Regreso a Córdoba (El Alma, el río)

(Publicado en Viveka, Madrid, 2001.
Y en: El jazmín indio, Tiger Moon Productions, Bangalore, India, 2009)

UNO

Sobre las aguas del río fluye la luna y sus tránsitos: ¡Palimpsesto de ríos y sus pulsos! Arropada por la lenta formación del crepúsculo, el alma reposa abandonada a la inmovilidad del espacio, sustraída a las argucias del lenguaje.

DOS

Declaramos la armonía del mundo en su silencio indescifrado, en su cualidad luminosa surgida del estallido abrasador de las palabras, de sus ritmos y geometrías conceptuales que perpetúan los pensamientos y fundamentan la urdimbre universal de la vida. Mas en apartamiento íntimo, confín y despojo del mundo, ¿qué nos mueve a indagar la quietud de ese universal roce de fertilidades y ensimismamientos que es la vida del alma, sino la nada que en soledad de continuo devenimos?

TRES

Circunscrito a la sensación de ser, un verdor de soledades apremia la presencia del alma que atestigua la vida y sus pulsos, siéndose y des-siéndose, universal roce de soledades, senda abrupta y hondo barranco, refugio soledoso y abandono, origen y dios que da fragancia: tú y yo, nosotros, unísonos, sin nexo que nos repliegue, absolutos, como la incisiva plenitud de este remanso de atardecer y canto de junio.

CUATRO

De los frágiles dedos de la experiencia, ¿qué queda en la calma sorprendente de esta tarde de junio? Es la sensación de ser que embriaga el espacio y al testigo que lo circunscribe, sin palabras que disturban la realidad que aparece y se extingue, para renovarse y extinguirse de nuevo, juego de las recreaciones y de las disoluciones, aventura de la imaginación y del deseo, evidencia de la plenitud disgregada.

¿Acaso no son la vida y la muerte rumores en curso?

CINCO

La luz del alba abre el día a la profundidad del espacio. La brisa fricciona la diversidad que aparece, dulce o amarga, como una suerte de azar o roce universal de ríos o cantos, tuyos y míos, transparencia terrestre en cuyo centro la unidad teje el espacio sin orillas, tránsito, peregrinaje del ser devenido, confluencia de la piedra y del pájaro, del agua y de la noria, del junco y del alma, y de la infinita concreción de las analogías, que ahora me rescriben negación del tiempo, de la línea, de la palabra.

SEIS

Sobre las enramadas y las geometrías laberínticas del espacio, la luz extiende sus cúpulas como un pensamiento que hiciera libre a quien urdió la vida en sueños, ¿transparencia en la que el mundo deviene ausencia, vaciamiento, poema sin cuerpo? ¡Plenitud de la sensación de ser luz en el espacio, luz en armonía sosteniendo la tarde y la imagen de sí misma soñándose en la expansión universal de cuanto acontece!

En tal suerte de ensimismamiento, ¿qué puede ofrendar el mundo a este retiro de luz abandonada a sí misma y al silencio que desciende hasta los espacios que son tuyos y míos, sin roce siquiera que nos desate, sin fragancia que nos perciba, estando ya los bríos del alma adormecidos?

SIETE

Más adentro, en abandono íntimo, donde la seducción de la experiencia cesa y sólo la consumación en lo indiviso pulsa la vida que transgrede y cesa. Perdido se ha el alma. Ensimismados sus pulsos. Cegados los sentidos mediadores que en vida la hermosura gozan. De seguro, caminando entre sus frondas en llamas, conjúrase la vida en juego universal de recreaciones y disoluciones, y olvídame entre tus silencios hondos, junto a la agreste hora en que la belleza prende su vuelo y adentra el alma hasta los espacios en que te ocultas en tu invisibilidad sellada.

Libre de la esfera del tiempo, de los nombres y de las formas, que encarnan la realidad que acontece, sólo la sensación de ser permanece.

OCHO

Cruzo la llanura hasta el sendero que conduce a la vertiente angosta del río, junto a los aranceles de la memoria y a las aguas que mueren en los ritos de la tarde, decrecidos ya sus pulsos, cercados por la impronta irreducible del instante en que el alma se abandona a sí misma: noche de los incendios esplendorosos y de los susurros volátiles, morada del arrobamiento, tú y yo, siéndonos uno, sin palabra, sin conquista. El corazón crepuscular del alba se expande entonces hasta la inquietud de las enramadas. Agudiza el río su curso y el día adviene. Tú escribes, en el espacio de los gozos indescriptibles, los ecos del alma y este poema de laberíntico curso.

NUEVE

Algo se extinguió en los arenales del día y de la noche. Miles de voces estallan y el silencio adviene. Nada destella en forma de imagen o de hecho. Ni el espacio ni el tiempo poseen un nombre que les reclame. Abatida la memoria, consumido el aceite de los deseos y sus frutos inferentes, antes de la percepción del mundo, de las palabras y de los gestos que lo fundamentan y ciñen, del tejido del tiempo de ondulados enjambres y tramposas licencias, del susurro de los valles enjaezados de marzo, de los vacíos y fertilidades de este suelo quemado por el sol, en donde maduran los dioses y las plegarias apasionadas de los hombres, ¿qué era yo?

DIEZ

El río cede sus aguas a la noria que da forma y sentido a la tarde. El movimiento de las aguas fascina al ojo. Los ánades esplenden en el aire y funden su vuelo a los fulgores de la tarde inquieta. Los pulsos se desnudan y cesan los sentidos. ¿Dentro? ¿Fuera? Nada disturba la plenitud de este instante en que el mundo y sus esfuerzos ardorosos se disuelven en el silencio, ¿cobijo del alma o región del ensimismamiento?

Cuando de nuevo surjan los pensamientos, siendo observados, ¿habrá alguien que los contemple?

 FINAL

Imagino a San Juan de la Cruz en el deseo supremo de lograr el desasimiento que disuelve el alma en el Amado. Pero no menos me intereso en intuir la apacible calma de Ibn Arabí en la ardua tarea, no del convencer imposible, sí del exponer a sus correligionarios sufíes el falaz asunto de la aniquilación del ser. El abulense desesperando por morir, para vivir en lo Supremo luego; el andalusí, apacible, entregando a los guiados por el intelecto y sus controversias el suave néctar de quien ya sólo sabe de lo indiviso. Disueltos, uno y otro, en las aguas del Amor oceánico, Juan quedóse no sabiendo; Arabí sabe que en el ser no hay otro a quien conocer, pues sólo él es. Juan vibra en el último balbuceo. Arabí nada busca, es.

Prashanthi Nilayam-Córdoba 1995

 

20 febrero, 2013Permalink