Trascendiendo la noción de “condición humana”.

 

 (Julio-Septiembre de 2016, Prashanthi Nilayam, India)

  “Debemos derrotar ese miedo a la pobreza; a la inmigración;
a los refugiados que nos invadirán
 y contra quienes creemos
que hay que reforzar
 las fronteras de nuestros estados,
que no nos protegen,
 sino que nos encierran.
Hay que desafiar la condena
 a no entendernos
por haber osado construir
 una Europa de Babel
diversa, generosa, próspera y abierta.”

WOLF D. PRIX (Arquitecto)

CONTENIDO

  • I.  Insistiendo en el Mito de Sísifo: “la condición humana”.
  • II. La educación que conduce a la sabiduría. La cultura que cultiva el alma humana
  • III. La Globalización debe ser el ágora de las nuevas-correctas relaciones entre todos los pueblos y culturas de la Tierra, y no debe confundirse con la “Mundialización de la economía de mercado” como fundamento de la colonización del Planeta por el capitalismo trans-neoliberal.
  • Apéndice (circunstancial). Algunas reflexiones sobre las ideas que circulan en los medios acerca de la emergencia de nuevos modelos económicos distintos del capitalismo o del socialismo.

I. Insistiendo en el Mito de Sísifo: “la condición humana”.

1. Hay un mito clásico, que si no fue de los más atendidos en los años en los que fui universitario, sí podría decirse que fue intensa y ampliamente reflexionado en el fuero interno de muchos intelectuales progresistas y no progresistas, pero sobre todo en los ámbitos de la izquierda de nuestra cultura occidental, desde la segunda Guerra Mundial hasta los años ochenta del pasado Siglo. Este mito fue el del transgresor  Sísifo, con el que Albert Camus nos recordó -en su bello y persuasivo texto “El mito de Sísifo” (1942, en su primera edición francesa)- que la “humanidad” del colectivo humano es un valor que hay que considerar por encima de los criterios ideológicos y de las voluntad de “idear mundos personales o colectivos” que motiva a un escritor o pensador, artista o político (rara avis, si encontramos uno de éstos ideando un mundo que no sea el que le rente, en lo personal, o satisfaga sus ambiciones). Ésta fue entonces mi lectura respecto de la intención última, o de la más íntima intención, si lo prefieren, de Albert Camus. No obstante de mi feliz “hallazgo”, mis años de residente en India, me han permitido comprender el sentido del mito desde una perspectiva -además de no conllevar tintes ideologizados- que estuviera más en sintonía con la nueva sensibilidad que, desde los años cincuenta del pasado Siglo, viene abriéndose paso entre los mercantilistas, aguerridos y beligerantes valores con los que la sociedad occidental ha organizado su cultura, circunscrita por reglas y normas de exclusivo “valor mercantilista” que se acomodaba en la psique humana individual y colectiva, y que ha invadido, en nuestros días, todo el territorio planetario, sobre el que ha sobreimpuesto las reglas del juego del capitalismo de mercado y de consumo, regido por el sector financiero.

Pero aún recuerdo mi contento y complacencia al leer el texto de Albert Camus y descubrir en aquellas páginas cómo Sísifo tomaba conciencia del momento en que, situado en la cima de la montaña, dejaba rodar la piedra ladera abajo, sintiéndose feliz (si bien, no libre, en esos instantes de deshago físico y mental: “Uno debe imaginar feliz a Sísifo”, escribe Camus) al contemplar (o imaginar, ya que era ciego, según algunos autores) la hermosura del paisaje en ese intervalo, en el que su degradado destino le daba el tiempo para respirar liberado, momentáneamente, de la roca, y descender, acto seguido, por la pendiente, sintiéndose acaso superior a los dioses mismos que lo habían castigado. Fue una extraordinaria revelación, cuya impresión aún hoy me acompaña,

Camus

dejando en mi mente de universitario, entonces, una idea que fue madurando y adecuándose a mi proceso de formación intelectual. Que el texto de Camus caló, sobre todo en los jóvenes universitarios de la década de los setenta, lo probaba cómo nos pasábamos el libro manoseado que publicó la argentina editorial Losada para regocijo, y posterior debate, de quienes estábamos interesados en la transformación del ser humano y del sistema ideológico y brutalmente represivo en el que nos hallábamos aprisionados por aquellos años. Hoy me sirve de referencia esa experiencia intelectual de juventud para testimoniar cómo hemos creado conceptos, nociones e ideas, de acuerdo con los hechos vividos, personales y colectivos de un país, traducidos en cultura y conocimiento, pasados siempre por el tamiz de nuestras experiencias personales y nuestra capacidad de interpretarlos y acomodarlos en el interior de nuestra mente (“fondo de armario”, integrado por todo el bagaje de experiencias y de conocimiento acumulado), que determinará  nuestra formación intelectual y la explicación que les concedamos a nuestras experiencias. Y sobre todo, me mueve a reflexionar, una vez más, acerca de la “condición humana”, un enigma todavía para científicos y pensadores de las ciencias humanas y sociales.

Camus me ofrecía con aquel ensayo la punta de hebra desde donde yo podía desliar una madeja que me aventuraría a adentrarme en el enigma de “la condición humana”, y tal vez descubrir un significado más profundo del que la filosofía y la literatura le han atribuido, vinculado a la idea de saberse el individuo “atado/limitado/ceñido” en su anhelo de vivir libre de “condicionantes” y ataduras; y si esa “condicionada naturaleza humana” viene dada, impuesta como un destino adquirido en nuestro proceso evolutivo, llegándonos por nacimiento y naturaleza, o bien nos es dada culturalmente. Una madeja que yo veía compactada por diferentes hilos, de muy diversos colores y tamaños. No obstante, la hebra que se me dio a elegir desde aquellos instantes nunca quedó bloqueada o partida, aun cuando pudo ser obstruida en algunos puntos de la envoltura del ovillo por el contacto con otros hilos que, como el que yo había elegido, formaban parte de la madeja, siendo separados en el momento de su aparición. Sólo hubo que tener paciencia y deseo de llegar al final de la madeja. En el camino no encontré fuertes contradicciones o inconvenientes ideológicos, éticos o intelectuales, que me hicieran retroceder al origen ideológico desde donde partí, aunque sí me exigió una apertura de mente que me proporcionó  mi encuentro con la cultura oriental. Y esfuerzo. Y tiempo.[NOTA 1]

2. Los años y los cambios culturales modifican el sentir y el pensamiento de los seres humanos. Si los años setenta fueron para nosotros, los españoles, el final de un duro combate por lograr salir de la represión y del oscurantismo del fascismo, los años ochenta fueron tiempos de rupturas y novedosas expresiones del sentir y del vivir de los jóvenes, y también de los mayores, prefiriendo aquéllos, especialmente, derivar sus inquietudes y compromiso social y político hacia una pseudocultura que, con el atractivo y categórico, brillante y novedoso enunciado de “posmodernidad”, encubría una crisis cultural y de valores que los fuegos fatuos de aquello que se ofrecía como nuevo, “la posmodernidad”, no dejaban entrever el alcance y, todavía más, el deterioro de los valores que se fraguaron en los primeros años de nuestra iniciada democracia, siendo la nueva etapa -que arrinconaba la “modernidad” en los anaqueles de las bibliotecas públicas o universitarias- no sólo aclamada, promovida y económicamente gestionada por los organismos públicos, que la subrayó y la difundió para que tan celebrada “cultura transgresora” fuera asimilada por el tejido social, en nuestro país, pues fue, el nuestro, territorio de su gestación y desarrollo, arrastrando con su música de faquires cosmopolitas a los medios, a los intelectuales, a los políticos, a los pensadores…, siendo aplaudida entusiastamente en una Europa en la que se constataba un notable deterioro cultural y se verificaba una recesión económica que, en la década de los noventa, veríamos, en nuestro país, cómo se destapaba la caja de Pandora que guardaba dentro el cofre de una crisis que se abría a todos los ámbitos de la actividad económica y a la fragilidad del pensamiento filosófico de entonces.

No obstante de tan notoria crisis, que se expandía por el mundo occidental, que se debatía entre lo moderno y lo postmoderno y las nuevas vías en materia económica de corte neoliberal, nosotros aún arrastrábamos el síndrome y la inercia de lo “postmoderno”. Y aun no sólo lo veíamos declinar, sino que comprobábamos, estupefactos, cómo se apuntalaban sus derrumbes por aquellos que del fenómeno postmoderno aún se servían, especialmente los políticos y los artistas promovidos por aquéllos. El debate sobre modernidad y posmodernidad se debilitó -pues nunca tuvo consistencia verdaderamente intelectual- aderezado, cómo no, al aparecer en escena una nueva variable que Europa bien conocía y que los españoles ansiábamos, desde que en 1982 la socialdemocracia tomó el poder. Tan apetecible variable era el “Estado del bienestar”, que conduciría al tejido social, sin lugar a dudas, a una “sociedad del bienestar”, en cuya textura se encontrarían cómodamente hasta los sindicatos, que desde entonces algunos intelectuales prefirieron llamarlos grupos de acción, claramente ideológica y política al servicio del “Estado del bienestar”, que los sostenía económica e institucionalmente. El Estado del bienestar se encontró tejido a la declinada cultura de lo postmoderno, ya en precaria fase. Y en ese ínterin se fue gestando el mayor grado de deshumanización del tejido social (del obrero, del trabajador de la cultura, del intelectual, de los colectivos de profesión liberal…), porque nada de otra “cosa cultural” se ofrecía en la Europa que se restregaba los ojos, aturdida por comprobar que una crisis de incalculables consecuencias se avecinaba, sin que se hubiera previsto plan alguno ante la catástrofe que se avistaba cruzando el Atlántico hacia el viejo continente, pues fueron  las “irregularidades” en las finanzas en los EE. UU las que provocaron el inicio del desastre económico global, siendo el sector financiero el eslabón que desgarraba el engranaje de los “Estados del bienestar”.

Coincidía, en esos momentos de eclosión de la crisis financiera/económica, con el hecho de que lo “postmoderno” se había convertido en cultura “no rentable” para las  instituciones públicas, y que las sociedades del bienestar se habían vuelto ineficaces para sostener el “bienestar social”, al alejarse las estructuras de las instituciones que las accionaban de la defensa de los derechos del tejido social y laboral, al tiempo que se visualizaba cómo los Estados del bienestar terminaron de abducir a los sindicatos, logrando que fueran un instrumento del engranaje del “sistema”, que ya no sólo no producía “bienestar”, sino que fortalecía políticas de precariedad y desempleo.

Ya en la década de los noventa, la ceja de Zapatero ganó a la locura belicista de Aznar, quien apoyó la mentira que, por intereses económicos espurios del lobby duro del capitalismo neoliberal, indujo a Bush y a Blair a una guerra genocida en tierras iraquíes, iniciándose una nueva Guerra Mundial solapada, pues el mundo global quedaba bien atado, no sólo por la economía mercantilista y financiera y sus valores deshumanizadores con los que se colonizaba a todos los pueblos de la Tierra, sino también por la guerra que, iniciada en Iraq, se extenderá, en la modalidad que el terrorismo islámico elegirá, como respuesta al genocidio que provocó la invasión de Iraq. Genocidio, por otro lado, que aún sigue provocando cientos de muertes diarias aquella injusta guerra en una zona mucho más amplia que la del territorio iraquí, pues se ha extendido por todos los países de entorno, mundializando una guerra motivada por la locura que provoca la ambición promovida los intereses económicos y de poder. Las consecuencias de esa guerra obscena son expuestas diariamente en las primeras páginas de toda la prensa mundial. Terror de poblaciones inocentes, violencia, terrorismo, destrucción de casi la totalidad de las naciones islámicas de Oriente Medio, más Egipto, Libia, Túnez. Y líbranse aquellas otras del Asia menor que financian el terrorismo, Qatar, Arabia Saudí…, con la connivencia de los dos países promotores del genocidio, el que generó el inicio de la guerra de Iraq, y el que la continuidad de tan ingente locura genera en estos días, no menos convulsos que los de entonces. Y mirando el paisaje de dolor y barbarie, encontramos la ineficacia de siempre de las Naciones Unidas.

Desde entonces -siguiendo el esquemático análisis que definía la crisis que comenzaba a vivir nuestro país-, desatada la crisis que aun hoy nos estremece y de la que no encontramos una vía de salida, socialdemócratas y neoliberales sólo pudieron accionar políticas prescritas por el neoliberalismo financiero del BCE. Y nuestros políticos progresistas de izquierdas y liberales de derechas, izquierdistas y antisistema -pues modernos y postmodernos habían desaparecido del mapa político-,  todos, hoy, viven revueltos y abrigados en un mismo espacio político, por mucho que quieran diferenciar sus programas de gobierno. E incluso su ideología de izquierda o de derecha, o izquierdista o de antisistema, todos comen de la mano del capitalismo trans-neoliberal, porque éste es el (pro)motor y alma del “sistema” global que no les permite variaciones “gruesas”, de significado ideológico contrario al “sistema” global que transversa la vida social y económica planetaria, en cualquier punto del globo terráqueo en donde ésta se encuentre. Los enconados enfrentamientos, insultos, descalificaciones, falsos testimonios, mentiras urdidas malévolamente, vocerío y fraseología de ineducados e insanos políticos, y de los adeptos a éstos, presuntuosos periodistas (y otros…) “expertos en todo”, que abundan entre los medios, a quienes vemos a diario como paisaje cotidiano utilizando un lenguaje turbio y cínico, despreciativo, maleducados en sus gestos, no cabe duda que es el signo evidente de que todos quieren que la gobernanza tenga las mismas exigencias que el “sistema” promueve y les permite. Distinguidos, en apariencia, en el caso de aceptar las “diferencias” programáticas de sus discursos, todos son cómplices y adictos del “sistema”. Son el motor que engrasa e impulsa la maquinaria del “sistema”, en el que todos los demás somos “sísifos”, seres que arrastramos la roca de la cotidianidad con la que alimentamos al “sistema”; seres destinados a una “condición irrenunciable” que el “sistema” nos impone. ¿No hablaba Albert Camus de los desheredados como “seres condicionados” por un destino/o circunstancial vida de desamparados impuesta por el sistema capitalista, hoy global y trans-neoliberal?

El ser humano del Siglo XXI se ha convertido en el Sísifo del tercer milenio. Las preguntas que nos deberíamos hacer tal vez sean: ¿es la desnaturalización/deshumanización/enajenación impuesta como “condición humana” por el “sistema” susceptible de ser superada/trascendida por una visión del ser humano que lo libere de tan “enajenada/ajena” vida humana? ¿Tendremos que sufrir la “condición” de “sísifos”, cada cual con la roca que nos corresponda arrastrar hasta el final de nuestros días, conociendo hoy, por la ciencia, que la vida terrestre, de la cual formamos parte integrante, en su entramado inteligente de redes conectivas, es auto-reguladora y equilibrada por la misma “sustancia” que la sostiene, cooperativa, interdependiente…, siéndose toda ella una misma vida que se auto-organiza por el mismo principio que la rige: el de su unidad incontestable y regidora del orden y equilibrio de la misma? ¿Somos los seres humanos los únicos seres, sobre el suelo terrestre, que no conocemos cómo la vida es algo tan natural que sólo con dejarla manifestarse mantiene su regulada y equilibrada existencia? ¿Aprender cómo se organiza (¡y cómo se vive! a sí misma) la vida, nos ayudaría a resolver los graves problemas que nos aterran -justificando con semejante terror nuestra insolidaria deshumanización- y nos atrincheran en ideas de credos o de territorialidad nacionalista…, que dividen, separan, excluyen y violentan el tejido social? Las migraciones, el deterioro del medioambiente, las desigualdades económicas y sociales, la carestía de alimentos para una gran parte del colectivo humano, las luchas por los recursos naturales, la beligerancia y la desfachatez intelectual de los políticos y de los propietarios del dinero al no tener la voluntad de cooperar para lograr el bienestar de los ciudadanos del mundo global a los que han de servir… y no desamparar, ¿no nos hacen pensar que hemos elegido un camino errado y terrorífico, por no utilizar el adjetivo “apocalíptico”, que nos conduce a nuestro propia extinción? Pensar sabiamente es construir sabiamente el mundo que queremos, exponíamos en otro lugar. “La condición humana”, en tanto que destino trágico o dramático, es una idea; tan sólo una idea auto-impuesta por el mismo ser humano; una idea circunstancial/temporal, mientras perdure el rol individual/social que la crea, fruto de una cultura, y como tal puede ser corregida, liberando al colectivo humano de muchas desgracias que ideas semejantes le hayan podido ocasionar. Pensemos sabiamente y construyamos sabiamente el mundo en el que los conceptos y las nociones que se transmitan culturalmente y en los programas educativos sean los que definan los valores que ha de conocer, desarrollar, promover y practicar porque le son inherentes a la genuina naturaleza del ser humano, los valores o cualidades que le conferirán la auto confianza, como valor de reafirmación del ser humano que ha llegado a conocer su esencial naturaleza. Las cualidades o valores que las tradiciones de sabiduría en Oriente y en Occidente reseñan como consustanciales al ser humano se resumen en cinco: Verdad, Acción Correcta, Paz, Amor compasivo, No violencia. Podrán conocerse con otros nombres, pero no diferirán del significado y del sentido ético y moral de las cinco cualidades mencionadas.

Para que estos valores o cualidades puedan conocerse y desarrollarse en una sociedad, ésta ha de estar articulada por un eje axial incontestable: el principio de unidad, que organice en paz y en concordia las relaciones del tejido diverso y plural que constituye la familia humana; entiéndase ésta como un todo integrado, en el que la exclusión no adquiera valor alguno, porque no tenga realidad social; en el que la tolerancia, como respeto a las diferencias sociales, culturales y de credo, sea una práctica que se haga paso en convivo natural entre los seres humanos, siendo la integración la resultante del desenvolvimiento natural, en las relaciones sociales, del principio de unidad, axiomático y positivo en la cimentación de la conciencia colectiva frente al individualismo que segrega lo que no es idéntico a su yo encapsulado y excluyente; en el que la cooperación trasciende la competitividad y la insolidaridad; o en el que la conservación asegure que la expansión, como consecuencia demográfica humana o como resultado del progreso, permita el desarrollo auto-regulado y auto-sostenido de los ecosistemas en los que la vida planetaria se desarrollan. Construir sabiamente es convivir sabiamente sin conflictos y en concordia fraterna entre todos los pueblos de la Tierra.

Este eje axial o principio de unidad sería el pilar sobre el que se está construyendo, a pasos agigantados, aunque parezca imperceptible para las conciencias más arraigadas en el racionalismo mecanicista, un nuevo paradigma social de corte humanista -pues toda su arquitectura ha de girar sobre el valor de “lo humano”-, que ha de superar radical e irreversiblemente al ya viejo y obsolescente Gran Paradigma de Occidente, racionalista cartesiano-newtoniano, mecanicista, por cuya visión de dualidad y de juego de contrarios y de oposiciones, nos ha traído, como regalo de fin de fiesta, es decir, como final de su dilatada existencia de luchas y ambiciones, de logros y desgracias, de progreso y de barbarie, la crisis de valores o de conciencia, o civilizatoria, en la que la Humanidad, en su experiencia de especie con conciencia hoy de globalidad, está tratando de encontrar una vía de escape a tan dramático y convulsionado final de partida del paradigma del mecanicismo capitalista. Sea.

3. En estos días de húmedo verano monzónico de India, releo El mito de Sísifo. Y me hace admirar la (re)visión lúcida que del mito griego hizo Camus, al actualizarlo con agudeza y realismo, poniendo razonada voz y vigoroso grito al servicio de los desheredados, en época de violencia y de enardecidos y belicosos nacionalismos, de execrables crímenes de estado, no importan las ideologías y el color de las mismas que los cometieran. Fueron y son inhumanos. Me admira aún más la capacidad que tuvo de vislumbrar el valor filosófico del mito al “exponerlo” desde la perspectiva de la ideología marxista a la que él estuvo adscrito. No obstante también nos da las claves para que pueda ser trascendida esa lectura ideologizada, circunscrita al materialismo histórico, por lo que de “absurdo” contiene una vida (aparentemente) infecunda, sin un sentido que la eleve por encima de lo dramático improductivo de la existencia humana, herida por la alienación por el trabajo de quienes venden su esfuerzo y vida por un salario con el que sobrevivir, sin que presagie una salida liberadora a tan esforzada y dramática existencia. Y aún Camus enfatiza el destino trágico del personaje “Sísifo/obrero” por el hecho de que él considera que “Sísifo” toma conciencia de su alienación, lo cual le imprime el valor de “lo trágico”, inscribiendo su reflexión en el contexto de una filosofía del absurdo que se revuelve contra la “realidad objetiva” poniendo resistencia a la imposibilidad de la “liberación” del ser humano (?), “condicionado/atado” a circunstancias adversas que pueden ser superadas (marxismo). Camus dignifica el destino del “Sísifo/obrero/ser humano” al asumir éste “conscientemente” su destino, y por superarlo combatirá. Y si examinamos el texto desde otras lecturas, como la psicologicista o la antropológica, que hoy debían retomarse por el servicio/juego que daría al estudio acerca de la idea que tenemos sobre “la condición humana”, el texto de Albert Camus se revelaría como un texto que podría haberse escrito en nuestros días, tan poco proclives a la reflexión filosófica.

Camus sabía que su interpretación del mito de Sísifo, no sólo era vigente en los tiempos “modernos” que abrían las puertas a la expansión del liberalismo mecanicista y al pesimismo que, ya desde el Siglo XIX, lo secundaba (“Tiempos modernos”, de Charles Chaplin), al tiempo que se vivía la continuidad de una violentación de la vida del colectivo humano que la locura belicista incendiaba Europa, desde los inicios del Siglo XX (Revolución bolchevique, seguida de la Primera Gran Guerra y de sucesivas guerras locales inducidas por los nacionalismo insurgentes…). La reflexión que sobre el mito de Sísifo hacía Camus podría ser considerada como la ejemplificación de la dramática convulsión interior del ser humano, individual y colectivo, que en el año 42, en el que Camus publica su ensayo, el mundo, que ya se vislumbra como global, arrastra a la Humanidad a profundizar otro tiempo de terror, al mundializar el nazismo la barbarie hitleriana, con tal horror, que ya no puede ser descrito con palabras, pues las imágenes que de él posemos, silencia todo intento de escritura. El escritor franco-argelino tomaba conciencia de que el personaje Sísifo del mito clásico reunía, literal y simbólicamente, los rasgos semánticos e ideológicos que le permitían llamar la atención a la conciencia del colectivo humano para que se lograran las condiciones objetivas que impulsaran el final del “destino” alienado del mundo desheredado de los obreros, de todos los seres desheredados del mundo, en tanto que capital humano explotado y enajenado en su dignidad y en el valor de su “humanidad” por la industrialización del liberalismo capitalista puesto al servicio de la crueldad de la guerra y de los fanatismos ideológicos. No sólo acierta Camus al identificar Sísifo con el obrero. Esto es evidente, incluso para el explotador burgués que se enriquece a expensas del sudor y de los salarios con los que condena a la miseria a los trabajadores. Al llevar el mito al terreno de lo literario, convirtiéndolo en escritura que le permite recrearlo como hecho de la mitosociología moderna, destacando en ella la inhumana enajenación del ser humano, que ha perdido el camino -e incluso el horizonte- del “libre valor de su humanidad”, a causa de su impía explotación como fuerza de trabajo y como activo del consumo, no sólo de los productos que el mercado produce, sino de los valores deshumanizadores que encierra la filosofía mercantilista, Camus reafirma el mito, incorporándolo a la leyenda de los mitos de nuestro tiempo. En el Siglo XXI, no sólo podríamos hablar del “Sísifo/obrero”, sino que la mundialización de la economía del mercado y de las finanzas que lo controlan e impulsan -habiendo colonizado el mundo global al superponer sus valores mercantilistas sobre todos las naciones, destruyendo, como consecuencia, la singularidad de sus culturas-, ha arruinado el valor de las ideologías, arrinconándolas en el apartado de la política que el capital, las finanzas, el dinero, controla. El modelo capitalista actual ha conducido a la Humanidad a tal grado de deshumanización, que ha perdido la referencia de la cualidad que la definía: su “humanidad”, desnaturalizando la vida del ser humano. De nuevo Chaplin nos reclama y nos advierte que ya nos advirtió sobre los tiempos modernos del capitalismo mecanicista.

Pero Camus hace algo más, lo relaciona con una idea que ya está vigente entre los intelectuales y pensadores de pensamiento progresista, la idea de “la condición humana”, traída la noción como un “fatum”, una maldición, una imposición del destino que el marxismo quiere erradicar, logrando llevar a la praxis el principio filosófico que legitima que la historia está a favor de las clases explotadas que el sistema capitalista enajena. Por ello, el materialismo histórico asume la convicción de que acabará con los modos y con los medios de producción capitalista una vez que la revolución toque tierra. Imagino a Albert Camus escribiendo El mito de Sísifo en el calor y el fragor de la batalla, la de la guerra, la de la política y las de las ideas, la de la desolación del visionario.

4. Lo que me interesa del texto de Camus es la intención que motivó al escritor a redactarlo y la idea filosófica implícita asociada a la noción de “la condición humana”. El materialismo histórico es tan determinista como cualquier credo religioso. El mundo contemporáneo, que se inaugura con el Siglo XX, nos define, sin que duda alguna nuble lo enunciado, un tiempo en el que las ideologías se transforman en credos, en religiones, del mismo modo que las religiones ya se habían ideologizado desde los orígenes en los que decide expansionarse por el mundo y convertirse en “reinos terrenales”. Pensar que el proceso evolutivo e ideológico que nos describe la historia de la Humanidad -nos dice el materialismo histórico- da razones lógicas y científicas (materialismo dialéctico, concepto unido al materialismo histórico en el marxismo) al pensamiento comunista para encumbrar en el poder a las masas trabajadoras, destruyendo la superestructura del sistema capitalista que cimienta el poder de la burguesía, es un modo deletéreo y contradictorio de sostenerse por los mismos principios endebles en los que se sustenta, según los seguidores de Marx, cualquiera de los credos religiosos deterministas, tales las religiones presentes en la Europa en la que surge la ideología comunista.

Lo que no contemplan tanto el credo marxista, ni los credos socialdemócratas o neoliberales, o de extrema izquierda asociado al credo de los antisistema que viven del “sistema”, o de extrema derecha, o como cualquiera de los credos religiosos, en su vertiente oscurantista, la que ha venido en llamarse defectuosamente “lectura ortodoxa”, es que tanto la filosofía occidental, aquella que Leibniz denominó “Philosophia Perennis”, entre la que encontramos el neoplatonismo imbuido de “ideas” orientales (Plotino), como las doctrinas filosóficas orientales en sus tradiciones de sabiduría, hablan de la “liberación” del ser humano aquí, en la Tierra, sin que batalla alguna se produzca. O sí, porque ha de desarrollarse una batalla, pero es la del ser humano consigo mismo. Pero no es una batalla cruenta, aunque sí ardua, severa, en la que no hay que dar chance al “enemigo”, es decir, a uno mismo. O para ser más exactos, según nos advierten las tradiciones de sabiduría: a lo que al ser humano  le han hecho creer que es. Y de estas tradiciones de sabiduría emergen aquellas ideas que dan origen a las utopías, las clásicas y las primeras surgidas en el alambique del idealismo revolucionario del Siglo XIX, del que emana la utopía marxista del joven Marx, que se lograría como consecuencia del final del proceso revolucionario, con la desaparición de los modos y medios de producción comunistas, que resultarían de la superación de los modos y medios de producción socialistas, y éstos por la destrucción del capitalismo. Marx hablaba de la Acracia, como final de partida. El Marx que redacta  La Ideología Alemana.

5. “La condición humana” no puede entenderse de otra manera que no sea una noción surgida en la mente colectiva de la Humanidad que, no hallando un camino seguro hacia el bienestar y felicidad de los seres humanos en este mundo (“valle de lágrimas”), han creído que su consecución es una entelequia, una realidad imposible, dados los hechos que la Historia de la Humanidad arroja en términos de sucesivas e interminables etapas evolutivas en procesos civilizatorios plagados de guerras y adversidades por las que ha tenido que transitar el colectivo humano, allí donde se desarrollaran sociedades humanas que, si bien se conoce el gradual progreso hacia cotas cada vez más elevadas del saber, de refinamiento cultural y de bienestar, no ha desconocido la decadencia y la barbarie, exceptuando escasos periodos, de los que podemos confirmar que sí fueron épocas de una extraordinaria brillantez en el pensamiento y en la cultura de algunos pueblos, no sin la ayuda previa de interminables guerras para allanar el camino hacia una etapa de paz y de prosperidad (¿Paz Augusta?) sobre la que edificar esos “tiempos” de esplendor de una civilización y de una cultura de excelencia, tal sucedió en la Grecia de Pericles o en algunas épocas de la Roma de la República o del Imperio.

Huelga decir que el pueblo llano siempre estuvo excluido, hasta fechas recientes (que es “representado” –no con la conformidad de todos, como nos lo dejó claro el 15 M- por ¿notables? parlamentarios y senadores), del consumo, disfrute y degustación del refinamiento cultural, aunque sí era conocedor forzoso de determinados hechos de la cultura y del Arte, ya que participaba como mano de obra bruta y también refinada, como la de los maestros de los gremios en el Medioevo, por ejemplo en la construcción de las catedrales, o la de los músicos de las Cortes renacentistas, por ejemplo. La perplejidad y la suspicacia del pueblo, llegó a ser tal en ocasiones, como en la época renacentista europea, que miraba con recelo el deslumbrante Arte que favorecían las clases aristocrática y burguesa, dueñas del dinero (y del destino del pueblo), que les procuraba los espacios y las obras artísticas que sólo ellos disfrutaban. Hoy diríamos que la aristocracia y la burguesía estaban llamadas a “consumir”, en exclusividad, el goce y el disfrute del Arte y de la cultura.

La Historia de la Humanidad está asentada sobre períodos de luchas y de devastación, intercalando entre ellos etapas de paz, en las que pudo brillar el pensamiento y la cultura, logrando, incluso, la excelencia. Destrucción y construcción, es la tónica de los sucesivos períodos por las que gradualmente el ser humano ha cimentado sus procesos civilizatorios y culturales. La misma Historia humana nos muestra que a las etapas en las que se logró la  creatividad y el pensamiento más elevados, le han sucedido otras en donde la barbarie y la decadencia desolaron los pilares sobre los que aquéllas se levantaron. En el Siglo XXI, Era de una tecno-ciencia que apunta a un ilimitado progreso, diariamente, una parte de la Humanidad se ve forzada a construir sobre los cimientos que ayer fueron destruidos. No hemos conocido otra forma de avanzar que no sea la de destruir y construir sobre los destruido. ¿Es éste el progreso al que aspira el colectivo humano? ¿Sobre estos cimientos podrá la Humanidad construir un futuro seguro?  Poco margen de esperanza nos da la ciencia y la tecnología altamente desarrolladas, tal como la conocemos hoy, gobernada por una mente colectiva que ha sucumbido a la decadencia y a la barbarie. De esa mente colectiva emergen los poderosos que utilizan el progreso científico-técnico para encumbrarse y defender sus intereses de grupo exclusivo. No nos extrañemos, pues los que gobiernan los destinos de los estados y de las vidas humanas, han salido del vientre del pueblo. Y la mayoría de sus empleados, los que conocemos como políticos que dirigen y gobiernan las naciones, con el fin de perpetuar los intereses y patrimonio de este reducido grupo de más-que-poderosos, son nuestros representantes legislativos, ejecutivos y judiciales, con nuestra connivencia democrática. A cambio de nuestro silencio, nos procuran avances y logros con los que satisfacer nuestro deseo de bienestar, nunca satisfecho. ¿Y por qué razón nuestro anhelo de bienestar nunca queda satisfecho? Es una pregunta, no para los políticos y gobernantes, sino para cada uno de nosotros, los esperanzados insatisfechos de bienestar, quienes debemos hallar la respuesta en retiro interior, en donde podremos descubrir la causa de donde surge tan abatido deseo.

Si bien es cierto que no hemos hallado en política la panacea que nos proporcione el bienestar social, sí nos hemos convencido de que la vida individual y colectiva del tejido social, global hoy, puede mejorar con los logros sociales y laborales conseguidos mediante “la lucha” que ha de desarrollarse para obtener tales fines. Una vez que en la Europa del Mercado Común, que lideraban el Primer Mundo, junto a los EE. UU y Japón, como países que había logrado un nivel de desarrollo notable y sostenido en los años setenta del pasado Siglo, iniciaron una etapa de políticas sociales dentro del “tono” liberal de los gobiernos que comenzaban a instaurar, con políticas económicas de clara tendencia social, los “Estados del Bienestar”, que terminaron por eclosionar con el neoliberalismo de los años ochenta (constituido ya un plan de ampliación con nuevos países que se adhirieron gradualmente a los cinco que iniciaron en Europa el Mercado Común, gracias a la creación de la UE), se imprimió en las relaciones oferta/demanda laborales una idea más optimista que miraba el futuro de las masas obreras y trabajadoras con una esperanzadora confianza en la gradual y progresiva mejora de su calidad de vida, hecho que terminó por erradicar el pesimismo que el maquinismo del liberalismo del Siglo XIX había asentado en el tejido social. ¿Causa de este relativo optimismo en las clases y trabajadoras? Las “sociedades del bienestar” que resultaron de las políticas sociales que viabilizó  la ideología neoliberal en los gobiernos de los llamados “Estados del Bienestar”, liderados por liberales/neoliberales y socialdemócratas. Sobre todo este interés “social” de los gobiernos neoliberales, hay que destacar la denodada lucha sindical de los años setenta y ochenta por “motivar” el interés de los políticos por conceder “mejoras” en las condiciones laborales y en los salarios.

6. ¿Qué son realmente estos “Estados del Bienestar” con sus respectivas “sociedades del bienestar”? ¿Tendrán que ver con la idea forjada en la mente colectiva de que el “bienestar social ideal” es el logro que sobre el papel se le atribuye sólo a las utopías, por ser el ideal del “bien común” que éstas proponen como una entelequia, una realidad imposible de lograr? Las “sociedades del bienestar” sí han supuesto una mejora estimable de las condiciones de vida conseguidas por la aplicación de políticas económicas sociales, inscritas en el seno de las políticas neoliberales de los países que, exceptuando algunos que siguen aún las directrices ideológicas del sistema económico socialista, han asumido el capitalismo, no sólo como “sistema” económico, sino como “sistema” de valores aplicados en vida y en conciencia, lo que ha desnaturalizado la vida del colectivo humano, hecho que ha comportado crear una cultura dominada por los valores mercantilistas que definen y organizan el “sistema” capitalista mundializado. “El bien común”, o universal, de las utopías no está en el programa de los gobiernos neoliberales que promueve el neocapitalismo o trans-neoliberalismo. No vemos a la troupe que regenta el “sistema” haciéndose el Seppuku o harakiri, tal heroicos samuráis.

En realidad, las “sociedades del bienestar” son un sucedáneo del pensamiento neoliberal de las sociedades utópicas de las que los humanistas, en todas las etapas de la historia de la Humanidad, nos han hablado, obteniendo nuestra aprobación. Y aun hoy se aspira al logro de realizar la utopía, por distintas vías, la ya probada del marxismo, que llevaba en su ADN el final del poder de la minoría y el alzamiento del poder de la mayoría, pero que fracasó al no resistir, como oponente del capitalismo, ni tuvo la potencialidad dialéctica de sobrevivir a sus propias contradicciones, porque su arquitectura ideológica hunde sus raíces en el árbol del capitalismo, y éste enraizó en los jardines de la visión dual del mundo, del juego de contrarios y de oposiciones. Y en este juego de luchas y fría beligerancia, las tenía todas consigo -las razones de la violencia interna que generó el totalitarismo de estado genocida y las que provocó exportando el modelo de la (-¿”ingenua”? ¿falaz, desde la gestación misma de su concepto? ¿demagógica, sirviéndose de la incultura de las masas obreras y campesinas, ya desde su origen?-) dictadura del proletariado para ser devorado por su Saturno, el capitalismo, pues progenie suya fue la ideología marxista/comunista. La otra vía es la de los nuevos paradigmas sociales, surgidos de la contracultura de los años cincuenta y sesenta, que se alzó revoltosa y juvenil, mas con madurez intelectual, como alternativa al “sistema”, generándose propuestas de modelos de sociedades que sí apuntaban al ideal utópico, y otros modelos en los dominios de la ciencia y del pensamiento (promoviendo su propia epistemología), que sostenían sus principios filosóficos en una visión del mundo de unidad, trascendiendo estos nuevos paradigmas la visión de dualidad y de exclusión del viejo paradigma mecanicista cartesiano-newtoniano, cuyos fundamentos estaban siendo derruidos por los nuevos descubrimientos científicos, especialmente en los dominios de la física, ya que desde principios del Siglo XX se comienza a hablar del nuevo paradigma de la física moderna. Todo este fluir de nueva savia del saber comunicó con una nueva conciencia social, que fue progresivamente extendiéndose por el tejido social, al tiempo que buscaba canales por dónde visibilizar la nueva visión del mundo de unidad, que impulsaba, sin la menor ambigüedad, la investigación científica y las nuevas formas de adentrarse en el saber entrelazando modelos y teorías procedentes de ámbitos cognoscitivos diferentes y diversos. Inclusión y entrelazado de saberes fueron la nueva manera de entender y encauzar el conocimiento humano frente a la exclusión y dispersión, o la superespecialización, de los saberes que aún divulga y formaliza la ciencia racionalista del viejo paradigma mecanicista.

Las “sociedades del bienestar”, en realidad nunca lo fueron. A estas “sociedades del bienestar”, si bien se les pueden atribuir un movimiento desde su interior hacia la conquista de los logros conseguidos, percibido ese movimiento desde la mirada de la contienda que tuvo que producirse entre la actividad sindical de los obreros y de los trabajadores, movilizados por la dinámica de lucha diseñada por los sindicatos, lo cierto es que han sido un laboratorio para el “sistema capitalista”, dominante en todo momento en la contienda, que decidía qué mejoras en la vida del colectivo humano se concedían y cuáles no se atenderían. El paisaje que está dejando la crisis económica en nuestro país, para no mirar más allá de nuestras fronteras, desde 2008, año en el que se inicia la crisis de la que aún hoy no se sabe cómo salir, nos da a entender que el poder y la decisión sobre las condiciones en las que ha de hallarse “las sociedades del bienestar” está del lado de quienes regentan el “sistema”. No habrá salida de la crisis sin que el “sistema” se libere de aquellas contradicciones suyas que generaron la crisis global. Si nos preguntamos por la “fuerza” que los sindicatos han mostrado durante los años de crisis, la sola mirada hacia la militancia de los sindicatos, nos dará la respuesta. ¿Las causas? En la mente de cada uno de los obreros y trabajadores podrán hallarse.

Hablamos del “sistema capitalista” en las dos modalidades que conocemos en las que se ha desarrollado, siempre sobreviviendo a sus crisis, desde los años setenta: la del liberalismo/neoliberalismo y la de mundialización de la economía del mercado y del consumo (neoliberalismo), sometida hoy al  sector de las finanzas, regente de toda la economía del Planeta. Y preguntándonos también acerca de las mejoras, de las conquistas sociales, observamos que todas están relacionadas con los valores del mercado y del consumo, diseño del mercantilismo materialista impuesto por el capitalismo. Logros que han ido cubriendo las expectativas a las que el tejido social aspiraba, según le dictaba la cultura del consumo producida para alienar al ser humano, convertido en un “consumidor” de cuanto produce el mercado que genera el “sistema”, logrando radicar tal estado de alienación en la totalidad del tejido social planetario. En la mente de cada ser humano radican los falsos mitos del “progreso” (ya destapó la falacia de los cantos de sirena del mito del “progreso” Edgar Morin, en 1972) y del bienestar material. La cultura y la educación, son para el “sistema capitalista” los ámbitos en los que se vierten los valores que sostienen a la ideología del capitalismo, con los que se consolida y coloniza el Planeta: valores cuya naturaleza es, pues, de la misma sustancia ideológica que nutre al mercantilismo, los valores del mercado y del consumo.

No nos queda otra reflexión por hacer que la que resulte de las preguntas que puedan arrojarnos luz a tan deshumanizador panorama: ¿Y los valores del ser humano, los que definen su “humanidad”, los que dignifican al ser humano y les permiten reconocerse en su verdadera naturaleza humana, dónde encontrarlos en el ajetreo estresante del mundo del mercado y del consumo? ¿En qué rincón del globo terrestre ha quedado olvidado el “valor de lo humano”, el valor o cualidad que hace al ser humano digno y libre, no condicionado por un “sistema de ideas” que lo desnaturaliza, un sistema de leyes de mercado y de consumo que lo enajena y lo somete a vejación al identificarlo con los mismos valores que las publicitan y con los que el “sistema capitalista” lo identifica, anulando su voluntad de conocerse y de vivirse en su verdadera naturaleza humana?

7. La noción de “condición humana” ha de ser removida de las mentes de los seres humanos. Si pensamos sabiamente, construiremos sabiamente. Para lograrlo, la idea colectiva que hemos fijado en nuestras mentes  de “condición humana” ha de ser removida. Y para conseguir deshacernos de tan incómodo equipaje, debemos comenzar por conocer qué es el ser humano. Será entonces cuando entendamos que aquello que nos comunica de negativo o restrictivo en su devenir histórico, como es el significado determinista y trágico -al mismo tiempo- que se le atribuye a “la condición humana”, es un hecho coyuntural, fruto del “pensar” desacertadamente en virtud de los hechos que nuestra propia historia nos muestra sobre nuestras acciones. Así, si conocemos la esencia de la naturaleza humana, podremos “corregir” cualquiera de las rutas erróneas que nos llevó al punto en que nos encontramos de la crisis de conciencia con la que ya nos adentramos en los comienzos del Siglo XXI, legado del belicoso y destructivo Siglo XX, del que no hemos sabido deshacernos hasta la fecha.

Conocer es ser. Pensar es construir. Si conocemos nuestra esencia, pensaremos de acuerdo a la naturaleza que nos descubrió el conocimiento adquirido sobre nosotros mismos. Tal promueven algunas corrientes filosófico-literarias, así como pensamos, construimos el mundo en que vivimos. Mientras se “idee” un modo de comprender el mundo, al hombre y la vida que éste construye con su ser/conocer/hacer día a día, para que “el cambio de rumbo” sea posible, nuestro futuro y nuestro “bienestar” individual y colectivo estará garantizado. Si, por el contrario, se acepta un determinismo que arrastra una connotación de condición negativa y absurda, siempre atada a un devenir de luchas y tensiones en el seno de una/la sociedad humana, tendencia inherente a la naturaleza humana, según otras corrientes de pensamiento, el cambio de ruta será imposible.

La conciencia del colectivo humano está cambiando a pasos agigantados. Hay colectivos que, con mayor o menor consciencia de su sentido, se muestran a favor de reconducir esta tendencia del ser individual/colectivo humano y reescribir el cuaderno de ruta para crear un mundo “humanamente” habitable para todos, porque todos hemos de ser incluidos en un proyecto planetario compartido, sin fronteras, fraterno, cooperativo y solidario. Y hay conciencia en la superficie del tejido social global que no está por dar chance al pensamiento que activa cualquier sentido pesimista respecto de la naturaleza humana, aunque todavía oímos voces que sí se mantienen en el viejo modo de pensar, arraigadas sus mentes en los principios filosóficos y en las directrices que el viejo paradigma mecanicista señala. Aún escuchamos que la tendencia natural del ser humano se ve reflejada en su actuar diario. Los medios audiovisuales se encargan cada día, las veinticuatro horas de todos los días, en recordarnos  que la violencia ciudadana, o la que se practica en las numerosas zonas en conflicto ideológico y étnico, o la guerra interminable que deviene en muchas de esas zonas en las que la etnia y el credo se han convertido en ideología, o las otras guerras, menos recordadas, las que nos presentan las luchas fratricidas en los parlamentos de las naciones democráticas, en continuo litigio y beligerancia de sus políticos…, les da motivos para pensar que tal panorama desesperanzador es el resultado de “la condición humana”, o que esos inhumanos comportamientos expresan la tan desconsoladora “condición humana”. Pero no es cierto, aunque sí se dan esos destructivos actos de lucha y enfrentamientos, cualquiera que sea su naturaleza. El colectivo humano presenta también muchos otros comportamientos que honran su naturaleza bondadosa y solidaria y que no se tienen en cuenta, porque no se visualizan a través de los medios. Y lo que los medios no atienden o no destacan, parece que no existe. El sentido negativo que superpone sobre la naturaleza humana un untoso lastre de pesimismo, afirmaría que no hay otro ser humano ni otra vida humana distinta que “aquella que se ha dado y aún sigue dándose”, porque es lo que conocemos como cultura humana. Y si bien podría haber sido de otra manera, lo que conoce el ser humano es lo que vive y experimenta cotidianamente. Este sentido negativo presupone aceptar el pensamiento de que la realidad del ser humano es la que demuestra, día a día, con sus actos, sin que haya sido posible modificarla. Creer que puede ser modificada entra en el terreno de las ideologías, por lo que éstas -que no son ideas o nociones abstractas- se proyectan en actividades políticas, con el fin de cambiar si no “la realidad objetiva” de esa “condición humana”, sí regenerarla hasta donde la “naturaleza humana” lo permita.

Pero existe otras vías “no políticas”, aunque toda acción humana está vinculada a la acción política de los ciudadanos responsables de gestionar la vida de sus congéneres. Estas otras vías “no políticas” o “no ideologizadas”, que entroncan con las utopías clásicas, no interesan ser atendidas por “la política”. ¿Qué resultaría de la política si atendiera a esas vías que ya movilizan conciencias en el tejido del colectivo humano global? Tendría que desaparecer del ámbito de la política su “acción política”, pues es con la que los grupos políticos desarrollan y movilizan sus actividades que repercuten sobre la ciudadanía. Desaparecerían, sin lugar a dudas, porque sus ideologías fueron generadas en el seno del viejo paradigma del capitalismo mecanicista, iniciado desde los comienzos de la Edad Moderna. Y por lo tanto, pertenecen esos viejos usos políticos e ideológicos al ya decadente y derruido Gran Paradigma de Occidente o paradigma mecanicista, como hemos explicado en otros trabajos.

Las ideologías conllevan una connotación implícita en sus postulados filosóficos que, si somos cuidadosos en su el examen, observaremos que arrastran una gran dosis de la visión negativa acerca de “la condición humana”. No en vano fue en la Edad Moderna cuando se instaura filosófica e ideológicamente esta visión negativa, junto al mecanicismo capitalista, primando la connotación trágica y la lucha “solapada” institucionalmente de las clases sociales que dinamizaban el tejido social de cada comunidad. Basta con leer el Prólogo de La Celestina para que el lector tenga una clara visión de lo que afirmamos. La trama de esta incomparable obra literaria confirma, en cada paso en la que avanza hacia la trágica muerte de los dos amantes protagonistas, que existía esta visión negativa, trágica y absurda sobre “la condición humana”, que conlleva el añadido del valor destacado de “juego de los contrarios”, de las oposiciones, como exigencia de la visión dual del mundo, entendido dicho “juego de antagonías” como “lucha”, “enfrentamiento violentado”, por el requerimiento de un resultado en el que uno de los contrarios u oponentes queda excluido o en desventaja, tal se entiende “la lucha de clases”, que ya vemos sobresalir en el paisaje del tejido social en la tragicomedia de La Celestina. Con muchos siglos de anticipación,  el teatro en la Grecia clásica, no sólo en las tragedias, inaugura esta tendencia a “conceptuar” la naturaleza humana.

No obstante, en todas las épocas de la civilización occidental, hallamos la otra vertiente positiva, en la que se ensalza la naturaleza humana, atribuyéndole una dimensión de excelencia, e incluso divina: Parménides, Heráclito, Pitágoras, por ejemplo, entre los presocráticos, junto a Sócrates/Platón en la antigua Grecia; el neoplatonismo, en la Edad Media y en el Renacimiento, en cuyo espíritu humanista surgen las utopías que nos han revelado que la perfección o excelencia de la naturaleza humana que desarrollaron los sabios, tal como los conocemos en nuestra historia de Occidente, es consustancial al propio ser humano. Si bien, ha de conocer, desarrollar y vivir de acuerdo con el carácter adquirido mediante una educación que promueva “el valor de lo humano”, su “humanidad”, o la “virtud”, la paz o conciencia derivada de conocer el ser prístino que eran, que arraigó en su interior, si bien todos estos valores expresan el mismo significado: la esencia del ser humano, que fue “conciencia” siempre, aun con anterioridad a su nacimiento, siendo inherente a todo ser humano.

El valor positivo lo encontramos definido en las utopías “positivas”, de cualquier signo ideológico, que entran en este apartado de “creencias”, aunque se describan, por ejemplo, como una “posibilidad de llevar a la realidad” lo que está latente en el desarrollo de la historia de la Humanidad, y debe ser promovido ideológica y políticamente para que brille en una sociedad igualitaria, tal nos expone la ideología marxista/comunista. La lucha de clases debe llevar a las masas obreras y campesinas al poder, logrando hacerse con los mecanismos del estado, una vez que la superestructura ideológica del capitalismo, dinamizada por la clase burguesa, sea destruida. En un ámbito muy alejado del descrito por la ideología marxista, no violento por tanto, las utopías clásicas proponen “actualizar” lo que está “potencialmente” impreso en la naturaleza humana; es decir -simplificándolo lo más posible-, declaran que es viable/factible lograr “traer” a este mundo” aquello que no es “de este mundo”, ni podría, por consiguiente, construirse “en un tiempo determinado”: u-topos/u-cronos, si no es mediante una “cultura” que desarrolle y explicite en el tejido social el “ideal humano” que promueven las sociedades utópicas. Implícitamente ninguna utopía clásica renuncia a logro de instaurar semejante realidad social, llegado el momento de “madurez” para la Humanidad. Esta idea de conducir la “u-topía” al ámbito de la “topía” está tácitamente dada en la esencia del concepto y noción de “utopía” que confieren una genuina sustancia de realidad a “lo pensado”, si se concibe que a todo pensamiento ha de seguirle ineludiblemente una acción o hecho que lo refleje en la realidad objetiva, tal acreditan las filosofías orientales y algunas corrientes de pensamiento moderno en ciencia y epistemología. El mismo Tomás Moro, en su Utopía, hace decir a Rafael Hitlodeo: “Yo he estado en Utopía”, queriendo significar el humanista inglés que la “Utopía” es en sí misma realizable en su esencia, pues deviene “topía” en el momento en que el ser humano reconoce su  naturaleza prístina, incondicionada y universal. Hablamos del ideal de perfección renacentista, que Tomás Moro conocía bien, como otros humanistas de su época, tal su amigo y admirado Erasmo de Rotterdam. Un ideal de perfección abierto a todos los ámbitos de la sociedad, no sólo a la espiritualidad mística o al conocimiento del Ser. En la “Carta para Arias Montano sobre la contemplación de Dios y los requisitos della”, el poeta renacentista Francisco de Aldana escribe: “…húndase toda en la divina fuente/ y del vital licor humedecida, / sálgase a ver del tiempo la corriente.” (Ver: GARCÍA GALIANO, Ángel, EN : “VIVEKA. En el camino del discernimiento”, Nº 51). Todo ser humano es perfecto en su más íntima esencia, pero ha de reconocer esta perfección y desarrollar las virtudes y cualidades que su verdadera naturaleza encierra. Ya desde el mismo momento de enunciar la idea de utopía, ésta queda registrada; sólo hay que esperar a que la idea madure, es decir, a que la Humanidad madure y florezca.

8.  ¿Qué significa “remover” la noción de “condición humana” como noción negativa trabada a las mentes de los seres humanos? Tal connotación negativa, vinculada a la expresión “condición humana”, es una “justificación” poderosa para nuestra mente, individual y colectiva, con el fin de evidenciar, ratificar y reafirmar que el ser humano está “condicionado/atrapado” en/por su propia naturaleza limitada y confinada a la contingencia que lo confina a una existencia dependiente del entorno y de las facultades que posea para someterlo, que dependerán siempre del conocimiento que tenga sobre esas facultades “suyas” y de que éstas posean la capacidad y el poder de “someter” el entorno, al que deberá también conocer. No importan las hechos positivos y extraordinarios que la Humanidad haya vertido en su deambular evolutivo. No es esta vertiente positiva la que nos arraiga y nos moviliza. Más bien tenemos conciencia de todo el material cultural que nos transmite que lo “humano” es dependiente y condicionado por una naturaleza limitada, aunque en continuo desarrollo, cambio y gradual progreso al entrar en contacto con la existencia fenoménica, lo que la hace ensanchar su campo de experiencia cognoscitiva individual y colectiva, hecho que le ha permitido evolucionar y comprender, paulatinamente, en sucesivas etapas de su historia, obteniendo en cada una de ellas un mayor rigor de conocimiento sobre su propia naturaleza y la de su entorno. No obstante, al estar la naturaleza humana ceñida por sus propias limitaciones, a causa de las cuales ha de esforzarse para superar los obstáculos que le exigen en el conocimiento de sí mismo y del entorno en el que se desarrolla su existencia, sin olvidar que ha de “batallar” constantemente, desde su confinada individuación (capaz de comprender sólo lo “dado” en ella, siendo todo contenido de conciencia fragmentado -Ortega y Gasset-, y teniendo, además, que avanzar en el día a día adverso y de compleja exigencia), la vida humana queda siempre ajustada por su propia naturaleza limitada y por el medio y las condiciones que éste le imponen, “inducidas/sostenidas”, bien por una fuerza mayor que se ha llamado “destino”, o bien por el imprevisible azar, que conlleva inscrita en su encubierta trama la idea de incertidumbre. Así, toda “condición” con la que se invista o con la que se circunscriba al ser humano queda expuesta a cualquier argumento que arroje un valor cuanto menos “restrictivo/limitador”, si no determinista, y adherido a él, un alto grado de escepticismo respecto a una futura “emancipación plena”, hacia cuyo logro, si lo hubiere, conducirá sus facultades “naturales” y adquiridas, y de este modo, procurar restar “condicionamientos” a un destino de continua oscilación entre lo favorable y lo adverso. Y es así como se ha escrito casi toda la literatura que presenta “la condición humana” como sujeto de estudio o de indagación filosófica o literaria, en el mundo dominado por la racionalidad de la ciencia objetiva occidental, sin que se hayan expuesto sobre la mesa las pruebas concluyentes, que en otras tradiciones filosóficas dan por hecho, como estado “natural”, la libertad del ser humano. Estas pruebas concluyentes exigen de una experiencia y de unos instrumentos que no se contemplan en ciencia racionalista y, como extensión, en las disciplinas de las humanidades y de las ciencias sociales. Nos referimos a las tradiciones filosóficas de pensamiento oriental. En las Karika, de Gaudapada, leemos los siguientes sutras:

“Ningún ser está tapado por velo alguno. Todos son libres, puros por naturaleza e iluminados desde su origen. Sin embargo, se dice que los seres humanos tienen la posibilidad de conocer la verdad”.

“Los seres humanos, en principio serenos, incondicionados y eternos por su misma naturaleza, son idénticos, sin distinción alguna, con el Ser real que es puro pleno y eterno.”

Nada que ver tiene el sentido de estos dos sutras aforísticos con el pensamiento occidental, si nos alejamos de los presocráticos y de Sócrates/Platón y de algunos filósofos adscritos al neoplatonismo o a la gnosis del primitivo cristianismo, o a algunas corrientes de la espiritualidad musulmana hispano árabe (Ibn Masarra, Ibn Arabí), que nos traen recuerdos de la vedanta advaita india. A priori, damos por hecho que el medio y la idea de que la propia naturaleza limitada del ser humano le condicionan su libertad y naturaleza, su ser. Y hablamos de “condición humana”, no importa que ésta se entienda como fatalismo o trágica (o si se quiere, dramática) historia de la Humanidad, ya que encontramos en todo el recorrido de su historia el tema del fatalismo. Así en Grecia, como en las sucesivas etapas de la historia del viejo continente, desde la Edad Media hasta la Ilustración -época que filosóficamente marca un antes y un después respecto de la noción de “ser humano”-, que revitalizará la idea del ser humano como dotado de una “razón” facultada para “iluminar” su trayectoria cognoscitiva hacia la comprensión de sí mismo y del mundo que le rodea, hecho que dará recorrido al saber humano hasta nuestros días, pero que no despejará las dudas acerca de las connotaciones “negativas” de la naturaleza humana, aunque debe reconocerse que la filosofía ilustrada apunta directamente a la educación para acercar al ser humano al ideal de la excelencia.

Ya en el Siglo XX, algunas tendencias en el pensamiento contemporáneo, tales como el existencialismo o la filosofía del absurdo, ésta como reflexión que vincula al ser humano a la trágica, pero absurda e irracional “condición humana”, retoman vigorosamente la evidencia de una “condición humana” atravesada por el sentimiento trágico. En ambos casos,  gravitando este sentimiento trágico tanto sobre la “persona” de la individuación humana como sobre el colectivo en el que aquella se inscribe y a la que circunscribe. Incluso cuando se busca una manera “manejable” científicamente con la que se quiere desdramatizar y erradicar la noción del determinismo, al ser una idea surgida en el seno del idealismo, como nos quiere convencer el materialismo histórico, en el intento de destruir las bases filosóficas de su oponente -la filosofía idealista-, no encontramos hasta la fecha forma alguna, certeza o praxis, de quitarnos tan pesada roca sobre nuestros hombros, Sísifos todos, alegando, incluso en el caso de nuestro compatriota Ortega y Gasset, quien afirma que existe la idea de la circunstancia que grava sobre el “yo” personal humano, la cual se le suman como “carga” a la ya “atribulada” individualidad humana, incapaz de comprender el todo (yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”), al que la filosofía quiere dar un sentido y explicación lo más racionalmente que se pueda, desde la capacidad cognoscitiva (conciencia) del ser humano, que siempre estará limitada por su intrínseca naturaleza.

9. Dar importancia al medio como circunscripción que delimita los espacios que ciñen el yo, en tanto que conciencia capaz de comprender sólo lo “dado” en ella, siendo todo contenido de conciencia fragmentado, hasta tal punto que el yo debe  “salvar” o “des-condicionar” lo que le circunscribe, la circunstancia, la del yo, la que convive con él y le condiciona, siendo par en convivio en su periplo existencial, no es precisamente una tarea fácil. Es como si le pidiéramos a Sísifo que, desde su limitada/condicionada posición de ser “castigado” a cumplir un destino irrevocable, infecundo en sí mismo, salve a los dioses y a todo aquello contingente que ciñe su yo para poder salvarse él mismo. Es un imposible metafísico, y en términos de realidad objetiva, un absurdo, dadas las premisas con las que se juega. Es una tarea que puede ser hermosa si se embellece desde el quehacer filosófico o literario. Pero es una tarea vana e inútil, entendida desde una “perspectiva” de semejante juego de imposibles reales. No obstante, hay una salida, que Occidente no ha explorado, aunque sí “pensado” en los ámbitos de la Filosofía, y que la espiritualidad elevada, entre la que se encontraría la mística y aquellos casos de quienes, trascendiendo la mística, han logrado la “Realización del Ser”, que no sólo se han dado en Oriente  (ya que en Occidente se encuentran ejemplos de seres humanos que han logrado el estado de “Realización del Ser”), que sí sería  útil y provechoso tratar de conocer y explorar, porque herramientas y metodología las hay. Diferentes, en todo punto, de las herramientas  y metodologías del conocimiento suscripto por la ciencia objetiva o racionalista, de corte cartesiano-newtoniano, y en el hasta hoy campo de la física cuántica y macroatómica. Aunque en estos ámbitos de la ciencia de lo subatómico y de lo ingente, hay de todo, hasta paradigmas que asocian sus descubrimientos (siempre en el terreno de lo teórico apoyado por cálculos matemáticos) al conocimiento de las tradiciones o escuelas filosóficas y de sabiduría orientales. Los casos de David Bohm Fritjof Capra o de Goffrey Chew o Michel Talbol o Hubert Reeves, entre tantos otros, son sólo una  muestra de lo que tratamos de confirmar entre vislumbres, claro.

Oriente y Occidente, en sus tradiciones de Sabiduría, declaran que el ser humano y el Ser universal son la misma realidad. Descubrir esta identificación es la tarea de quienes se adentran en la exploración de las metodologías diversas que conducen al Conocimiento del Ser. En Oriente y en Occidente, como venimos exponiendo. Si bien en Oriente, se conserva aún fresca la savia que recorre el Árbol de la Sabiduría. Lo más importante -si se quiere, sorprendente o asombroso- es que, aun hoy, la Sabiduría camina entre las gentes orientales, sobre todo en India, aunque no sólo, porque hay hombres y mujeres que han logrado “encarnarla”; es decir, han logrado realizar el Ser; esto es: han trascendido la humana naturaleza como ser pensante y se han “anclado” o establecido en el Ser Cognoscente, habiendo “experimentado” el tránsito de lo individual a lo universal. La diferencia entre lo particular y lo universal, en el mundo de la existencia fenoménica, es de tamaño, no de cualidad. En la Conciencia, enseñan los Upanisad, no hay ni lo pequeño ni lo ingente, que son mediciones de la mente; sólo puede haber Conciencia, la misma esencia que, en el mundo de lo fenoménico anima todo el Cosmos y cada ente con existencia en el Cosmos. Esta Conciencia es pura Inteligencia. Y esta Inteligencia envuelve el Cosmos y lo permea, incrustándose en el núcleo de una estrella como en el del átomo, dándoles vida, como lo hace con el ser humano, o con la Galaxia más ingente. No hay nada que no sea esta Inteligencia, puro Conocimiento de Sí guardado en el interior de cada ser que tiene existencia. Y somos los seres humanos, quienes, en nuestro recinto planetario, poseemos los elementos adecuados, las herramientas idóneas para indagar y descubrir que somos esa Inteligencia a la que en algunos sectores de la física moderna le otorga el rol de Mente o Inteligencia Cósmica, como desde los tiempos más remotos lo hacían las tradiciones de Sabiduría, que no estaban separadas de la ciencia; porque Sabiduría o Conocimiento del Ser y ciencia caminaban juntos.

Y si el ser humano es Inteligencia Suprema, universal e infragmentada, por consiguiente, ¿cómo puede estar “condicionado” por limitación propia o circunstancia ajena alguna?. Recordemos cómo los dos sutras aforísticos de las Karika, arriba transcritos, nos inducían a la indagación para descifrar su sentido paradójico. Si el ser humano se “percibe” condicionado y obstaculizado en su libertad, es porque no sabe quién o qué en verdad es. Conocer quién es el ser humano es el propósito de su nacimiento. Proporcionarle el Conocimiento de aquello que es en verdad es el propósito de la Ciencia (que ha de ampliar sus modos, ámbito y dominio: ¿ciencia mística?), de la Filosofía, de la Educación, de la Religión y de la Espiritualidad, habiéndose establecido cada uno de estos saberes como estrategias distintas, destinadas a la pluralidad y variedad de etnias y culturas diferentes que han poblado y pueblan el suelo terrestre, con el fin de que el ser humano conozca su verdadera naturaleza, logro que le descubrirá la unidad de base de la vida que alberga nuestro mundo planetario, incluyendo a la Humanidad, en su diversidad manifiesta.

II. La educación que conduce a la sabiduría. La cultura que cultiva el alma humana. 

10. El ser humano, y la Humanidad por lo tanto, ha perdido la “conciencia” de ser “libre” y de elegir “qué quiere reflexionar o indagar o meditar” que le devuelva a “su estado natural”, a lo que en verdad el ser humano es. La Humanidad vive de espaldas a su “humanidad”, movida a desarrollar un rol que le es ajeno, no natural, sustituyendo el rol que, por naturaleza, los seres humanos, sin excepción, habrían de desenvolver en su existencia terrestre. Cada ser humano ha sido reconvertido en un engranaje de la maquinaria del “sistema” mercantilista de capitalismo trans-neoliberal, mudado en un entidad “formada” (no educada) para producir y para consumir aquello que produce el “sistema”, sea un objeto material o un hecho cultural (ideas, arte, ciencia, técnica, derechos, deberes…); por lo que la vida que resulte de expresar un rol alejado de su verdadera naturaleza le impedirá vivir desenvolviéndose tal cual es en esencia, como por nacimiento le corresponde. Y es así, porque no ha conocido qué es en verdad un ser humano, hombre o mujer, y por tanto, en qué consiste vivir su “humanidad”, aquello que le permite expresarse como un “verdadero ser humano”.

Sin conocer quién es, ¿en qué ha devenido el ser humano? Conocer quién es y vivir en correspondencia con ese conocimiento es el propósito del nacimiento de todos y de cada uno de los seres humanos. Si el hombre y la mujer no han logrado conocerse, por conocimiento de sí mismos, en experiencia inequívoca, la “información” que han recibido sobre ellos mismos ha sido “falseada”, viviendo una vida que no expresará los valores consustanciales a su verdadera naturaleza. Su vida estará desnaturalizada. “Conócete a ti mismo” (gnóthi seautón) se cuenta que rezaba el aforismo inscrito en el pronaos (¿?) del templo de Apolo, en Delfos. “Conocimiento de sí mismo” que se reclamaba para el ser humano entre los antiguos griegos, y aun con anterioridad, entre los hindúes, quienes utilizaban la expresión “¿Quién soy yo?”, con la que indagaban acerca de la verdadera naturaleza humana.

Si el ser humano no sabe quién es, ¿qué vida puede llevar? ¿Hacia dónde le conduce tamaño desconocimiento? ¿No estará este desconocimiento de sí “condicionándolo” y conduciéndolo a una vida impropia de ser vivida, por el hecho de no conocer su verdadera esencia, su yo genuino, dirigiéndose hacia un destino alejado, sin duda, del que le correspondería, si su vida se desarrollara en perfecta sintonía con su verdadera naturaleza? ¿Qué vida estamos viviendo los seres humanos “condicionados” por el desconocimiento de nuestra legítima realidad, lo que en verdad somos, no lo que nos dice qué somos la cultura que nos deshumaniza y embrutece, sino lo que somos y no conocemos, porque no nos lo ha comunicado el establishment que dirige la cultura educativa, ocultándonos, si bien por ignorancia, dado el embrutecimiento que muestran en su hacer diario sus “eruditos” y “pedagogos”, y, de manera especial, los políticos, entre los que se encuentran los responsables que dirigen la Educación y la cultura.

La Humanidad ha alcanzado un tan alto grado de desconocimiento sobre qué es en verdad el ser humano, que vive alejada de su “humanidad”. Desviada la Humanidad, entonces, de su “humanidad”, entre otras razones por el abandono del conocimiento de sus tradiciones de sabiduría, las de Oriente y las de Occidente, ¿hay alguna forma de recuperar el conocimiento mediante el cual los seres humanos nos reconozcamos qué o quiénes en verdad somos? Sin duda alguna, volviendo a las fuentes de ese conocimiento que las tradiciones de sabiduría han revelado desde que la Humanidad tiene existencia; pues está ahí, al alcance de todos, en nuestra cultura occidental, en la cultura oriental. Pero hay que querer mirar hacia esa vertiente de conocimiento. Hay que anhelar “conocer” quién es en verdad el ser humano. Y esa aspiración no ha sido infundida al colectivo humano por nuestra cultura, hoy global y deshumanizada.

La Humanidad ofrece notables ejemplos que resumen las ennoblecidas cualidades que, conocidas y desarrolladas, expresan la sabiduría y la excelencia de una cultura “verdaderamente humana”, se desarrollara ésta en Oriente o en Occidente. El ejemplo de Sócrates o el de Jesús, de los que todos hemos oído hablar, son paradigmáticos en nuestra cultura occidental, como en la oriental lo pueden ser Rama, Krishna, Confucio, Lao Zi o Buda. Incluso otros nombres de sabios, y otros de personajes preclaros en sus patrias y en sus culturas, o de conocimiento elevado, cuyas ideas nos han permitido avanzar en pensamiento y ciencia, están sin duda en nuestras mentes: en los ámbitos de la filosofía, Confucio, Lao Zi, Parménides, Aristóteles, Séneca, Plotino, Maimónides; en los de la religión y de la espiritualidad: Zoroastro, Apolonio de Tyana, Sankaracharya, Gñanesvara, Ibn Arabí, al_Hallaj, Kabir, Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Paramahansa Ramakrishna, Vivekananda, Aurovindo, Ramana Maharshi, Madre Teresa de Calcuta…; o del activismo político y social por devolver a sus pueblos su “humanidad”, su libertad y dignidad, todas éstas, genuinas cualidades humanas: Simón Bolívar, José Martí, Abraham Lincoln, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela…; o de la ciencia: Tales de Mileto, Al-Batani, Avicena, Averroes, Roger Bacon, Guillermo de Ockham, Nicolás Copérnico, Leonardo da Vinci, Galileo Galilei, Kepler, Francis Bacon, Isaac Newton, Albert Einstein…

Pero el conocimiento que se nos ha exigido de estos prohombres ha sido libresco. Estudiamos los distintos grados académicos para almacenar datos. Pero en la Antigüedad, en Oriente y en Occidente, el conocimiento era práctico, pues se fomentaba la fructificación del mismo, porque debía servir para la vida, no para la escuela, como nos aconsejaba Lucio Anneo Séneca. Es decir, se tenía la cultura de que conocimiento de sí, que debía de mostrase a los educandos en el proceso educativo, y la praxis del mismo, eran par indispensable para lograr la sabiduría, de cuyo aprendizaje resultaría una vida en absoluta correspondencia con la naturaleza humana. El conocimiento, pues, ha de ser práctico, con el fin de ser utilizado en cada momento de las vidas de los seres humanos. Un conocimiento teórico es estéril en sí mismo. Si no madura y se traduce en un conocimiento que ayude al ser humano a vivir una vida inteligentemente conducida hacia su  bienestar y el de la vida que le rodea, sin duda que será un conocimiento infecundo.

El conocimiento ha de ser práctico y debe conducir la vida humana de una manera que defina la naturaleza del ser humano, la de cada hombre y la de cada mujer, con el saber y el dominio de sus facultades humanas, por lo que su vida será pacífica, ecuánime, feliz, tolerante, integradora, cooperativa, inclusiva, vivida en armonía con todos nuestros congéneres, en toda su diversidad étnica y variedad cultural, y con el entorno que le rodea, respetándolo y permitiéndole que se desarrolle de acuerdo a singular idiosincrasia natural -pues inteligente es la vida- de auto organizarse y auto conservarse, y cuando tenga el ser humano que utilizar sus recursos, lo haga con la inteligencia con la que lo hace la vida, siguiendo los principios que rigen los ecosistemas que conforman la Naturaleza (Fritjof Capra), de la que somos parte integrante, y no sus propietarios, integrándonos en ellos, a la vez que los integramos en nuestras vidas/actividades, pues necesitamos esos recursos para nuestra supervivencia, sin perder de vista la supervivencia de esos entornos o ecosistemas que nos inscriben y circunscriben, y nos acompañan en nuestro peregrinaje por el suelo terrestre.

Recordamos al lector dos textos de la tradición china que ilustran nuestra reflexión. Lao Zi, en su obra HAU HU CHING. 81 meditaciones taoístas, nos dice:

“Una persona (de conocimiento) superior cuida del bienestar de todas las cosas (…) Cuando mira a un árbol, no ve un fenómeno aislado, sino raíces, tronco, agua, tierra y sol: cada fenómeno relacionado con los demás, y el ‘árbol’ surgiendo de este estado de relación. Mirándose a sí mismo, ve la misma cosa.” 

Confucio, en El Centro Invariable, nos recuerda cuáles son esas cualidades que infunden en el ser humano vivir en la excelencia de su ser, se su naturaleza verdadera:

“El hombre verdaderamente perfecto no se limita a su propia perfección: también busca la de las cosas del universo. Tender por sí mismo a la perfección es el efecto de la bondad; hacer que las cosas tiendan hacia ella es el efecto de la sabiduría. Estas son las virtudes naturales, la regla de nuestras relaciones interiores y exteriores. Y según ella es como se dirigen las acciones, según las circunstancias.”

De Sócrates, que en ocasiones fue comparado con un sátiro, por su rostro poco agraciado, ya que era de baja estatura, y tenía los ojos saltones, chata la nariz, gruesos labios y vientre abultado, se cuenta una anécdota, según la cual un adivino sirio, Zopico, le dijo que su rostro evidenciaba a un estúpido y libidinoso, sin saber de quién se trataba. Claro que los que presenciaron la anécdota, que sí conocían a Sócrates, se rieron. Sin embrago, Sócrates dijo que no estaba descaminado, pues era la Educación lo que le había permitido superar tan bajas inclinaciones.

Hemos traído esta anécdota sobre la vida de Sócrates, porque nos sirve para reafirmar lo que venimos exponiendo acerca del conocimiento práctico. La Educación, la paideia griega, tenía como propósito descubrir al educando la naturaleza de su esencia universal, que ha de verse reflejada en la praxis de su “humanidad”. Esta esencia, cuando se conoce y se desenvuelve progresivamente en el proceso educativo, va “madurando” formando un carácter que se desarrolla en el periodo educativo en sintonía con la esencia del educando, o del ser humano en cualquiera de sus etapas vitales, pudiendo expresar, entonces, las cualidades o valores que vienen ya dados con su nacimiento, por lo que dichas cualidades han de entenderse que están en “potencia” en todos y cada uno de los seres humanos. La formación del carácter es la finalidad de la Educación. Y su esencia ha de ser la concentración de la mente, o la disciplina. Es decir, el ser humano nace con unas cualidades, con unos valores “humanos”, que debe conocer y desarrollar en el proceso educativo. Sócrates es bien claro en este aspecto: gracias a la Educación pudo corregir, según él, las bajas inclinaciones que el adivino creía “adivinar” en él.

El sarcasmo y la ironía de Sócrates son evidentes, ya que todos los que lo conocían eran sabedores de la sabiduría del Maestro por excelencia de la Antigüedad griega. En la época romana, el propósito de la Educación también hacía referencia al conocimiento práctico. Y fueron tan explícitos en este respecto que la misma palabra “Educación” proviene del verbo “educare”, compuesto de la preposición “ex” (‘de/desde dentro’) y del verbo “duco” (‘conducir’, ‘sacar’, ‘extraer’). ¿En qué pensaban los pedagogos romanos al definir la acción o proceso de educar a los alumnos, al utilizar el verbo “educare”? “Extraer del estudiante aquellas cualidades que les son inherentes”. Es decir, la Educación no sólo consistía en transmitir a los educandos información sobre la naturaleza del mundo, sobre la historia o Cultura de sus pueblos, sobre el bien hablar, etc., sino que principal y esencialmente era el proceso de conocimiento mediante el cual el educando se conocía a sí mismo; o dicho de otro modo, se dotaba al estudiante del conocimiento de sus cualidades y valores consustanciales a su naturaleza humana. Estas cualidades o valores son lo que las antiguas culturas o tradiciones de sabiduría llamaban “valores humanos”, siendo éstos inherentes a cada ser humano. Luego se procuraba, con la Educación que había sido instituida para un propósito específico, dotar al educando del conocimiento de su verdadera esencia, el conocimiento de sí mismo. El educando, el estudiante, conduciéndose en un proceso educativo con tal propósito, desarrollaba un carácter acorde con esas cualidades que le son inherentes y que le confieren la facultad de conducirse como un “verdadero hombre”, decía el sabio chino Confucio, en El Centro Invariable, al hablar de la “virtud” como la cualidad que debe seguir el ser humano que conoce su verdadera realidad, asido en todo momento a ella. El Maestro de sabiduría indio Sri Sathya Sai Baba exhorta a los educadores a que descubran en su interior este conocimiento de sí mismos, ya que la actividad educativa que ellos deben desarrollar, no distinta de la venimos exponiendo (Educare) “implica comprender profundamente el conocimiento que surge del interior e impartirlo a los estudiantes” (Disc. 20 de Nov. 2001). Educare debe compaginarse con Educación, que dotaría al alumno del conocimiento con el que será útil a la sociedad, convirtiéndolo, además de desenvolverse en la vida diaria como un “verdadero ser humano”, en un experto en cualquiera de las disciplinas científicas o humanísticas o sociales, o desarrollando cualquier otra actividad profesional, siempre en beneficio del bien universal del colectivo humano y de la vida que lo circunscribe.

Las cualidades humanas mencionadas son inherentes, pues, a todo ser humano. Al ser practicadas, porque se conozcan y se desarrollen en el proceso educativo, permitirán a los jóvenes, cuando adquieran la edad de incorporarse a la comunidad que le ha facultado acceder a tan “esencial” conocimiento, servirla con sabiduría, o discernimiento en sus interacciones sociales. Son estas cualidades las que destacan hoy en las culturas en las que aún pervive la sabiduría de sus ancestrales tradiciones, que quedan resumidas en cinco, como indicamos más arriba: Verdad, Acción correcta, Paz, Amor y No Violencia. Estas culturas, la vedántica hindú y la budista en todas sus vertientes, promueven hoy este propósito educativo: dotar al alumno del conocimiento de su verdadera naturaleza, que una vez obtenido, insistimos, se expresa por medio de un carácter formado en el proceso educativo en el que se adquiere el conocimiento de los valores humanos universales, que han de ser expresados  en la vida diaria de los educandos. La Educación a la que se refería Sócrates no es distinta a la que declaran las tradiciones vedántica y budista, entre las que se encuentra la promovida en nuestros días por el Maestro de sabiduría indio Sri Sathya Sai Baba. Tampoco se diferencia a la promovida y enseñada en la China de la época de Confucio o Lao Zi. Ni la posterior a uno y otro sabio, cuando convergen algunas escuelas confucionistas y taoístas, en  un conocimiento resultante del sincretismo de ambas, que dotaba a la Educación del mismo propósito y fin que venimos exponiendo.

11. ¿Qué le ha sucedido a la Humanidad de nuestros días que ha olvidado tan preciado y esencial conocimiento, pues es el único que nos puede revelar quiénes somos  y cómo hemos de vivir en correspondencia con nuestra verdadera naturaleza? Por supuesto que nunca nos lo dirá “el sistema educativo”, que sigue los programas elaborados en esta edad de barbarie y de violentación, de des-Educación y de pseudo-cultura que nos aleja de la “humanidad” que el ser humano encierra dentro de sí.  Pero estamos a tiempo de corregir el ocaso de la “humanidad” del ser humano, al que la cultura mercantilista ha conducido a su desnaturalización, deshumanizándolo. Si nos dicen nuestros gobernantes que, para salir de la crisis económica que vivimos y nos ahoga, y nos sacude el cuerpo y el alma, debemos consumir más productos para que la economía crezca, Sócrates decía, al ver la abundancia que se exhibía en los comercios -que no era, ni por asomo, lo que hoy podemos contemplar los que vivimos en el mundo de la abundancia y del derroche-: “¡Cuánto es lo que no necesito!”. Insistiendo en la necesidad de comprender la importancia que debemos darle a la Educación, haciéndola girar 360º, o quizás aún más, volteándola en espiral varias veces 360º, para convertirla en el convivio de Educare y Educación, traemos otra cita atribuida a Sócrates: “¿En qué se diferencia de una bestia el hombre sin domino de sí e incontinente?”. La respuesta queda para el lector. Pero en el hombre o en la mujer ecuánimes, y con discernimiento, porque han adquirido el conocimiento de sí mismo, de su verdadera naturaleza, habiendo fructificado en ellos ese conocimiento suyo, propio, interno, sus vidas se convierten en un fiel reflejo de la Educación recibida y del carácter desarrollado acorde con las cualidades logradas gracias a la Educación que conduce a la sabiduría: Educare. Que sin lugar a dudas son  las mismas cualidades que les ha conducido al autodominio y a erradicar las bajas inclinaciones, tal nos revelaba Sócrates. La Educación que conduce a la sabiduría es, pues, la que reclamaba Sócrates en sus conversaciones con sus contertulios, que Platón nos transmite en sus Diálogos. Nos baste para nuestro propósito el ejemplo de Sócrates. Pero la historia de la Humanidad, se desarrollara ésta en Oriente o en Occidente, o en otras culturas de las que no hemos hablado, pero que el lector puede tener presente, está plagada de ejemplos que nos ilustran acerca de la excelencia del ser humano. Desgraciadamente, en el Siglo XXI, con una ciencia y una tecnología altamente desarrolladas, la nobleza de la excelencia humana no es el paisaje que acostumbramos a ver en nuestro recorrido diario. Por el contrario, hartazgo tenemos de ver cada día la barbarie de una civilización que sucumbe a su bizarra ignorancia.

Las palabras de Sócrates, que encontramos en el Banquete y que reproducimos al final de este párrafo, nos aclararán por qué los gobernantes y los pedagogos y filósofos de nuestro mundo global, no sólo no conocen quiénes en verdad son ellos, sino que su ignorancia es tal, que les hace ser brutos, tal animales, por cuyas inclinaciones innobles, a las que sirven y de las que se sirven, no les permiten tiempo para ocuparse de aquellos que dependen de su autoridad, sea política o educativa. Vemos en ellos el liderazgo de lo innoble humano y de las tendencias propias de las personas de muy baja calidad humana, abocadas sus vidas a la ambición, la avaricia, el egoísmo, el resentimiento, los celos, el odio, el insulto, la calumnia, el medrar, la tendencia a la falsedad, la ausencia de bondad o de sentimiento de empatía y sinergia con los más desfavorecidos socialmente, o de ecuanimidad en sus decisiones por proporcionar a las comunidades o colectivos que de ellos dependen las condiciones más justas para que vivan en la dignidad a la que todo ser humano tiene derecho, sólo por haber nacido ser humano. La ignorancia es el nivel de conocimiento más bajo al que puede caer un ser humano. Y estos gobernantes y expertos en Educación ni quieren la sabiduría, pues no la aman, ni permiten que los ciudadanos que aspiran a obtenerla puedan adquirirla. Dice Sócrates: “Pues la cosa es como sigue: ninguno de los dioses ama la sabiduría ni desea ser sabio, porque ya lo es, como tampoco ama la sabiduría cualquier otro que sea sabio. Por otro lado, los ignorantes ni aman la sabiduría ni desean hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una cosa molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se crea a sí mismo que lo es suficientemente. Así, pues, el que no cree estar necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar”.

12. ¿Cómo lograr poner en jaque la “reprobada” condición humana para que podamos vivir “en esencia” reconociéndonos universales, libres, dignos, felices, sin que ningún “condicionante” nos impida vivir en el ser que realmente somos? ¿Podemos realmente “remover” y expulsar de nosotros todos los obstáculos/condicionantes que nos impiden ser lo que en  verdad somos, seres cognoscentes, no subrogados por el condicionamiento del “ser pensante” al que nos hemos adherido al identificarnos con la mente, como si fuera nuestro doble, abandonados al paso que nos marca y al rumbo por el nos encamina? ¿Somos verdaderamente libres? ¿Somos el Ser Universal que vaga por el mundo, ignorantes -nosotros- de nuestra verdadera realidad, hundidos en la más absoluta oscuridad (Mito de la Caverna, Platón) hasta el momento de lograr conocer nuestra verdadera identidad como Ser Supremo y Absoluto? Las tradiciones de sabiduría de Oriente, y aquellas que hubo antaño en Occidente, que hemos olvidado, nos responden afirmativamente.

¿Qué podemos hacer, entonces, para deshacernos de toda “condición” que nos impida vivir en nuestro yo real, ya que cualquier condicionante nos obliga a aceptar la “idea” de que yo no soy lo que soy, la Realidad Absoluta? Ser Buddha, significó para Siddhartha reconocerse como “El Buddha”, el Iluminado, aquél que ha logrado realizar la Liberación de la rueda del samsara. Ser “Cristo”, significó para Jesús reconocerse Uno con el Padre. Si examinamos bien las Escrituras bíblicas, Jesús pasa por tres etapas, como si nos dejara “señales” que debemos tener en cuenta cada ser humano que toma la determinación de seguir el sendero del Conocimiento del Ser: 1) yo soy el mensajero de Dios; 2) yo soy el Hijo de Dios; 3) Mi Padre y yo somos Uno. Que ambos modelos, que mostraron el camino hacia la “Divinidad del ser humano”, Buddha y Jesús, eran altos iniciados, o profetas, o tal vez Mahatmas (Almas Grandes), tal les llaman los hindúes, no nos cabe la menor duda. Nos dejaron, con el ejemplo de sus vidas, y con la guía de sus palabras, el camino de cómo llegar a tan excelsa meta, el verdadero estado de todos y cada uno de los seres humanos que peregrinamos en la Tierra.

Cuando Nisargadatta Maharaj de Mumbai, regresó a su casa, cansado de peregrinaciones a lugares sagrados y templos, y aun de visitar a gurús que no representaban la esencia del verdadero Conocimiento del Ser, un amigo suyo le invitó a visitar a su Gurú, en Mangaluru, al sur del estado de Karnataka, ciudad próxima al sureño estado de Kerala, una notable ciudad costera que mira hacia al Mar Arábigo. Y aunque él se negó, en un principio, a viajar para conocer al Gurú de su amigo, finalmente aceptó su invitación, trasladándose a Mangaluru. Una vez llegado ante la presencia del que sería desde entonces su Gurú, éste le dijo a Nisargadatta: “No dudes de que eres el Ser Supremo”. Nisargadatta  confió en aquellas palabras. Las guardó para sí. Y meditó en ellas. Tenía treinta y cuatro años cuando conoció a su Gurú. A la edad de treinta y siete había logrado la Realización del Ser, tal como él lo cuenta en los libros de conversaciones que mantuvo con muchos aspirantes a la Realización, entre los que se encontraba, a principios de los años setenta, Maurice Frydman, quien publicó el primer libro de Nisargadatta, Yo soy Eso, que contiene las conversaciones (7 de Mayo de 1970- 219 de Abril de 1972) que mantuvieron él y otros asistentes, que frecuentaban la modesta habitación en la que el Gurú conversaba con ellos. Desde que se editó en Occidente este libro, notables buscadores de la Verdad visitaron a Nisargadatta hasta la fecha de su muerte, en septiembre de 1981. Es uno de los muchos que pueden ponerse como ejemplo, en la India, de “eliminación” de la “condición humana” o disolución de la individualidad, cuyo resultado o logro incontestable de la transformación que se opera en el ser humano, es la Realización del Ser, porque lo que llamamos ser humano, individualidad humana, persona o personalidad humana, es todo lo que el ser humano ha superpuesto (persona/máscara), desde su nacimiento, sobre su esencia Universal, debido a una Educación y una cultura que no han cumplido con el propósito por el que fueron instauradas por los “pocos sabios que en el mundo han sido”.

13.  ¿Qué hacer, entonces? ¿Qué camino seguir para obtener el Conocimiento que nos lleve a conocer qué cosa somos, logrando, entonces, liberarnos de los enojosos e irritantes condicionantes que nos impiden vivir en correspondencia con nuestro ser real, nuestra verdadera naturaleza?

La Cultura, si no es refinamiento, no es Cultura, nos viene a decir el neoplatonismo en toda su larga y fructífera presencia en Occidente. Y en nuestros días le he oído exponer, en muchas ocasiones y en muchos modos diferentes esta verdad a Sri Sathya Sai Baba.

En otro lugar escribimos: “El viejo aforismo “conócete a ti mismo” es en verdad el objetivo más importante que cada ser humano debe lograr al finalizar el ciclo de su vida en este mundo. Sin embargo, precisa de una Cultura y de una Educación acordes con tal propósito que le posibilite el camino mediante el cual logre tan excelsa meta. Una Cultura que cultive el alma humana y una Educación que permita trasladar el modelo cultural de refinamiento del alma a la escuela.

“Así Cultura y Educación deberán siempre ir unidas, siendo ambas indisolubles, determinando los valores que asuma el espíritu creativo del individuo y de la colectividad; expresado y desarrollado ese movimiento creativo en-desde-por la interacción del hombre consigo mismo y con los demás hombres, con sus ideas, sus pensamientos, sus palabras y sus hechos. Siendo la Educación la que genere individualidades conocedoras de su verdadera naturaleza, habiéndoseles formado, en el proceso educativo, un carácter diáfano capaz de afrontar la vida desde el valor y la moral que exige la responsabilidad de conocer qué es el hombre y cómo ha de encauzar su vida en su interacción en el seno de la vida social en donde se desarrolla y vierte su vida. Será la Cultura la receptora de la creatividad del hombre, al tiempo que supervisará y creará las condiciones para que el valor de la vida del hombre sea el que devenga del conocimiento de su esencia y del refinamiento de su alma.

“¿Qué Cultura debe ser la que establezca la base de una sociedad educada en el refinamiento del alma? ¿Qué valores deben cimentar una Educación que forme seres humanos que expresen en su vida diaria tal refinamiento de alma? Las respuestas a estas preguntas […] deben ser la expresión clara y fértil de una sociedad compuesta de seres humanos que conocen, desarrollan y expresan su innata naturaleza. Así los hechos culturales, la Cultura, expresión viva y creativa del hombre social, han de estar en sintonía con la natural expresión del ser humano que conoce y manifiesta su verdadera realidad.

“La Cultura de la que hablamos es ese espacio creativo en el que el hombre en actividad desarrolla todo su potencial innato, vislumbrando la meta final de perfección de su destino terrestre humano, individual y colectivo. Cultura y Educación son programas, pero también actuaciones, praxis, actividad creativa que el hombre colectivo diseña y despliega para conducirse y conducir al individuo hacia la aspiración social de una meta de excelencia humana o de refinamiento del alma. La Educación tendrá como meta que el hombre haga realidad la vieja aspiración de conocer su verdadera esencia: “conócete a ti mismo”.  La Cultura ha de crear el espacio, las condiciones y los instrumentos para que sociedad e individuo vivan establecidos en la coherencia y realidad de ser una sociedad constituida por seres verdaderamente humanos…” [NOTA 2]

III.  La Globalización debe ser el ágora de las nuevas-correctas relaciones entre todos los pueblos y culturas de la Tierra, y no debe confundirse con la “Mundialización de la economía de mercado” como fundamento de la colonización del Planeta por el capitalismo trans-neoliberal.

14. El contexto socio/político/económico desde donde nos hemos permitido reflexionar acerca de “la condición humana” no es otro que el que nosotros hemos denominado “Mundialización de la economía del mercado”, en la que el sistema capitalista se ha desarrollado en sucesivas etapas desde mediados del Siglo XX, como hemos explicando en nuestros trabajos sobre el nuevo paradigma social no mecanicista, que denominamos el Humanismo Global, cuyos valores, lenta pero gradualmente, van sustituyendo al viejo Gran Paradigma de Occidente o paradigma mecanicista.  [NOTA 3]

Si se ha establecido consensualmente que aquello que ha sido denominado “Globalización” es la etapa de “Mundialización de la economía de mercado” en la cual el capitalismo se ha desarrollado -sin serios obstáculos- con más solvencia y descaro en las décadas de los años ochenta y noventa del pasado siglo, es porque todos los ámbitos en los que se desenvuelve el colectivo humano han sido captados por quienes detentaban, en esas décadas, el poder económico, sojuzgando el poder político de los países que participaban de la economía capitalista mundializada, como aquéllos que se adscribieron más tarde, una vez que se desvincularon del control soviético a partir del periodo en que Mijail Gorbchov promovía la glásnost y perestroika (1985-1991). Sin el oponente comunista, al sistema capitalista mundializado  le fue más fácil consolidar su imperio desde donde generar y “movilizar” las sucesiva etapas en las que se desenvolvería con la rapidez con la que la ciencia y la tecnología avanzaban, sabiéndose que el nuevo orden del mundo estaría estrechamente vinculado al progreso de determinadas áreas de una ciencia, que desarrollaba una tecnología altamente sofisticada. El progreso científico-tecnológico ya estaba marcando, por entonces, los espacios en los que se desarrollaría la industria y el comercio del Siglo XXI. Que aquellos que hoy tienen el poder absoluto del dinero y del mercado, es decir, de la política económica y monetaria que rige la dinámica económica y el progreso del mundo globalizado, eran quienes movilizaban ya entonces estructuras de poder económico para seguir instalados en el poder absoluto que ya dominaban, nadie lo pone en duda.

Con el derrumbe del sistema comunista el poder económico exigía, pues, justamente un nuevo orden mundial, ocasión que el capitalismo no desaprovechará para ir “anexionándose” progresivamente las naciones que lograban liberarse del férreo yugo soviético. Se inauguraba, pues, una nueva etapa en el último tercio del Siglo XX de paulatina colonización del mundo -que comenzaba a “sentirse” y “saberse” y “experimentarse” global- por la ideología capitalista, que lograba superponer sus valores mercantilistas sobre todas las naciones, pueblos y culturas que “colonizaba”, desdibujando primero sus valores culturales, para luego arrasar sus culturas, permaneciendo, entonces, como valores vigentes los valores “de prestigio” de la ideología capitalista que ya habían asumido las naciones del Occidente euromericano. Valores materiales, pero que fueron creídos y valorados como valores de prestigio, de influencia, de dominio y de poder, que, junto a la lengua inglesa, que vehicularía esos valores del capitalismo de mercado, lograrán imponerse sobre la faz de la Tierra en la última década del Siglo XX. No obstante, al finalizar la década de los noventa, un nuevo contratiempo le sobrevino al “sistema” capitalista: la emergencia en el tejido social de colectivos posicionados en un amplio abanico de la izquierda no institucionalizada, que mostrarían su protesta y disconformidad con la política económica que la OCM venía imponiendo a la totalidad del planeta. Sumados a los países emergentes, dieron la batalla en Diciembre de 1999, en la Cumbre del Comercio Mundial (o Ronda del Milenio, como se le denominó en los medios) de la OCM que se celebraba en Seatle. En síntesis exponemos lo que ampliamente expusimos en otros trabajos [Ver NOTA 3]: Dada la actividad desarrollada en foros y protestas callejeras y la fuerza que demostró ante la imposibilidad de la OCM de silenciar su voz en los medios de todo el mundo, la denominada Cumbre Alterativa a la Ronda del Milenio obligó a la Cumbre del Comercio Mundial a prestar atención a sus demandas y a dialogar ante tamaño desafío de los países emergentes y de los colectivos sociales que se allegaron a Seatle de todos los rincones del mundo. Tal fue el fracaso de la Cumbre de la OCM de Seatle que el Director general del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus, en la Conferencia  de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, celebrada en Bangkok el 13 de Febrero del año 2000, expresó la necesidad de construir un “nuevo orden” que asegurara un mundo más igualitario. La protesta de la Cumbre alternativa de Seattle no sólo fue el acontecimiento en el que se lograba “destapar la cara fea de la liberalización mundial del comercio”; denunciaba, además, “el secretismo con que opera la OMC, la explotación de la mano de obra barata y el medio ambiente, y la intromisión en los derechos soberanos, en aras a una mayor reducción de las barreras en beneficio de los ricos y a costa de los pobres. Protesta también contra el ‘imperialismo moral’ del sistema de sanciones que Occidente pretende imponer al resto del planeta”, escribía Rosa Townsend en los medios internacionales. [NOTA 4]

En este contexto radicalizado, creímos importante desvincular los términos “Globalización” y “Globalidad” como el ágora o el ámbito de encuentro de todas las naciones, pueblos y culturas en donde se respetara la singularidad de sus tradiciones y de sus culturas. Hablamos entonces de la “Globalización” como un espacio de convivencia de las dos grandes regiones del globo terrestre, guiadas por sus respectivas visiones del mundo: Oriente, desde su cosmovisión de unidad, y Occidente, desde la visión dual del mundo, convergiendo en sus tradiciones civilizatorias y culturales en sus versiones humanísticas. Un ágora en el que se dialogara desde la libertad y el respeto a los valores que representaban tales visiones del mundo, que, por demás, habían definido las culturas desarrolladas en esas dos vasta regiones del Planeta, en donde a lo largo de la evolución humana, conocida en su historia, se han desenvuelto valiosísimas y diversas civilizaciones y culturas. Encuentro y diálogo. Diálogo y tolerancia. Tolerancia  y respeto. Respeto e integración. Integración y cooperación. En fraterna unidad. Como nos recordaba el sabio hindú Vivekananda a finales del Siglo XIX en su primer viaje a los EE. UU. Porque el Siglo XXI será un tiempo de construcción de un mundo global en unidad o no será.

15. Incorporamos, además, en ese contexto, la noción de “complementariedad cultural”, significando ese encuentro al que aludimos de Oriente y de Occidente, en igualdad y respeto por las tradiciones de sus culturas milenarias que llegaban a nosotros espontáneamente hasta la siniestra etapa del colonialismo europeo de esas culturas de Oriente y de otras más recientes, como las africanas. El colonialismo del Siglo XIX, al que nos referimos, qué duda cabe que fue la consecuencia del otro colonialismo anterior, el de la Europa del comienzo de la Edad Moderna, que bien podría decirse que inauguraba el mundo global del primer mercantilismo, con la incorporación de las riquezas de las Indias Occidentales al desarrollo y progreso del capitalismo de la primera modernidad, mecanicista, en el ámbito de las naciones colonizadoras. Colonialismo, el de la Edad Moderna, que permitió a la Europa de entonces salir de la Edad Media, gracias a las riquezas obtenidas del expolio de los pueblos Amerindios que colonizaron, arrasando sus culturas entonces.

Así, reservamos la noción de “Globalización” -que hasta la fecha ha definido la expansión global del capitalismo- para dotar a este término de la idea que exprese la arquitectura que encierra cuanto de “nueva Cultura” han venido generando los nuevos paradigmas no mecanicistas, en ciencia, en pensamiento y en conciencia social, nunca beligerante, surgidos como superación de la visión dual del mundo que sostenía el andamiaje del Gran Paradigma de Occidente. Indudablemente estos nuevos paradigmas han generado, en pensamiento y en ciencia, un corte epistemológico respecto del viejo paradigma mecanicista o Gran Paradigma de Occidente (que no se produjo con el marxismo, al elaborar su discurso en el seno de la visión del mundo de dualidad, en la misma matriz en la que se originó el capitalismo, pues de él surgió). Tal ruptura fue posible en la medida en que la “nueva Cultura”, que en ellos -los nuevos paradigmas- se gesta, pues de ellos deviene, tiene como base una visión del mundo de unidad en la que, ya en los últimos años del Siglo XIX, el sabio hindú Vivekananda pedía que desarrollaran sus trabajos de investigación a los intelectuales y científicos occidentales, con motivo de su intervención en el Parlamento de las Religiones, reunido en Chicago, en 1893, con motivo de la Exposición Universal. Asimismo, el joven sabio hindú demandaba la colaboración entre Oriente y Occidente. Su éxito fue inmediato, siendo aclamado por todos los asistentes. Vivekananda emprendió, entonces, una amplia gira de conferencias por los Estados Unidos, Inglaterra y Suiza. Tal vez la suya fue la primera vez en la que se expresó la necesidad de trascender el modelo de saber humano basado en la visión dual.

En los meses en los que permaneció en Occidente, viajando por EE. UU y Europa, propuso un fértil pacto: Occidente aportaría a Oriente su técnica superior y Oriente le revelaría los secretos de la espiritualidad, reunificando materia y espíritu, síntesis o complementariedad, que posteriormente supieron seguir, con deslumbrantes resultados en el terreno de las ciencias duras y de la ciencias blandas, y en el terreno de la epistemología, los denominados nuevos paradigmas, con propuestas tan sugestivas como productivas, tales las aportadas por Ken Wilber, o pensadores y científicos adscritos al pensamiento sistemático y constructivista. Pero Vivekananda comunicó algo más hondo y vital que trascendió a las conciencias más sensibles del ámbito de la ciencia y de las disciplinas humanísticas y sociales: la idea de una Humanidad unida, sin fronteras, con conciencia de hermandad, sin exclusiones, como base de un modelo de sociedad humana establecida en virtud del principio axial que organizaría el tejido social humano que él preveía global en un corto plazo de tiempo, y que anhelaba declarar con su visita a Occidente: el principio de unidad, que asumiría, muy pronto, en las primeras decenas del Siglo XX, un sector importante de la comunidad científica, generando el paradigma de la física moderna, que revolucionó el saber humano al acercar sus descubrimientos a las tradiciones de sabiduría oriental y a la filosofía occidental que tenía como principio la indagación sobre lo Uno Absoluto y su manifestación en la diversidad de la Creación, la Philosophia Perennis, que rastreaba la relación entre el Ser y la apariencia. La propuesta de Vivekanda se vio reflejada en Occidente en una conciencia que declaraba una Cultura resultante de la síntesis y de la complementariedad de las tradiciones de Oriente y de Occidente. Carl Jung, David Bohm, Alan Watts, Abraham Maslow, Theodore Roszak, Fritjof Capra, Ken Wilber, Humberto Maturana, Francisco Varela, Peter Russell, Renée Weber, Michael Talbot, J. Lovelock, Rupert Sheldrake, entre muchos otros, son ejemplo en ciencia y pensamiento de la complementariedad cultural a la que nos referimos.

16. Al mismo tiempo que se desarrollaban los nuevos paradigmas en ciencia y en pensamiento, el liberalismo iniciaba la veloz carrera hacia la Mundialización de la economía del mercado, superponiendo los valores del capitalismo sobre los valores de las culturas nativas colonizadas. Pues “colonizar” el mundo ha sido el resultado de la expansión del capitalismo por todos los rincones del Planeta.

El Siglo XX refleja, en todo su recorrido, cómo el liberalismo económico, que promovía la ideología del capitalismo, fue progresivamente adentrándose en todos las naciones que territorializaban la faz de la Tierra, destruyendo sus culturas, sus tradiciones, sus singularidades como pueblos, sus valores ancestrales. Mundializar la economía de mercado ha sido, pues, el objetivo principal del capitalismo como estrategia para colonizar y dominar la vida planetaria. El capitalismo ha aceptado, para su expansión arrolladora, la noción de “Globalización”, con la que identifica el “sistema” económico, de lo macro y de lo microeconómico, y con ello, abiertamente, y sin escrúpulos, envuelve el paquete de “valores” que promueven la ideología que sustenta al “sistema” y los hace “confundir” con los valores del Occidente y los de Oriente. Nada tenía Oriente, a principios del Siglo XX, que lo relacionara con los valores de Occidente, y aún menos con el liberalismo con el que el Siglo pasado invadía todo el Occidente. Ya en esa solapada “invasión”, gracias al desarrollo especialmente de la industria armamentística, los valores de Occidente comenzaban a ser sustituidos por los valores del capitalismo mercantilista, con los que divulgaba y se adentraba en las conciencias de los ciudadanos de nuestra cultura occidental. Progresivamente, Occidente fue perdiendo su identidad al identificarse con los valores del capitalismo liberal del mercado.

El final de la Segunda Gran Guerra fue el periodo de la reconstrucción de la vieja Europa. Y se hizo aceleradamente gracias a la maquinaria de implantación de la economía de mercado junto a los valores que la definían sobre lo que escasamente de valores occidentales aún permanecían en las mentes y en las vidas de los pueblos que todavía sentían sobre sus carnes el horror de la guerra. El entusiasmo por construir lo destruido a golpe de los valores que imponía el capitalismo fue cavando la tumba de cuanto aún quedaba de Occidente. Los años sesenta fueron decisivos para el asentamiento sobre la América anglosajona y la vieja Europa de los valores mercantilistas. La Mundialización de la economía del mercado comenzaba a radicarse en los países que serían el motor y el modelo del capitalismo cuando se comienza a diseñar los “Estados del bienestar”.

¿Qué ha significado “superponer/implantar” los valores del mercado y del consumo que definen al “sistema” y con los que se difunden (y confunden), colonizando cada rincón de la “aldea global”, valores cada vez más atractivos para la población global (“cantos de sirena”, los llamaría Homero), ya que en la medida en que se van incorporando al mercado/consumo más se adentran y se identifican los seres humanos en/con la ideología/valores del “sistema”, alienándose, qué duda cabe, ajenándose de sí mismos, olvidando qué significado tiene el “valor de lo humano”? Es una sutil captación -en su inicio- de las voluntades de los seres humanos, fraguada y llevada a cabo mediante un mecanismo propagandístico/publicitario tan poderoso, en cuanto a medios económicos empleados se refiere, como a la sutilmente ingeniosa industria propagandística utilizada -el arte y la tecnología puestos al servicio de tan deshumanizadora maquinación publicitaria-, que el ser humano, ente individual y colectivo, no ha tenido tiempo ni motivación para conocer la naturaleza de tan brutal, extensa y sutil propaganda deshumanizadora que fue urdiéndose sobre su vida y destino; como tampoco se le ha concedido tiempo para pensar en qué entidad desprovista de valores humanos se estaba convirtiendo, pues los tiempos con los que operan los mecanismos propagandísticos son tan acelerados y efectivos, que la mente humana no puede digerir cuanto se le ofrece para su consumo, convirtiéndola -a la mente, al hombre global del capitalismo trans-neoliberal, etapa en la que hoy nos movemos, pues transversa todos los ámbitos de la vida humana-, en una pieza del engranaje más del mecanismo productivo/consumidor del “sistema”. Jamás el ser humano ha tenido “tan poca libertad de hacer libremente”, porque “cuanto hace le viene dado”, o “condicionado”/impuesto/exigido por el “sistema”. Tampoco tiene la posibilidad de optar “libremente” por conocer qué en verdad es el ser humano, en cuya naturaleza no se reconoce, y cuya realidad ha olvidado. Todo lo que “vive” le viene impuesto desde la “idea” que asume (inconscientemente) de ser un adicto al/del “sistema” ideológico y del consumo al que está constantemente impulsado y estimulado para vivir en él, para él y por él, más allá de sus necesidades básicas, sea lo consumido alimento biológico o lo que llaman “cultura”. ¿Podrá el ser humano deshacerse individual y colectivamente de “la condición humana”, trascenderla porque haya logrado descifrar el aforismo antiguo “conócete a ti mismo?

IV. Apéndice (circunstancial). Algunas reflexiones sobre las ideas que circulan en los medios acerca de la emergencia de nuevos modelos económicos distintos del capitalismo o del socialismo.

17. El pesimismo ante el horizonte desolador que la política y la economía nos presenta a niveles globales ha movilizado, a través de los medios, en los últimos meses, la opinión de expertos en ciencia sociales, y aun de políticos, cuyas reflexiones e ideas parecen, a primera vista, renovadoras, y que conllevan, no una dosis medida de utopía -que ya quisiéramos nosotros-, sino de “realismo”, según el sociólogo y economista Jeremy Rifkin, uno de los pensadores del momento, quien aventura la idea de que estamos en una nueva revolución, tales fueron las revoluciones industrial y la tecnológica. Con esta afirmación Riflin ha creado un estado de opinión coincidente en pensar que sí estamos ante un nuevo modelo económico debido a los cambios que se están produciendo gracias a los avances tecnológicos y a la presencia de internet, en tanto que está modificando los hábitos en la vida de los seres humanos como en el tejido laboral y productivo, al mismo tiempo que sus opiniones no son obviadas en los ámbitos de la economía y de la política actuales, dadas las estremecedoras noticias que diariamente nos llegan a través de los medios acerca de la dramática situación resultante de una crisis económica para la que, hasta la fecha, no se han encontrado soluciones reales y efectivas para resolver los múltiples frentes en los que se manifiesta, ya sea a corto, medio o largo plazo.

Así, Rifkin, en una entrevista mantenida en Dallas, durante el congreso internacional del World Travel & Tourism Council (WTTC), nos ofrece una sugerente vía que, según criterio suyo, será distinta de la capitalista o de la socialista.

Pero sus reflexiones nos crean serias dudas. Confirmar que las nuevas tecnologías, el fin de las energías fósiles, las nuevas relaciones productivas que la revolución digital está generando en el tejido social planetario, están gestando una “vía diferente” del sistema capitalista, no es suficiente argumento para concluir en su arriesgada afirmación, ya que no define la línea que delimitará la  ruptura o la superación del “sistema” capitalista por el “nuevo modelo” que augura Rifkin. El prestigioso sociólogo y economista, no establece en sus reflexiones lo que con esmero trató de conseguir en vano el socialismo marxista respecto del capitalismo: un corte epistemológico. Y no pudo lograrlo porque el socialismo/comunismo surge de una estrategia filosófica-económica-política-social que, en teoría, tiene sus fundamentos en lo que se llamó “materialismo histórico dialéctico”, que se postulaba como materialismo científico, que no lo fue entonces, ni lo será, al menos hasta hoy, ya que su praxis no ha podido viabilizar la “trascendente” superación del “sistema” capitalista, ni siquiera desde posicionamientos filosóficos.

Tras décadas de improductivo intento, en la actualidad, parece reavivarse el debate entre jóvenes líderes de la izquierda marxista. Algunos de ellos, opinan, con razón (pues nadie lo pone en duda, aunque sí se discrepa de los argumentos que se aducen, ya que no coinciden con la realidad) que transitamos por una nueva etapa del capitalismo “que la hace diferente de la época keynesiana, porque no hay trabajo fijo, no hay estabilidad, no hay cobertura de los derechos laborales y los jóvenes ni siquiera tienen esperanza de llegar a cobrar una pensión”. [NOTA 5]. Estas palabras son del economista y líder del partido comunista y de la formación IU Alberto Garzón, expresadas en una entrevista publicada en un medio nacional, en la que también afirma, como lo hizo Rifkin, que “el sistema político en lo esencial se ha mantenido estable pero la sociedad española ha cambiado mucho, en estructura productiva y de clase”. Habría que añadir un matiz importante a estas palabras de Garzón, porque lo que está cambiando son algunas formas en “el modo de producción” y en “las fuerzas productivas (fuerza de trabajo y medios de producción) dependientes de aquél”, clásicos del capitalismo, según el pensamiento marxista. O tal vez haya que añadir, para ser más exactos, que no está cambiando el modo de producción ni las fuerzas productivas que promueve el viejo capitalismo, sino que están “modificándose” para acomodarse a las nuevas exigencias generadas por la crisis económica y financiera globales y a los cambios mencionados por Riflin (incorporación de las nuevas tecnologías, el fin de las energías fósiles, las nuevas relaciones productivas que la revolución digital está forjando…), dentro de las “arquitectura económica” del sistema capitalista, que trata, una vez más, de “renovarse” para mantener el poder absoluto que le permite sobrevivir en un mundo tan inestable como convulso. No estaría de más si añadimos que la inestabilidad convulsa se ha originado precisamente por la propia crisis del sistema capitalista que ha provocado que sus cimientos comiencen a derrumbarse, aunque por motivos diferentes a los que aduce Rifkin y otros pensadores liberales, e incluso adscritos a posicionamientos ideológicos confrontados a éstos, entre los que se encuentran los marxistas. Siguiendo con la reflexión anterior, el líder comunista argumenta que aquello que está cambiando son las estructuras productivas, que tan gráficamente explica Rifkin y, obviamente, lo confirmaría cualquier observador atento al movimiento del tejido de la economía productiva, ya que no tendría que hacer ningún esfuerzo intelectual para evidenciarlo: “Eso ha penetrado en la conciencia de la gente porque se ha roto con la linealidad progresiva de la modernidad, esa idea de que la historia iba avanzando hacia mejor. Ahora sabemos que no vamos a vivir mejor que nuestros padres, y que el socialismo no viene automáticamente después del capitalismo. Todo esto ha afectado a nuestra vida y la izquierda no lo ha analizado”. ¿Quiénes, fuera del pensamiento marxista, han mantenido la idea de que el socialismo viene automáticamente después del capitalismo, siguiendo la linealidad progresiva de la modernidad…? Lo que sí comprobamos en esa linealidad progresiva de la modernidad son las mejoras que los Estados del Bienestar han generado con políticas liberales/neoliberales, que sin ser “logros revolucionarios”, y sin que se acerquen a la sociedad del “bien común” de las utopías continuadoras de la propuesta de Platón, han producido, no obstante, gracias al empuje de la propia sociedad movida por la acción de los grupos sindicales, notables reformas sociales en el seno de las sociedades occidentales. Buscar justificaciones a los fracasos de la ideología marxista cuando sus pensadores han analizado estrategias para conducir la teoría a la praxis desde sus inicios, sin lograrlo, no es de rigor. Más bien es propio del infantilismo revolucionario del que ya hablaba Lenin en los primeros años de la revolución bolchevique. Esta falta de rigor en el análisis y en la visión del verdadero enraizamiento y del poder de las estructuras del capitalismo liberal/neoliberal/trans-neoliberal, interiorizándose en el tejido social y productivo y en las economías que en éste se desarrollan, ha sido uno de los motivos del fracaso de los sistemas socialistas de base marxista en la lucha por la conquista del poder. Hoy repiten el mismo error, como si la historia no les hubiera dado una lección de grado de primaria.

Y siguiendo a Gramsci, afirma Garzón, “… el Estado no es un sujeto con su propia ideología, no es un conjunto de instituciones que puedes tomar y que son neutrales. El Estado es una relación social, o como decía Jessop una correlación de fuerzas cambiantes. La sociedad civil, la Iglesia, los medios de comunicación, también son parte de esa relación social. No puedes cambiar la sociedad desde solo uno de los dos ejes, pero tampoco sólo desde el Gobierno”. La conclusión a su reflexión la expone Garzón al principio de la entrevista, cuando afirma algo tan elemental en la izquierda -en cualquiera de los matices ideológicos que la han constituido a lo largo de todo el Siglo XX-, tan atrayente para el estudioso de “la condición humana”, como beligerante y destructivo, como todo lo que emerge de la visión dual del mundo en tanto que dialéctica del enfrentamiento, de los opuestos, de los contrarios: “[Es mediante la praxis que se consigue] la construcción del pueblo y se conoce las estrategias de cómo lograrlo […] Necesitamos una organización capaz de estar en el conflicto social para sumar a más gente para autoorganizarnos, y ahí las etiquetas se diluyen…”. Hay, pues, que sacar a la calle los valores de la izquierda, movilizando las conciencias, pues “la gente busca protegerse y lo hace en términos de fascismo o de socialismo. Ahí está la batalla política. En Europa el nivel de frustración y resignación es tan alto que la cuestión es quién la va a canalizar, si lo hará la extrema derecha que promete protección frente a inmigrantes y globalización, o la izquierda. Es la batalla crucial en este momento.” La diferencia entre una y otra reside en que “son los valores que están detrás, la xenofobia, el clasismo, el racismo, y en función de especificidades, el chovinismo o nacionalismo extremos” -explica Garzón refiriéndose a los populismo de ultraderecha).

Para lograr el fin que persigue Garzón, es exigencia obligada movilizar la organización política que lidera, junto a otras de muy variado calado ideológico, a las que se ha sumado para fortalecer la lucha por la conquista del poder. Se trataría de una organización transversal de toda la izquierda “capaz de estar en el conflicto social […], y sacar a la calle “los valores de la izquierda, movilizando conciencias…”. Es curioso que, aun cuando se cree tener una visión clara del panorama político-social del país, Garzón no encuentre otros argumentos políticos que aquellos que ya activaron sus camaradas en anteriores etapas, cuando menos desde que se instaura institucionalmente el bipartidismo en el año 82, momento en que la socialdemocracia del PSOE gana las elecciones con mayoría absoluta. Desde entonces, el movimiento comunista, teniendo como único apoyo al sindicato de las CC. OO, surgido de la militancia comunista, parece resignarse -por una evidente falta de apoyo/poder social- a no arraigar en el tejido social y político estrategias que les permitieran lograr sus objetivos prioritarios para asaltar el poder, tales:

1) adentrarse en los conflictos laborales para re-mover (violentar) el tejido productivo y económico hacia el terreno desde donde se lograrían sus fines políticos (hecho que sí intentó su grupo político, IU, por ejemplo, aprovechando el movimiento social que aglutinó en el ya mítico 15M la “indignación” social. Pero se les adelantaron algunos colectivos sociales emergentes en el 15M, motivados por jóvenes políticos de la izquierda marxista y anticapitalista (muchos de ellos rebotados de IU), que vieron el momento oportuno (oportunismo de los líderes emergentes) de organizarse en diferentes grupos políticos, desplazando de la escena política y parlamentaria a IU (escuela ideológica en la que algunos de ellos se formaron) en las elecciones generales del 2015, como ya lo hicieran en las elecciones al parlamento europeo del 2014, y en algunas comunidades autonómicas, obligando a IU a unirse a la emergencia de la “nueva política”, hasta el punto de hipotecar su pasado político para poder sobrevivir);

2) (estrechamente relacionado con el anterior objetivo) volver al viejo modelo de acción política y sindical de sacar a la calle la lucha social y movilizar a las masas violentando la política para (modificar el modo de producción capitalista, sería lo correcto desde posicionamientos marxistas; pero no hemos conocido esta motivación apoyada por programas políticos, según criterios marxistas) cambiar algunas formas que compensen las desigualdades sociales, que logren disminuir la precariedad laboral, que activen programas para cubrir las necesidades primarias de los sin trabajo, de los sin techo, de los jóvenes sin futuro …

Esta “nueva” visión del líder comunista Alberto Garzón no aporta ningún elemento nuevo a la vieja estrategia de los partidos y sindicatos de la izquierda, que ahora, desde (y gracias a…) el movimiento del 15M, comienzan a comprender cómo han vivido asimilados/engullidos por la matriz del sistema capitalista, al que quieren derrocar “asaltando los cielos”, según algunos líderes surgidos con la emergencia del descontento e indignación social del 15M, especialmente entre los jóvenes.

No obstante de todos estos movimientos y de la fraseología populista, las variables que se esperaban no se han producido. Lo que sí se ha verificado es que todo el aparato logístico de la emergencia ha sido engullido por el “sistema”. El movimiento se demuestra andando, y la nueva política, tal hace la vieja, vive en/del “sistema”, asentados sus líderes y representantes en la institucionalización de sus vidas y de sus programas políticos. Nada cambia, aunque todo se altera: unos salen y otros entran, pero el sistema” permanece. Ningún cambio sustancial se percibe en la política ni en la economía ni en la cultura ni en la educación. ¿Por qué entonces unos hablan de una nueva política y otros de un nuevo  modelo económico distinto del capitalismo y del socialismo?

Entre las reflexiones de Rifkin y la expuesta por Garzón media un abismo, el mismo que  existe entre una visión de futuro, aun cuando sus conclusiones no sean acertadas, y otra anclada en el pasado, en la vieja política de lucha de clases y de confrontación. No es más que un “derrame” del viejo paradigma mecanicista, que no puede conectar con la nueva conciencia que emergió con la contracultura de los años sesenta, que produjo cambios radicales en el pensamiento y en la ciencia. Y una manera de plantear las relaciones humanas, laborales, económicas…, que distan mucho de la confrontación y la contienda entre colectivos sociales o grupos políticos. [Ver NOTA 3] No obstante, ambos coinciden en no exponer en qué contexto ideológico “de cambio de modelo/paradigma” inscriben sus discursos, ya que Rifkin afirma que el nuevo modelo que emerge en la nueva revolución industrial, en la que nos sitúa, es distinto del capitalismo y del socialismo. Garzón, por el contrario, piensa que aún hay cabida para redirigir la lucha política hacia la conquista del poder, removiendo/activando el tejido social y el productivo.

18. Después de quinientos años de capitalismo, parece que la contestación al “sistema” aún no ha conocido qué naturaleza es la que le hace invulnerable ante las ideologías marxistas o anticapitalistas. No conocer la base filosófica, la matriz o cosmovisión de donde emerge el capitalismo, le imposibilita al pensamiento marxista aceptar que la “fuente natural” de donde surge es su acérrimo enemigo, el capitalismo. De hecho, y por demás, el desconocimiento de que las raíces en donde hunde su ser el capitalismo es la visión del mundo de dualidad en tanto que lucha de opuestos, es la razón por la cual nunca se pudo establecer el “corte epistemológico” del que se ufanaban algunos pensadores que impulsaron la literatura marxista/comunista. Lo hemos expuesto en otros trabajos. La cosmovisión de dualidad del mundo, la que ha seguido durante miles de años la civilización occidental, que conozcamos históricamente, la podemos explicar de forma gráfica y esquemática del siguiente modo: Ver la multiplicidad (dualidad) en la Unidad de base, en cuya matriz aquélla surge con toda la variedad de vida que conocemos. Mientras que la cosmovisión de unidad explicaría la percepción de la Unidad en la Diversidad que de ella emerge. Si se reflexiona con detención, no son dos ideas que se oponen, sino que una forma de comprender el mundo sucede a la otra por agotamiento de la que es sustituida. Se trata de un cambio “natural” en la evolución del proceso evolutivo humano en el que las civilizaciones y las culturas se organizan en virtud del desarrollo psíquico, social y cognitivo humano, sumando sus logros a los de la etapa anterior. [Ver NOTA 3]

Todo el pensamiento que ha invertido Occidente para “construir” su civilización, sus modelos y sus culturas, y por consiguiente, el modelo socioeconómico capitalista, tal lo hizo con anterioridad en la etapa esclavista y en la feudal, lo ha ejecutado desde la visión dual del mundo, entendiéndola como juego de contrarios y de oposiciones, siguiendo una idea errada en su interpretación de la filosofía de Heráclito. De ahí que la ideología capitalista esté asentada sobre el principio de dualidad: sujeto y objeto; juego de contrarios; lucha de clases; competir, rivalizar, excluir, descohesión social, desigualdad…

La propuesta que aportamos como superación del capitalismo, como paradigma de sociedad, economía y cultura, es la que nos viene de la mano de la tradición de sabiduría oriental, que no ha sido promovida en Occidente. Y no es que Occidente no conociera la cosmovisión de unidad, o el conocimiento de no dualidad en filosofía, pues hoy sabemos que la Grecia clásica estaba al corriente de la filosofía vedanta en sus vertientes de dualidad y de no dualidad, que enriquecen la tradición más antigua de la sabiduría de la India. Es conocido, por ejemplo, que la vertiente de la filosofía hindú de no dualidad, que se transmitió a Grecia a través de diferentes escuelas filosóficas que enriquecían el saber de la región del Asia menor, convivió incluso con el budismo, cuyas raíces no son ajenas a la vedanta, y con otras escuelas con las que no competía, sino que se enriquecían mutuamente en la búsqueda de la verdad y del saber universal. También es conocido que el neoplatonismo medieval y algunos pensadores y Maestros de sabiduría musulmanes, más tarde, estaban imbuidos de esta visión de unidad del mundo. Pero fue el racionalismo griego, desde sus inicios y su posterior influencia en el medievo y en la época moderna, dirigido por la mano del Aristotelismo, que abandonó la visión del mundo de unidad, sintiéndose Occidente más cómodo en la visión de dualidad, desde donde ha organizado la arborescencia de su pensamiento y de su ciencia. Oriente, sin embargo, se ha sentido atraído desde sus orígenes por la visión de unidad. Dos modos de visiones del mundo que nosotros hoy percibimos como complementarias y no excluyentes; por el contrario, se necesitan, en esta etapa de transición hacia la instauración de la visión del mundo de unidad que nos inscriba en un modelo de sociedad, o paradigma social, de raíces humanistas, tal exponía Vivekananda: Occidente aportaría a Oriente su técnica superior y Oriente le revelaría los secretos de la espiritualidad, reunificando materia y espíritu, síntesis o complementariedad, Occidente y Oriente, nunca Occidente versus Oriente.

Es esta visión de dualidad el fundamento de la fortaleza de la ideología en la que se asienta el capitalismo. No surge la dialéctica marxista con el marxismo, lo hace en el seno del capitalismo; más exactamente en el seno de la cosmovisión dual del mundo, de donde emerge el ramal del capitalismo, y en una de las frondas de este ramal surge la ideología del materialismo histórico comunista, que radicaliza el juego de oposiciones, de lucha de oponentes, de contrarios, de antagónicas, con la noción beligerante de “lucha de clases”.

19. No he leído la reciente publicación de Rifkin  La sociedad de coste marginal cero (Paidós), pero las entrevistas que va dejando tras su paso por los medios son suficientemente explícitas para que nos hagamos una clara idea de lo que piensa sobre el crítico momento en el que la sociedad global está inmersa, al no comprenderse la verdadera dimensión de la crisis del modelo capitalista, según Rifkin, que ha generado “una tercera revolución industrial”, basada en el uso de las energías renovables y en la dinámica que generan las redes digitales que han creado un nuevo mundo de conectividad (internet), como “la economía colaborativa”, que para Rifkin es un nuevo sistema económico, como lo fueron el capitalismo y el socialismo. La verdad es que no sabemos, incluso si proyectamos nuestra imaginación hacia el futuro y profundizamos y asentamos “la economía colaborativa”, si ésta podría dar juego a un modelo económico distinto del capitalismo. Es pronto para saber qué dirección tomará “la economía colaborativa”. Juega a su favor, que en el contexto de la revolución digital, que está cubriendo progresivamente la totalidad del tejido social, laboral y productivo, el hecho de considerar la capacidad humana para generar nuevas relaciones productivas, independientemente de la capacidad de producir del sistema capitalista. Esta idea de Rifkin, y de otros expertos en economía que piensan que el capitalismo está siendo desbordado por modelos productivos como “la economía colaborativa”, no surge desligada del “sistema” capitalista: Por el contrario, la vemos inscrita en su tejido laboral. Lo que cambia es el acercamiento entre el productor y el consumidor, lo que abarata el coste para éste y aumenta la ganancia del productor, pero dependen ambos de una plataforma virtual o digital, que se define como “un sistema que permite la ejecución de diversas aplicaciones bajo un mismo entorno, dando a los usuarios la posibilidad de acceder a ellas a través de internet”. La propiedad de la plataforma digital delimitará o no el espacio de “la economía colaborativa” dentro del “sistema” capitalista. Riflin, al igual que Pablo Majluf, periodista y maestro en comunicación por la Universidad de Sydney, Australia, piensa que en un corto periodo de tiempo, podremos ver, gracias, sobre todo, a la extraordinaria revolución tecnológica que se está produciendo en nuestros días, un mundo dominado por la robótica y la conectividad de las redes. Pablo Majluf apunta que “en unos años quizá lo único que necesitemos para ganarnos la vida sea una humilde conexión a Internet.” En tan nuevo mundo de conectividad de las redes, nos aconseja Pablo Majluf que hay que visitar Wikipedia para adentrarse en sus formas y contenidos. La enciclopedia digital dice que la economía colaborativa es “Un sistema económico en el que se comparten e intercambian bienes y servicios a través de plataformas digitales. No importa lo que se intercambie…., sean  choferes privados y tintorerías hasta empleadas del hogar y alojamiento, e incluso besos y abrazos…”. Para Rifkin, como para Majluf, la revolución digital genera nuevas relaciones productivas y éstas transforman la economía. Y, según ellos, esta transformación no ha sido asimilada por el capitalismo. Y siendo una actividad novedosa en las formas en la economía, insistimos, el hecho de mantener intermediarios, que han existido desde los inicios del capitalismo, en la génesis misma de la Edad Moderna, no crea un espacio marginal en el capitalismo; no obstante, la diferencia la marca “la enorme eficiencia y precisión con la que -por medio de complejos algoritmos que estiman flujos, necesidades y volúmenes de manera casi instantánea- la tecnología lee e interpreta los ciclos de oferta-demanda. Pero lo más importante -y es aquí donde creo que finalmente se resuelve la escasez de empleo que tanto angustió a los ludditas desde la caída de la economía industrial- es que uno podrá proveer bienes y servicios sin depender de un empleador”. Esta reflexión de Majluf es suficientemente aclarativa del por qué algunos pensadores como Rifkin han creído que la dinámica que desenvuelve “la economía colaborativa” puede entenderse como un modelo de economía distinto al capitalismo o al socialismo, siempre que “la tecnología lee e interpreta los ciclos de oferta-demanda” no esté controlada por algún sector del “sistema”, añadimos nosotros. Es cierto que cuando en el modo de producción se origina un cambio radical, porque “no exista” la figura del “burgués” clásico que representa el punto intermedio entre el productor/trabajador y el consumidor, hecho que suprimiría el valor de la “plusvalía”, los precios se abaratarían significativamente. ¿Es éste el gráfico que se está dibujando en el tejido productivo de las economías capitalistas? El ejemplo más extendido es el de “Uber”, la aplicación digital que conecta a pasajeros con conductores privados. La realidad es que la aplicación digital no es un punto neutro que conecta pasajeros y conductores privados, sino que tiene un propietario, como en las modalidades de relaciones productivas, lo que nos lleva a insistir en que no puede entenderse como un modo de producción diferente del capitalismo, sino que éste, en tanto que modo de producción, estructura las fuerzas productivas de acuerdo a las nuevas condiciones que la ciencia tecnológica les va creando.

Además, nuestro recelo para aceptar que estamos, no ante una nueva revolución industrial -que nadie lo pone en duda-, sino en un nuevo modelo económico, es que la base del cambio del que habla Rifkin no radica en que la nueva dirección de la economía se distancie del capitalismo, o cree un bucle que genere una ruptura. Es una ilusión que opera en las mentes de muchos seres humanos que están anhelando un cambio radical que termine con la dictadura del capitalismo, pero los buenos deseos y las buenas intenciones no nos llevan a ninguna parte. O sí, nos hunden más en las entrañas del capitalismo, si no logramos “pensar sabiamente” para “construir sabiamente” un mundo diferente en el que la Humanidad tome conciencia de su “humanidad” como valor esencial para estructurar una sociedad igualitaria, sin las trampas que nos hizo ver Huxley en el mundo de su “Utopía”. Es este postulado, el de concienciar al ser humano del “valor de su humanidad”, tan lógico como elemental, lo que nos brindará una nueva y verdadera revolución, como venimos exponiendo en este trabajo. Pues esta concienciación del valor de lo humano supondrá que la Humanidad, en su conjunto, se habrá “liberado” de la noción negativa de “la condición humana” que tanto daño y perjuicio le ha ocasionado en todo sus procesos civilizatorios y culturales.

20. Volvamos a la idea de superación del “sistema”, o del modo de producción capitalista, tal lo entiende la literatura marxista, por otro modelo que, según Rifkin, lo está desplazando en nuestros días, como es “la economía colaborativa”. Todos los sorprendentes cambios que están apareciendo ante nuestros ojos, se están produciendo en el seno de la visión dual del mundo, en la que el capitalismo hunde sus raíces. Es en esta cosmovisión de dualidad hacia donde apuntan los “cambios” formales que se están generando en la superficie del tejido productivo global, gracias a que la mundialización de la ideología del capitalismo mercantilista y financiero ha logrado hacerse con la propiedad absoluta de las redes de conexión, porque ha “captado” las mentes de quienes trabajan en nuevas “maneras” de entender las relaciones productivas, como lo están haciendo las start-up que se inician, por ejemplo, en Silicon Valley. El capitalismo sigue siendo el patrón de la productividad y de las formas en las que éstas se produzcan. Sutilmente va adentrándose en el tejido social y productivo, porque éstos necesitan del capital dinerario para movilizar sus productos y sus mercados. El cambio de paradigma o de modelo ha de producirse desde otras latitudes, ajenas a aquellas en las que se originó el capitalismo.Los cambios que a diario se producen ante nuestros ojos atónitos, insistimos, aparecen como si provocaran un cambio de ruta, pero sólo es un ardid para confundir a las buenas conciencias que quieren transformar el mundo en un ágora de bienestar universal.

Veamos, porque lo que Rifkin no aporta es el dato crucial que generaría las condiciones objetivas y necesarias para que se produjera un cambio radical, de raíz: cómo puede producirse la superación del capitalismo cuando es el “sistema” capitalista quien facilita las modificaciones en el apartado del modo, de las fuerzas productivas y de los medios de producción. Desde 1999, con el fracaso de la Cumbre del Milenio de la OCM celebrada en Seattle, el “sistema” comprendió que urgía un “nuevo orden mundial más equitativo”, decíamos más arriba. Y en verdad que se tomó nota y se marcó la nueva ruta. ¡Y vaya que si lo hizo! ¿Cómo? Concediéndole todo el poder del “nuevo orden mundial” al sector financiero, al capital dinerario. Desde entonces se inicia la nueva revolución de la que habla Rifkin. Pero no se trataba de crear una ruta que condujera a un modelo distinto del capitalismo, sino a un bucle del propio capitalismo, tan sofisticado que aparece como un modelo o sistema económico nuevo, diferente del capitalismo.Los argumentos ofrecidos por el prestigioso economista no son suficientes para situar su modelo en un paisaje diferente del capitalismo. Un modelo económico, tal lo es el capitalismo, y lo fue el socialismo, se asienta en unos principios filosóficos que determinan el andamiaje y el funcionamiento del modelo o “sistema”. Y en el caso de la “economía colaborativa”, si bien ayuda a resolver variables de difícil solución en la situación actual en la que se encuentran las relaciones productivas, éstas se originan en el seno del “sistema capitalista”. Lo que se modifica son las formas en las que se relaciona el binomio de la oferta y de la demanda. Estamos asistiendo a una reorganización del sistema capitalista, ante un nuevo bucle del “sistema”. Y si se quiere, como apunta Rifkin, ante la tercera revolución industrial, como lo fueron las dos anteriores, que no acabaron con el capitalismo, sino que cada una de ellas lo afianzaron aún más.

Tampoco coincidimos con Rifkin cuando afirma que “El capitalismo todavía no sabe cómo hacer frente a esa “economía colaborativa”. Aunque si confirmamos que “la tecnología digital nos lleva a coste marginales cero”, siempre que se precise que aún no se ha producido el coste marginal cero; si bien es posible lograrlo, toda vez que el “sistema”, que vive cohesionando todas las instituciones y organismo públicos y privados de los estados, no interfiera en las relaciones productivas, como está sucediendo con la industria de las energías renovables,  otro argumento de Rifkin, al que se suman de otros economistas, para pensar en un cambio de modelo económico que presente una tercera revolución industrial, que no discutimos Como tampoco discutimos, por el contrario apoyaríamos, el hecho de lograrse una industria de las energías renovables con coste marginal cero. Es lo ideal y lo más racional y sensato en los malos tiempos que corren de progresivo deterioro de la vida planetaria, y del veloz cambio climático, que agudiza tan dramático deterioro. Y si el viento y la luz solar no pasan facturas al consumidor, no sabemos si la industria que la almacena tampoco lo hará. Porque la infraestructura hay que crearla y pagarla.Por otro lado, el controvertido economista y sociólogo obvia que el capitalismo actual viene definido por dos factores que no deben olvidarse: el 1º factor está dirigido por el poder financiero, que controla la industria, el comercio y a los gobiernos, siendo el eje sobre el cual depende la economía global. Es decir, el poder del dinero regenta la mundialización de la economía de mercado y de consumo, sea de “economía colaborativa”, sin intermediarios declarados o con intermediarios declarados, algo que no queda claro, pues dudamos de que la tecnología que “lee e interpreta los ciclos de oferta-demanda” no esté controlada por algún sector del “sistema”, como expusimos en líneas más arriba. El 2º factor a tener en cuenta, es que para que se dé una economía que diferencie las formas de su modo de producción, de sus fuerzas productivas y de sus medios de producción de las del capitalismo clásico, no tiene porqué entenderse que se esté “superando” el modelo capitalista. Cambios los ha habido, y los habrá, y profundos, dado el avance vertiginoso de la ciencia y de la tecnología. Pero esos cambios y avances están siendo controlados, por el momento, por el capital monetario, el dinero como fuente de riqueza y del poder que ésta genera. Y el poder del dinero tiene una ruta claramente definida: el capitalismo en la modalidad que corresponda en el momento que corresponda.

Rifkin nos conduce a una reflexión más: “necesitamos un nuevo planteamiento económico y debemos enfrentarnos a la pregunta fundamental sobre cómo producimos”. El capitalismo -afirma Rifkin- todavía no sabe cómo hacer frente a esa “economía colaborativa”. Cómo logrará el capitalismo conducir la dinámica de “la economía colaborativa”, no es la reflexión que debemos hacernos en este momento, porque sin duda el trabajo ya lo tiene hecho.

21. Si queremos una transformación radical, asestar un golpe mortal al capitalismo, debemos pensar en una cosmovisión nueva, en una forma de ver y comprender el mundo y al ser humano integradora y unitiva, inclusiva, una visión del mundo de unidad que sustituya, que supere, que haga innecesario al capitalismo, porque se haya trascendido la visión de dualidad del mundo, percibida ésta como juego de opuestos, de contrarios, de antagónicas luchas, de dialécticas enfrentadas que excluyen o aniquilan al oponente…  Y lo nuevo que está llegando, que podría ser utilizado desde una conciencia integradora, unitiva, fraterna, cooperadora, conservadora en el respeto de las singularidades culturales y en la diversidad de los ecosistemas naturales, es la cosmovisión de unidad, que nos está señalando el camino desde los inicios del Siglo XX, con la ciencia de la física como adalid de la nueva ruta hacia un mundo nuevo establecido desde la visión del mundo de unidad, sin excluidos, cooperativa e integradora. Ya hemos enunciado con muy sucinto gráfico la esencia de esta cosmovisión de unidad: “Ver la Unidad en la Diversidad” es distinto (visión de unidad) que “Ver la diversidad en la Unidad (visión de dualidad)”. Tan sencillo como complejo. Complejo si lo reflexionamos desde una mente que ha “trabajado” toda su vida desde la visión del juego de los contrarios y de las oposiciones; esto es: viendo la diversidad, la multiplicidad de la vida manifiesta sin percibir, sin comprender, sin reconocer, la unidad de base en la que se origina tan variado mundo, que percibimos con nuestros sentidos y que la mente nos lo interpreta.

Esta visión de unidad es revolucionaria. Esta visión es nueva -a pesar de ser descrita en todas las tradiciones de sabiduría, de Oriente y de Occidente- como nuevo será el ser humano que la desarrolle. El principio de unidad organizaría, cómo no, el modo de producción en donde las relaciones productivas y los medios de producción resulten del equilibrio que generaría un tejido social regido por la principio nivelador y de igualdad que fundamentaría la noción de unidad como eje vertebrador de la vida individual y colectiva de una Humanidad sin fronteras.

La transformación que se está operando en la superficie del tejido social como del productivo, sin duda está modificando nuestras vidas. Pero no debemos contemplarla como separada de la ideología del “sistema” capitalista, sino como profundización del “sistema”, que vive un nuevo bucle, un salto hacia adelante, como ya dio otros saltos que lo encumbraron y sobre los que se elevó triunfante, como lo hizo con el marxismo, al fagocitar sus entrañas, cuando éste perdió su “vertiente” humanista, haciéndose aún más fuerte, dominador y totalitario.

No caigamos en el entusiasmo y en la euforia de cuanto aparece “a diario” como nuevo, que consumimos ávidos sin detenernos a pensar qué es lo que de “nuevo” el “sistema” nos proporciona hoy, porque está en juego el progreso de una Humanidad que nosotros queremos libre y consciente en todos sus miembros, hombres y mujeres, viviendo en la dignidad que se le ofreció con su nacimiento como ser humano. Una Humanidad que viva en la paz de su “humanidad”, de su bondad natural, de lo “verdaderamente humano”, de su tolerancia y fraterna cooperación entre todos los pueblos y culturas que dibuja la hermosa diversidad de la familia humana, si sabemos descubrir cuánta “humanidad” encierra todo ser humano, hombre o mujer. El valor de “lo humano” ha sido extrañado por el “sistema” capitalista. Hasta que este valor de “lo humano” no aparezca como el libre flujo de la vida de los hombres y de las mujeres, circulando dignos y liberados de condicionamientos y cantos de sirenas que propaga el “bienestar material” del mercantilismo capitalista, no se habrá superado el “sistema” del que tanto hablamos, y cuyos valores deshumanizadores nos han alejado de nuestra verdadera naturaleza humana, hasta el punto de crearnos una conciencia negativa de los seres humanos al negarnos la “humanidad” que encierra cada hombre y cada mujer, inoculándonos el virus de una “condición humana” trágicamente atada a un destino azaroso impuesto por el propio proceso evolutivo humano.

Si leemos con atención todas las nuevas propuestas que se pregonan en los medios, sean económicas o políticas, comprenderemos que sólo se habla de economía, de mercado, de ofertas y de demandas, de qué consumir y cuánto, de luchas por el poder y por lograr más y más de lo mismo, de producir más y mejor, de gastar menos en energías limpias (que no lo son del todo, tal como se están ejecutando por las grandes compañías eléctricas) para ahorrar en gastos, con los que invertir en… producir para consumir… consumir para poder producir más… para más consumir… Hablan de aquello con lo que “se alimenta” el materialismo mercantilista. Pero no hablan del ser humano, que es el único discurso revolucionario. Lo nuevo que se nos ofrece como una transformación que facilitará nuestras vidas, en realidad son modificaciones del producto que adquirimos ayer, pero que deseamos sustituir por este otro, que aparenta ser distinto, porque pagamos algo menos en relación con la compra anterior. ¿Qué han mejorado los beneficios del trabajador y reducido el coste del viaje para el consumidor las nuevas relaciones productivas que están surgiendo motivadas para combatir mejor la crisis? Sí. Pero esta actividad continúa desarrollándose en el interior del “sistema” capitalista. Y no sabemos si el “sistema” convertirá este cambio en un engendro más de su perversa inhumanidad.

Cuando Rifkin dice: “Por ejemplo, en Alemania, con cuyo Gobierno trabajo desde hace décadas, la energía eólica y solar está aumentando muy rápidamente con un coste marginal cero. En 10 años será el 40% y en 2040 será el 100%. Es un progreso parecido al de los microchips en las computadoras…”  Y este avance, ¿en qué se diferencia del modelo capitalista? Está hablando de nuevas formas de proceder en economía, que aun cuando supongan ser un gran avance en el progreso y en la planificación económica de un país, no habla de avances en la consecución de logros en el terreno de lo humano, tales como la dignidad, la igualdad, la libertad, la paz, la fraterna cooperación… y cómo lograr vivir en esos valores inherentes, naturales, propios, inherentes a todo ser humano. Tampoco habla de cómo respetar los ecosistemas, que desde las acciones que se ejercen sobre ellos, diseñadas por la visión mecanicista, sólo se contempla una actividad destructiva del desarrollo natural del equilibrio de la vida del Planeta.

Rifkin no nos habla de qué es en verdad el ser humano y cómo puede lograr la felicidad, que es suya por herencia de nacimiento, consustancial a su “ser” como “humano”. ¡Que cada uno de los seres humanos se reconozca en su “humanidad”!  En esto consiste la verdadera revolución. El nuevo modelo de sociedad no lo traerá la tecnología. Será el cambio de conciencia de la Humanidad lo que nos aportará las condiciones y los recursos que precisaremos para construir un mundo verdaderamente humano, digno, fraterno, cooperativo y felizmente “humano”. La tecnología siempre estará ahí, para ser utilizada al servicio de la felicidad y del bienestar de toda la Humanidad.

La entrevista con Rifkin termina con un motivo de esperanza, si cambiamos de chip, de conciencia, y miramos hacia nuestra “humanidad” y viviendo según sus valores, que nos lo han ocultado, aun cuando son nuestra esencia, valores de bondad, de belleza, de compasión, de tolerancia, de respeto, de integración… sólo con ellos construiremos un mundo sin fronteras absoluta y felizmente humano. Pero habrá que dar el primer paso: la Humanidad que vive anclada en la visión de dualidad, que compite y destruye, que excluye y discrimina, que domina y devasta lo mismo pueblos y culturas que sistemas ecológicos por ambición y deseo de poder o lucro, debe elevarse hacia la dimensión de su “humanidad” fraterna, unitiva con la vida que nos inscribe y circunscribe: la Humanidad es sólo un renglón más del Libro de la Vida del Planeta Tierra. Sólo de la forma en que hemos descrito la vida que queremos, podremos hacer realidad las palabras tomamos prestadas de la entrevista de Rifkin, aunque apostillaremos una conclusión que el eminente sociólogo y economista se dejó, tal vez, olvidada en el hall del hotel: “Con la tercera revolución industrial, no hay ningún motivo por el que no podamos construir ciudades más pequeñas dentro de las grandes urbes, satelitales, y con inmensas reservas ecológicas entre ellas. Podemos llevar a cabo reforestaciones masivas dentro de ciudades de entre medio millón y dos millones de habitantes. Y esto se podrá hacer porque nos podremos mover de un lugar a otro de forma más rápida y limpia. Los coches tal y como los conocemos no estarán aquí en 20 años”.Y esto se podrá hacer… porque los seres humanos habrán conocido la bondad y la paz de su verdadera naturaleza. De este modo el mundo en el que construyamos será fraterno, pacífico, feliz, cooperativo, limpio y vivirá en equilibrio con la vida de nuestro hogar planetario.

________________________________________________

 NOTAS [1] [2] [3] [4] [5]

[1]  (Prólogo : “Tú no eres Sísifo”,  Editado en : Esteban Díaz, El Vuelo del Pájaro Colibrí, Tiger Moon Productions, Bangalore, India, 2009) no Sísifo 3  no Sísifo 2

[2] DÍAZ; Esteban,
___EDUCARE. Un Universo educativo para descubrir  el hombre su esencial naturaleza, Tiger Moon Productions, Bangalore, India, 2010, pág. 22.
___SOBRE LA FELICIDAD. Un camino de auto-conocimiento. Taller Práctico de autoayuda,  AMAZON KDP EBOOK, 1914. (agotada la edición en papel EN: Tiger Moon Productions, España, 1914)

 [3] Díaz, Esteban,
___En los Albores del Siglo XXI. Reflexiones sobre el nuevo paradigma social no mecanicista: el humanismo global, Tiger Moon Productions, Bangalore, India, 2011 (segunda edición).
___Cambiar el Mundo: humanizando la Globalización, AMAZON KDP (ebook).
___Globalización, una nueva lectura. Construyendo un mundo nuevo, AMAZON KDP (ebook).

ROSZAK, Teodhore,
___El nacimiento de una contracultura. Reflexiones sobre la sociedad tecnocrática y su oposición juvenil
, Kairós, Barcelona, 1969.
___Persona/Planeta. Hacia un nuevo paradigma ecológico, Kairós, Barcelona, 1985.

 CAPRA, Fritjof, El Punto Crucial. Ciencia, sociedad y cultura nacientes, Integral, Barcelona, 1990.

WILBER, Ken,
___El espectro de la conciencia, Kairós, Barcelona, 1990.
___La conciencia sin fronteras. Aproximaciones de Oriente y Occidente al crecimiento personal, Kairós, Barcelona, 1993.

[4] TOWSEND, Rosa, “La Cumbre Alternativa de Seatle”, EL PAÍS, domingo, 28 de Noviembre, de 1999.

[5]  Entrevista de Esteban Hernández a ALBERTO GARZÓN, COORDINADOR FEDERAL DE IU, El Confidencial, 3, Agosto, 2016.

6 diciembre, 2016Permalink