización neoliberal que quiso imponer un denominado Nuevo Orden bajo la tutela de las bombas y del genocidio de toda disidencia. Un orden que no era ni mucho menos nuevo sino más bien la continuidad de la ideología imperial bajo la forma de la dominación corporativa.

El siglo XX terminaba así con el pensamiento moderno herido de muerte, con sus más profundos mitos derruidos —sobre todo la fe incuestionable en el Progreso— y el XXI nacía bajo la imagen de la destrucción y del terror, ante el derrumbe del World Trade Center, un parto mediático que nos dejó en la orilla del miedo —al terrorismo global, al islam, a la incertidumbre económica y a la guerra— pero que también nos ha dejado en la orilla de las redes sociales y de las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información, herramientas que hacen viable la articulación de una respuesta global al modelo economicista-corporativo que trata de mantenerse y expandirse a costa de actualizar las viejas dualidades y aún a riesgo de acabar no sólo con los denominados logros de la modernidad sino con el propio ser humano.

En su ensayo sobre este profundo cambio civilizacional en que estamos inmersos, Esteban Díaz nos esboza detenidamente los rasgos de este proceso de transformación radical donde la visión moderna y mecanicista va cediendo terreno a un nuevo paradigma que implica necesariamente la eclosión de un humanismo global. Según su reflexión, que comparto plenamente, se trata de una revolución cultural, espiritual y humanista de más amplio calado que aquella otra que produjo la invención y difusión de la imprenta, pues en este caso no se trata tan sólo de expandir las posibilidades de comunicación e intercambio cultural entre los seres humanos, los pueblos y las diferentes cosmovisiones, sino de articular una alternativa coherente al paradigma moderno secular —dualista, economicista, materialista y mecanicista— que ha demostrado ya sobradamente sus límites y sus consecuencias más indeseables.

Caminamos, sin duda, desde la visión dual y reduccionista del modelo materialista-mecanicista hacia un nuevo paradigma en sintonía con los postulados de la nueva ciencia, con la idea de holismo, de fractalidad, de unicidad e interconexión, abriéndonos a un sendero donde nos encontramos con los otros, a un mundo diverso y elocuente que se expresa con nuestras propias palabras, a una sociedad global donde los derechos al libre pensamiento, a la propia visión y a la libre expresión sean realmente para todos. No podría ni debería dársele propiamente un nombre (NOTA 2).

El cambio en la conciencia de las mayorías está surgiendo de la mano de la propia respuesta medioambiental, de la profundidad de la actual crisis económica, de la crisis de los valores, como una energía que trata de restablecer un delicado equilibrio que ya se ha roto. En una situación de crisis de esta envergadura existe la posibilidad más que probable de que la sociedad de consumo, tal y como la hemos conocido hasta hace muy poco, se colapse y que la producción de energía sufra cambios significativos. Los combustibles fósiles serán forzosamente abandonados a favor de energías más limpias y renovables mientras que el papel del ser humano en relación con el entorno, con la naturaleza y el ecosistema, habrá de sufrir una profunda revisión.

Todo ello lleva implícito inevitablemente un cambio de valores y una modificación de la visión que hasta hoy ha prevalecido en base a una determinada lectura de la historia: la modernidad, con todas sus lecturas y relecturas —incluidas, por supuesto, las lecturas ‘posmodernas’— habrá de dejar paso a otra edad, de la cual sólo sabemos que necesita albergar actitudes distintas y hasta cierto punto contrarias a las que hasta hoy han venido articulando las denominadas sociedades del bienestar.

Tras la experiencia de la sociedad postindustrial y de un consumismo sin objeto ni límite, sin ninguna finalidad trascendente, tal vez la única salida coherente que le queda al ciudadano de la megápolis global, reducido a la experiencia de una omnipresente y tecnológica virtualidad, sea una apuesta por la realidad, un giro decidido hacia la trascendencia, hacia la vida ética y espiritual, hacia el mundo del sentido y de los valores. El ser humano posmoderno, cuya experiencia se ha visto reducida al ámbito de lo material y mecánico, y cuya praxis comunitaria está determinada por el conductismo y el darwinismo social, siente ahora con claridad la necesidad de una transformación radical, tanto de la visión que tiene de sí mismo como del ecosistema donde necesariamente ha de continuar su existencia.

Ese ser humano moderno y posmoderno se ha ido olvidando progresivamente de su propia condición y necesita ahora, urgentemente, regresar al conocimiento de sí mismo, de sus potencialidades, en todos los ámbitos en los que acontece su devenir, quizás como única alternativa para asegurar su continuidad en un mundo donde las referencias que le son ofrecidas desde el propio sistema ya no le sirven.

Y es precisamente en este contexto de transformación y de crisis, buceando en las diversas tradiciones culturales y espirituales, donde Esteban Díaz nos acerca a la visión de un ser humano trascendental que aparece ya en el Vedanta, en el Confucianismo, en el Zen, en el Sufismo y en la propia tradición filosófica occidental, y que nos habla del Hombre Verdadero, del Hombre Universal que es capaz de vivir una experiencia integradora, abierta, inclusiva, llena de sentido, que da cabida a todas y cada una de las dimensiones que implica ser real y genuinamente humanos (NOTA 3).

Para recobrar esta condición del ser humano universal, para reformular de nuevo un humanismo, necesitamos de una conciencia acrecentada, más relativizante, recobrando en ese giro la dimensión crítica, la distancia y la flexibilidad necesarias para contemplar nuestra propia existencia, vacía y contingente, con una cierta objetividad y poder así vivir como criaturas dotadas de razón y de criterio de realidad, para poder seguir viviendo, simplemente, como seres humanos.

Necesitamos recobrar y disfrutar de nuestra condición racional, basada en la libertad de conciencia, en la posibilidad de elegir y decidir, de participar de forma unitaria y soberana en la experiencia y el devenir de la realidad, de las sociedades en las que vivimos, en un aquí y ahora siempre palpitante. Esta conciencia ha de caminar paralela a una manera de vivir en la que nuestra mente, nuestro sentir y nuestro cuerpo sean un todo orgánico con el ecosistema, con el mundo, con el otro, acompasados en una experiencia de recuperación de sentido, en una cierta experiencia de lo único real, mediante un creciente conocimiento de nosotros mismos, de nuestra naturaleza y condición. ¿Necesitamos ponerle un nombre a esa conciencia? Necesitamos, sobre todo, imaginación, capacidad de mirar e imaginar el mundo de una forma más razonable y humana, con unos significados más vivenciables e inmediatos, en un lenguaje que todos podamos compartir.

En palabras de Esteban Díaz, “…la nueva racionalidad no racionalista que comienza a visitarnos, debe venir de la mano de una visión del mundo no dual. De una racionalidad siempre dialogante, no crítica, al estar ésta impregnada de pensamiento positivista excluyente, porque surge de él, de sus entrañas antagónicas, de su tendencia a seguir en su posicionamiento dialéctico, no socrático, que tanto gusta hoy tanto a los litigantes del conocimiento filosófico como del político”.

De la misma manera que las ideologías, las religiones consuetudinarias (NOTA 4), mineralizaciones de la experiencia espiritual, tampoco nos sirven demasiado en el contexto de la crisis contemporánea de civilización. Por el contrario, su dimensión espiritual y transformante, convergente entre unas tradiciones y otras, es el ámbito donde habrán de encontrarse todas las culturas y pueblos de la tierra. Para ello necesitamos sintonizar con un pensamiento y una cosmovisión transculturales y metahistóricas, con esa Sophia Perennis y esa Tradición Unánime de la que nos hablaron Guénon, Schuon y Corbin.

En un ahora que está siendo definido incluso como postcontemporáneo y postraumático —libres ya del tiempo de las liturgias, de los modelos de sociedad, de las visiones del mundo tradicionales, modernas y posmodernas, basadas todas ellas en una dialéctica de la confrontación— brotan las semillas de un nuevo horizonte civilizacional como antaño brotaron esas mismas tradiciones y las propias edades históricas, en forma de visión o imagen compartida, de creación imaginaria común, de un lenguaje global que, hoy como antaño, está surgiendo en medio de hechos convulsos e inciertos, de profunda crisis económica y de los valores, entre las cenizas del viejo paradigma, como un ensanchamiento necesario e inevitable de nuestras conciencias.

Vivimos en una contemporaneidad donde todos los ciclos de la memoria cultural parecen converger en un salto global y unitario hacia otra humanidad y otra sociedad, con unos riesgos que ahora nos resultan exagerados por inéditos, pero quizás sea la conciencia de la relatividad, de la vacuidad y levedad de nuestro pensamiento y de nuestra existencia, la que nos impulse a abrirnos con fuerza a otras visiones y lenguajes, la energía que nos lleve a respirar unas bocanadas de aire fresco que conjure todos nuestros abismos culturales y nuestros miedos medioambientales, todas las heridas imaginarias que nos hemos inflingido mediante la historia y la cultura.

La reflexión de Esteban Díaz nos sugiere, con fuerza y claridad, que muchas de las más prometedoras visiones que, hace algunas décadas, eran relegadas sin más al cajón de sastre de lo utópico, emergen hoy con fuerza en la aldea global conformando el discurso de un nuevo paradigma.

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NOTAS

1. Díaz, Esteban. En los albores del siglo XXI, reflexiones sobre el nuevo paradigma social no mecanicista y el humanismo global. Tiger Moon Productions. Bangalore. India. 2009.

2. No podríamos ahora decir que sea la vía del zen, del sufismo o de la naciente ideología antiglobalización sino más bien de una conciencia que necesitamos para llegar al otro, al mundo, al cosmos, para acceder como seres humanos a una existencia plenamente racional, social y espiritual. Necesitamos trascender la alienación que implica la renuncia a nuestra soberanía, en medio de una riada de información y de imágenes que acaban deformando nuestra vida interior, condicionando nuestro pensar y nuestra imaginación.

3. En nuestra propia tradición cultural, encontramos asimismo esta visión holística del ser humano universal, ponderado, equlibrado, transformante, en el concepto, ya casi perdido u olvidado, de Hombre o Persona Cabal.

4. El intento desesperado, por parte de las corporaciones económico-mediáticas de mantener la ficción dual mediante el recurso a la guerra contra el denominado terrorismo islámico, a la dialéctica islam/occidente, no ha conseguido su propósito. De hecho, a la postre, sólo está consiguiendo la normalización e integración del último fantasma identitario de la cultura occidental.

 

25 noviembre, 2016Permalink